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Carta triunfal a los españoles de un miembro de la oligarquía globalista: “Vuestro único orgullo es enseñar el culo en las calles”

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AR.- Tan entretenidos os hemos tenido durante los últimos 40 años que no os disteis cuenta de que os ganábamos una a una todas las partidas. No sois una comunidad organizada, carecéis de musculatura moral, despreciáis los valores naturales y negáis cualquier valor al patriotismo como ideal que os sublime ante los ojos de otras naciones. Lo teníais todo hace unos años. Fuisteis un país con notables recursos en un lugar geoestratégico único en el mundo.

Vuestro capital humano era tan valioso que hasta el mismo Kissinger nos alertó, en la primera mitad de los años 70, de que una España espiritualmente fuerte y socialmente unida sería una España demasiado peligrosa para nuestros intereses. He de admitiros que ese temor no era infundado. Aquella España organizada y orgullosa de sí misma, que ambicionaba objetivos que sólo les eran permitidos a unas pocas naciones, era un riesgo excesivo para nuestros planes en Europa. De ahí que no hubiese tiempo que perder y que tras la muerte de Franco emprendiésemos la tarea de segar el espíritu indómito del pueblo español, dejándolo en barbecho, hasta que viésemos oportuno sembrar en él los dogmas por los que hoy se rige el entero Occidente.

Pasasteis de tenerlo todo a dejarlo todo en manos de políticos insaciables entregados a nuestro dinero.
Ya nada os queda de vuestro pasado. La legendaria rebeldía ibérica ha sobrevivido sin embargo en algunos, muy pocos, en comparación con los que han sucumbido a nuestros proyectos eugenésicos.

Aunque los “rebeldes” son conscientes de la realidad, apenas representan lo que una hoja perdida en medio del bosque, en comparación con los que os combaten en nuestro nombre. La mayoría os habéis convertido en presa fácil de nuestros experimentos sociales. Por ejemplo, gastáis el dinero que no tenéis en cosas que no necesitais, pero que nosotros hemos convertido en imprescindibles.

Es inútil la oposición de unos pocos que os reunís en medios como éste para manifestar, por ejemplo, que cuando nacisteis el ser gay era prohibido, luego aceptado y escondido, después aceptado y abierto y que hoy es un orgullo. Y que lo único que esperáis es morir antes que sea obligatorio. De nada os valen vuestras creencias frente a las nuestras, ni que invoquéis a cosas que hemos convertido en residuales y despreciables.

Disponemos de inagotables recursos humanos y económicos, controlamos gobiernos, productoras, bancos, multinacionales, imperios financieros… Marcamos tendencias, modas, modismos; os imponemos las preferencias vitales hasta en el más apartado campo de vuestra existencia. Nuestra corruptora influencia es tan grande que alcanza incluso el corazón de la Cristiandad. Nadie influyente en el mundo es ajeno a nuestros propósitos. Fuisteis una nación orgullosa de sí misma, libre, unida y fortalecida por el carácter invencible de su gente, y hoy hemos reducido vuestro orgullo a enseñarnos el culo en las calles cada año.

Mandamos en los mercados y en los principales grupos mediáticos. Nuestro poder ha logrado que subliméis la fealdad, ponderéis la cobardía y degradéis el concepto del honor y la dignidad personal. Los valores consustanciales a la civilización occidental han sido ampliamente suplantados. No son los tanques, son determinadas ideas, y su expansión a todo el espectro cultural de la vida de una sociedad desarrollada, las que han de conseguir la victoria. Por eso vamos implantando nuestras banderas en diferentes campos de batalla donde van dejando sus semillas, el ecologismo, el animalismo, el feminismo, el pacifismo… Todo lo que tenga un mensaje de trascendencia del hombre o de sentido religioso, hay que aniquilarlo. Hemos creado, a través de la educación y de los medios de comunicación, una sociedad dócil, volcada en el sentimentalismo, sin pensamiento crítico, sin pensamiento libre y sin pensamiento individual, y siempre preocupada por militar al lado de los buenos y nunca formar parte de los “malos”. Descarrilamos hace tiempo contra la razón y ahora, a través de las organizaciones progresistas que trabajan para nosotros, se están minando todas las defensas de la sociedad: los códigos de honor, la tradición, el reconocimiento de una historia exitosa… el español hoy es un producto de las circunstancias, es intercambiable y, en un último punto, es canjeable y prescindible.

España es apenas una marca sin peso propio. No tenéis soberanía económica y sí una deuda impagable. No tenéis un ejército que os proteja y disuada a vuestros enemigos. Ahora son las élites financieras internacionales quienes deciden qué causas tienen que defender vuestros soldados y en qué escenarios del mundo. No tenéis industria armamentística ni sabríais manejaros en la era de los drones y los misiles guiados por laser y satélite. Os hemos reducido a la indigna tarea, que vosotros habéis aceptado muy solícitamente, de lucir tatuajes, echar unas cervecitas entre charlas insustanciales y compartir vacuidades por WhatsApp. Pronto pagaréis muy cara vuestra rendición. Lo teníais todo y en nombre de la internacionalización os lo hemos quitado todo. ¿Cómo exigir que os respetemos?

En realidad no sólo a vosotros. Europa es una pantomima creada para robar vuestros recursos y atrofiar la identidad y la fortaleza moral de sus naciones. Mientras llevábamos a cabo la gran tarea demoledora, os anestesiamos largamente con la telebasura. Vuestra insustancialidad es la mejor recompensa por tantos años de irreverente control y dominio de vosotros mismos.

Fuisteis un gran país cuando todas las regiones españolas, que en lo práctico eran solamente una, trabajaban codo con coco. Fuisteis un país fuerte y unido. Tan fuerte que obtuvo un imperio donde no se ocultaba el sol… desde Filipinas hasta el norte de California. Decidimos que nunca más os sería devuelta vuestra fortaleza ni vuestra unidad. Todos vuestros ancestrales enemigos se han conjurado contra vosotros desde 1975. Decidimos que todas vuestras referencias políticas y morales fueran destruidas y taladas las raíces culturales de las que emerge vuestra identidad colectiva. Colamos las urnas para que os tragaseis el cuento de que la soberanía nacional reside en el pueblo. Lo demás ya lo conocéis.


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Sánchez, Iglesias y el pacto del insomnio

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Víctor Orcástegui.- Para que el abrazo entre Sánchez e Iglesias que pudimos ver el martes dé paso efectivamente a la formación de un gobierno, hará falta atar muchos cabos que todavía están sueltos. Y si encima pedimos que ese gobierno gobierne y lo haga con un mínimo de sensatez, entonces ni les cuento. Falta un mundo. En todo caso, si finalmente llega a constituirse un gabinete de coalición entre el PSOE y Podemos, estaremos asistiendo a un momento insólito en el devenir de la democracia española.

Por primera vez un partido que está clara y marcadamente en contra de algunos de los postulados esenciales de la Constitución de 1978 se encontrará, aunque sea con responsabilidades compartidas, al frente del país, gobernándolo. Es cierto que los podemistas acatan el orden constitucional y actúan políticamente dentro de él. No se han echado al monte, como los soberanistas catalanes. Pero también es verdad que el partido morado es declaradamente antimonárquico, que erosiona con su discurso instituciones como la Justicia, que promueve políticas anticapitalistas y, sobre todo, que propone abrir una puerta por la que Cataluña pueda separarse del resto de España, lo que supone resquebrajar la unidad nacional.

No son cuestiones menores. Puede decirse que si ese gobierno que Sánchez califica obsesivamente como ‘progresista’ –la etiqueta es lo que más le interesa– llega a formarse, con Iglesias como vicepresidente, estaremos ante la paradoja de que el sistema estará regido, aunque sea parcialmente, por los antisistema. Inquietante, ¿no? A Sánchez, que dijo que no podría dormir teniendo a Podemos en el Consejo de Ministros, le esperan cuatro años de insomnio. Iglesias, en cambio, decidido a asaltar los cielos, ha empezado a tocar el paraíso con la punta de los dedos.


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La Venezuela indolora de Pablo Iglesias

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Miguel Henrique Otero.- Una extraña atmósfera rodea al anuncio del pacto entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Una parte de la sociedad española, la mayoría, no ha tardado en denunciar el peligro que esta alianza significa para España. Por las redes han circulado fragmentos de videos en los que uno y otro, se hacían mutuas acusaciones, hasta hace apenas unas semanas. Quienes, en su momento, escucharon los argumentos de ambos, concluyeron, quizás de forma precipitada, que una alianza, cuyo resultado sería convertir a Pablo Iglesias en vicepresidente de España, era imposible.

En medio de la crispación y nervio que este “preacuerdo” ha generado, hay que destacar esto: el embarazo, el desasosiego, incluso el malestar que el pacto produce en el PSOE. No le gusta a nadie, aunque lo hayan votado. Es una decisión impuesta por Sánchez, que ha producido una silenciosa desmoralización. Esa desmoralización, aunque ahora apenas sea visible, será un factor corrosivo, dentro y fuera del gobierno, si es que logran los votos necesarios para ello.

De inmediato han comenzado las apuestas sobre cómo será un posible cogobierno de Sánchez e Iglesias. Mi tesis es que será de continuos enfrentamientos. En un primer trecho, soterrados y en voz baja. Más adelante, será inevitable que las disputas y las confrontaciones salten a la esfera pública. ¿Qué fundamentos me autorizan a hacer este pronóstico?

Lo creo porque Sánchez e Iglesias comparten una misma desesperada necesidad: la de alcanzar el poder al costo que sea. Sánchez quiere dar el salto de presidente en funciones a presidente legítimo, aun cuando este obligado a pactar con el que, en el fondo, es su más peligroso enemigo. No son Pablo Casado ni Santiago Abascal ni Albert Rivera, los verdaderos enemigos de Sánchez. No lo son, porque los tres, con sus diferencias y especificidades, comparten los rasgos primordiales de la cultura política democrática. Esto es esencial. Los tres guardan ciertos límites que no cruzarían nunca, con respecto a las leyes, el respeto a las instituciones, al estatuto de la Monarquía, la convivencia y, esencial, con respecto a la unidad de España.

El meollo es este: Pablo Iglesias produce una enorme desconfianza, no solo entre políticos del centro o la derecha: también en las filas de la propia izquierda. Produce desconfianza por su odio al sistema democrático, por la ferocidad con que maneja su propia organización, por la ausencia de respeto con que recibe o procesa todo argumento o posición que no coincida con la suya. Iglesias no está hecho para la convivencia democrática, sino para imponer un estado de cosas, a su medida y donde él sea el protagonista indiscutido de toda la realidad. Nadie debe olvidarlo: su modelo, su único modelo, es Hugo Chávez.

Sobre la relación de Pablo Iglesias con la Venezuela de Chávez y Maduro se han escrito muchas cosas, pero todavía insuficientes. Hasta que no se produzca un cambio en el poder, no será posible conocer la cuantía real del financiamiento que Iglesias, Juan Carlos Monedero y el partido Podemos recibieron de la cleptocracia dictatorial que ha devastado al país. Iglesias ha sido un factor activo para impedir iniciativas a favor de la defensa de los derechos humanos, por ejemplo. Es prudente recordar que, entre muchas otras, es autor de declaraciones como esta: Venezuela es una de las democracias más consolidadas del mundo, y lo que está pasando allá es una referencia para países del sur de Europa, para los ciudadanos europeos.

Hasta ahora, Iglesias no ha mostrado absolutamente ninguna sensibilidad hacia la situación de Venezuela y de los venezolanos (a diferencia de su exsocio, Iñigo Errejón, que ha reconocido la debacle venezolana). Sus declaraciones son las de un autómata de la política: pulsa un botón y repite sandeces como que Maduro es una víctima o que hay un golpe de Estado. Ni una palabra sobre la brutal represión, el sistema de torturas, los asesinatos por parte de fuerzas militares, policiales y paramilitares. Nada sobre la hiperinflación, el auge de las epidemias, la muerte de ancianos y niños por inanición. Ni una frase, por ejemplo, sobre la más reciente advertencia de la FAO, entidad que hasta el 2013 emitía constantes declaraciones sobre las bondades nutricionales de la revolución bolivariana, y que acaba de reconocer que 4,3 millones de personas han huido del país, y que los venezolanos necesitan urgente ayuda alimentaria externa, para detener la epidemia de hambre que se profundiza cada día.

Es paradójico: el hombre que se proclama a sí mismo como el más importante líder de la izquierda de España, que infla el pecho para hablar de justicia social, no menciona a Venezuela. La Venezuela que habita en su mente es indolora, desechable. El padecimiento de personas y familias, no le alcanza. La destrucción de la vida real está fuera de su campo perceptivo. Le basta con decir que todo ello es un invento de la oposición de derechas y del imperialismo norteamericano. Como todo sujeto tomado por una ambición desmedida, la de alcanzar el poder al costo que sea para destruir la institucionalidad democrática, despacha, niega, se quita de encima los hechos.

¿Qué significa para Venezuela que Iglesias se convierta en vicepresidente de España? Nada menos que esto: será un activista que influirá en la política exterior de España, con el propósito de mantener a Maduro en el poder. Punto.
Miguel Henrique OteroMiguel Henrique Otero


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Los ciudadanos, rehenes de Pedro Sánchez

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Es una evidencia que España necesita un Gobierno, pero para llegar al preacuerdo presentado ayer por Pedro Sánchez y Pablo Iglesias no hacía falta malgastar tanto tiempo y tantas energías, pues pudieron suscribirlo en mejores condiciones tras las elecciones generales de abril. Los españoles hemos sido rehenes, al ser convocados de nuevo a las urnas el pasado domingo, de la estrategia electoralista del líder del PSOE, que hizo un cálculo equivocado que no solo le ha costado a él setecientos mil votos, tres escaños y perder la mayoría absoluta en el Senado, sino que le ha salido muy caro al país, que en una estéril etapa de interinidad no ha podido abordar ni el desafío independentista ni la desaceleración económica.

En una manifiesta evidencia de que el presidente en funciones ha utilizado espuriamente su potestad para repetir las elecciones generales, lo que fue imposible durante seis meses se ha desbloqueado en un día y medio. PSOE y Unidas Podemos han alcanzado un preacuerdo para formar un «Gobierno de coalición progresista» en el que Pablo Iglesias sería vicepresidente, a pesar de que este pasado verano parecía absolutamente imposible: el propio Sánchez afirmó en septiembre que un Gobierno con Iglesias en puestos estratégicos no le dejaría dormir. El líder socialista estaba convencido de que mejoraría su posición con nuevas elecciones y por eso permitió que se agotaran los plazos, a sabiendas de que paralizaba el país prácticamente durante un año, de que avivaba el hartazgo de los votantes y de que deterioraba las instituciones. Ahora, más debilitado, cede, pero el daño causado es irreparable.

Este preacuerdo, de todos modos, es un primer paso, porque ambas fuerzas solo suman 155 votos (120 del PSOE y 35 de Podemos), que quedan muy lejos de los 176 de la mayoría absoluta. Han anunciado a toda prisa un acuerdo que necesitará el concurso imprescindible de varios partidos más para reunir los apoyos suficientes que aseguren primero la investidura y, después, la gobernabilidad. Y no es tarea fácil, porque la suma obliga a contar o con los independentistas o con Ciudadanos. Primero tienen que lograr el sí de PNV, Más País, PRC, BNG y Teruel Existe. Después tienen que apalabrar la abstención de ERC y Bildu, una opción muy contraproducente con los recientes actos de violencia en Cataluña aún muy vivos. O necesitarán convencer a Cs, que no es fácil que colabore con un gobierno con respaldo de los nacionalistas vascos, ni viceversa. Está claro que nadie quiere unas terceras elecciones. Ahora bien, la irresponsabilidad de Pedro Sánchez sitúa a España en un escenario en que ni está claro que vaya a haber un Gobierno ni, menos aún, que vaya a poder gobernar de forma estable.


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