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Cartas del Director

El silencio del PP y de Vox ante la pretensión de la izquierda de encarcelar a los que hablen bien de Franco

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Querer tipificar como delito las opiniones favorables al franquismo ha puesto de manifiesto la naturaleza profundamente revanchista y guerracivilista del Gobierno de Pedro Sánchez.  Creer que un español decente, intimidado por una disposición sectaria, olvidará lo que vivió, o lo que le relataron familiares que fueron testigos vivientes de la España de Franco, con sus recuerdos felices y palpitantes, para empezar a opinar lo que quiere la izquierda, es una de las mayores atrocidades pretendidas hasta la fecha por el equipo de plagiarios, oportunistas, embaucadores, modistillas y nulidades intelectuales que conforman el Ejecutivo. Deberían someterse a una revisión psiquiátrica a fondo que atenúe el alcance delictivo de sus disposiciones el día que Donald Trump decida encerrarlos en Guantánamo.

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Pero no estaríamos donde estamos de no ser por la cobardía y los múltiples complejos ideológicos de la derecha mandilera en su conjunto. Han pasado más de 24 horas desde que la “bachiller” Adriana Lasta anunciara que el nuevo Código Penal encarcelará a los que hablen bien de la España de Franco y no ha existido aún un solo pronunciamiento en contra del PP ni de Vox. ¿Por qué no agita la derecha milonguera las contradicciones de la izquierda al criminalizar las opiniones favorables a la España franquista y no la celebración de referéndums ilegales, como prometió Pedro Sánchez en campaña? ¿Por qué ni un solo dirigente del PP ni de Vox han exigido, en justa reciprocidad, la pohibición  de símbolos comunistas en los espacios públicos, tal y como aprobó el Parlamento Europeo?

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El problema, por consiguiente, no es que se quiera hacer de la exaltación de Franco un delito. El problema es cómo calla toda la derecha, baboseante, acobardada, acomplejada, servil, lobotomizada, idiotizada, negligente y ridícula. ¡Esto es un combate cultural, imbéciles! No se trata solo de defender a Franco, sino de evitar que nos terminen imponiendo la exaltación de los golpistas en Asturias, de los que asesinaron a destajo en las checas y colgaban pancartas en favor de Stalin. ¡Ya basta de callar! ¡Nuestro silencio es su victoria!

El primer mandamiento de esta nueva doctrina ya lo conocemos: consiste en ser cobarde y no atreverse a llamar a las cosas por su nombre. Cuando se pregunta a Pablo Casado y a Santiago Abascal su opinión sobre Franco, no se atreven a decir que se trató de un estadista que proporcionó a España sus mejores años de prosperidad económica y paz social; un país con pertrechos morales lo suficientemente fuertes para resistir las embestidas del marxismo social agitado por las logias europeas. Simplemente se limitan a exponer criterios de mera oportunidad, tales como: “yo no perdería el tiempo hablando el pasado porque tenemos problemas más importantes de los que ocuparnos” o “a los españoles no nos importa nada Franco, que murió hace muchos años”. Y si llegase la oportunidad de obstaculizar la decisión del Gobierno preferirían presentar una oposición de perfil bajo y dejarle hacer lo que quisiera antes de que la acusación de “fascistas” fuese propalada sin descanso por los medios de comunicación que la izquierda domina, que son casi todos.

Pero es que además,  en este caso concreto, cualquier jurista modesto sabe que la prescripción como delito de la defensa de la España de Franco, constituiría una degradación de la democracia en toda regla, ya que consagraría el derecho de un Gobierno a disponer de las opiniones de sus enemigos políticos en base a un título legitimador que solo puede llamarse “odio ideológico”, sentando un gravísimo precedente.

Hoy le toca el turno a los que hablamos bien de Franco, pero mañana le puede tocar a cualquier político, militar o rey cuyas vidas y obras no sean del gusto del gobernante izquierdista de turno. Solo es cuestión de esperar para ver cómo crece esa semilla de rencor que Zapatero introdujo en la mente de muchos españoles y que Sánchez riega para que produzca frutos abundantes.

Desgraciadamente, la historia se volverá a repetir. Veremos algún día a estos resentidos que vieron frustrados sus deseos de eliminar de España todo rastro de religión católica durante la guerra dinamitar la Cruz del Valle de los Caídos para convertir ese lugar sagrado en un museo que exalte las miserias de aquella República comunista; y los veremos fusilar otra vez al Cristo del Cerro de los Ángeles, y también desenterrar a los reyes del Panteón del Monasterio de El Escorial para arrojarlos al contenedor amarillo.

Han levantado la veda y otra vez el odio entre españoles volverá a escribir las páginas de nuestra historia. Porque la izquierda no aprende nunca de su propia vergüenza y tropieza una y otra vez en la misma piedra.

Hay suertes adversas en la Historia en las que a un pueblo le toca el papel doloroso de la capitulación. Cuando ello sucede, la dignidad exige aceptar el lance con hombría y con enojo contenido. Lo que no cabe es lo que podríamos llamar «trunfalismo liquidador», el júbilo alborozado de perder en la jugada, la frívola torpeza de considerar como una victoria lo que está siendo una batalla tras otra perdidas.

Mientras, los dirigentes del PP y deVox, a las órdenes de los mismos amos de siempre, nos recetan cataplasmas de la misma sustancia democrática para detener la hemorragia provocada por ella.

Queda pues acreditado que Vox no fue creado ni fortalecido para cambiar nada, sino para garantizar que nada cambie. A las pruebas de su silencio cobarde esas últimas horas nos remitimos.

 

 


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A Fondo

Armando Robles: “Una nación de ovejas engendra un gobierno de lobos”

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No cuenten conmigo para unirme al coro de las patéticas caceroladas. No cuenten conmigo para repetir el mantra de que «juntos venceremos al virus», cuando el virus ya ha puesto al descubierto nuestras innumerables limitaciones y se otea en el horizonte un panorama económico absolutamente desolador.

Miremos nuestra pobre España y juzguemos si los amargos frutos que recogemos estas últimas semanas son la consecuencia de lo largamente cultivado. No, no cuenten conmigo. No perderé el tiempo tratando de convencer a un enfermo adoctrinado durante años por la tanatocracia española, de que esta pandemia ha evidenciado sobre todo los raquíticos pertrechos que sustentan nuestra pertenencia a una sociedad depravada y cobarde, que deja morir a sus ancianos en siniestras residencias geriátricas y que seguramente dejará en barbecho la negligencia criminal del Gobierno traducida en miles de muertos, decenas de miles de contagiados y millones de parados.

Mi indignación es infinita. Y lo es por muchas razones. De entrada, tanto la gestión de la crisis del coronavirus por parte del Gobierno como el silencio de la oposición, han propiciado que España esté entre los cinco primeros países del mundo en número de víctimas mortales.

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Esperaron que pasase el ‘Chocho-M’ para alertarnos del peligro de la enfermedad. El presidente Sánchez esperó a que las feministas celebraran su aquelarre anual para anunciarnos medidas contra el coronavirus, pero sin concretar ninguna hasta que la situación se hizo desesperada. La negligencia criminal de este Gobierno es un factor de riesgo para los españoles aún mayor que el virus chino. Y ya se ha llegado tarde. Hace semanas alertábamos de que se estaba dejando entrar en España, sin ningún tipo de control sanitario, a personas provenientes de países en los que la propagación del coronavirus era mayor. Nadie hizo nada. El Gobierno se cruzó de brazos y la oposición solo tenía tiempo para el Delcygate . Era por tanto inevitable que acabara ocurriendo esto.

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Dudo que la actitud negligente del Gobierno tenga consecuencias políticas e incluso judiciales. Si un señor con dos copas atropella y mata a un peatón, se le manda a la cárcel por homicidio imprudente. En la gestión de la crisis del coronavirus, lo menos malo que podríamos decir del Gobierno es que ha actuado con  una manifiesta frivolidad e incompetencia.

Me indigna que PP ni Vox hayan abierto la boca en este asunto, al menos no con la beligerancia de otras veces, ellos sabrán por qué. Yo estoy convencido que los amos de Bilderberg han ordenado a Casado y a Abascal que callen como putas. De otra forma no se entiende que la oposición no se haya lanzado ya a la yugular de este Gobierno como lo hicieron los socialistas contra las administraciones gobernadas por el PP con ocasión del «caso Prestige» o de la crisis del ébola, infinitamente menos graves.

Me indigna que ancianos con patologías crónicas estén cayendo como moscas. Ciertamente lo público, lo estatal, que en otras épocas era señal de seriedad y confianza, se ha convertido, en este sistema liberal y globalista, en sinónimo de recortes y servicios mínimos. Y lo privado, que en otros momentos estuvo casi exclusivamente en manos de la Iglesia, es ahora sinónimo de beneficio empresarial y de recortes en personal especializado.

Me indigna que la vicepresidenta Calvo defienda lo público y acabe yendo a un centro sanitario privado comparable a un hotel de cinco estrellas.

Me indigna que nuestras vidas estén en manos de un presidente convertido en el esbirro mequetrefe de la patulea leninista de Podemos.

Me indigna que desde hace más de cuarenta años se haya sometido a la población a la más profunda descomposición moral para subyugarla con la esclavitud del vicio y la deshonestidad. Familias destruidas por el divorcio y el concubinato recurrente. El aborto criminal instalado ya en la conciencia social como un derecho irreversible. La perversión de los conceptos y la trashumancia de los ideales. La eutanasia como infalible solución al colapso de las pensiones y bálsamo de comodidad para unas familias que, tras aprovecharse del viejo, le darán asépticamente el matarile. La homosexualidad y el lesbianismo promocionados por el poder como la única manera de establecer relaciones sanas con el prójimo, pues las naturales de hombre con mujer son de “alto riesgo”.

Me indigna la ideología de género convertida e ideología de Estado con su retahíla de vicio, pobredumbre, peste y depravación, inducidas desde la más tierna infancia por profesores/as amorales o profundamente cobardes, que tratan a sus alumnos infinitamente peor que en las escuelas de Stalin.

Me indignan esos militares y policías sin honor ni honradez, dispuestos a distraer sus conciencias con aquello de la “obediencia debida” y su sueldecillo a fin de mes, cuyas conversaciones más elevadas se refieren a su pensión de jubilación.

Me indignan los gobernantes corruptos, repletos de mentira y doblez, ligeros para el mal, soberbios y a la vez apáticos, incompetentes e incapaces de sacarse una carrera de letras sin copiar en el examen. Falsificadores de tesis y de currículos, purriosos estudiantes, mequetrefes con cartera de ministros cuyo objetivo supremo es cretinizar a las masas para que trabajen, paguen impuestos y después ¡revienten!

Me indignan los pastores de la Iglesia, que estos días nos están ofreciendo su verdadero rostro. Perros mudos, amordazados por el 0.7 de la Declaración de Renta: Las treinta monedas de plata con las que venden ¡el Evangelio de Jesucristo! El plato de lentejas estofadas con el que negocian su primogenitura, su liderazgo ante el pueblo de Dios. Han pasado meses y años en silencio dejando que el pecado y la corrupción hicieran mella en su rebaño, huyendo del lobo que devoraba a sus fieles. No han dado ningún criterio moral para juzgar, según la doctrina de Cristo, lo que nos rodea, haciéndonos creer así que esta envilecida democracia es el mejor mundo de los posibles. Renunciaron a su sagrado deber de defender los lugares de culto y enterramiento, entregando a los enemigos de Cristo el cadáver del Caudillo invicto que los salvó de la muerte.

Me indigna que la población no esté tomando nota de que el binomio coste-utilidad imperante en hospitales y residencias públicas no sería posible en una sociedad que creyese en la trascendentalidad de la vida humana. No se enteran, o no quieren enterarse, que el laicismo radical ha sustituido al Dios verdadero por Mammón. Es decir, el concepto utilitarista como principio básico que determina quién debe morir y quién no. No quieren enterarse que el laicismo radical solo ha servido para crear una sociedad que mide la importancia del individuo en base a cálculos económicos o productivos. Me indigna que la Iglesia esté desaprovechando esta ocasión única para desmontar el discurso laicista. O lo que es lo mismo, para defender que el utilitarismo de una persona no viene determinado por su coste económico, sino por su trascendentalidad directamente conferida por Dios, lo que hace sagrada la vida, en cualquier circunstancia y a cualquier edad. Esa es la diferencia entre la visión panteísta y laicista de la existencia humana que defiende la izquierda y la visión humanística que deberían defender los cristianos. Pero los representantes de la Iglesia, lamentablemente, no tienen el coraje ni la convicción espiritual para enfrentarse a la «cultura de la muerte» imperante hoy.

Me indigna que sigamos sin comprender que toda causa tiene su consecuencia. Que sigamos sin hacer autocrítica tras haber caído en el hoyo del coronavirus. Esa enfermedad maligna que ha puesto en evidencia la debilidad de una Europa corrompida por sus vicios y la estupidez de una España, convertida por el poder en un “infierno de cobardes”, dispuestos a abandonar a su propia madre para salvar su pobre persona.

Me indigna que nadie del Gobierno haya pedido perdón por el ‘Chocho-M’, pese a todas las recomendaciones en contra de los expertos sanitarios que no están a las órdenes de este infame Gobierno.

Me indigna que Irene Montero siga siendo ministra. En cualquier nación decente ya habría sido cesada y encausada penalmente por manifiesta negligencia. Su soberbia y su prepotencia sectaria estaría más cerca de la psicopatía que del servicio público. ¿Comprenderá esta ‘infecta’ cajera de supermercado que la política está para mejorar la vida de las personas, no para mangonearlas, adoctrinarlas y hasta ponerlas en peligro? Perded toda esperanza, es demasiado arrogante y engreída para admitir un error. Ni siquiera ha pedido disculpas.

Me indigna el silencio de todas esas periodistas feministas que animaban a salir a las calles ese día.

Me indignan las feministas, que no las veo acudiendo voluntarias a los hospitales para ayudar a las mujeres con coronavirus, como sí lo están haciendo centenares de mujeres católicas en toda España?

Me indignan todas esas ONG al servicio de Soros, dedicadas al tráfico de inmigrantes con destino a Europa, y que en esta crisis no tienen ojos ni manos para esos ancianos compatriotas que necesitan más ayuda que nunca.

Me indignan que durante años hayamos concedido subvenciones a fondo perdido a inmigrantes, hembristas, antirracistas, ecologistas, guerracivilistas, actores, actrices, artistas de la cochambre… y que hoy no tengamos medios económicos para paliar las necesidades alimenticias que empiezan a tener muchas familias españolas.

Me indigna que no haya una sola feminista, ni un solo podemita, que haya puesto un miserable euro para la adquisición de mascarillas. Ni uno. ¿Dónde están ahora los oenejetas, dónde están los granujas del Open Arms, que no los veo ayudando a las personas ancianas que viven solas, y que necesitan que alguien les lleve medicinas y alimentos, como están haciendo cientos de voluntarios católicos en toda España?

Me indignan esos sindicatos parasitarios que están defendiendo medidas suicidas contra el empresario y que al final nos van a traer más paro, más desigualdad social, más precariedad, más hambre…

Me indigna que la progresía subvencionada no se pregunte si la causa de nuestros problemas es debido a la puesta en marcha de una filosofía política que la experiencia ya ha demostrado que se halla reñida con el bien común.

Me indignan todos esos periodistas «empoderados» e incapaces de sobrevivir sin la mamandurria del Estado, que piden al Gobierno que les siga manteniendo el pesebre.

Me indigna que no hayan camas en los hospitales, que no haya dinero para dotar a todos los españoles del material sanitario que necesitan, porque apenas quedan fondos económicos que no hayan sido robados o despilfarrados por los políticos de uno y otro bando.

Me indigna el conformismo de los españoles. Sentirse a gusto en un vagón, aún cuando no haya máquina que lo arrastre o cuando la máquina nos lleva al abismo, es señal inequívoca de cretinismo mental, de ligereza o de vocación de suicidio.

Me indigna que los separatistas utilicen esta crisis para seguir debilitando al Estado, sin que al caso les importe la vida de los suyos.

Me indigna que el Gobierno haya impuesto el arresto domiciliario a millones de españoles mientras sus miembros se saltan la cuarentena.

Me indigna que se haga pagar a los autónomos el dinero que no han podido ingresar debido a la paralización de sus actividades.

Me indigna esa jerarquía católica española que ha abandonado a su suerte a sus fieles cerrando las parroquias. En dos mil años de historia nunca se había prohibido el sacrificio perpetuo, dos mil años en los que la humanidad ha sido devastada por plagas mucho peores que el coronavirus, en las cuales las iglesias abrían día y noche para dar refugio, para consolar a los sufrientes, para salvar las almas de la gente atemorizada ante su posible muerte. Sin embargo, ante un virus con mortalidad del 2% e incluso menos, se cierran las iglesias, porque las beatas y los pocos fieles que acuden a las misas de diario, separados por bastantes metros, son una posible fuente de contagio.

Me indigna que cuando pase la pandemia, si es que pasa, sigamos dejando la solución a nuestros problemas en manos de partidos cuyos dirigentes representan lo peor y más abyecto de la condición humana.

Me indignan los representantes de esa casta política que nos está arruinando tras vaciarnos de miras trascendentes.

Me indignan esos lacayos de Bruselas que nos están demostrando con hechos lo poco o nada que los españoles les importamos.

Me indignan esos responsables televisivos que nos ofrecen a diario toneladas de basura con tal de que no se hable de la responsabilidad del Gobierno en esta crisis pandémica. Me indigna que a través de las televisiones sigan imponiendo sus dogmas, sus anatemas, sus preferencias culturales, sus clichés ideológicos, sus fracasadas recetas políticas.

Y me indigna sobre todo que esta experiencia al final no nos sirva para nada. Que el concepto de la resiliencia lo reduzcamos a caceroladas, a vaciar en fila india las baldas de los Mercadona o a entonar canciones del ‘Dúo Dinámico. Que en vez de apostar por auténticos líderes que nos gobiernen en el futuro, sigamos en las mismas manos corrompidas de siempre, bajo la estulta mirada de los partidos de siempre a las órdenes de la misma mafia globalista de siempre, manejándolo todo en la sombra, hasta el número de muertos.

Me indigna, en fin, tener que ser yo, y no otros, quien afirme que la debilidad de nuestro sistema inmunológico no es nada comparable a nuestra conversión en ganado lanar bajo las garras de la manada lobuna que nos gobierna.


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Cartas del Director

Naderías frente a la tragedia

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Pedro Sánchez se dirigió anoche a los españoles durante más de 45 minutos con un monólogo reiterativo y convertido en un cúmulo de naderías que no tranquilizan a la sociedad. Sánchez demostró que el afán propagandístico de La Moncloa no tiene límite ni siquiera ante la más dura desgracia que nos está golpeando. El aprovechamiento político que hizo de su monopolio mediático para proteger su imagen obliga a preguntarse si su gestión de esta pandemia, con España confinada, es solo negligente, o si también lo es temeraria. No en vano, ya hay ministros que admiten que el Ejecutivo tomó conciencia de la gravedad el 2 de febrero, y hasta hoy no se ha escuchado ni una sola autocrítica de Sánchez, ni una sola disculpa, ni un mínimo reconocimiento de un error. Toda su comparecencia quedó reducida a una serie de coartadas y justificaciones para sostener que el Gobierno no ha llegado tarde. Pero por desgracia, hoy tenemos la certeza de que así ha sido. Por momentos, Sánchez quiso emular al general Charles de Gaulle, cuando en los años sesenta se presentaba ante los franceses cada sábado para imprimir moral patriótica. Pero de aquello han transcurrido seis décadas, y desde luego Sánchez no es De Gaulle.

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Lo más grave de ayer no fue la utilización de todos los medios públicos a su alcance para justificar su fracaso en la gestión, sino la sistemática exculpación de cualquier responsabilidad por el mero hecho de que se ha limitado a seguir las recomendaciones de los «expertos» y de la OMS. Sánchez, fiel a su costumbre, no asume ninguna responsabilidad política y se desmarca de cualquier problema que pueda salpicarle con excusas carentes de argumentos.

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No parece haber tomado conciencia aún de que es el jefe del Gobierno, y no hay una manera más errónea de ejercer el liderazgo que la sociedad le demanda. No es necesario que Sánchez prolongue artificialmente sus discursos para que los españoles nos sintamos orgullosos de nuestros sanitarios, policías, militares o de todos aquellos que sostienen los servicios básicos y el abastecimiento de un país cerrado. Los españoles ya lo estamos. Lo imprescindible es que Sánchez no pretenda competir con la jefatura del Estado para recuperar la iniciativa política, social y económica perdida. Si vendió a los españoles un «escudo social» frente a esta crisis, anoche solo se ocupó de poner un «escudo político» para no desprestigiar más su imagen en pleno colapso hospitalario y de medios materiales. Pero fue absurdo porque la competencia de este Gobierno está en entredicho. La OCDE exige un «plan Marshall» a nivel planetario, Merkel anuncia en Alemania un rescate de 600.000 millones para una «economía de guerra», Italia multiplica su drama entre peticiones desesperadas de ayuda… y Sánchez se enorgullece de la caída del consumo de queroseno. Para decir lo que dijo anoche, pudo hacerlo antes. O ahorrárselo.


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Cartas del Director

Un Gobierno alarmante

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(R) Más de veinticuatro horas después de haberlo anunciado, el Gobierno por fin aprobó ayer el decreto que impone en España el necesario estado de alarma. Tarde y mal, cuando ya se han producido más de 6.000 infecciones por coronavirus, más de 1.500 personas en los últimos dos días, y con casi doscientos fallecidos, lo cierto es que Pedro Sánchez no ha podido gestionar peor la crisis en las últimas 72 horas. Resulta lamentable e indigno que el Gobierno filtrase su inicial borrador de decreto para restringir los movimientos de los españoles sin hacerlo público a todos los ciudadanos en tiempo y forma. De nuevo, el Ejecutivo incurrió ayer en una banalización del problema más grave de salud pública al que hemos tenido que enfrentarnos, con las repercusiones económicas que ello lleva aparejado en un país literalmente paralizado.

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La improvisación se ha apoderado de un Gobierno que lleva semanas subordinando la sensatez y la cautela a la improvisación sistemática. No ha sido capaz de calcular el alcance de un drama de alcance nacional, y ha estado más preocupado por su propia imagen que por la seguridad de los españoles. De lo contrario, ¿qué sentido tiene que el vicepresidente Pablo Iglesias, consciente del riesgo cierto de infección que padece por el diagnóstico positivo de su pareja, la ministra Irene Montero, se presentase ayer in situ en el Consejo de Ministros extraordinario? Pretender que los españoles queden confinados, lo cual parece lógico, y a su vez fingirse liberado del virus para no perder cuota de protagonismo político y mediático dice mucho de la envergadura política de Iglesias, que es nula. Lo ocurrido ayer es una irresponsabilidad nada ejemplar.

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Sánchez se ha visto desbordado en las últimas horas por dirigentes regionales con más sentido de Estado y con más vigor en la protección de la ciudadanía que él. Hay un estado de confusión política destructivo y alarmante. Sánchez ha amagado demasiado y su indecisión lo ha convertido en una rémora política, supeditada además a Unidas Podemos. Antes de esta crisis, ya había una profunda división interna en el Gobierno. Ahora, esa falla de brutal desconfianza interna se ha abierto mucho más, agravando la brecha de una crisis política sin parangón ni liderazgo. Ayer, el Consejo de Ministros se demoró por la negativa de Pablo Iglesias a asumir decisiones económicas trascendentales y aavalar el plan de choque económico del Ejecutivo. Y España sigue sin conocer la concreción de esas medidas. Sánchez vive de su imagen, pero Iglesias vive de una falsa utopía comunista capaz de destruir el tejido financiero e industrial de esta nación. Además, es indudable que al conformar ayer un núcleo duro de cuatro ministros del PSOE para la toma de decisiones, Sánchez fulminó a Podemos en la gestión de esta crisis, delatando su nulo peso político y su descreimiento absoluto en la utilidad de Iglesias.

Hay presidentes autonómicos y alcaldes con más eficacia en la concienciación social que la del propio presidente del Gobierno. Las medidas que adopta el Ejecutivo son imprescindibles, pero es notorio que ha incurrido en un exceso de confianza que nunca debió producirse. De hecho ha cerrado España demostrándose incapaz de frenar, ni siquiera en condiciones de alarma nacional, al nacionalismo. Cuando ayer mismo Torra e Urkullu lamentaron que se aplique un «nuevo 155» en Cataluña y el País Vasco, lo hicieron con un desconocimiento palpable de la entidad de este problema. En España nadie «confisca» competencias. Solo se atiende al interés general, y anteponer sus veleidades separatistas y su autoridad sobre las policías autonómicas frente a la salud de los españoles es temerario. Nadie debe dudar de que el Estado tiene la obligación de asumir las competencias en todo tipo de ámbitos para contener la enfermedad por más que unos dirigentes autonómicos se puedan indignar. Allá ellos con su absurda concepción del interés público.

Es la hora de la unidad nacional, mal que les pese en su cinismo, porque conviene no olvidar que tanto el País Vasco como Cataluña no solo han pedido ayuda al Gobierno, sino que también dependen del resto de los españoles. Sus poses de independentistas de salón se dirigen una vez más contra España y ningún Gobierno solvente debe tolerarlo, aunque le cueste la legislatura. España es el segundo país de la UE más afectado por el virus, y hasta ayer no adoptó una sola decisión a nivel nacional. Sánchez tiene el apoyo de partidos como el PP, Ciudadanos, e incluso Vox, para no trocear más España, y menos aún en términos de salud pública. Cualquier otro planteamiento sería delirante. Por eso es exigible que el Gobierno de Sánchez actúe con la contundencia necesaria, sin cortapisas, presiones ni chantajes de sus socios. El momento de España es de una alarma excepcional, y es necesaria grandeza política para gestionarla sin amenazas. Si ni lo hace, seguirá siendo un Gobierno alarmante.


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