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Allá van leyes do quieren reyes: la seguridad jurídica

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Para echarse a temblar: ése es en efecto el camino del absolutismo y de la arbitrariedad. Lo que nos proporciona seguridad jurídica es que haya leyes seguras, que no dependan del capricho de los que mandan: sean reyes, Papas o pueblos (es decir democracias), que la democracia, por la fuerza de los números nos puede asegurar algunas cosas: pero no la equidad, la sensatez, la verdad, la bondad… la democracia no es garantía ni de equidad, ni de sensatez, ni de bondad. Hitler se hizo con el poder de la manera más democrática; por consiguiente todo su régimen fue un infausto parto de la democracia. Como tampoco nos puede asegurar nada de eso, el hecho de que sea el papa o el mejor de los reyes quien decida torcer las leyes a su voluntad.

Pero bueno, si hasta Dios, que es por sí mismo la Bondad, la Santidad, la Equidad, la Justicia, ha preferido darnos leyes para no obligarnos a depender sólo de su libre arbitrio por más dotado que esté de Sabiduría infinita, de Santidad, de Bondad y de Justicia; si hasta el mismo Dios nos dio sus Diez Mandamientos, la ley más inamovible de todas las que han existido en la historia del hombre, porque el hombre necesita tener la seguridad de que se está comportando conforme a la voluntad de Dios y por tanto, conforme a la bondad, a la verdad y a la equidad, ¿qué tendremos que decir de las leyes de los hombres? La ley está para dar seguridad, para blindarnos contra caprichos y veleidades del poder… incluso si fuese el caso, para defendernos de los posibles caprichos y veleidades de Dios. No es el caso del Dios de Jesucristo, ciertamente. Pero sí el de Alá que, por decirse omnipotente, puede hacerlo todo ¡hasta el mal! ¿Qué decir por tanto de la seguridad jurídica que están obligados a darles todos los gobernadores a sus gobernados?

Pero he aquí que la sacralización de la democracia nos ha llevado a concederle a ésta, privilegios de los que sólo gozaron los tiranos. El poder, por ser poder (sea del mónos, sea de los oligoi, sea de los aristoi, sea del demos, sea de la plebe plebiscitaria, sea del déspota), es insaciable, y por eso tiende a ser totalitario y despótico. No tenemos más que ver cómo crece el poder en nuestra sociedad, y cómo se esmera en asumir a toda costa la responsabilidad de nuestra manutención (se ha reservado las áreas de la salud y la educación en la inmensa mayoría de dominios): y no para de crecer ese afán, que sólo es sostenible con el crecimiento en paralelo de los impuestos, es decir de la esclavización a tiempo parcial.

Pero fíjense que, en Europa, el poder político mantiene hasta a la Iglesia: a costa de los impuestos, claro, es decir a costa de cotas cada vez más altas de esclavización. Es que, ¡mira por dónde!, sus ansias de mantenimiento no tienen límite. Es su peculiar sentido de la bondad: y como no podía ser de otro modo, la principal ley anual, es la de la manutención con los respectivos impuestos: es la del reparto de cuotas de esclavización y manutención. Eso es así porque el modus vivendi del Estado, sea cual sea su forma política, es nuestra manutención.

Una vez establecido que lo óptimo es que cada vez gasten más en nuestra manutención, lo obvio es que cada vez sea mayor el peso de los impuestos. Admitamos pues que, por oneroso que sea, cualquier sistema de poder, del despótico al democrático, tiene todo el derecho a “legislar” sobre capítulos de manutención (cada vez más, entre ellos también la seguridad) y capítulos de impuestos (también al alza). Evidente, porque es así como funciona todo sistema de poder: mediante imposición, es decir mediante impuestos.

Pero lo que está fuera de todo orden y de toda sensatez es que las ansias de dominación de nuestros políticos les hayan llevado a legislar sobre las leyes físicas y biológicas, sobre historia y religión, sobre moral y prosodia. Sobre cualquier cosa: como si el poder otorgase conocimiento. Allá van leyes do quieren reyes, en un ejercicio de fatua ostentación de poder de los que mandan, y de servil adulación de los que obedecen. Comprensible en los que obedecen a sueldo; pero alucinante en los que les regalan su adhesión y asentimiento a esos adictos del poder.

Un Estado de Derecho (e incluso los que no merecen esa digna calificación) se sostiene sobre un entramado de leyes estables (conditio sine que non para merecer la calificación de leyes), a las que están sujetos todos los miembros de la Nación, ya sean soberanos, ya sean vasallos. Porque si el soberano, llámese como se llame, no respeta las leyes o prescinde de ellas a su conveniencia, coloca a su Estado en una situación lastimosa tanto para él mismo como para sus súbditos.

Y lo que vale para un Estado, vale para cualquier institución, llámese asociación, club, empresa o iglesia.

El grado de cumplimiento de las leyes que cada institución se ha dado, es el termómetro de su nivel de salud. Un Estado o una institución en que allá van leyes do quieren reyes, es una institución muy enferma. Y a menudo se trata de enfermedades que anuncian la muerte. Por eso es vital que haya en ellas personas y equipos (especie de organismos de defensa) cuya función sea vigilar que nadie pueda irrogarse ningún género de soberanía sobre las leyes. Las leyes son sagradas: y no están hechas para defender a las personas concretas, por alto que sea su rango (lo cual sería una forma de privilegio, es decir de ley privada), sino para defender a la institución, que es patrimonio de todas las personas que la forman; no de sus dirigentes.

Uno de los elementos a los que debe su prolongadísima perduración en el tiempo una institución bimilenaria como la Iglesia, son sus normas de funcionamiento interno, que en este caso se llama Derecho Canónico. Constituye por tanto un grave atentado contra la integridad de la Iglesia todo desgaste y laminación de ese Derecho, trasvasando a la arbitrariedad de la jerarquía de turno, lo que era derecho de la institución, y por tanto de todos sus miembros por igual, obispos, sacerdotes, religiosos y laicos: sin que los haya que tengan el privilegio (ley privada de ellos solos) de dejar las leyes en suspenso cuando así lo consideren o les convenga. Y si esas transgresiones se permiten con las leyes de menor rango, en las que se defiende la igualdad de derechos y deberes de todos sus miembros, tarde o temprano alcanzan a los revestidos del máximo poder. Eso, exactamente eso fue lo que ocurrió repetidamente en el gran Cisma de Occidente: los que tiraban de los hilos del poder, tanto dignatarios de la Iglesia como príncipes de este mundo, se saltaron las barreras de la ley de la Iglesia, del Derecho Canónico, cada vez que la transgresión les favorecía. Convirtiendo así el Derecho en algo que pone límites sólo a quien no tiene la fuerza o la audacia necesarias para saltárselos.

En efecto, en la Iglesia, el tema de la elección (y el pretendido derecho de deposición) del papa, ha sido quizá la más decisiva piedra de toque de la supremacía de la legalidad instituida, sobre cualquier interés (por legítimo que fuese) que chocase con ella. Y ahí fue donde se produjo la gran mascarada. ¿Qué tenemos pues? Un papa pusilánime que cede al capricho del rey de Francia de que la sede del Obispo de Roma esté en Aviñón. Y que se pliega a la voluntad del rey para conformar un colegio cardenalicio a su medida: a la del rey. Unos habitantes de Roma que al ver que la ciudad se ha arruinado por la ausencia del papa, montan un violento motín para exigir-bajo amenaza de muerte- a los cardenales reunidos en cónclave la elección de un papa romano o al menos italiano, decían. Tras la desastrosa elección, todos los cardenales la declaran nula y eligen un nuevo papa que acabará de nuevo confinado en Aviñón. Un concilio en Pisa que declara ilegítimos a los dos papas -al romano y al aviñonés- y elige un tercero. Otro concilio, el de Constanza, convocado por el príncipe Segismundo de Moravia, luego emperador del Sacro Imperio Germánico (ojo, que no es un miembro de la jerarquía eclesiástica) y avalado luego por un tal papa Juan XXIII -el de Pisa- en el que, saltándose todos los protocolos y leyes de los concilios, se pone fin al enredo.

Y es ahí donde aparece nuestro Benedicto XIII, el aragonés Pedro de Luna, como voz que clama en el desierto (en el largo cautiverio de Aviñón y en el exilio de Peñíscola), defendiendo el principio de legalidad canónica como el principal bien de la Iglesia a proteger en ese momento.

Y es que en ese momento los príncipes del mundo se conformaban con poner y quitar papas y llevarlos de aquí para allá. Hoy no les basta: poner y quitar papas, también. Les sobraba Benedicto XVI y no pararon de acosarle con campañas de desprestigio en el exterior e insidias en el interior.

Ahora, sin embargo, pretenden cambiar la doctrina y hasta la teología de la Iglesia. Y en ello andan algunos empleados bien a fondo. Sólo así podrían -no podrán- convertir a la Iglesia en una inofensiva ONG, dedicada exclusivamente a atender a la marginación social que generan las corruptelas de un sistema podrido que, obsequioso, otorgaría la subvención. Menos mal que el poder de la muerte no la podrá destruir… (cf. Mateo 16,18) a pesar de todo lo que la maltratamos. ¡Dios sea bendito!

 


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Petulante majadería

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Petulante majadería. Es curioso que sea un católico quien recoja, con sorpresa dice Vigón, la observación de un correligionario, Ernesto Psichari, oficial francés, acerca del parecido hallado por el autor de “Servidumbre” entre un regimiento y una comunidad religiosa.

Esto, que ya lo había señalado Calderón, es identidad en la abnegación, en la paciencia, en el desinterés y en la sobriedad. A todo aquél que esté familiarizado con estas cualidades en el ejército español no puede dejar de sorprenderle la lectura de cierta instrucción del Departamento de Guerra de los Estados Unidos en 1947, en uno de cuyos párrafos se puede leer la siguiente majadería aplicada por los progres, ahora, en España:

“Un alto estado de moral en las tropas es uno de los factores más importantes y necesarios para ganar batallas. Reviste igual importancia mantener una moral alta en el Ejército en tiempos de paz para desempeñar mejor la misión actual del Departamento de Guerra y para estar listos para cualquier emergencia imprevista que pueda surgir.

Para lograr y sostener este alto estado de moral, el alimento debe prepararse en forma apetitosa y agradable de tal manera que conserve su valor nutritivo”.

La revista que lo transcribe añade por su cuenta:

“Para conservar al soldado americano como el soldado más eficiente del mundo, es necesario que sea el soldado mejor alimentado”.

Es compasivo atribuir a un defecto de redacción el sentido tan poco espiritualista que emana de tales consideraciones. Pero los que inequívocamente estaban inspirados en consideraciones materiales eran los reglamentos de disciplina de la URSS; atienden a asegurarla férreamente poniendo en juego todos los recursos clásicos como saludos, muestras de cortesía, obediencia ciega, castigos, tribunales de honor, pero las razones de orden moral aparecen sustituidas por consideraciones políticas, y las obligaciones de conciencia, por imposiciones de la necesidad, por razones de Estado.

Estas formas son ineficaces para formar la conciencia de un hombre, de un ciudadano mucho menos; pero no menos que la ciencia; “la ciencia, dice Marañón, es la que da la conciencia y no los reglamentos”, lo que sería cierto si se refiriese a las ciencias de humanidades y no a la ciencia exacta. A poco conocimiento que se tenga de los hombres y de la historia es bien fácil establecer una lista de sujetos eminentes en todas las disciplinas que ejemplifican la inexactitud de la afirmación.

La formación de la conciencia tiene su propia técnica de la que Balmes se ocupó prolijamente; hay una técnica psicológica acerca de la cual cualquier tratado de pedagogía puede informar, y hay, para el militar, una técnica moral que es la disciplina.

Cuando los responsables de la Nación y los “progres” estén libres de la petulante majadería que han derramado durante los últimos decenios sobre la sociedad y los Ejércitos, como espejos de esta cuando se nutría de soldados de reemplazo, habrá quien se preocupe de cultivar el espíritu de los ciudadanos como se dicta en las leyes relativas a la Defensa Nacional.

Hay una bibliografía extensa y sumamente interesante, que lo acredita; y no somos ajenos a que los autores de semejantes obras son clérigos que por serlo no licita inferir que esta materia era exclusiva de ellos dejándola los jefes militares a su cuidado. Entre tantos ejemplos en contrario cita Vigón a don Vicente de los Ríos, coronel de Artillería y dos veces académico, por la española y por la de Historia, que en 1774 daba a la publicidad una “Instrucción militar cristiana para uso de los caballeros cadetes…”, traducida del francés de la que se hicieron al menos cinco ediciones y que sirvió de texto no sólo a los cadetes del Colegio de Artillería, sino también a los del Colegio General Militar, instalado en Segovia en 1825.

Ahí están también las consideraciones de moral cristiana que deslizan en sus trabajos los tratadistas antiguos de ciencias militares como ocurre en el primer libro de “Reflexiones”, del Marqués de Santa Cruz de Marcenado, que es un tratado de las “Virtudes morales, políticas y militares de un jefe de país y de Ejército”.

Sería poco razonable pensar que sus autores fueron unos infelices timoratos encerrados en sus devociones, ni tampoco ejemplares de vida recatada si no ascética. Se ha dicho que el moralista es el hombre que exige a los demás las virtudes que él no tiene. Pero esto, que es ingenioso, es también falso la mayor parte de las veces.

*Teniente coronel de Infantería y doctor por la Universidad de Salamanca


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Ortodoxia o comunismo

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Pedro Sánchez nombró ya a todos los ministros del área económica, con alguna sorpresa para los españoles y también para sus socios de Podemos. Sin duda, el nombramiento más llamativo es el del ministro de Seguridad Social, José Luis Escrivá, aunque habría que empezar diciendo que el Gobierno no da precisamente ejemplo de austeridad. Va a ser el Gobierno con más miembros de la democracia o prácticamente igual que el primero de Adolfo Suárez. Además, no hablamos únicamente de los cuatro vicepresidentes y los ministros sino de toda la retahíla de cargos y gastos que llevan consigo.

Pero, volviendo a la composición del Gobierno en su vertiente económica, lo primero que llama la atención y lo más importantes para un Gobierno es saber si serán capaces de aprobar unos Presupuestos, ya que las prórrogas de los de Montoro no caben. Y, el primer problema que se avecina es que su aprobación no depende de las partidas de gasto o ingreso, sino de los acuerdos políticos con sus socios comunistas, nacionalistas, regionalistas e independentistas. De momento, la cosa pinta mal. España, a pesar del desprestigio en que Sánchez ha hecho caer a algunas instituciones, es un Estado de derecho que funciona y Junqueras y Torra lo han “padecido” en sus carnes en las últimas horas.

En todo caso, y suponiendo que haya Presupuestos, la realidad es que para cubrir el gasto público prometido, no menos de 35.000 millones de euros, tendrán que mentir a los españoles: bien porque no se pueda hacer o si se hace porque será subiendo impuestos a diestra y siniestra, incumpliendo también la palabra dada de que esta orgía de gasto la iban a pagar los ricos, los bancos, las grandes empresas, etc.

Y, en cuanto a la Seguridad Social y a su saneamiento, la figura de Escrivá en si misma no es una garantía de éxito. Claro que da más tranquilidad que otros pretendientes, la cuestión es si le dejarán hacer. En su etapa en la AIReF, decía que había que subir la edad de jubilación, el periodo de cálculo de la pensión y desgajar algunas partidas importantes para pasarlas al Estado. El reto está ahí. Lo conseguirá?


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Las primeras perlas cultivadas

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No se puede pedir más. Los primeros compases nos brindan joyas deliciosas para los buscadores de perlas. La directora del Instituto de la Mujer, una tal Beatriz Gimeno, es la que dijo que a los hombres había que introducirnos una turgencia por el ano y que nadie debería ser heterosexual ya que ese es el gran mal de la humanidad. La responsable de la Dirección General de Diversidad Étnico Racial -departamento del que no teníamos noticia-, renunció avergonzada a su cargo por no estar «suficientemente racializada», que no es otra cosa que ser blanca. Para que no se excitaran los «colectivos antirracistas», la susodicha ha dado un paso atrás, avergonzada, y ha facilitado que sea nombrada una mujer ecuatoguineana, lógicamente negra. La ministra de Igualdad, por supuesto, no nombra hombres para altos cargos, solo mujeres como altas cargas. El infalible CIS de Tezanos acaba de proclamar que PSOE y Podemos son los grandes triunfadores de esta nueva oleada y que si ahora se convocasen elecciones no habría color (es interesante el dato que aclaraba Joaquín Leguina en su reciente Tercera: el bloque que ha aupado a Sánchez a la presidencia obtuvo algo más de diez millones de votos, mientras que el bloque que se opuso, con dos votos menos en el Congreso, obtuvo once y medio).

La primera medida que toma el estupendo Marlaska es purgar la cúpula de la Guardia Civil, mandos que se han significado contra la sedición independentista, en clara concesión a los socios de ERC, lo cual puede ser un error, pero sobre todo es una indecencia. Suma y sigue.

Pero puede que lo mejor lo publicara en su web el Ayuntamiento de Barcelona, la ciudad que alberga el congreso mundial de teléfonos móviles que tan pingües beneficios le depara. Un artículo titulado «El 5G no es inocuo» indicaba que la tecnología 5G es claramente peligrosa para la salud. Asegura que esa tecnología está vinculada al cáncer, nada menos, y a otra serie de patologías. Para ello cita a la OMS y a supuestos informes que dicha organización habría publicado según los cuales estamos vivos de milagro: la OMS, por supuesto, jamás ha dicho algo así, antes al contrario ha afirmado que los teléfonos no pueden romper enlaces químicos y que en ningún momento pueden producir cáncer, enfermedades cardiovasculares o deterioros cognitivos varios. Ello no es cortapisa para que el Área de Ecología publique en su apartado un exordio propio de creencias exóticas y de charlatanes de feria en el que se aconseja dormir con el wifi apagado o transportar el móvil no demasiado cerca del cuerpo. Los bulos sobre los teléfonos móviles y las antenas correspondientes no son nuevos, de hecho son argumentos conspiranoicos que acumulan algunos años de práctica, pero que los avente la web del Ayuntamiento de una ciudad que acumula unos nada despreciables beneficios en forma de millones de euros anuales resulta absolutamente chocante. Solo le falta utilizar argumentos propios de la brujería, aquellos que se manejaban cuando llegaron a nuestra vida los televisores o los microondas.

Díaz Ayuso, la presidenta madrileña, salió ayer rápidamente al quite para recordar que Madrid organizaría de forma entusiasta ese congreso. Razonable. Los organizadores, al parecer, cada año tienen alguna objeción que acumular a las anteriores, pero la sola alusión a una salida de Barcelona pone de los nervios a todos, tanto que el artículo ha durado en la web lo que una saliva en una plancha. Es verdad que todos los que se han muerto en el último año tenían teléfono móvil, fíjate tú, pero a quien habría que tener lejos no es a los teléfonos, es a Ada Colau, la alcaldesa que está contra los aviones, el 5G, el turismo, la propiedad privada y la Policía.

Esto no ha hecho mas que empezar. Qué maravilla.


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