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El mito de la derecha tripartita… y creciente

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José Luis González Quirós (R) La política tiende a ser repetitiva y los insistentes intentos del supremacismo catalán para hacer que la Constitución salte por los aires acaban por aburrir, así que cierta monotonía se ha convertido en un carácter peculiar del debate público. Este fondo, tan escasamente llamativo, permite entender que los resultados de las elecciones andaluzas hayan tenido una repercusión extraordinaria y que, apoyándose en ellos, se edifiquen algunas interpretaciones acaso apresuradas.

Andalucía no es, en efecto, poca cosa, y lo que allí ha sucedido puede que marque el futuro político español, cosa que ya pasó con el famoso referéndum andaluz sobre el camino a seguir para constituir la autonomía en aquella región. Esa consulta se llevó por delante a la UCD, aunque no sea sensato olvidar que aquel partido tenía algunas otras afecciones nada menores.

En las elecciones andaluzas se han inspirado dos marcos interpretativos de apariencia distinta pero, en buena medida, coincidentes. Por una parte, se ha querido ver un declinar de la izquierda y, por otra, se anuncia el orto de una derecha creciente pese a su división en tres fuerzas distintas: Ciudadanos, PP y Vox. Como argumento movilizador para la izquierda que se ha quedado en casa, puede no ser malo del todo.

Vayamos a los datos que siempre son los grandes olvidados de las interpretaciones al vuelo. Si nos referimos a lo que viene pasando desde 2011, cuando Rajoy ganó las elecciones generales con una amplia mayoría, es verdad que la izquierda (sumando siempre sus dos versiones) ha descendido desde los dos millones de votos de las andaluzas de 2012 hasta casi un millón setecientos mil votos de las últimas. Si se tiene en cuenta que el PSOE lleva en el Gobierno andaluz casi cuarenta años, y que alguna ministra desavisada se dedicó a echar pestes de la caza y los toros (menos mal que no dijo nada del flamenco) tampoco parece un resultado catastrófico.

Hay que ser miope para describir lo ocurrido en Andalucía como una especie de vuelco que presagia cambios mayores

En lo que se refiere a los votos de lo que se quiere ver como una derecha ampliada por sus flancos, los tres partidos juntos han sacado menos de un cuarto de millón de votos más que el PP en las andaluzas de 2012 (cuando no existían ni Ciudadanos ni Vox, pero sí UPyD que obtuvo casi ciento treinta mil votos). Es verdad que esos resultados se han conseguido con una participación menor, es decir, que el porcentaje de estos votantes ha crecido, pero esa circunstancia se explica perfectamente por la menor movilización que ha perjudicado fuertemente a la izquierda.

También hay que apuntar que la suma de votos de ese peculiar tripartito, en plena efervescencia profética de las encuestas, no ha sido capaz de alcanzar la cifra que habían conseguido en el conjunto de las provincias andaluzas en las elecciones generales de 2016. En resumen, que ha habido una cierta novedad electoral, pero que hay que ser muy miope para describirlo como una especie de vuelco que presagia males, o bienes, mayores.

Eso es lo que dicen los números, pero esas mismas cifras revelan una situación desesperadamente mala para el PP, aunque se pueda ver premiado con una presidencia que se le escapó de las manos en 2012, cuando llegó a tener bastante más del doble de votos de los que ha cosechado ahora. Y eso que entonces no supo conservar los casi dos millones de votos que le habían apoyado en las generales inmediatamente anteriores. Los datos, pues, no son apabullantes salvo como diagnóstico de los males del PP.

Visto desde una perspectiva puramente política los resultados de las andaluzas debieran suponer para el PP algo más que un revulsivo, porque indican hasta qué punto ha sido abrasiva para el partido la presidencia de Rajoy y sus variopintas peripecias. Pretender salir adelante reivindicando la herencia de Rajoy sería como volver a encomendarle al ingeniero Morandi la reconstrucción del puente que recientemente se ha hundido en Génova. Me refiero a la capital italiana y no a la calle madrileña, evidentemente. Esa es exactamente la dinámica que está por debajo de la aparición de una supuesta derecha tripartita: o el PP consigue recuperarse y reconstruir un mensaje capaz de aspirar a la mayoría, o los apoyos que le asistan en su aparente éxito andaluz lo acabarán devorando.

El panorama que se divisa ahora mismo no indica necesariamente el éxito de esa supuesta derecha tripartita y el hundimiento de las izquierdas. Es más bien un panorama desestructurado que no se sabe cómo puede acabar tomando forma. Si Casado no acierta a sacar a su partido del angustioso zulo en el que le han metido los errores de estos años, nos podemos encontrar con un modelo parecido al de 1977, el que se agotó en 1982 con la aplastante mayoría de Felipe González: un centro amplio, una derecha residual, pero, por razones muy diversas, -que van desde las puramente políticas hasta las de estricta técnica electoral-, resulta bastante inverosímil tanto que esa posibilidad se realice con tres partidos, como que el PP pueda liderarla.

Los electores tendrán la palabra, pero cabe esperar que los buenos políticos sean capaces de hacer algo más que tratar de adaptarse a una tendencia que se ha producido a causa de errores absolutamente nítidos. Para empezar, habría que recordar que, vistas las graves amenazas a la Constitución, esas que han obligado a nuestro Rey a tomar la palabra, seguramente pueda ser más importante, por ejemplo, asegurar la estabilidad del sistema democrático, y la continuidad histórica de la Nación, con un pacto a tres entre el PSOE, Ciudadanos y un PP recuperado. Más que buscar, por encima de todo, un supuesto triunfo de las derechas que, de producirse, podría suponer la liquidación de lo que ha representado el PP desde 1996.

Los números no dan para que una derecha supuestamente radical pueda cantar victoria. Pero es que, además, la desaparición del PP triturado por sus adláteres probablemente supondría la aniquilación de las posibilidades electorales de cualquier opción de centro derecha, pues ni Ciudadanos está especialmente habilitado para jugar ese papel, ni Vox parece tener el menor interés en representarlo.

Mientras el universo de posibles votantes de soluciones más liberales que estatistas esté donde está, es evidente que su división en tres opciones puede favorecer dos dinámicas de signo contrario: un aumento de la participación, pero una pérdida de escaños, porque el sistema electoral prima en escaños al primero y al segundo y perjudica progresivamente al tercero, al cuarto y al quinto. Ese efecto no se ha notado demasiado en Andalucía porque la distribución de escaños por provincias es bastante homogénea, pero será determinante cuando, en las legislativas, se computen las dos docenas de provincias que tienen cinco o menos diputados.

El PP ya no está en condiciones de reclamar el voto útil, un expediente que nunca es demasiado eficaz, además de ser un signo de impotencia, de forma que ese partido se tiene que enfrentar con decisión a una alternativa inescapable: o se refunda a consecuencia de una autocrítica sincera y radical, o perecerá como alternativa de gobierno. Porque una amplia mayoría de sus electores preferirán votar a formaciones menos gastadas y que no hayan tenido ocasión de decepcionar a sus partidarios en ninguna materia grave.

Con muy escasos matices, la mayoría de los votos de Ciudadanos provienen de electores que votaron las mayorías políticas del PP, cosa que es todavía más clara en el caso de Vox. Ambos partidos han llegado a existir por defecto, a causa de la decepción que las políticas de Rajoy han causado en sus electores.

Los españoles no pueden tomarse en serio la idea de que el mismo partido que ha consentido una deriva extraordinariamente grave del secesionismo catalán, y que es el principal responsable de una aplicación fallida del artículo 155, pueda arreglarlo ahora con vagas promesas de que vuelve el PP de siempre o de que va a aplicar la ley con rigor.

Se necesita una voz política mucho más persuasiva y mucho más creíble, capaz de recuperar voto en el País Vasco y en Cataluña, regiones en que virtualmente ha desaparecido. Hay muy poco tiempo para ensayarla pero, sin una auténtica reconversión del PP, ese partido se quedará sin papel en el azaroso baile político que se avecina.

Caben dudas de que el PP vaya a ser capaz de reinventarse, de recuperar un papel político fuerte y original, y de que se atreva a hacerlo renunciando a cualquier seguidismo que, en su caso, además, habría de ser esquizofrénico, pero hay dos cosas indudables. Si lo intenta en serio no le faltarán apoyos porque puede partir de una base electoral todavía muy importante y, si no lo hace, lo pagará muy caro, lo pagaremos todos porque nuestra democracia corre riesgos serios de avocar a un sistema fallido. Tardaremos muy poco en verlo, pero los que confían en que esa eventualidad pudiere dar paso a un triunfo colosal de la derecha más bravía puede que no sepan muy bien de qué país están hablando.

* José Luis González Quirós es profesor de Filosofía de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

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Racismo de chichinabo

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Rosa Belmonte.- La sensación de no ser el kamikaze del chiste es permanente. La del que oye por la radio que hay un loco en dirección contraria por la carretera. ¿Uno? Van todos. El ejemplo número 398.700 es el de Justin Trudeau pintándose la cara de negro en 2001. El tan denostado ‘blackface’ o ‘brownface’.

Ya sabemos que eso está mal visto en las sociedades occidentales echadas a perder. Es racista. También hacer ching chong (imitar el lenguaje chino) o estirarse los ojos (como hizo nuestra selección de baloncesto en los Juegos de Pekín en una publicidad de Seur).

Justin Trudeu, en el que algunos ven a Thomas Jefferson y otros a Fofito, corrigió a una mujer que utilizó la palabra ‘mankind’ (humanidad, con man de hombre) por preferir ‘peoplekind’ (algo como gentidad). Ahora se ha disculpado por el racismo. Ojalá nuestras cabalgatas de reyes siendo transgresoras. Que Baltasar sea un blanco pintado de negro y los otros, dos negros pintados de blanco.

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El salto al vacío de Sánchez y la oportunidad de Casado

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Paloma Cervilla.- Pues ya estamos donde Pedro Sánchez quería, ante unas nuevas elecciones generales para mayor gloria del líder del PSOE. El resistente, el hombre al que su propio partido tiró a la cuneta como un despojo, que se puso en pie y recuperó el poder de una manera épica, ahora intenta una nueva carambola, que no sabemos si le va a salir bien.

Sobre la mesa parece que sí, ya que la mayoría de las encuestas le dan una subida en votos y escaños, pero la percepción de la calle empieza a ser otra. A día de hoy, Pablo Iglesias es considerado la víctima de la ambición de Sánchez, y no está tan claro, o al menos eso me parece a mí, el trasvase masivo de votos al PSOE.
La humillación de Sánchez ha sido de tal calibre y la imagen de un Pablo Iglesias mendicante tan evidente, que el efecto puede ser el contrario: que los votantes podemitas, movidos por la necesidad de mantener su dignidad, respalden a su líder y no le retiren su voto.

Y si lo de Pedro Sánchez es un salto al vacío electoral, lo de Pablo Casado es una oportunidad para mejorar sus resultados, consolidar su liderazgo en el PP e iniciar la remontada.

A Casado le va a ir bien. Ciudadanos y VOX van a perder votos, y muchos de ellos se irán al PP, no lo digo yo, lo dice la gente que los votó. Y entonces, cuando el centro derecha se dé cuenta por segunda vez de que dividido no va a ningún lado, tendrá que unirse en torno a la formación que más apoyos tenga, dejando a un lado egos y ambiciones.

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Sánchez siempre quiso elecciones

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Manuel Marín (R).- Desde la misma noche electoral, a Pedro Sánchez siempre le invadió la tentación de conformar una investidura con una mayoría más holgada. Su logro de 123 escaños era insuficiente y su dependencia de un Gobierno de coalición, con Podemos incrustado en el poder y con una supradependencia del separatismo, convertirían la legislatura en un suplicio. Aquella noche, Sánchez también cegó cualquier vía de colaboración con Ciudadanos para garantizarse una mayoría absoluta.

Sánchez esbozó una estrategia dirigida a gobernar en solitario, en la creencia que las autonómicas reafirmarían un triunfo incontestable del PSOE, y Podemos tendría que rendirse a un papel de subalterno agradecido. No fue así. Lo demás fue fácil: tender mil trampas a Pablo Iglesias para humillarlo, simular que no atribuía a Podemos funciones decorativas en una coalición, y no aparecer como el culpable del fracaso.

Sánchez diseñó una arquitectura política pensada para quedar como víctima del multipartidismo, y para apropiarse de la falsa idea de que siempre fue la intransigencia de Podemos y Ciudadanos la responsable de que no gobierne. Todo estaba pensado para justificar un «no» tajante a cada oferta y quedar inmaculado.

Estos son los motivos por los que siempre manejó nuevas elecciones:

1. Un Gobierno inviable. Sánchez sabía de antemano que un Gobierno sustentado en 123 escaños es una utopía. Habría liderado una legislatura débil, incierta y con serias dificultades para aprobar leyes. Se habría sometido a un chantaje constante, a numerosas fricciones con sus socios de moción y a un desgaste paulatino pero inexorable. Además, es imprevisible la deriva del separatismo en Cataluña, y Sánchez albergó dudas sobre cómo gestionar las presiones a las que el independentismo le habría sometido tras la sentencia del 1-O.

2. Sondeos satisfactorios. Cuenta con la abrumadora ventaja de tener el control de La Moncloa, con su «imagen presidencial», y con la fractura interna en Podemos. Su baza de acudir a los comicios pasa por repetir la «operación Rajoy» de 2016, con sondeos favorables y la expectativa de superar los 140 escaños.

3. No habrá terceras elecciones. Sánchez es consciente de que España no acudirá a unas terceras elecciones. No habría margen, y con Ciudadanos o Podemos a la baja, alguno tendría que ceder. Incluso, maneja la opción de una «abstención técnica» del PP una vez que el bipartidismo se haya reforzado.

Pero lo cierto es que Sánchez nunca respondió realmente a la oferta del PP de suscribir once pactos de Estado para poder gobernar. Lo fía todo a un descalabro de Podemos y de Cs.

4. El PSOE quiere fulminar a Podemos. El objetivo esencial de Sánchez es consolidar su liderazgo en la izquierda y demostrar que Iglesias carece de la capacidad institucional suficiente como para gobernar. Espera una fuga masiva de votos de Podemos y aprovechar que «España Suma» parece una entelequia.

5. La asunción de riesgos, en el ADN de Sánchez. Su temor a la desmovilización de la izquierda es muy relativo. Tampoco teme aparecer como culpable de la ralentización económica, que achacará a la inestabilidad provocada porque nadie le permite gobernar. Y ante la izquierda tendrá un argumento potente: fue Iglesias quien rechazó una coalición en julio.

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