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El marxismo cultural impone el fin de la libertad de expresión en Europa

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Según un extenso reportaje publicado en la nueva Revista Naves en Llamas, en su número del pàsado mes de junio, el totalitarismo socialdemócrata se extiende por los principales países de la Unión Europea de la mano de la más asfixiante censura periodística que ha vivido el viejo continente desde la II Guerra Mundial.

Mientras el Parlamento Europeo “aconseja” a los ciudadanos qué periódicos leer y pretende “enseñar” qué información seleccionar y cómo hacerlo, países como Alemania, Francia, Suecia o Gran Bretaña, entre otros, diseñan leyes intensamente restrictivas que se presentan como herramientas legislativas contra las “noticias falsas”, pero que tienen como único fin castigar y eliminar todas aquellas informaciones y opiniones que cuestionen el pensamiento políticamente correcto impuesto a sangre y fuego en la UE por las fuerzas políticas dominantes y la totalidad de los medios de comunicación del Sistema.

La historia de la comunicación de masas demuestra que las informaciones falsas, las noticias equivocadas, los comentarios manipuladores, los análisis torticeros, las opiniones estridentes, las críticas furibundas y los puntos de vista rompedores son la esencia de la libertad de expresión desde que las primeras gacetas comenzaron a ver la luz en la Europa del siglo XVI. Y, del mismo modo, tratar de poner fin a la publicación de “mentiras” ha sido la excusa preferida de los incontables censores políticos, culturales o religiosos que el mundo ha conocido a lo largo de los siglos. Lo dramático del asunto es que hoy, en el siglo XXI, son las principales potencias de Occidente, sumisas a una falsaria corrección política impuesta por la alianza atroz existente entre el marxismo cultural y el islamismo político, las que no dudan en silenciar a sus ciudadanos más libres, aquellos que se niegan a acatar el discurso ideológico dominante.

Durante los últimos años, y especialmente desde que las grandes empresas periodísticas entraron en una crisis económica dramática a consecuencia de la implosión producida en el sector por la llegada de las TIC’s (nuevas tecnologías de la comunicación y la información), han sido los canales televisivos de más audiencia y las principales cabeceras del continente (tanto unos como otros generosamente financiados por las instituciones) los medios que más patrañas, inventivas y contenidos manipulados han lanzado al público en general. Estas empresas, de la BBC a El País, pasando por Financial Times, La Vanguardia, Le Monde, The Washington Post, The New York Times o La Sexta, mantenidas directamente o indirectamente por gobiernos propios o por regímenes dictatoriales extranjeros, son las que durante años han mantenido el monopolio de la desinformación en solitario y son las que hoy más presionan para que los dirigentes europeos actuales legislen a su favor… censurando, acallando y enmudeciendo a los nuevos protagonistas informativos que, básicamente a través de Internet, se suman al ámbito de la comunicación global.

Francia

En Francia, donde intelectuales y periodistas de talla internacional como Alain Finkielkraut, Éric Zemmour, Gilles Kepel o Ivan Rioufol, repetidamente censurados en las televisiones públicas, denuncian insistentemente y en solitario cómo cada vez es más difícil emitir informaciones y escribir opiniones contrarias al pensamiento único islamoizquierdista dominante, el presidente Emmanuel Macron ha anunciado el inicio de una “guerra” a las “noticias falsas” y a quienes las propagan. Con este fin, va a impulsar una nueva ley para “controlar, limitar y castigar la propagación en Internet, durante campañas electorales, de noticias falsas por parte de entidades extranjeras”.

Según Emmanuel Macron, que ascensió al poder después de que los principales medios de comunicación galos impulsaran una durísima campaña contra su principal contrincante, François Fillon, la norma que está preparando su Gabinete “protegerá la vida democrática de las falsas noticias que, a través de las redes sociales, expanden por todo el mundo y en un instante, en todas las lenguas, bulos inventados para ensuciar a un responsable político, a una personalidad, a una figura pública, a un periodista”.

Mientras tanto, en Francia, como también ocurre en la mayor parte de los países que forman el núcleo duro de la UE, y gracias a leyes dictadas “ad hoc” bajo el pretexto de luchar contra “los discursos del odio”, es imposible y sumamente arriesgado cuestionar públicamente los constantes alegatos antidemocráticos lanzados por el Islam político, no hay forma de criticar serenamente a los “jemeres verdes” apologetas incansables del “cambio climático” y, por supuesto, es siempre motivo de querella judicial cualquier planteamiento que se haga en contra de una ideología de género tan generalizada como ignorante. De todo esto, de las decenas de “no-go zones” que se extienden por el país, de los miles de policías que son atacados todos los años en los barrios de mayoría musulmana y de las decenas de atentados islamistas que se han cometido en suelo galo en la última década, Macron, por el momento, no tiene nada que decir.

Alemania

Desde el pasado 1 de octubre de 2017, una nueva ley ha introducido la censura del Estado en plataformas sociales como Facebook, Twitter y YouTube. El Gobierno germano exige a estas empresas que acallen a sus usuarios en nombre del Estado alemán y, para ello, estas redes sociales se encuentran obligadas a borrar o a bloquear cualquier “delito de ofensa” como el libelo, la calumnia, la difamación o la incitación en un plazo de 24 horas de la recepción de la queja de un usuario, al margen de que el contenido de la denuncia sea cierto o no. Las empresas propietarias de las redes sociales tienen siete días para los casos que sean más complicados. Si no lo hacen, el Gobierno alemán puede imponerles una multa de hasta 50 millones de euros por no cumplir la ley.

De esta forma, el Ejecutivo de Angela Merkel ha conseguido que la libertad de expresión de sus ciudadanos esté sujeta a las decisiones arbitrarias de entidades empresariales que tienden a censurar más de lo necesario para no arriesgarse a una multa demoledora. Como explica la analista Judith Bergman, “cuando se nombra a los empleados de las compañías de las redes sociales como policía privada del pensamiento del Estado y se les da el poder de moldear el actual discurso político y cultural, decidiendo quién puede hablar, y qué puede decir, y a quién se acallará, la libertad de expresión se reduce a nada más que un cuento de hadas”.

Mientras esto ocurre, y como ejemplo perfecto de que tanto en Alemania como en el resto de Europa Occidental la censura solo funciona en una dirección, el Tribunal del distrito de Múnich ha reactivado e imputado una sentencia suspendida al periodista alemán Michael Stürzenberger de seis meses de cárcel por publicar en su página de Facebook una foto histórica del gran muftí de Jerusalén, Haj Amin Al Huseini, estrechando la mano de un gerifalte nazi en el Berlín en 1941. Los fiscales acusaron a Stürzenberger de “incitar al odio hacia el Islam” y de denigrar a esta religión por publicar la fotografía. El tribunal declaró a Stürzenberger culpable de “diseminar la propaganda de organizaciones anticonstitucionales”. Aunque la admiración mutua que una vez existió entre Al Huseini y los nazis alemanes es un hecho histórico incuestionable, resulta evidente que los tribunales alemanes están reescribiendo la historia, con el visto bueno de las autoridades políticas.

Reino Unido

En el Reino Unido, mientras el alcalde musulmán de Londres prohíbe colocar en las estaciones de metro anuncios de mujeres occidentales en bikini, la primera ministra, Theresa May, dirige también su indignación contra las compañías de Internet y contra los usuarios de éstas: “La industria tiene que ir más lejos y más rápido para automatizar la detección y eliminación de contenido terrorista online […]. Al final, no son sólo los terroristas a quienes tenemos que derrotar. Es la ideología extremista que los alimenta. Son las ideologías que predican el odio, siembran la división y perjudican nuestra humanidad común. Debemos ser mucho más firmes en la identificación de esas ideologías y su derrota, en todos los ámbitos de nuestra sociedad”.

A más de un lector esta declaración de principios puede resultarle aceptable, pero lo más llamativo de la misma es que en ella Theresa May jamás pronuncia el “apellido” de los terroristas que durante los últimos años, y especialmente a lo largo de 2017, han convertido Londres en general, y el Reino Unido en particular, en un campo de cadáveres. La primera ministra sigue insistiendo en que “estas ideologías” afectan “a todos los ámbitos de nuestra sociedad” cuando, en realidad, prácticamente todo el terrorismo que padece Occidente es islámico.

Paralelamente, su propia secretaria de Interior, Amber Rudd, se ha negado a ilegalizar al brazo político de Hezbolá. El discurso del odio de los islamistas de Hezbolá, al parecer, es perfectamente aceptable para las autoridades británicas. Y también el del clérigo musulmán sudafricano y predicador del odio Ebrahim Bham, que había sido intérprete del director jurídico de los talibanes. Se le permitió entrar en el Reino Unido para hablar en el Queen Elizabeth II Centre, un edificio del Gobierno, en el marco de la “Expo Palestina”, un gran evento antijudío celebrado en julio en Londres. Bham es conocido por citar a Goebbels, el ministro nazi de Propaganda, y decir que todos los judíos y cristianos son “agentes de Satán”. Entretanto, a un académico de primer orden como Robert Spencer se le ha vetado la entrada en el Reino Unido, supuestamente porque lo que narra —que es verdadero— es “islamófobo”.

La muy concreta intencionalidad política e ideológica que encierra el empeño de coartar la libertad de expresión de los ciudadanos en base a lo que se conoce como “delitos de odio” queda claramente expuesta en los datos que ofrece la Fiscalía del Estado británica (CPS, por sus siglas en inglés), que entre 2015 y 2016 asegura haber denunciado 15.442 casos de este tipo de faltas. Curiosamente, a pesar de que los judíos de Gran Bretaña, que ya han sufrido un drástico aumento el antisemitismo en los últimos tres años, suelen ser los destinatarios habituales de los delitos de odio, sus casos continúan siendo apenas una fracción mínima de las estadísticas. Según Campaign Against Antisemitism, “aún no ha habido un año en que se hayan enjuiciado más de unos 25 delitos de odio antisemita. En lo que llevamos de 2017, nos constan 21 enjuiciamientos, en 2016 hubo 20 y en 2015 hubo sólo 12. Es tan grave la inacción de la Fiscalía que hemos tenido que demandar a título privado a los presuntos antisemitas y enfrentarnos a la Fiscalía mediante las revisiones judiciales, de las cuales la primera la ganamos en marzo. El año pasado sólo se juzgó el 1,9% de los delitos de odio contra los judíos, señalando a las fuerzas policiales que sus esfuerzos para investigar este tipo de delitos podrían ser en vano, y enviando el claro mensaje a los antisemitas de que no tienen por qué temer a la ley”.

Suecia

En 1966, uno de los escritores para niños más populares de Suecia, Jan Lööf, publicó “Mi abuelo es pirata”, un libro infantil ilustrado que incluía, entre otros personajes, al malvado pirata Omar y al vendedor ambulante Abdulah. El libro se reveló como un éxito de ventas desde un primer momento, y ha sido traducido al inglés, al español, al francés y a otros idiomas. Hace diez años, se distribuyeron incluso 100.000 copias al público sueco con los “Happy Meals” de McDonald’s, como parte de un iniciativa para fomentar la lectura entre los niños.

Ahora, quince años después, el libro ya no es tolerable. El autor, que cuenta en la actualidad con 76 años, ha revelado que su editorial le había dicho que si no reescribía el libro y cambiaba las ilustraciones, éste sería retirado del mercado. La editorial también amenazó con retirar otro libro suyo si no lo rehacía, porque incluye la ilustración de un músico negro de jazz que duerme con las gafas de sol puestas.

La editorial de Lööf, la gigante sueca Bonnier Carlsen, dice que no ha tomado aún una decisión final y que solo considera la reescritura y reilustración de los libros como “una opción”. No hay duda, sin embargo, de que consideran los libros en cuestión sumamente problemáticos.

“Los libros estereotipan a otras culturas, algo que no es extraño, ya que todas las ilustraciones se crearon en un contexto, en su propio tiempo, y los tiempos cambian”, explica Eva Dahlin, que dirige el departamento literario de Bonnier Carlsen.

Por este motivo, Dahlin revela también que su editorial invierte mucho tiempo en revisar viejas publicaciones, para comprobar si incluyen dichos pasajes “problemáticos”. Añadió que la editorial no solo comprueba pasajes culturalmente delicados: “Tenemos muchas mujeres editoras, así que es probable que de forma natural seamos más conscientes de las representaciones con prejuicios de género que de este tipo de cuestiones. Pero ahora tenemos una mejor perspectiva y una mayor conciencia sobre estos asuntos”.

Suecia ya está acostumbrada a las “revisiones literarias” de este tipo, u otras revisiones culturales en nombre de las imposiciones políticamente correctas. Tanto “Pipi Calzaslargas” como otros libros infantiles han sufrido revisiones varias o han sido incluso retirados del mercado. En la serie televisiva de la niña pelirroja de las largas coletas se ha eliminado una escena en la que Pipi entrecierra los ojos para parecer china, “para no ofender a nadie”.

En 2013, un popular y premiado libro infantil danés, “Mustafas Kiosk”, de Jakob Martin Strid, fue retirado del mercado sueco tras las quejas en las redes sociales de este país de que el libro era racista e “islamófobo”. Irónicamente, el autor lo escribió en 1998, cuando se encontraba en Indonesia, el país con la mayor población musulmana del mundo, como un “alegato antirracista”.

Elocuentemente, el libro ha estado en el mercado sueco desde 2002 sin ninguna queja. En respuesta a estas críticas, el escritor danés señaló que solo se logra una sociedad igualitaria y no racista “cuando te permiten hacer bromas (cariñosas) sobre cualquiera”. “También hago bromas sobre los noruegos”, añadió.

En 2014, tras las quejas en las redes sociales suecas de que algunas de sus golosinas eran “racistas”, la empresa Haribo decidió cambiar uno de sus productos, “Skipper Mix”, que consistía en golosinas con forma de recuerdos marineros, entre ellos… máscaras africanas.

Y mientras tanto, día a día, y en muchos casos a través de asociaciones y organizaciones subvencionadas con recursos públicos, en Suecia se suceden las denuncias por “incitación al odio”. Estos son algunos casos recientes recogidos por el Instituto Gatestone norteamericano:

Una mujer de 71 años se refirió a los llamados menores sin acompañante como “niños barbudos”, y dijo que estaban “violando en grupo y demoliendo sus casas [de asilo]”. Publicó el comentario en la página de Facebook de los Demócratas Suecos en junio de 2016. En febrero de 2018, un tribunal sueco la sentenció al pago de una multa por “incitación al odio contra un grupo étnico”.

Durante el juicio, dijo que había estado leyendo varios artículos sobre estos supuestos refugiados sin acompañante que “habían incendiado las casas de asilo, violado, y negado a que un médico determinara su edad para evitar la sentencia”.

“Me horrorizó lo que leí”, dijo, disculpándose por el comentario que había publicado, del que dijo que se dirigía solamente a los que cometen delitos. Al tribunal, obviamente, no le importó el miedo de la anciana, y concluyó: “[la mujer] debió darse cuenta de que había un riesgo inminente de que las personas que leyeran el texto lo percibieran como una expresión de desacuerdo con otros grupos étnicos de personas en general y la inmensa mayoría de los refugiados sin acompañante, que, en el momento del comentario, habían ido concretamente a Suecia. A pesar de ello, escribió el comentario en Facebook”.

Otra mujer de cincuenta y tantos fue sentenciada a pagar una multa en diciembre de 2017 por un comentario en Facebook, donde llamaba a los hombres de Afganistán que habían mentido sobre su edad, “cabalgacamellos”: “Esos malditos cabalgacamellos nunca serán autosuficientes, porque son unos malditos parásitos”, escribió. El fiscal Mattias Glaser insistió en que el comentario iba dirigido contra “jóvenes que están luchando para quedarse en el país”. Según el tribunal: “se usaron palabras condescendientes de una manera que […] expresaban desprecio por las personas de origen afgano o personas de las regiones colindantes respecto al color de piel o su origen nacional o étnico y encajan en la cláusula sobre incitación al odio”.

En noviembre de 2017, un hombre de 65 años fue sentenciado a pagar una multa por “incitación al odio contra un grupo étnico”. ¿Cuál fue su delito? Escribir en Facebook que los migrantes “recién llegados”, no los suecos, “eran culpables de perpetrar violaciones colectivas”. Según el tribunal, el hombre “afirmó que los afganos, africanos y árabes que acababan de llegar a Suecia cometían delitos como violaciones colectivas”. Esta afirmación, según el tribunal, constituye un “claro desprecio” por las personas de los orígenes nacionales mencionados. El hombre de 65 años adujo que había publicado el comentario porque Suecia oculta las estadísticas sobre los orígenes étnicos de los violadores y que su comentario era una forma de difundir información e iniciar un debate. Esto no impresionó en absoluto al tribunal, que concluyó: “El comentario contiene una grave acusación de que las personas de determinados orígenes nacionales cometen delitos graves y no puede [el comentario] considerarse por tanto que dé lugar o contribuya a un debate objetivo sobre el asunto”.

En febrero de 2018, un hombre de 55 años fue sentenciado a pagar una multa por “incitación contra un grupo étnico” por escribir en Facebook que los musulmanes suníes están detrás de la mayoría de los delitos de bandas en Suecia, así como de las violaciones. “Los somalíes son musulmanes suníes… están detrás de buena parte de los delitos de bandas en Suecia y de toda la otra violencia, como las violaciones. ¡Los afganos son en un 80% suníes y son una gente maldita!”, escribió.

Durante el juicio dijo que tenía entendido que había libertad de expresión en Suecia. “Ves este tipo de cosas cada día”, dijo, “violaciones colectivas, disparos, maltrato animal y similares, y los políticos no parecen capaces de hacer nada al respecto. La policía no hace nada tampoco, y la gente se enfada”. El tribunal concluyó: “El comentario expresa que los musulmanes en general están detrás de los delitos de bandas y violaciones colectivas en Suecia, y se formula de una manera ofensiva […] El comentario no invita a un debate crítico sobre la religión, expresa exactamente el mismo tipo de desprecio que pretende abordar lo estipulado sobre incitación al odio contra un grupo étnico. Se sentencia al acusado al pago de 10.000 coronas [1.200 dólares] por incitación contra un grupo étnico”.

La analista Judith Bergman se muestra tajante: “Suecia está siendo barrida por una ola de asesinatos, agresiones violentas, violaciones, también colectivas y agresiones sexuales, además de la sempiterna amenaza terrorista. En lugar de usar sus limitados recursos para proteger a sus ciudadanos de los ataques violentos contra ellos, Suecia está librando una batalla legal contra sus pensionistas por atreverse a hablar contra los mismos ataques violentos de los que el Estado no les está protegiendo”.

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Cómo querer a un robot

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Kate Darling
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Federico Kukso (Agencia Sinc). Las máquinas inteligentes ya están entre nosotros y, para bien o para mal, alteran nuestros vínculos sociales. A medida que se infiltran en ámbitos privados de nuestra vida, psicólogos y especialistas en ética advierten cómo nos afectan emocionalmente las relaciones con estos seres artificiales.

Toda gran historia tiene un principio, un medio y un final. El 13 de febrero pasado la NASA anunció el desenlace de una de las más importantes odiseas espaciales de nuestro tiempo: a ocho meses de la última comunicación con la Tierra, el robot Opportunity fue declarado muerto en Marte.

Durante casi 15 años, este vehículo de exploración de seis ruedas y del tamaño de un carrito de golf vagó por el planeta rojo, encontrando en los 45 km que recorrió pruebas concluyentes de que nuestro vecino albergó grandes cuerpos de agua líquida en un pasado lejano.

“Junto a su gemelo Spirit, Opportunity ha hecho de Marte un lugar familiar”, declaró John Callas, gerente de proyectos del Jet Propulsion Laboratory, después de que una feroz tormenta de polvo bloqueara los paneles solares del rover, impidiéndole recargar sus baterías.

Los controladores del vehículo hicieron más de 835 intentos de contacto con el robot geólogo. Incluso le mandaron a “Oppy” –como cariñosamente lo conocían– una última canción para que despertara: I’ll Be Seeing You de Billie Holiday, que provocó lágrimas en los ojos de varios miembros del equipo. La única respuesta fue el silencio.

Se trataba del final. “Este es un día difícil”, dijo Callas en una suerte de funeral organizado en Pasadena, California. “A pesar de que es una máquina y nos estamos despidiendo, sigue siendo muy difícil y conmovedor”.

“Descansa, robot –escribieron en la cuenta oficial de Twitter de Opportunity–. Tu misión ha sido completada”.

Este tipo de tributos exhibieron una increíble predisposición humana: la de involucrarnos emocionalmente con objetos. Al fin y al cabo, Opportunity era (es) eso: un cuerpo inanimado, un entramado de aluminio, cables, cámaras y paneles. Una cosa.

“Estamos biológicamente programados para proyectar intencionalidad y vida a cualquier objeto que nos parezca autónomo –explica Kate Darling del Media Lab del MIT–. Por eso la gente trata todo tipo de robots como si estuvieran vivos”.

Para esta especialista en ética y derecho que se presenta como Mistress of machines (“Maestra de las máquinas”) en la conferencia IBM Think en San Francisco, tenemos una tendencia general a humanizar a los animales e incluso a seres no vivos que nos rodean o con los que habitualmente interactuamos.

Los seres humanos creamos conexiones emocionales con animales de peluche, automóviles y otras máquinas. Si están equipadas con características o partes del cuerpo típicas de seres con vida –como ojos o brazos–, las percibimos como entidades en lugar de dispositivos o herramientas. Les asignamos nombres, tratamos a aspiradoras robóticas como “ellas” en lugar de como “eso”.

“Los robots no tienen sentimientos –advierte Darling– pero las personas que tratamos con robots sí tenemos sentimientos hacia ellos. Y eso no ha sido del todo explorado”.

Lazos de acero

Los humanos hemos mostrado durante generaciones una curiosa tendencia para fraternizar con objetos, ya sea como proyecciones o en nuestra constante búsqueda de afecto y compañía. En la película Cast Away (Náufrago, 2000), el personaje interpretado por Tom Hanks arriesga su vida para salvar a un balón de voley llamado Wilson, que se ha convertido en su mejor amigo y confidente en la soledad de una isla desierta en el Pacífico.

Sin embargo, ahora que nuestras creaciones muestran elementos rudimentarios de inteligencia, los lazos que los humanos forjamos con las máquinas son aún más impresionantes.

“Los robots no tienen sentimientos –advierte Darling– pero las personas que tratamos con robots sí tenemos sentimientos hacia ellos. Y eso no ha sido del todo explorado”

Las guerras en Afganistán e Irak se han convertido en un estudio de campo sin precedentes en las relaciones humanas con estos seres artificiales. Estos conflictos son los primeros en la historia en ver un despliegue generalizado de miles de robots de batalla encargados de despejar caminos de dispositivos explosivos, buscar bombas debajo de autos, espiar al enemigo. Y también de aniquilar personas.

Sin embargo, aún más asombrosas que las capacidades de estas máquinas son los efectos que tienen en sus controladores humanos. En 2007, el reportero de The Washington Post Joel Garreau entrevistó a miembros del ejército de Estados Unidos sobre sus relaciones con robots. Un coronel que supervisaba el ejercicio de prueba de un robot construido para caminar y detonar minas terrestres terminó ordenando que se detuviera, porque la imagen del robot arrastrándose destartalado por el campo después de una explosión era demasiado “inhumana”.

Los soldados –que en muchos casos confiaban sus vidas en estas máquinas– no solo les ponían nombres cariñosos. Como cuenta Peter Warren Singer en Wired for War: The Robotics Revolution and Conflict in the 21st Century, hay historias de soldados que arriesgan sus vidas para salvar a los robots con los que trabajan. Robots militares incluso han recibido medallas y funerales con honores.

Simpatía por lo artificial

A medida que los asistentes digitales se vuelven omnipresentes, nos estamos acostumbrando a hablar con ellos como si fueran seres sensibles. Hay quienes ya tratan a Siri, Alexa o Google Home como confidentes, como amigos y terapeutas.

En las guerras de Irak y Afganistán, los soldados ponían nombres cariñosos a los robots con los que trabajaban; incluso alguno arriesgó su vidas para salvar a un robot.

“Cada vez creamos más espacios en los que la tecnología robótica está destinada a interactuar con los humanos –indica Darling–. Nuestra inclinación a proyectar cualidades reales en los robots plantea interrogantes sobre el uso y los efectos de la tecnología”.

En su libro Alone Together: Why We Expect More from Technology and Less from Each Other, a la psicóloga Sherry Turkle le preocupa que las relaciones seductoras de robots, que se supone que son menos agotadoras que las relaciones con humanos, tienten a las personas a evitar la interacción con sus amigos y familiares.

A medida que la inteligencia artificial impregna nuestras vidas, debemos enfrentarnos a la posibilidad de que afecte nuestras emociones e inhiba conexiones humanas profundas.

Darling justamente investiga los efectos sociales, éticos y legales a corto plazo de la integración de la tecnología robótica en la sociedad. Explora cómo los robots sociales funcionan como reflejos de nuestra propia humanidad: cómo incitan nuestras emociones, cómo son disparadores de empatía, además de funcionar de compañía de personas dentro del espectro autista o en una población cada vez más avejentada.

En 2013, en un taller realizado en Ginebra, Darling, le dio a cinco equipos de personas un robot Pleo, un dinosaurio de juguete para niños, de ojos confiados y movimientos cariñosos. Les pidió que le pusieran un nombre e interactuaran con ellos durante aproximadamente una hora. “Luego les dimos un martillo y un hacha –recuerda– y les dijimos que torturaran y mataran a los robots”.

Ninguno de los participantes aceptó hacerlo. Así que finalmente, Darling amenazó: “Vamos a destruir todos los robots a no ser que alguien destruya con un hacha uno de ellos”. Entonces, una mujer se puso de pie, tomó el hacha y le dio un golpe al robot en el cuello. Toda la habitación se estremeció. “Fue mucho más dramático de lo que nunca habíamos anticipado”.

No se trata solo de una anécdota. En un estudio, investigadores de la Universidad de Duisburg-Essen en Alemania utilizaron un escáner de resonancia magnética funcional para analizar las reacciones de las personas ante un vídeo de alguien que torturaba un dinosaurio robótico Pleo: asfixiándolo, metiéndolo dentro de una bolsa de plástico o golpeándolo.

La psicóloga Astrid Rosenthal-von der Pütten y sus colegas descubrieron que los participantes experimentaban una sensación de empatía al ver a un robot sometido a tortura. Las respuestas fisiológicas y emocionales que midieron fueron mucho más fuertes de lo esperado, a pesar de ser conscientes de que estaban viendo un robot.

Este tipo de reacciones se advierten en las redes sociales cada vez que la compañía Boston Dynamics sube un nuevo vídeo de uno de sus robots que reciben patadas y tirones para demostrar que pueden lidiar con fuerzas imprevistas.

En 2015, incluso la organización por los derechos de los animales PETA se pronunció: “Si bien es mucho mejor patear a un robot de cuatro patas que a un perro real, la mayoría de las personas razonables consideran que incluso la idea de tal violencia es inapropiada”. Sin mencionarlo, hacían referencia al argumento de la serie Westworld, sobre un alzamiento robótico luego de décadas de subyugación.

En ese sentido se creó la campaña Stop Robot Abuse: “¡Actúa junto con nosotros para detener el abuso y la crueldad hacia los robots! ¡El abuso de robots es un problema real y debe detenerse inmediatamente! Únase y ayúdenos enseñando a los niños humanos cómo manejar mejor los robots desde una edad temprana”.

Sin embargo, el problema con la tortura de un robot no tiene nada que ver con el robot en sí, sino con los valores sociales y los impulsos de las personas que ven tal espectáculo.

Nuevos y viejos derechos

La apariencia de las máquinas juega un papel importante en cómo las tratamos. En 2016, investigadores de la Universidad de Stanford descubrieron que la gente se siente realmente incómoda cuando se les pide tocar las partes íntimas de un robot. “La gente responde a los robots de una manera primitiva y social”, dice la Jamy Li, una de las autoras del estudio. “Las convenciones sociales sobre tocar las partes privadas de otra persona se aplican también a las partes del cuerpo de un robot”.

En muchos casos, las percepciones que tienen las personas sobre lo que es y es capaz de hacer un robot provienen de la ficción. “Creo que estamos muy atrapados en las ideas de ciencia ficción y la cultura pop de lo que la inteligencia artificial y los robots pueden hacer o no pueden hacer –señala Darling–. Las personas a veces sobrestiman o subestiman lo que la tecnología puede hacer”.

Investigadores de la Universidad de Stanford descubrieron que la gente se siente realmente incómoda cuando se les pide tocar las partes íntimas de un robot.

Proyectamos en los robots más inteligencia de la que realmente tienen. Los robots aún no pueden lidiar con cosas fuera de parámetros muy limitados. Esta atribución, en ciertas ocasiones pude ser divertido y en otras, problemático. Como recuerda esta investigadora, existe el concepto de sesgo de automatización: “A veces confiamos demasiado en las máquinas. Confiamos ciegamente en su toma de decisiones, o confiamos en que un algoritmo es neutral y no sesgado. A menudo, ese no es el caso”.
En el caso de Opportunity, la percepción social estuvo, tal vez, influenciada por personajes como el robot Wall-E. Y también por el curioso estilo de redacción de las cuentas oficiales de Twitter de este tipo de máquinas o lo que se conoce como encuadre antropomórfico: en sus redes sociales, parecen vivas, con personalidad y voluntad.

La infiltración de estos seres artificiales en la sociedad y en nuestros ámbitos privados abre así un territorio inexplorado para la psicología. “La llegada de los robots se siente como si una raza alienígena aterrizara en la Tierra. No sabemos qué hacer con ella”, dice Darling, quien sospecha que durante una primera fase trataremos a los robots como mascotas.

Lo que sigue –¿robots sociales con derechos legales? – por ahora pertenece al dominio de la ciencia ficción y la especulación. O no tanto: en 2017, Arabia Saudita se convirtió en el primer país en otorgar la ciudadanía a un robot. Sin estar obligada a usar hiyab o a estar acompañada por un tutor masculino, este ser artificial de aspecto femenino recibió algunos derechos que las propias mujeres sauditas no pueden disfrutar en su país.

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Los pueblos de las estepas llevaron las lenguas indoeuropeas al sur de Asia hace unos 3.500 años

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Agencia Sinc.- Un estudio genómico con participación española arroja luz sobre las rutas de dispersión de las lenguas indoeuropeas, la familia de lenguas más grande del mundo. El trabajo, que desentraña el complejo patrón de migraciones que han conformado la diversidad genética de Asia central y del subcontinente indio, revela que los pueblos de las estepas entre el Mar Caspio y el Mar Negro extendieron las lenguas a Asia.

Los pueblos de las estepas situadas entre el Mar Caspio y el Mar Negro extendieron las lenguas indoeuropeas por el centro y sur de Asia hace entre 4.000 y 3.500 años, según un trabajo con participación del Instituto de Biología Evolutiva (IBE, un centro mixto del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad Pompeu Fabra (UPF).

Con 523 muestras prehistóricas, el trabajo, publicado en la revista Science, es el mayor estudio genómico antiguo realizado hasta la fecha. Gracias a una amplia colaboración interdisciplinar internacional, liderada desde la Universidad de Harvard (EE UU), los investigadores han contextualizado los resultados genómicos mediante registros arqueológicos, lingüísticos e históricos.

Según la investigación, los descendientes de los pueblos Yamnaya de las estepas, que llegaron a la península ibérica a través de Europa a partir de hace 5.000 años y propagaron el lenguaje indoeuropeo por el continente, también llevaron el sánscrito, la lengua clásica de la India, al sur de Asia.

“Gracias a este estudio hemos podido desentrañar el complejo patrón de migraciones que han conformado la diversidad genética de Asia central y del subcontinente indio. Los resultados indican que los pueblos procedentes de las estepas pudieron contribuir a la decadencia de la llamada civilización del valle del Indo, que es junto a Egipto y Mesopotamia, una de las tres grandes civilizaciones más antiguas de la humanidad”, explica Carles Lalueza-Fox, del IBE.

Origen de las castas

Los investigadores han descubierto que las poblaciones actuales del norte del subcontinente indio presentan un porcentaje destacable de ascendencia esteparia. A excepción de una, todas estas poblaciones han sido históricamente grupos sacerdotales, como los brahmanes, una de las castas superiores del sistema social indio, que desde la antigüedad se encargan de custodiar los textos escritos en sánscrito.

El hallazgo de que los brahmanes a menudo tienen mayor ascendencia esteparia que otros grupos en el sur de Asia proporciona a los autores del estudio un nuevo argumento a favor del origen estepario de las lenguas indoeuropeas en el sur de Asia.

Los hablantes actuales de las ramas indoiraní y báltico eslavas del indoeuropeo descienden de un subgrupo de pastores que migraron hacia Europa hace unos 5.000 años.

“El hecho de que las castas superiores presenten mayor parentesco con los pueblos de las estepas indicaría que podrían haber sido estos los que instauraran esa estricta estratificación social”, añade Lalueza-Fox.

Debate resuelto

Durante décadas los especialistas han debatido acerca de cómo las lenguas indoeuropeas pudieron alcanzar regiones tan distantes y remotas entre sí. Existían dos hipótesis principales: que el indoeuropeo se propagó a través de los pastores nómadas de la estepa euroasiática o que, por el contrario, viajó con los grupos agricultores de la Península de Anatolia (actual Turquía) que migraron hacia el este y el oeste.

Este nuevo estudio muestra, mediante datos genéticos, arqueológicos, lingüísticos e históricos, que los habitantes del sur de Asia apenas tienen parentesco con los agricultores provenientes de Anatolia.

“Podemos descartar una gran expansión en el sur de Asia de agricultores procedentes de Anatolia, que es la pieza central de la hipótesis de Anatolia, que proponía que las migraciones de pueblos del oeste llevaron a la región tanto la agricultura como las lenguas indoeuropeas”, comenta el investigador de la Universidad de Harvard, David Reich.

Los investigadores han descubierto que los hablantes actuales de las ramas indoiraní y báltico eslavas del indoeuropeo descienden de un subgrupo de pastores que migraron hacia Europa hace casi 5.000 años y después expandieron desde allí en dirección oeste hacia el centro y sur de Asia en los siguientes 1.500 años.

“Esto proporciona una explicación sencilla en términos de migraciones antiguas para los desconcertantes características lingüísticas comunes de estas dos ramas del indoeuropeo, que en la actualidad se encuentran separadas por amplias distancias geográficas”, concluye Reich.

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A Fondo

El siguiente paso de la ONU se llama CANIBALISMO: Deberemos comer cadáveres, placentas y fetos para combatir el “Cambio Climático”

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No, señores. No es una broma.

Es completamente real, e incluimos enlaces y documentación gráfica de los hechos que les contamos. Busquen ustedes mismos. La verdad está ahí fuera.

Ahora ya sabemos cual será la degradación final. Comernos a nosotros mismos y a nuestros muertos. Un sistema perfecto.Nada se pierde, todo se recicla.

Bienvenidos al Nuevo Orden. Pasen, vean… y hagan algo.

Un profesor sueco declara en la televisión sueca que el canibalismo es la única forma de salvar el planeta.

Un profesor sueco, Magnus Söderlund, declaró que el cambio climático obligará a que “los seres humanos tengan que hacer cambios radicales en su forma de vida”, incluidas sus dietas. Entre las recomendaciones está la legalización del canibalismo, diciendo que se limitaría a los cadáveres:

Cualquiera que haya visto el programa, en horario infantil, después de las cinco del martes, se ha quedado, como mínimo, sorprendido. Allí, se presentó la idea de comenzar a comer personas.

La declaración se produce al hilo de la feria “Gastro Summit – sobre el futuro de la comida” en Estocolmo, donde el científico conductista Magnus Söderlund celebra seminarios sobre la posibilidad de comer carne humana – para “salvar el clima“.

– ¿Qué hace que la mayoría de nosotros reaccione instintivamente con asco cuando hablamos de comer carne humana para salvar el clima ?, se pregunta la anfitriona Tilde de Paula.

Magnus Söderlund responde:

En primer lugar, que esa persona debe de estar muerta.

Un problema podría ser que los cadáveres en general son tabú. Además, las críticas contra la profanación de un cadáver. Otra explicación, dice Söderlund, es que muchos son “ligeramente conservadores” cuando se trata de comer algo.

Caníbales por el bien del clima. Sin embargo, según el investigador, es importante desde una perspectiva de sostenibilidad discutir diferentes opciones para el futuro.

El profesor Magnus Söderlund tiene antecedentes interesantes. No es un “científico” en la forma en que uno pensaría al hablar sobre el ambientalismo o los efectos del “cambio climático” (a pesar de cómo cambia el clima de la Tierra a lo largo de la historia), sino que es un científico social cuya especialidad es el marketing. Específicamente, su área de investigación está en las reacciones humanas sobre un tema dado. Incluso ha escrito un libro llamado “Experimentos con personas”, como señala su biografía en Wikipedia:

Söderlund realiza cursos de marketing relacionado con el consumidor y tiene varios libros sobre el tema. Dos de ellos han sido nombrados “Libro de marketing del año en Suecia”. Su investigación se puede encontrar en el campo del comportamiento del consumidor, donde estudia cómo los consumidores adquieren, usan y eliminan los productos. Su investigación sobre cómo reaccionar cuando se encuentran con elementos de marketing, así como con un vendedor en una tienda o un anuncio. Ejemplos de reacciones en estos estudios son la satisfacción del cliente, las percepciones de equidad, las emociones, las intenciones y la lealtad del cliente. Estas reacciones son comunes en la investigación del comportamiento del consumidor, que a menudo se conoce como reacciones psicológicas. Muchos de los estudios de Söderlund son experimentos, que se asignan aleatoriamente a diferentes grupos, que reciben diferentes tratamientos, y luego las reacciones de los grupos son posteriores a los tratamientos.

Entonces, ¿qué significa esto? ¿El profesor Söderlund realmente aboga por el canibalismo en sentido estricto?

A veces, en las noticias y los medios de comunicación, se realiza algo llamado “globo sonda”. Esto es cuando una organización hace una declaración, generalmente algo que es exagerado, para ver cómo responde el público. (A) cómo responderán las personas, (b) qué argumentos u objeciones tienen, y (c) cómo templar el mensaje para el futuro en función de las condiciones actuales. Es una forma de programación social.

La evidencia sugiere que el canibalismo se está convirtiendo en un problema importante en el futuro, y que no solo son historias sobre comportamiento criminal. Por el contrario, debe entenderse como el significado de las palabras “bebés o delincuentes no nacidos o abortados”.

Se está publicitando el consumo de placenta humana, en nombre de la salud. El canibalismo está reviviendo en los casos en que las personas comen cadáveres o partes de sí mismos.

No son casos aislados: en los últimos tiempos hemos visto la exagerada publicidad que se le han dado a noticias tan esperpénticas cómo el de la mujer holandesa que prepara salchichas con su propia sangre, el hombre que se cortó su propio pie para cocinarlo y comerlo con unos “tacos” o el “supuesto” artista letón que, tras cortar un pedazo de carne de un hombre, y otro de una mujer, los cocinó y los comieron entre los tres, en medio de una “performance” totalmente incalificable.

En las siguientes galerías pueden ver las IMÁGENES REALES de los casos a los que hacemos referencia:

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Por lo que parece, esta historia trata sobre la preparación del público para aceptar lo desagradable pero comúnmente establecido en el mundo de la práctica del canibalismo en la antigüedad. En este caso, el canibalismo se propone como la “respuesta” al problema del cambio climático (¿problema?), para lo cual a través de suficientes “globos de prueba” y manipulación social, se llega a una nueva tesis que legitima el canibalismo en algunos casos, que continúa normalizándose.

No piense que no podría sucederla sodomía no era aceptada hace 30, 40 o 50 años. Nadie pensaba en aquel entonces que sería aceptada. Hoy, sin embargo, lo es. Y si no la aceptas, eres un paria social. Los hombres se quejan de que “no lo vieron” venir, pero las señales estuvieron a su alrededor durante muchos años. No fueron ellos, pero se negaron a prestar atención.

Ya han empezado a sugerir abiertamente (se hace desde hace décadas de forma oculta por Planned Parenthood) el utilizar los abortos como piezas de recambio. ¿Cuánto tiempo creen que se tardará en sugerir que cambiemos un filete de ternera por la placenta de un bebé abortado en África? ¿O un revuelto de riñones de feto de seis meses? Las variaciones son infinitas. El dinero a obtener, también. ¿Siguen sin creerlo? La ONU quiere prohibir el consumo de carne. Han exigido que en los supermercados se vendan insectos como alimento. Si no ve lo que viene ahora, está CIEGO.

No hay más excusas.

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