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España ha cambiado y no precisamente a mejor

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Ángel Gutiérrez Sanz.- España ha cambiado y no precisamente a mejor. Diré más, caminamos hacia el precipicio y lo peor de todo es que los españoles en su gran mayoría se niegan a reconocerlo y así naturalmente va a ser muy difícil corregir el rumbo, porque la primera condición para que el enfermo se cure es comenzar reconociendo que sufre una enfermedad. Periodistas y políticos desde hace años nos están vendiendo la milonga de que vivimos en el mejor de los mundo posibles y decir esto será todo lo políticamente correcto que se quiera, pero no es cierto, no es así. Nuestra Nación va perdiendo el pulso y camina tambaleante, pero no tenemos el valor de reconocerlo.

La crisis económica reciente que aún persiste, hay que tomarla como un toque de atención, las dificultades que están teniendo los gobiernos en orden a encontrar nuevas fuentes de ingresos para cuadrar los presupuestos, es otra señal más de alarma que nos está avisando de que al limón ya no se le puede exprimir más y que tampoco es buena idea gastar más de lo que se produce, porque bien sabido es lo que pasa con un pozo cuando se saca más de lo que entra.

Muy distinta es sin duda la actual situación que atraviesa España con aquella otra vivida en los años 60 y 70, que nuestra generación bien conoce.

Nosotros vivimos en el marco de una sociedad hecha de trabajo, ahorro y sacrificio, en que se vivía honradamente, cada cual según sus posibilidades, y que si se ganaba 30 nos las ingeniábamos para ahorrar 10 por si venían mal dadas. Las familias vivían modestamente, pero nunca faltaba lo necesario y se podían llegar a final de mes holgadamente sin ahogos. Prácticamente todos tenían trabajo y hasta no pocos se podían permitir el lujo de elegir entre dos, tres o más ofertas. Había ricos y pobres esto no se puede negar; pero lo que predominaba era la clase media, ilusionada con un proyecto de vida que la mayoría de las veces acababa cristalizando en un status económico-social satisfactorio.

Peldaño a peldaño fuimos construyendo entre todos una Nación próspera, que llegó a colocarse en puestos de privilegio en el ranking mundial de economía. Se mecanizó el campo, se crearon empresas como Renault o Seat, se construyeron pantanos, se levantaron hospitales como La Paz, Universidades como la Complutense o la increíble Universidad Laboral de Gijón etc. etc. Se dio un paso de gigante en la industria, se modernizo el turismo, las Arcas del Estado estaban saneadas, y la instrucción llegó a todos los rincones de la geografía española, alcanzando niveles inimaginables, lo que se dice una Nación en auge. En menos de 40 años España había pasado de unas estructuras prácticamente medievales a una nación de corte moderno y mucho tuvimos que ver nosotros en todo ello. Esto no nos lo pueden negar cuatro mindunguis de ahora, que creen haber descubierto el mediterráneo. No nos lo pueden negar porque fuimos testigos directos de esta realidad, pese a quien pese.

La generación de la posguerra , es decir la de nuestros padres y la nuestra, fueron capaces de levantar a España y realizar lo que se conoce como el milagro español . La herencia que dejamos a quienes venían detrás era más que estimable y de haber sido bien administrada hubiera dado para haber podido dormir tranquilos durante mucho tiempo. Si esto no fue así, ha sido porque ha habido mucho derroche , mucho gasto superfluo y mucho trinque. Para qué voy a entrar en detalles si quienes me van a leer conocen esta historia mejor que yo.

A la generación de la posguerra, que es también la nuestra, le cupo el mérito de haber entendido que el esfuerzo, el ahorro y el sacrificio eran pilares necesarios en todo proyecto de superación y crecimiento, pero este convencimiento no supimos trasmitírselo a los herederos que nacieron con la mesa puesta, gozaron de una situación privilegiada y fueron educados para gastar y vivir a lo grande, por aquello de que “no voy a consentir que mis hijos pasen por lo que yo pasé”. En lugar de inculcarles que “hay que vivir con el sudor de la frente”, les hicimos creer que es mejor “vivir con el sudor de el de enfrente”. En este contexto nuestros hijos pronto se convirtieron en unos consumidores empedernidos, incapaces de renunciar a nada y poco a poco se fueron aficionando a las marcas y productos caros.

Hemos vivido lo suficiente para ver como se lapidaba todo lo que nosotros habíamos ido amasando con tanto esfuerzo. Con dolor estamos siendo testigos del vaciamiento de la hucha de las pensiones, de como se ha disparado de forma descomunal la deuda publica y nos intranquiliza el amenazante déficit público, que pone en peligro el cobro de unas modestas pensiones. Aún con todo a mí lo que más me duele es la falta de gratitud y reconocimiento que la sociedad está teniendo con unos hombres y mujeres que lo dieron todo y fueron los que sentaron las bases de la sociedad del bienestar.

Las jóvenes generaciones no nos han agradecido suficientemente lo que hicimos por ellos y ni siquiera lo valoran porque piensan que lo nuestro fue solo trabajar, pero no supimos disfrutar de la vida y esto a sus ojos no pasa de ser una estupidez. En esta época de la posmodernidad donde el ideal es vivir y disfrutar a tope el momento presente, eso del espíritu de laboriosidad y renunciamiento queda para los pringaos, ni siquiera entienden nuestra presencia en este mundo de la informática, que nos rebasa y en el que nos sentimos como unos apátridas. No quisiera exagerar pero da la impresión de que solamente nos soportan por razones de humanidad.

Aún más digno de consideración es lo que nuestra generación representó a nivel espiritual, moral y humano, en una España que fue considerada por los grandes observadores de este tiempo como la gran reserva de Occidente y razón había para ello . No me estoy inventando nada, ahí están las hemerotecas y los documentos que pueden dar fe de cuanto estoy diciendo, aunque este hecho ha sido cuidadosamente ocultado y silenciado por periodistas y políticos, tanto de derechas como de izquierdas.

Mil razones había sin duda, para sentirnos orgullosos de esa España trabajadora y sacrificada que vivía en orden y paz, alentada por sublimes inquietudes y alimentada por valores universales e intemporales.

Nuestra generación tuvo el honor de vivir en esa España decente y honrada, donde se rendía culto a la Patria y a la familia, donde los mayores y las tradiciones eran respetados, donde la lealtad y honestidad eran puntales básicos de la convivencia; la libertad nada tenía que ver con el libertinaje, la disciplina y la autoridad eran bases sólidas del trabajo y el aprendizaje. Pensando en el mañana aprendimos a ser previsores, ejercitándonos en la virtud del ahorro y la austeridad, que nos pusieron a salvo de no pocas contingencias, pero sobre todo disponíamos de grandes dosis de sentido común y de prudencia. Nosotros supimos lo que es la grandeza de espíritu, nos dejamos contagiar por los sentimientos nobles, por las aspiraciones sublimes y servimos como mejor pudimos a esos grandes ideales por los que merecía la pena vivir, luchar e incluso morir. De nuestros padres heredamos un capital moral valiosísimo, tesoros espirituales preciosísimos, valores humanos y trascendentes, que después no supimos o no pudimos trasmitir a los que venían detrás. Esta ha sido y sigue siendo nuestra deuda pendiente con la historia.

Hoy, lo sabemos todos, España no es espejo ni ejemplo de nada ni de nadie, por mucho que la propaganda trate de hacernos comulgar con ruedas de molino; por el contrario se ha convertido en un paraíso de corruptos, embusteros, revanchistas y traidores. Paralelamente a la transición política se ha ido produciendo una transición social, cultural, religiosa y moral, que nos ha sumido en la más profunda de las miserias. El pronóstico: “a España no la va a conocer ni la madre que la parió” del ínclito A. Guerra, el hermanísimo, el del “to pa el pueblo” bien que se ha cumplido para regocijo de todos aquellos que nunca tuvieron a España como Patria, sino como un país al que se le robó el alma y para vergüenza de propios y extraños carece de un himno nacional con letra propia.

En este cambio drástico que se ha producido en España, sin duda, mucho ha tenido que ver la presión ejercida desde fuera de nuestras fronteras y por supuesto la propaganda desde dentro por parte de periodistas y políticos de todos los colores, dispuestos a romper con el pasado, fuera como fuera y costara lo que costara. Lo que no tengo claro es si en este acoso y derribo algo hemos tenido que ver también los de nuestra generación, bien sea por claudicación, por negligencia o acomplejamiento.

Nosotros, que veníamos de donde veníamos, con las convicciones firmes de que existe un orden natural al que todos estamos sometidos, con las seguridades también de que existen verdades y principios morales intemporales que no pueden ser alterados.

Nosotros que creíamos que existía un imperativo moral categórico que está por encima de la voluntad de los hombres, no debimos conformarnos con este relativismo moral, que al final han conseguido imponernos. En mi modesta opinión, creo que pudimos y debimos hacer algo más a favor de las esencias, no solo de lo que España representa como Nación de un pasado tan glorioso, sino también por lo que se refiere a nuestra identidad generacional; pero el hecho fue que callamos y dejamos hacer y con nuestro silencio, incluso condescendencias, de alguna manera nos convertimos en cómplices de lo tristemente sucedido.

Soy consciente de que las nuevas exigencias culturales pedían cambios. Sé perfectamente que la posmodernidad en la que estamos inmersos exige acomodaciones y remodelaciones, lo que me resulta difícil de entender es que hubiera que cambiarlo todo, cuando hubiera sido suficiente con rectificar algunas cosas. Se cometió el tremendo error de verter por el sumidero el agua sucia del barreño sin advertir de que con ella iba el bebé dentro. Hoy es fácil de advertir que entre los escombros de esa España entrañable que nosotros construimos han quedado sepultados patrimonios, bienes y pertenencias, que nosotros debimos preservar. Si bien en honor a la verdad he de decir que nuestra generación, en todo este tiempo de la transición, se encontró con obstáculos difíciles de superar. Me referiré a dos de ellos porque el espacio no da tiempo para más.

A partir de aquí nos encontramos con una profunda escisión. Las categorías de verdadero o falso, bueno o malo comienzan a perder vigencia y lo que verdaderamente importaba es si se estaba a favor del progresismo o del conservadurismo, en definitiva si se estaba contra Franco o con Franco. Si lo primero, entonces se te veía como persona honorable con un futuro prometedor, en cambio si lo segundo, se te veía como sujeto repudiable, al que había que atar corto. Si renegabas del espíritu del 18 de Julio se te abrían todas las puertas, pero pobre de ti si te mostrabas receptivo y fiel a este espíritu, porque entonces solo quedaba que Dios se apiadara de ti. Si te mostrabas librepensador, aconfesional, relativista, eras hombre de tu tiempo; en caso contrario eras visto como un troglodita. Esta injustificada discriminación pesó mucho en el ánimo de los hombres de nuestra generación, engendrando dudas en muchos de ellos.

El otro gran obstáculo con el que nos topamos fue el resquebrajamiento del principio de autoridad que nos impidió educar convenientemente a nuestros hijos y dificultó la trasmisión de valores en los que nosotros habíamos creído. Seguramente cometimos el error de acomodarnos a la situación, mostrándonos desmesuradamente condescendientes y omnitolerantes porque temíamos que de no ser así corríamos el riesgo de romper el dialogo con nuestros hijos, incluso que podían llegar a marcharse de casa y perderlos para siempre. El resultado en muchos casos fue, que les dejásemos crecer sin esas vitaminas morales tan necesarias en periodo de formación

Hoy, con la perspectiva que da el paso del tiempo y después de haber tenido que cosechar el fruto amargo de la desestabilización familiar, la materialización de la sociedad y la desintegración de nuestra sagrada Nación, solo nos queda poner un poco de juicio en tanto desvarío que ha llegado a alcanzar cotas esperpénticas con la ideología de género y con la memoria histórica que sin duda están poniendo en serio peligro la pacífica convivencia entre ciudadanos y arruinando la concordia y reconciliación que nosotros ya habíamos alcanzado perdonando y olvidando.

En este momento trascendente de nuestra historia, en el que tanto nos jugamos, los hombres de nuestra generación tenemos que hacernos presentes con el bagaje cultural, ético y humano que recibimos como herencia. Basta ya de tibiezas, después de haber constatado que nuestras aspiraciones siguen siendo legítimas. La historia nos concede otra oportunidad para ser leales con nosotros mismos y no debemos desperdiciarla.

Recordemos las severas palabras de Dante Alighieri: “Los lugares más oscuros del infierno están reservados para aquellos que mantienen neutralidad en tiempos de crisis moral”. No todo está perdido ni mucho menos. La última palabra la tiene la Verdad en la que nosotros seguimos creyendo

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Casado sube un punto por semana

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Carlos Dávila.- Como él lo ha escrito le cito, que no soy Pedro Sánchez. Hace veinticuatro horas escuché a Fernando Onega, colega de pupitre, decir que el presidente del Gobierno no levantará cabeza electoral si no descubre “un discurso similar, un discurso de Estado como el que pronunció Adolfo Suárez tras los asesinatos en Atocha de los cinco abogados laboralistas”. Onega sabe de lo que habla. Pero Sánchez no está en eso; por decirlo mejor, y también en palabras ajenas (las de un ex-ministro de Felipe González) está en lidiar la tragedia de Cataluña con el menor coste político para él.

Pero fíjense, faltan escasas horas para que Sánchez se tope de bruces con las encuestas de fin se semana y del lunes, unos sondeos que paralizan su alternativa y que otorgan al PP 105 escaños o incluso más. Claro está que el disgusto del aún presidente será una puñaladita monjil al lado de la que se va a llevar Albert Rivera, el líder de Ciudadanos al que nadie le ofrece un resultado mejor que unos raquíticos veinte escaños.

No voy a entrar en esta crónica en ningún escarceo más en las muestras porque, entre otras cosas , ya tienen una muy fiable en este mismo periódico. Me fijo en algunas circunstancias relevantes y significativas que van a alumbrar en todos los sondeos. Es decepcionante para el todavía presidente que ni la convulsión catalana, ni la exhumación de Franco, le proporcionen un voto más.

A los españoles nos trae exactamente por una higa lo que vayan a hacer Sánchez y su equipo de leales, por ahora, corifeos, con la momia del general. Es más, está hartos nuestros compatriotas de este circo, tanto que José Félix Tezanos, el manipulador más indigno que haya tenido nunca el Centro de Investigaciones Socialistas, antes Sociológicas, ni siquiera se ha atrevido a preguntar al ganado que apacienta en sus muestras, qué le parece realmente esta monserga con la que Sánchez ha intentado acreditar que él, Pedro Sánchez ha inventado y traído la democracia a nuestro atosigado país.

Por la culata

Pero aún hay más; tampoco la tragedia catalana en la que el citado había puesto todas sus esperanzas le depara un voto más. Eso ya lo escribí en una crónica anterior, lo que no sabía entonces es que, probablemente esta rebelión que no se atreve a atajar como un gobernante decente, le está restando el cariño de sus electores. Lo curioso es que sin embargo, los terribles sucesos de Cataluña están movilizando hacia las urnas a un electorado que no es precisamente del PSOE, unos votantes que están ahítos, hartos, hasta el moño de que una tribu de salvajes convenientemente coreados por el filoterrorista Tardá y su patrón Puigdemont. “A Pedro -suele decir el peculiar ‘Pepiño’- le ha salido el tiro por la culata”. Tan mal le ha salido esta jugada barriobajera que en una de las citadas encuestas los sondeados le atribuyen toda la culpa de esta estrafalaria convocatoria electoral

Rivera sólo figura en este ranking de la culpabilidad en tercer lugar, muy lejos de Sánchez, antes está el comunista Pablo Iglesias que está sobrellevando la aparición de Íñigo Errejón con bastante tranquilidad, tanta que Errejón ya sólo parece pintar un poco en Madrid, otro poco en Barcelona -si es que para entonces, día 10 de noviembre, existe esa ciudad- y menos todavía en Levante, en las demás demarcaciones de España mejor que ni aparezca porque le van a hacer una pedorreta histórica que debería empujarle a tomar el primer avión y volver a los brazos de su papito, el sanguinario Maduro.

Desde lejos, muy lejos le puede contemplar el día 10 Pablo Casado, que ya está de media -repito- en los 105 escaños y que, según todas las informaciones que llegan de los sociólogos, su progresión es tal que sube un punto por semana. Uno de estos técnicos decía al cronista: “Ahora mismo es imposible que gane Casado, el día 10 no lo es”.

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He tenido un mal sueño

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Alberto González Fernández de Valderrama.- La noche del sábado pasado tuve un sueño que me dejó muy preocupado. Y me lo provocó, con toda seguridad, el programa de debate de la Sexta que acababa de ver. Habían hablado del cierre del Valle de los Caídos por el Gobierno que, ultimando sus preparativos para la profanación de la tumba de Franco, había dado órdenes a la Guardia Civil para que impidiera el acceso público a la misa matinal que con motivo del Día de la Virgen del Pilar se iba a celebrar en la basílica.

En ese programa, que suele conceder la palabra a quienes la naturaleza no debería haber concedido voz porque solo la utilizan para ofender, un contertulio se reía sarcásticamente, con exultante satisfacción, de la frustración de unos católicos a los que llamaba “fascistas”, que protestaban porque querían acceder a oír misa y eran reprimidos por las fuerzas del orden como si fueran inmigrantes ilegales que intentaran traspasar violentamente la valla fronteriza de Melilla. Me niego a mencionar su nombre para que no empañe mi texto. Pocas palabras necesitó para exhalar su odio, pero su mente pronunció muchas más, y aquí las desvelo: “Rabiad, católicos: no vais a poder despediros de Franco, ni rezar en público por su alma. Y dentro de poco tampoco podréis entrar en esa iglesia porque muy pronto echaremos de allí a sus monjes y la convertiremos en un museo de los horrores franquistas. Y dejaréis de admirar esa cruz que os recuerda que el dictador salvó a la iglesia católica de su total exterminio al ganarle la guerra al comunismo y la anarquía; solo podréis contemplar sus cascotes porque la haremos añicos con dinamita.

Nos ofende. Ved que esto que vamos a hacer con la tumba de Franco es solo el primer paso. El segundo lo daremos cuando Sánchez gane las elecciones y forme un nuevo gobierno con el apoyo de la izquierda radical. Temed, fascistas, la suerte que os espera”.

Y me eché a dormir dándole vueltas a la cabeza sobre este tema. Quizás la obsesión, madre de muchos de nuestros sueños, fabricó uno para mí que hubiera deseado no tener. Vi escenas de odio entre hermanos, discordias, algaradas callejeras… me veía caminar por unas calles sumidas en el caos y había regueros de sangre por las aceras. Y de pronto un trueno de una sonoridad nunca oída me hizo mirar hacia las alturas y pude escuchar una voz, que emergía como un relámpago de entre un cielo tormentoso. Oid lo que dijo:

-“Españoles: ¿Quién os dio permiso para profanar mi casa? Vuestras leyes y las sentencias de vuestros tribunales no tienen jurisdicción sobre mí. No me vinculan ni pueden someter mi voluntad a vuestro antojo. Llamáis dictador a un hombre que os puso un yugo que yo mismo le di para que lo colocara sobre vuestro cuello, porque yo quería que España me obedeciera como una sola nación y se sujetara a mis designios. Yo puse en las manos de ese hombre la espada con la que combatió contra sus enemigos; y fui yo quien le libró de las balas que silbaban tantas veces junto a sus sienes. Él bien lo sabía y por ello nunca se arredró en el frente de batalla, ofreciéndose de cuerpo entero como blanco perfecto para quienes le apuntaban con sus armas. Yo le salvé de sus enemigos porque eran también los míos. Eran los que saqueaban mis casas de oración y me ofrecían holocaustos que yo no les había pedido, derramando la sangre de quienes me servían y me amaban. Su triunfo fue mi victoria. Su guerra y su ejército fueron míos y mía fue la justicia que aplicaron a los vencidos. Yo di a Franco el poder sobre España para someteros a mi voluntad, porque todo lo que he creado me pertenece. Pero cuando yo le llamé a mi presencia vosotros os quitasteis el yugo que os sujetaba a mí porque amabais una libertad que solo podía traeros la democracia. No sabíais que la democracia os iba a conceder también el derecho a ser insensatos y que pronto lo ibais a ejercer. Durante muchos años lo pusisteis en práctica sin apenas daros cuenta de ello. Me apartasteis de vuestras vidas. Os olvidasteis de que existo y dejasteis de creer que de igual modo que devuelvo el ciento por uno a quienes me obedecen soy vengativo y cruel con los que me rechazan. No sabéis que vuestras ilusiones en la tierra son solo un mero espejismo que se desvanecerá cuando termine vuestro tiempo. En vano buscáis el alma de vuestros muertos en sus huesos y cenizas: sus almas están en mi poder. Y en vano les dedicáis monumentos y homenajes que en nada les aprovechan. Dedicadles oraciones y tal vez yo las escuche. Porque yo soy el único dueño de la justicia por la que clamáis y la aplico como quiero. Y ahora decidme, los que creéis que hacéis justicia profanando mi casa: ¿qué os hace pensar que no aplicaré yo la mía sobre vosotros?”

Dejaron de tronar estas palabras en mis oídos y, de pronto, el cielo que veía, antes cubierto de una bruma espesa, se despejó de todas sus telarañas blancas, que se esfumaron haciendo un remolino. Y pude ver en el cielo que se me mostraba, radiante, la cruz de piedra más grande que los hombres hayan construido jamás.

Me desperté al instante y me vi impulsado a transcribir textualmente ese mensaje, que resonaba en mi cerebro palabra por palabra para que nada quedara relegado al olvido. No añadí nada mío. Y ya no pude volver a conciliar el sueño, tal era la angustia que me embargaba.

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La república era esto

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Salvador Sostres.- La república era esto. Las supuestas sonrisas han acabado ardiendo como siempre Cataluña ha acabado despertando de la ensoñación de que es un pueblo pacifista. Sangre y fuego, violencia estéril, muy mediocre en forma y fondo, que nunca la llevó a conseguir más sino a perder lo que tenía. Se repite la Historia. Se repiten los errores. Se repite la derrota.

Éste ha sido siempre el fin de trayecto del catalanismo político cuando enloquece en el “todo o nada”. Los inconscientes de Convergència y Esquerra dejando las calles en manos de estos vándalos son los inconscientes de la Lliga confiando en que la FAI sería más catalanista que asesina, hasta que comprobaron su error en las cunetas de la Rabasada, con un tiro en la nuca.

La destrucción y la violencia de estos energúmenos no llevará a absolutamente nada. Agitación “afterwork”, escandalosa pero muy estúpida, sin un propósito realizable, que sólo crea alarma y rechazo, y desde luego esta vez han perdido el relato. Si el 1 de octubre algunos creyeron que podrían cambiar las cosas, y en algún momento llegó a parecerlo, ayer nadie quería cambiar nada y sólo fue una jornada de esfínteres abiertos.

Las hogueras de anoche en Barcelona no fueron ninguna revuelta popular sino los cafres de siempre con sensación de barra libre, los delincuentes habituales alentados por su Govern en lugar de ser perseguidos y detenidos como ocurriría en cualquier democracia estable. Las barricadas y las hogueras que se vieron en el Ensanche es la locura final de un movimiento que se ha quedado sin ideas y sin camino y que ya sólo vive de evacuar los residuos.

Desde la zona noble de la ciudad se veían subir al cielo deprimentes columnas de humo negro: alguien quiso compararlas con la Semana Trágica, pero lo que entonces tuvo un objetivo claro, ayer era sólo el altercado por el altercado, dirigido desde Waterloo y azuzado por San Jaime. La república era esto y aunque son incidentes deplorables hay que agradecer que por fin se hayan mostrado cómo son en todo su esplendor. Lo de ayer es lo que yo he tratado de explicar a mis amigos independentistas “de buena fe” -no me dejan ya más remedio que, la buena fe, tener que entrecomillarla-, y que es lo que va a condenarles no sólo a la derrota y a la frustración sino a dolorosas consecuencias personales. Lo de ayer es lo que siempre acaba pasando cuando el nacionalismo abandona el pragmatismo y se le va la mano.
Las imágenes tenían algo de dramático pero eran el principio y el fin de lo que mostraban. No hay fondo, no hay estrategia, no hay inteligencia, no hay valentía para nada más que no sea quemar plásticos y jugar a hacerse el revolucionario atacando a la Policía. Puede que las cosas empeoren antes de mejorar, esta noche o la del jueves, pero sobre todo el viernes y el fin de semana. El independentismo verá lo que hace, verá cómo cuida su imagen cada vez más deteriorada, y esta vez entre sus propias bases, y verá hasta qué punto quiere perjudicar al conjunto de los catalanes con actuaciones que todo el mundo sabe, y ellos los primeros, que más allá de las aparatosas molestias, no conducirán a nada.

Ayer fue un día más o menos normal en Barcelona. Los cuatro estudiantes que cortaban algunas carreteras se tapaban la cara pero no para atacar a la Policía sino porque estaban las televisiones obteniendo imágenes y no querían que sus padres les vieran haciendo pellas y les soltaran dos bofetadas al volver a casa. Todo estuvo calmado hasta que a partir de las 9 -indignación afterwork, esto son nuestros revolucionarios- empezó la fiesta de final del día, que acabó a la hora en que los muchachos se retiraron sobre las 2 para ir a dormir, que hoy hay que ir a trabajar. Nada: hasta Dry Martini cierra más tarde.

Esto era la república y sus sonrisas: si alguien pensó que con esta gente y con estos pasos se podía construir un Estado, yo entiendo que “sediciosos” es la manera educada que el juez Marchena ha encontrado de decirles a todos ellos: “sois unos imbéciles de remate”.

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