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Cartas del Director

Con los votos de Vox, pero sin notarse

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Marín y Serrano
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Vox anunció ayer que planteará una enmienda a la totalidad al proyecto de Presupuestos andaluces para este año presentado por el Gobierno de coalición formado por PP y Cs.

Alega la formación derechista que estas cuentas «las podría haber presentado un Gobierno socialista perfectamente» y se alejan de todo lo que el Ejecutivo de Juan Manuel Moreno había anunciado. Puede decirse que los puntos de los que este partido hizo bandera y quiso condicionar el Gobierno de San Telmo no se han tenido en cuenta: se mantiene la partida de 4,2 millones para violencia de género y se ha aumentado en más de un millón el gasto para las políticas migratorias.

Al partido que lidera Santiago Abascal se le puede achacar que ideologizó en exceso su estreno en una institución pública de importancia, más preocupado en marcar perfil que en gestionar. Puede que ahora le haya pasado factura. El pacto que llevó al PP a San Telmo cuenta 26 diputados de los populares, 21 de Cs y 12 de Vox. No es una representación menor (9 escaños tenía Cs, encabezado por Juan Marín, cuando apoyó a Susana Díaz), por lo que sorprende que no haya tenido capacidad para intervenir en los presupuestos, que anuncie que «todas las actividades y programas que no tengan interés claro público y social no serán apoyadas» y que haya esperado a después de presentarse en el Parlamento el pasado viernes para anunciar su disconformidad. Si estas cuentas no han cumplido el «espíritu», como dijo el portavoz de Vox, es algo que tenía que haberse cerrado en la investidura.

La posición de Vox, de entrada, es legítima, pero también precipitada. De cumplirse esta amenaza, el pacto que forjó la alternativa al socialismo andaluz gobernante 37 años entraría en crisis cinco meses después. Sin embargo, que Abascal haya dado este golpe en la mesa coincidiendo con las negociaciones abiertas en comunidades autónomas y ayuntamientos indica que quiere hacer valer sus votos y, como ya han reiterado, no ser «ninguneados» y tratados como una fuerza de la que se utilizan sus votos cuando interesa y luego se oculta para no verse perjudicados por pactar con una fuerza de extrema derecha, tal y como es calificada muy a la ligera. Albert Rivera también marcó ayer la línea a seguir por su partido: no negociará con Vox, aunque entren en gobiernos que dependan de éstos. Es lógico, por lo tanto, que este partido ponga condiciones y que reclame una representación acorde con sus votos, pero no lo es menos que nadie se lo va a facilitar.

Descartadas las «mesas a tres» en el centroderecha, puede derivarse que no se va a reeditar el pacto andaluz, modelo que se pensó podría trasladarse a otros territorios, aunque nadie hizo bandera de ello. Difícilmente un partido que rehúye a otro puede llegar a grandes acuerdos, y el desencuentro entre Rivera y Abascal es evidente y cada vez más hondo.

Otra cosa diferente será ver cómo gestionan que para que el centroderecha gobierne en Madrid, Aragón y Murcia sea necesario una pacto entre populares, Cs y el apoyo, en la manera que sea, de Vox. El problema de Rivera es el problema de su formación: la indefinición ideológica o, en el tema que nos ocupa, cómo hacer compatible pactos con el PSOE y con un partido que definen de extrema derecha.

En definitiva, la pretensión del partido naranja es que Vox apoye cualquier acuerdo con el PP, pero que no se note. Resulta imposible. Ahora sólo cabe esperar si Vox cumple la amenaza y devuelve las cuentas andaluzas. Añadir esta crisis a un mapa en el que se están encajando gobiernos y ayuntamientos es irresponsable.


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Grecia da carpetazo al delirio populista

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La aventura política de Alexis Tsipras se puede resumir en un simple concepto: en el mejor de los casos, Grecia ha perdido cuatro años en un periplo que ha devuelto al país prácticamente donde estaba. Con un mensaje demagógico e imaginario -es decir, populista- Tsipras apareció en la arena política de la crisis más profunda que ha conocido la economía griega, prometiendo lo que nadie podía cumplir.

Alentado por su estrambótico ministro de Economía, Yanis Varufakis, se dedicó primero a empeorar las cosas a base de enfrentarse con los socios europeos, los únicos dispuestos a ayudar a su país, hasta que se dio cuenta de que caminaba en la dirección equivocada. Y a pesar de que desde que empezó a aplicar -siquiera parcialmente- las recomendaciones de la denostada Troika la situación ha mejorado sensiblemente, al final los votantes griegos han preferido confiar en un dirigente de centro-derecha como Kyriakos Mitsotakis. Pura ligereza ideológica, Tsipras se dio a conocer como un extremista radical de izquierda, pero no le importó pactar con grupos ultranacionalistas y filonazis, antes de coquetear con la socialdemocracia con una mano, mientras que con la otra se resignaba a aplicar las recomendaciones europeas, incluyendo un control radical del gasto público. No debe extrañar que su gestión haya acabado irritando a unos y a otros.

Este fue el modelo para cierta izquierda que durante la crisis se aferró a las recetas demagógicas más extremistas, empeñada en prometer la solución con recetas que solo servían para empeorar las cosas. Junto a la dictadura chavista, Alexis Tsipras fue el modelo de Pablo Iglesias, que soñaba con una internacional populista mientras acudía a Atenas a los mítines de Tsipras. El mismo Iglesias que ahora dice que quiere ser ministro.


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El PSOE se encomienda a Bildu

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María Chivite (c) ha alcanzado un acuerdo con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra.
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El Partido Socialista de Navarra formalizó ayer el acuerdo alcanzado con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra para la investidura de María Chivite en la Comunidad Foral, a la espera de que los proetarras de Bildu lo refrenden como mínimo con su abstención. Se trata de un acuerdo bendecido por Pedro Sánchez, por el que el PSOE vuelve a aliarse con el nacionalismo anexionista y por el que aceptará gustoso los votos de Bildu, despreciando cualquier pacto con los partidos constitucionalistas integrados en la lista mayoritaria de Navarra Suma. El PSOE podrá disfrazar este acuerdo como quiera, e incluso podrá alegar que no ha pactado absolutamente nada con Bildu, pese a ser el único beneficiado con su previsible abstención. Lo que debería ser una buena noticia -que el nacionalismo vasco y navarro pierde el poder de la Comunidad Foral-, se convierte en una noticia alarmante, puesto que el PSOE, que no ganó las elecciones, ha decidido dar la espalda a los partidos defensores de la unidad de España para gobernar junto con quienes defienden el derecho de autodeterminación o la absorción de Navarra por parte del País Vasco.

El PSOE tenía distintas alternativas. La primera asumir su derrota y abstenerse para permitir la gobernabilidad de Navarra Suma; la segunda, haber pactado incluso, como en su día hicieron en el País Vasco el PSE y el Partido Popular, para impedir un Gobierno del PNV sustentado en los batasunos; y la tercera, pactar con partidos como los que ha pactado, la marca navarra del PNV y la extrema izquierda con el beneplácito de Bildu. Ya resultó indiciaria hace unas semanas la claudicación del PSN cuando permitió que Bildu se hiciera con un puesto clave en la Mesa del Parlamento Foral, lo que evidenció el doble rasero del discurso de Ferraz al respecto. Todas aquellas afirmaciones de José Luis Ábalos, Carmen Calvo o el propio Pedro Sánchez de que la «línea roja» era negociar con Bildu han resultado ser una grosera mentira. Por acción o por omisión, el resultado es el que es, y el PSN gobernará con el aval de Bildu porque sin él sería absolutamente imposible. No iban desencaminados quienes advertíamos de que el proceso de blanqueamiento de Arnaldo Otegui en la mesa del Consejo de Ministros o en Radiotelevisión Española tenía un solo objetivo, el de garantizarse el poder a toda costa. Y ello, con la indignidad que supone hacerlo incluso sobre la memoria de todos aquellos militantes socialistas asesinados por ETA, sin que un terrorista convicto y confeso como Otegui haya siquiera pedido perdón.

El PSOE tendrá que evaluar el coste de este tipo de decisiones en términos de congruencia, ética política e impacto sobre sus propios votantes. Pero de momento, las sonrisas de María Chivite durante las negociaciones de los últimos días, o en las fotografías de ayer, sobran.


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Cartas del Director

La soberbia castiga a la derecha

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El portavoz del grupo parlamentario del PSOE en la Asamblea Regional de Murcia Diego Conesa (i) conversa con la portavoz de Ciudadanos Isabel Franco
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Vox y Ciudadanos volvieron a dinamitar ayer cualquier posibilidad de acuerdo que permitiese al candidato del PP, Fernando López Miras, ser designado presidente de Murcia. El día fue tan frenético como inútil para el centro-derecha. De nuevo, Albert Rivera y Santiago Abascal, culpables a partes iguales de esta absurda falta de entendimiento, se enrocaron en una incomprensible posición política que prolonga la incertidumbre en Murcia y amenaza con enterrar toda opción de acuerdo también en la Comunidad de Madrid. El enquistamiento de las relaciones entre ambos partidos ha aumentado en las últimas horas y amenaza con un bloqueo que, en definitiva, solo beneficia a la izquierda. Vox y Ciudadanos tendrán sus respectivos motivos para aborrecerse, no firmar juntos ningún documento, no aparecer públicamente unidos y ni siquiera para posar ante los fotógrafos. Rivera está en su legítimo derecho de creer que ceder ante Vox es tóxico y contamina su marca. Y a su vez, Abascal tendrá sus motivaciones para desconfiar de Rivera y de sus mensajes ambivalentes, confusos y ambiguos. Pero lo ocurrido ayer en Murcia supone un desprecio al votante conservador en la medida en que los vetos mutuos pueden desencadenar o bien gobiernos socialistas o bien la repetición de elecciones. Es inquietante la incapacidad de dos partidos con un objetivo común -impedir que la izquierda gobierne- para ponerse de acuerdo por una simple cuestión de gestos, por puro tacticismo o por mera cuestión de imagen. Más que nada, porque la imagen que ofrecieron ayer es irritante.

La obsesión política por retratar al culpable es lo de menos ahora. Tanto Vox como Ciudadanos tienen su parte alícuota de responsabilidad en lo ocurrido ayer, más allá de que el error cometido pueda corregirse dentro de unos días. Sin embargo, Ciudadanos no puede pretender beneficiarse de los votos de Vox sin siquiera agradecer con un mínimo gesto la generosidad de ese partido al regalarle vicepresidencias y consejerías autonómicas. Más aún, la división interna en Ciudadanos es palpable, y quien impone el veto drástico es la dirección del partido en Madrid. Si Abascal tiene la llave para consensuar gobiernos de centro-derecha, Ciudadanos no debe imponer el ordeno y mando de una negociación que ningunee a Vox, que desprecie a sus diputados como si no hubiesen sido democráticamente elegidos y que lo esconda en un gueto del que son aprovechables sus votos gratis, pero no sus demandas. Parece razonable empezar a pensar también que este tipo de bloqueos tienen más que ver con una pugna de egos y soberbia que con diferencias programáticas insalvables. Rivera y Abascal están a tiempo de reconducir una deriva que, de mantenerse, solo beneficia a Pedro Sánchez. Justo lo que ninguno de los dos quiere. No cabe mayor contradicción.


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