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Cómo querer a un robot

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Kate Darling
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Federico Kukso (Agencia Sinc). Las máquinas inteligentes ya están entre nosotros y, para bien o para mal, alteran nuestros vínculos sociales. A medida que se infiltran en ámbitos privados de nuestra vida, psicólogos y especialistas en ética advierten cómo nos afectan emocionalmente las relaciones con estos seres artificiales.

Toda gran historia tiene un principio, un medio y un final. El 13 de febrero pasado la NASA anunció el desenlace de una de las más importantes odiseas espaciales de nuestro tiempo: a ocho meses de la última comunicación con la Tierra, el robot Opportunity fue declarado muerto en Marte.

Durante casi 15 años, este vehículo de exploración de seis ruedas y del tamaño de un carrito de golf vagó por el planeta rojo, encontrando en los 45 km que recorrió pruebas concluyentes de que nuestro vecino albergó grandes cuerpos de agua líquida en un pasado lejano.

“Junto a su gemelo Spirit, Opportunity ha hecho de Marte un lugar familiar”, declaró John Callas, gerente de proyectos del Jet Propulsion Laboratory, después de que una feroz tormenta de polvo bloqueara los paneles solares del rover, impidiéndole recargar sus baterías.

Los controladores del vehículo hicieron más de 835 intentos de contacto con el robot geólogo. Incluso le mandaron a “Oppy” –como cariñosamente lo conocían– una última canción para que despertara: I’ll Be Seeing You de Billie Holiday, que provocó lágrimas en los ojos de varios miembros del equipo. La única respuesta fue el silencio.

Se trataba del final. “Este es un día difícil”, dijo Callas en una suerte de funeral organizado en Pasadena, California. “A pesar de que es una máquina y nos estamos despidiendo, sigue siendo muy difícil y conmovedor”.

“Descansa, robot –escribieron en la cuenta oficial de Twitter de Opportunity–. Tu misión ha sido completada”.

Este tipo de tributos exhibieron una increíble predisposición humana: la de involucrarnos emocionalmente con objetos. Al fin y al cabo, Opportunity era (es) eso: un cuerpo inanimado, un entramado de aluminio, cables, cámaras y paneles. Una cosa.

“Estamos biológicamente programados para proyectar intencionalidad y vida a cualquier objeto que nos parezca autónomo –explica Kate Darling del Media Lab del MIT–. Por eso la gente trata todo tipo de robots como si estuvieran vivos”.

Para esta especialista en ética y derecho que se presenta como Mistress of machines (“Maestra de las máquinas”) en la conferencia IBM Think en San Francisco, tenemos una tendencia general a humanizar a los animales e incluso a seres no vivos que nos rodean o con los que habitualmente interactuamos.

Los seres humanos creamos conexiones emocionales con animales de peluche, automóviles y otras máquinas. Si están equipadas con características o partes del cuerpo típicas de seres con vida –como ojos o brazos–, las percibimos como entidades en lugar de dispositivos o herramientas. Les asignamos nombres, tratamos a aspiradoras robóticas como “ellas” en lugar de como “eso”.

“Los robots no tienen sentimientos –advierte Darling– pero las personas que tratamos con robots sí tenemos sentimientos hacia ellos. Y eso no ha sido del todo explorado”.

Lazos de acero

Los humanos hemos mostrado durante generaciones una curiosa tendencia para fraternizar con objetos, ya sea como proyecciones o en nuestra constante búsqueda de afecto y compañía. En la película Cast Away (Náufrago, 2000), el personaje interpretado por Tom Hanks arriesga su vida para salvar a un balón de voley llamado Wilson, que se ha convertido en su mejor amigo y confidente en la soledad de una isla desierta en el Pacífico.

Sin embargo, ahora que nuestras creaciones muestran elementos rudimentarios de inteligencia, los lazos que los humanos forjamos con las máquinas son aún más impresionantes.

“Los robots no tienen sentimientos –advierte Darling– pero las personas que tratamos con robots sí tenemos sentimientos hacia ellos. Y eso no ha sido del todo explorado”

Las guerras en Afganistán e Irak se han convertido en un estudio de campo sin precedentes en las relaciones humanas con estos seres artificiales. Estos conflictos son los primeros en la historia en ver un despliegue generalizado de miles de robots de batalla encargados de despejar caminos de dispositivos explosivos, buscar bombas debajo de autos, espiar al enemigo. Y también de aniquilar personas.

Sin embargo, aún más asombrosas que las capacidades de estas máquinas son los efectos que tienen en sus controladores humanos. En 2007, el reportero de The Washington Post Joel Garreau entrevistó a miembros del ejército de Estados Unidos sobre sus relaciones con robots. Un coronel que supervisaba el ejercicio de prueba de un robot construido para caminar y detonar minas terrestres terminó ordenando que se detuviera, porque la imagen del robot arrastrándose destartalado por el campo después de una explosión era demasiado “inhumana”.

Los soldados –que en muchos casos confiaban sus vidas en estas máquinas– no solo les ponían nombres cariñosos. Como cuenta Peter Warren Singer en Wired for War: The Robotics Revolution and Conflict in the 21st Century, hay historias de soldados que arriesgan sus vidas para salvar a los robots con los que trabajan. Robots militares incluso han recibido medallas y funerales con honores.

Simpatía por lo artificial

A medida que los asistentes digitales se vuelven omnipresentes, nos estamos acostumbrando a hablar con ellos como si fueran seres sensibles. Hay quienes ya tratan a Siri, Alexa o Google Home como confidentes, como amigos y terapeutas.

En las guerras de Irak y Afganistán, los soldados ponían nombres cariñosos a los robots con los que trabajaban; incluso alguno arriesgó su vidas para salvar a un robot.

“Cada vez creamos más espacios en los que la tecnología robótica está destinada a interactuar con los humanos –indica Darling–. Nuestra inclinación a proyectar cualidades reales en los robots plantea interrogantes sobre el uso y los efectos de la tecnología”.

En su libro Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other, a la psicóloga Sherry Turkle le preocupa que las relaciones seductoras de robots, que se supone que son menos agotadoras que las relaciones con humanos, tienten a las personas a evitar la interacción con sus amigos y familiares.

A medida que la inteligencia artificial impregna nuestras vidas, debemos enfrentarnos a la posibilidad de que afecte nuestras emociones e inhiba conexiones humanas profundas.

Darling justamente investiga los efectos sociales, éticos y legales a corto plazo de la integración de la tecnología robótica en la sociedad. Explora cómo los robots sociales funcionan como reflejos de nuestra propia humanidad: cómo incitan nuestras emociones, cómo son disparadores de empatía, además de funcionar de compañía de personas dentro del espectro autista o en una población cada vez más avejentada.

En 2013, en un taller realizado en Ginebra, Darling, le dio a cinco equipos de personas un robot Pleo, un dinosaurio de juguete para niños, de ojos confiados y movimientos cariñosos. Les pidió que le pusieran un nombre e interactuaran con ellos durante aproximadamente una hora. “Luego les dimos un martillo y un hacha –recuerda– y les dijimos que torturaran y mataran a los robots”.

Ninguno de los participantes aceptó hacerlo. Así que finalmente, Darling amenazó: “Vamos a destruir todos los robots a no ser que alguien destruya con un hacha uno de ellos”. Entonces, una mujer se puso de pie, tomó el hacha y le dio un golpe al robot en el cuello. Toda la habitación se estremeció. “Fue mucho más dramático de lo que nunca habíamos anticipado”.

No se trata solo de una anécdota. En un estudio, investigadores de la Universidad de Duisburg-Essen en Alemania utilizaron un escáner de resonancia magnética funcional para analizar las reacciones de las personas ante un vídeo de alguien que torturaba un dinosaurio robótico Pleo: asfixiándolo, metiéndolo dentro de una bolsa de plástico o golpeándolo.

La psicóloga Astrid Rosenthal-von der Pütten y sus colegas descubrieron que los participantes experimentaban una sensación de empatía al ver a un robot sometido a tortura. Las respuestas fisiológicas y emocionales que midieron fueron mucho más fuertes de lo esperado, a pesar de ser conscientes de que estaban viendo un robot.

Este tipo de reacciones se advierten en las redes sociales cada vez que la compañía Boston Dynamics sube un nuevo vídeo de uno de sus robots que reciben patadas y tirones para demostrar que pueden lidiar con fuerzas imprevistas.

En 2015, incluso la organización por los derechos de los animales PETA se pronunció: “Si bien es mucho mejor patear a un robot de cuatro patas que a un perro real, la mayoría de las personas razonables consideran que incluso la idea de tal violencia es inapropiada”. Sin mencionarlo, hacían referencia al argumento de la serie Westworld, sobre un alzamiento robótico luego de décadas de subyugación.

En ese sentido se creó la campaña Stop Robot Abuse: “¡Actúa junto con nosotros para detener el abuso y la crueldad hacia los robots! ¡El abuso de robots es un problema real y debe detenerse inmediatamente! Únase y ayúdenos enseñando a los niños humanos cómo manejar mejor los robots desde una edad temprana”.

Sin embargo, el problema con la tortura de un robot no tiene nada que ver con el robot en sí, sino con los valores sociales y los impulsos de las personas que ven tal espectáculo.

Nuevos y viejos derechos

La apariencia de las máquinas juega un papel importante en cómo las tratamos. En 2016, investigadores de la Universidad de Stanford descubrieron que la gente se siente realmente incómoda cuando se les pide tocar las partes íntimas de un robot. “La gente responde a los robots de una manera primitiva y social”, dice la Jamy Li, una de las autoras del estudio. “Las convenciones sociales sobre tocar las partes privadas de otra persona se aplican también a las partes del cuerpo de un robot”.

En muchos casos, las percepciones que tienen las personas sobre lo que es y es capaz de hacer un robot provienen de la ficción. “Creo que estamos muy atrapados en las ideas de ciencia ficción y la cultura pop de lo que la inteligencia artificial y los robots pueden hacer o no pueden hacer –señala Darling–. Las personas a veces sobrestiman o subestiman lo que la tecnología puede hacer”.

Investigadores de la Universidad de Stanford descubrieron que la gente se siente realmente incómoda cuando se les pide tocar las partes íntimas de un robot.

Proyectamos en los robots más inteligencia de la que realmente tienen. Los robots aún no pueden lidiar con cosas fuera de parámetros muy limitados. Esta atribución, en ciertas ocasiones pude ser divertido y en otras, problemático. Como recuerda esta investigadora, existe el concepto de sesgo de automatización: “A veces confiamos demasiado en las máquinas. Confiamos ciegamente en su toma de decisiones, o confiamos en que un algoritmo es neutral y no sesgado. A menudo, ese no es el caso”.
En el caso de Opportunity, la percepción social estuvo, tal vez, influenciada por personajes como el robot Wall-E. Y también por el curioso estilo de redacción de las cuentas oficiales de Twitter de este tipo de máquinas o lo que se conoce como encuadre antropomórfico: en sus redes sociales, parecen vivas, con personalidad y voluntad.

La infiltración de estos seres artificiales en la sociedad y en nuestros ámbitos privados abre así un territorio inexplorado para la psicología. “La llegada de los robots se siente como si una raza alienígena aterrizara en la Tierra. No sabemos qué hacer con ella”, dice Darling, quien sospecha que durante una primera fase trataremos a los robots como mascotas.

Lo que sigue –¿robots sociales con derechos legales? – por ahora pertenece al dominio de la ciencia ficción y la especulación. O no tanto: en 2017, Arabia Saudita se convirtió en el primer país en otorgar la ciudadanía a un robot. Sin estar obligada a usar hiyab o a estar acompañada por un tutor masculino, este ser artificial de aspecto femenino recibió algunos derechos que las propias mujeres sauditas no pueden disfrutar en su país.

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La dirección general de Memoria Histórica repartió 311.000 euros a dedo en un año

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Sacar a Franco del Valle de los Caídos ha sido el puntal empleado por Pedro Sánchez en sus políticas de Memoria Histórica. El Tribunal Supremo validó esta semana el plan del Gobierno para trasladar los restos del dictador al cementerio de Mingorrubio, en el barrio madrileño de El Pardo. Una parte de la tarea administrativa para facilitar este procedimiento corrió a cargo de la dirección general de Memoria Histórica, un departamento de nuevo cuño instaurado por el Ejecutivo socialista nada más comenzar esta legislatura y que, al margen de su papel en el proceso de exhumación, no ha tenido una labor demasiado trascendente a la hora de solucionar los problemas de las miles víctimas anónimas de la Guerra Civil y el Franquismo que deberían beneficiarse de la ley de Memoria.

La falta de Presupuestos, como ocurre en otros ministerios o autonomías, seguramente no haya jugado a favor de esta dirección general que, según los documentos, ha suscrito, desde el momento de su creación, el 29 de junio de 2018, 19 contratos menores por valor de 311.384,98 euros y ha empleado 428.525 euros en firmar diez convenios con diversas instituciones, tanto nacionales como internacionales. Un montante que asciende casi hasta los 750.000 euros en apenas un año y medio de actividad, que se ha centrado en conmemorar el 80 aniversario el exilio republicano.

Con la nueva convocatoria electoral es momento de hacer balance y en el de la dirección general de Memoria Histórica llama la atención que, pese a ser un departamento estrella que el Gobierno se esforzó en publicitar como una herramienta para «impulsar» medidas de apoyo a quienes sufrieron la Guerra Civil, no tenga director general ahora mismo. El Ejecutivo designó en su origen al historiador y exalcalde de Almería, Fernando Martínez, que sin embargo aparcó esta obligación para ser senador. El Ministerio de Justicia, que encabeza Dolores Delgado, y al que pertenece este departamento, decidió no nombrar a un sucesor por lo que, desde que Martínez se despidió, está dirigido de manera interina por el subdirector general.

Los viajes del jefe

En el momento de su creación el Consejo de Ministros escogió a un político socialista que vivía fuera de Madrid para dirigirla. Martínez, además de historiador, era el experto del PSOE en Memoria Histórica: actualmente ostenta el cargo de secretario ejecutivo en la materia dentro de la Comisión Ejecutiva Federal del partido. Esta circunstancia iba a implicar un coste añadido, puesto que la ley concede el derecho altos cargos -ministros, directores generales…- designados por el Consejo de Ministros a recibir una compensación económica por desplazamiento a su lugar de trabajo si no tienen su hogar familiar en el mismo lugar que el despacho.

Así, durante el tiempo en que dirigió el departamento, Martínez recibió 15.247,97 euros para compensar el coste de los viajes entre su domicilio familiar en Almería y Madrid, pese a que tenía un sueldo, como refleja en su declaración de bienes como senador, de 4.950 euros al mes . La media de cada viaje, 39 en total, fue de 360 euros que corrieron a cargo del erario público.

El logo republicano

En marzo se supo que el Ministerio de Exteriores instó a los diplomáticos a reivindicar el exilio republicano incluyendo un logotipo en su firma del correo electrónico. Tras la noticia, el Ministerio de Josep Borrell rectificó. En virtud de los documentos a los que ha tenido acceso este diario, el icono fue encargado a dedo por la Dirección General de Memoria Histórica para la ocasión a un precio de 15.768 euros.

El logo es solo uno de los 19 contratos menores otorgados por la Dirección General que, sin embargo, no ha abierto durante su trayectoria ninguna convocatoria de subvenciones públicas. Es decir, un modo de operar basado en los contratos a dedo para, entre otras cosas, realizar investigaciones sobre la ubicación de fosas comunes en Córdoba (14.800 euros) o la creación de un reportaje fotográfico «artístico-documental» sobre el exilio español en Francia (13.648 euros). Ahora vuelven las elecciones y el futuro de esta dirección general, igual que el del Gobierno, está en el aire.

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¿Hay que meter en la cárcel al tenor que se oscurezca la piel para hacer de Otelo?

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Por Alberto González Fernández de Valderrama.-Una nueva categoría de tontos se ha puesto de manifiesto recientemente con las declaraciones del primer ministro canadiense Justin Trudeau, que se ha mostrado avergonzado por haberse pintado la cara de negro en varias fiestas de disfraces a las que asistió en su juventud. Alguien descubrió esas fotos y las publicó para tratar de hundir su carrera política, consciente de que la ola antirracista que la izquierda ha extendido por el mundo como un tsunami se encargaría de crucificarle por su osadía.

Pero el primer ministro pertenece a un partido liberal que encaja perfectamente en la definición de “derechita cobarde” – fielmente representada en España por el PP y por CS- y no ha tenido agallas para defenderse diciendo que él en sus fiestas privadas se disfraza de lo que le da la gana y que no tiene por qué dar cuenta de ello a nadie. No: es tal la ola de estupidez reinante en el ambiente que ha preferido la humillación de la corrección política antes que la dignidad. Y por ello el primer ministro se ha hecho merecedor de entrar en una nueva categoría de tontos que se podría llamar “tontos internacionales”, aquellas personas de notoriedad pública que por afán de poder no tienen inconveniente en bajarse los pantalones y arrodillarse ante la progresía mundial para pedir perdón humildemente por sus supuestos errores ideológicos del pasado, de los que en su fuero interno no pueden arrepentirse, pero que les incomodan terriblemente en su carrera política y por los que les viene al pelo pedir perdón como si hubieran sido simples “pecadillos de juventud”.

Si pintarse la cara de oscuro para representar a la persona de un negro –lo que en América se conoce como “blackface”- es algo malo por ser ofensivo para los negros, yo me pregunto: ¿qué pasa con los actores de ópera que interpretan personajes de otras razas?; ¿hay que meter en la cárcel al tenor que se oscurezca la piel para hacer de Otelo, o a la actriz que se maquille con rasgos orientales para interpretar a Madame Butterfly?. Si a alguien le molesta que otro se disfrace de su raza será porque el primer racista que existe es el ofendido, que debe ver algo malo en él como para que le imiten. A mí me importa un bledo si un negro -ya sea en una fiesta privada o ante todas las cámaras de televisión del mundo- se aclara su piel para interpretar a un hombre blanco o se viste de chino mandarín y se maquilla los ojos para que parezcan oblicuos porque quiere interpretar a Fu Manchú. ¿Y qué va a pasar con los imitadores?: ¿se va a perseguir a los que pongan voz de chino pronunciando la letra erre como si fuera una ele o a los que simulen el acento mejicano para contar un chiste?; ¿se va a prohibir la venta de disfraces del lejano Oeste para que los niños no hagan el indio vistiéndose de comanches?

Ya dijo Einstein que solo conocía dos cosas que eran infinitas: el universo y la estupidez. Y alguien cuyo nombre se escapa a mi memoria le corrigió en cuanto al universo, que podría ser limitado. Pero no he oído a ningún científico negar la validez del enunciado del sabio alemán en cuanto a su segundo objeto.
Los gobiernos occidentales, todos en cascada, van cayendo poco a poco en ese pozo de idioticia que sopla desde el lado izquierdo del cerebro humano y va penetrando sin encontrar resistencia en su lado derecho. Y así veremos algún día prohibidas las películas de Tarzán o las del Oeste – ya que los indios aparecen como más crueles y atrasados que los soldados norteamericanos-, y los cómics de Tintín, los disfraces de indígenas y hasta las fiestas populares españolas de moros y cristianos, porque recuerdan de un modo doloroso a ciertos colectivos religiosos que perdieron una guerra hace quinientos años y que no pudieron imponernos sus leyes y costumbres. Y como la estupidez es infinita, según hemos aceptado como un axioma, se acabarán prohibiendo todas aquellas novelas, películas, tebeos y cualquier otra obra artística cuyos principales protagonistas o héroes sean varones, heterosexuales, de clase acomodada y de raza blanca. Solo quedarán incólumes entre estos héroes de tebeo el Pato Donald, que seguirá siendo aceptado por la corrección política por el hecho de ser un animal, y el ratón Mickey, que además de ser un animal es casi totalmente negro. A Caperucita Roja y a la Cenicienta ya las hemos visto apartadas de las bibliotecas de algunos colegios públicos, primer paso para su defenestración cultural, aunque esta vez no por motivos antirracistas sino animalistas en el primer caso y feministas en el segundo: los lobos no son tan malos como para comerse a las abuelitas y engañar a las niñas; y las mujeres pobres o arruinadas que se casan con los viudos ricos ni pueden tener dos hijas feas ni ser malas y explotadoras de sus ahijadas (aparte de que los príncipes no pueden ser guapos y felices sino que deberían ser derrocados por el pueblo si no guillotinados).

La suerte del cuento de Blancanieves no la tengo tan clara, pues ella es protagonista de la historia y muy bella; pero eso de que unos enanos la sirvan podría ser despreciativo para el colectivo de las personas que sufren de esta discapacidad.

Pongamos, pues, en la lista de tontos internacionales a este ministro Trudeau y dejemos debajo un espacio muy amplio para otros nombres, porque lo iremos rellenando en muy poco tiempo. La lista de los tontos nacionales es de todos conocida y no la voy a publicar aquí para evitarme demandas que no daría abasto a contestar. Pero tampoco podría publicarla si quisiera porque no hay espacio suficiente para ello en este periódico digital.

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Condenado a muerte, empalado y quemado… el “Ninot Batasunot” en respuesta al insulto de Alsasua

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Haciendo un simil de la película justiciera de Charles Bronson y Henri Fonda “Hasta que llegó su hora”, donde el bien vence sobre el mal, pues ha llegado la hora del Ninot Batasunot, que encarna todos los males del mundo terrorista radical vasco.

Son décadas de padecer diversas maldades, tales como humillaciones, vejaciones, acoso, muerte, etc por parte de los criminales abertzales hacia las FFAA, las FCS y en general, a todos los defensores de la unidad de nuestra Patria. Por todo ello gritamos desde ASABES basta a las lamentaciones, y al igual que hacen ellos, así actuaremos nosotros, eso sí, nosotros siempre en el marco de la ley, como ha dictado el Magistrado de la Audiencia Nacional Ismael Moreno, que según el alegato en su auto, la lapidación y quema de un muñeco que representa a un GC vestido de uniforme (o sea, simulando que se encuentra en el ejercicio de sus funciones) no es delito, sino que se trata de una manifestación pública de libertad con total impunidad para con sus agresores.

A partir de ese mismo criterio jurídico, desde ASABES vamos a empalar y calcinar como a un gorrino a la brasa al ninot Batasunot, que emulará a todo el mundo filoterrorista vasco, pero que no se nos moleste nadie, vamos de “buen rollo”, ya que se tratará de un elemental y básico ejercicio de libertad de expresión como indicó su ilustre Señoría .

ASABES se creó como una asociación para la defensa de la bandera española, por desgracia tan maltratada en su propio país, y para apoyar a las FFAA, las FCSE, Policías locales y autonómicos que estén dispuestos a acatar el actual marco jurídico, que no es otro que la Constitución.

Igualmente nació para defender al Jefe del Estado español y a la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana, quedando exentos entre los uniformados, por supuesto los traidores, o los que carecen de vocación y en el caso de los los representantes de la Fe de Cristo, los infiltrados hechiceros, dedicados a la política roja-separatista o los múltiples invertidos pederastas, como por ejemplo la “sauna gay-pederasta” de monjes de Montserrat, amparados durante décadas por el separatismo catalán.

Al igual que el Ejército tiene por lema principal ” Todo por la Patria”, ASABES tiene su propio lema “Solo nos arrodillamos ante Dios”. Por lo tanto, no nos debemos a personas en concreto, nos debemos a la causa común de sus doctrinas.

Por ende, ASABES no tiene otro enemigo, que los que lo son de Dios y de España, y a día de hoy los enemigos de Dios son diversos, desde el expansionismo islamista, pasando por la judeomasonería, los mismos enemigos, junto con el rojo-separatismo, de la unidad de España.

Por todo ello, en este caso le llegó su hora al Ninot Batasunot, reflejo del separatismo enemigo de la unidad de España. Y no dudaremos en contestar desde la legalidad de la misma manera y forma, tal cual se expresen los eternos enemigos de Dios y de España.

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