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Europa

“Il Capitano” Matteo Salvini y la política como lucha por la Identidad

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Sergio Fernández Riquelme.- Todo ejército tiene su capitán. En la guerra, dirige a sus huestes hacia la victoria, y en la paz intenta mantener el orden interno. Capitanes heroicos o cobardes, fieles o traidores, exitosos o fracasados encontramos en la Historia. “O Captain! my Captain! our fearful trip is done, The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won”, dedicaba Walt Withman al asesinado Lincoln. Líderes más cercanos que élites intelectuales o afamados generales, que comparten en muchas ocasiones el rancho y que buscan este cargo por servicio público o por intenciones de ascenso. Elegidos por tradición, raciocionio o carisma, la tropa necesitada de verdades y seguridades cree en ellos y lo consideran, habitualmente, uno de ellos.

Italia tiene ahora a Salvini, Il capitano, que pretende representar a la que considera la verdadera Italia. Frente a un Cavaliere provocador (Silvio Berlusconi), a un Professore conciliador (Romano Prodi) o a un moderno y joven Rottamatore (Matteo Renzi) muchos italianos de diversa ideología y origen siguen los pasos y los tuits del Capitán.

Presente como nadie en las redes sociales y creciendo en las encuestas de manera vertiginosa, Matteo Salvini, viceprimer ministro y ministro del Interior, impulsó en el país transalpino un nacionalismo soberanista capaz de integrar el regionalismo histórico italiano (uno de los países que más tarde accedió a su unificación político-territorial) con el nuevas posiciones identitarias frontalmente contrarias al diktat de Bruselas ante fenómenos migratorios globales, uniformizaciones culturales globalizadas, imposiciones socioeconómicas internacionales y problemas ciudadanos cada vez más profundos que eran caldo de cultivo para los llamados populismos de izquierdas o derechas.

Quedaba atrás la vieja Lega norte de Umberto Bossi, marcada por la masonería y los negocios sobre la coartada del ensueño de la Padanía étnica y secesionista (desde el neologismo de la llanura que atraviesa el río Po o Padus) y reunida cada año en la exótica celebración de Pontida para denuncia a los ladrones romanos y a los pobres sureños. Le sucedía una nueva Lega italiana, parte del gobierno nacional en 2019 (en coalición con el peculiar Movimento 5 Stelle, M5S, liderado por Luigi di Maio), nacionalista y regionalista a la vez, defensora de los valores tradicionales (de la Familia natural a la herencia cristiana) y promotora de una gran alianza de reforma europea (con Polonia y Hungría).

Pero todos tenemos un pasado. Salvini fue ardiente nacionalista lombardo, como líder del Movimiento de Juventudes padanas y como candidato de los comunistas padanos en las elecciones de 1997, siendo además asiduo colaborador del izquierdista centro social Leoncavallo y admirador declarado de los nacionalismos izquierdistas del momento (del quebequés al vasco). Pero años después, y como miembro de la Lega en el Parlamento europeo desde 2004, comenzó su transformación.

Una conversión en toda regla. En primer lugar, adoptando el soberanismo nacionalista italiano (sin olvidar el regionalismo primigenio de la Lega, pero ahora para todo el pais transalpino), al colaborar en el seno del grupo Europa de la Libertad y la Democracia, y y acercarse al nacionalismo identitario del francés Frente Nacional y del holandés Partido por la Libertad. El lema soberanista “Basta Euro” reemplazó, definitivamente, a la reivindicación del sueño folclórico de la “Padania” en la tribuna del Parlamento europeo. En segundo lugar, asumiendo el catolicismo identitario (entre la tradición y la modernidad) a partir de las enseñanzas de su admirado Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI (y del cardenal Raymond Burke) al que siempre recuerda como su verdadero Pontífice, del que reivindicó su famoso Discurso de Ratisbona y al que dedicó una camiseta que llevó en diferentes ocasiones con su foto y un lema bastante elocuente:“l mio papa è Benedetto XVI”.

A su vuelta de Estraburgo como conocido “eurófobo”, lideró la facción derechista de la Lega en 2013, y de la mano del todopoderoso gobernador de Lombardia Roberto Maroni, logró hacerse con el control de un partido en caída libre en elecciones y encuestas (tras haber sido miembro de los gobiernos de Silvio Berlusconi) y en plena crisis tras los arrestos de su cúpula por corrupción.

La toma del poder se tradujo en un cambio de estrategia. La Lega o era italiana o no sería, o era soberanista o desaparecería. Por ello en las diversas elecciones regionales de 2015 la nueva Lega se presentó con la marca “Nosotros con Salvini” (Noi con Salvini) tanto en el norte como en el sur de Italia (del Lazio a Cerdeña). Y tras apartar al mísmísimo Maroni y a Flavio Tosi, su principal contendiente en la Lega, Salvini pudo completar su transformación. El éxito de la convocatoria (primero en el Véneto, segundo en Toscana o Liguria, y tercero en las Marcas y Umbria) respaldaron su apuesta y provocaron un ascenso histórico en las encuestas, que se tradujo en el tercer puesto en las elecciones generales de 2018 (triplicando sus votos). Sin el adjetivo “norte”, la ahora “Lega Savini Premier” superó en estos comicios, y por primera vez, a su viejo socio de Forza Italia e hizo de la Coalizione di centrodestra la primera del país (junto con Fratelli d’Italia, Unione di Centro y Noi con l’Italia). Pero ante la debilidad de los de Berlusconi en las negociaciones y ante ciertas coincidencias programáticas con el ganador grillino, la Lega entró en el 65º Gobierno nacional, en coalición con el M5S (fundado por el llamado cómico antisistema Beppe Grillo) y bajo presidencia del tecnócrata Guiseppe Conte.

Omnipresente en las redes (gracias a la labor de su asesor Luca Morisi) y bajo el lema “Prima Gli Italiani” la nueva Lega desembarcó en el Palazzo Chigi. En este nuevo gobierno, Salvini y los suyos impusieron algunas de sus condiciones. Interior fue para el mismo Salvini, situando la seguridad nacional y el respaldo a las fuerzas estatales como prioridad; Familia y discapacidad fue para Lorenzo Fontana, católico tradicionalista veronés; Agricultura para Gian Marco Centinaio, defensor decidido de la producción nacional; Educación para Marco Bussetti, partidario de eliminar la ideología de género de las escuelas; Asuntos Regionales y Autonomías para Erika Stefanini, desde el regionalismo militante de la Lega; y Administración Pública para Giulia Bongiorno, buscando reducir eficazmente el Estado (con el impulso de infraestructuras y la idea del impuesto único). Participación en el gobierno que encumbró a los leghistas en las encuestas (por primera vez líder de las mismas, tanto en 2018 como en 2019 con más del 30%), fagocitando a su socio grillino y haciéndole ganar elecciones regionales en zonas insospechadas hasta ese momento como los Abruzzos o Cerdeña (liderando de nuevo la coalición de centroderecha).

La protección de las fronteras (frente a mafias e inmigrantes ilegales), el apoyo a la natalidad (ante el envejecimiento demográfico), la defensa de la autonomía regional (de Lombardía al Véneto), la reivincidcación de la Familia natural (eliminando en el documento de identidad “progenitores” por padre y madre), la protección del productor nacional, la apuesta por el salario básico universal (propuesta estrella, en puridad, de Di Maio), el proyecto de custodia compartida obligatoria, o la consecución de la Ley de legítima defensa. Estas fueron algunas de las grandes propuestas de la Lega en el ejecutivo y el parlamento, que provocaron críticas de sus propios socio de gobierno (amenazando con nuevas elecciones en más de una ocasión el llamado sector progresista de los grillini, encabezado por Roberto Fico), la furibunda reacción de la oposición izquierdista (el PD de Maurizio Martina y Niccola Zingaretti) y también de parte de la Conferencia episcopal italiana (en especial desde las páginas de Avvenire y Famiglia Cristiana). Iniciativas a las que se unieron proyectos claramente tradicionalistas como la norma de establecer crucifijos en las instituciones públicas, la Ley de custodia compartida para prevenir conflictos en la separación e incluso desalentar el divorcio (“garanzia di bigenitorialità”) del senador Simone Pillon, la ayuda de entrega de tierras públicas a las familias con tres o más hijos, la Ley frente a los vientres de alquiler (“utero in affitto”), o el apoyo directo a la celebración del XIII Congreso Mundial de Familias en Verona (World Congress of Families, WCF).

Odiado por sus enemigos y amado por sus seguidores. El Capitán lograba la polarización necesaria en tiempos de política altamente mediática. Pero especial ha sido el encontronazo con el clero democristiano (al que acusaba de “cattocomunisti”), que denunciaba a la Lega y sus socios por patrimonializar (e instrumentalizar) casi en exclusiva la bandera de la Identidad cristiana de Italia y la defensa de sus valores nacionales; especialmente ante el impacto de la imagen de un Salvini con rosario y biblia en mano en los principales actos electorales. El mismo Salvini reivindicaba las raíces cristianas de Italia y sus valores tradicionales (reconociendo públicamente sus pecados personales en numerosas ocasiones): “Rivendico che questo Paese abbia profonde radici cristiane. Nel Paese che ho in testa gli ultimi, non saranno più ultimi. Vado al governo cambiando le leggi, ma ispirandomi a certi valori”. Y Lorenzo Fontana defendía que el verdadero cristianismo debía proteger a los hermanos nacionales, a los más próximos ante las dificultades o la inseguridad: “Ama il prossimo tuo, quello in tua prossimità. Quindi se io amo le persone che stanno dall’altra parte del mondo e poi mi dimentico della persona del difficoltà e non parlo nemmeno al mio vicino di casa, allora sono un ipocrita”.

Il capitano era el político europeo con más seguidores en la redes sociales, en comunicación casi directa con sus followers, y sin pelos en la lengua. Dueño del debate político, sus lemas llegaban en internet y se publicitaban en sus sudaderas, sus mensajes se vestían de policía o de obrero, y su presencia impactaba en directo con detenciones policiales (como en la llegada del extraditado terrorista Cesare Battisti) o redadas antidrogas. Sus continuos videos en Facebook sumaban decenas de miles de seguidores, sus visitas a pueblos y barrios deprimidos o inseguros se convertían en pequeños baños de masas, y los medios de comunicación, los propios y los ajenos, no paraban de hablar de él, de Il capitano, y sobre todo de sus polémicas porque Salvini necesitaba la polémica.

Esta política virtual contemporánea (mediática y viralizada) parecía premiar o bien la corrección ideológica (desde el triunfo del “Yes we can” y sucesivas creaciones comerciales) o bien la incorrección ideológica (desde la reacción identitaria, ciudadana, soberana). No hay término medio, parece. Y Salvini, como otros antes que él, lo aprendió muy bien. Su labor política parece una incansable campaña electoral, abrazando a los amigos y señalando a los enemigos. Escuchar directamente a los ciudadanos, atender miedos e inseguridades minimizados por el poder, meterse en toda batalla en los medios, no eludir la confrontación o el debate, usar lemas directos y llamativos, combinar casi todo lo posible en el discurso político, tocar los temas más sensibles, y ser tan directo como directo es el mundo actual.

Su postura ha sido, así, radical contra las migraciones ilegales, prohibiendo el desembarco de inmigrantes a las costas italianas, tanto de las ONGs a las que acusa de connivencia con las mafias como los rescatados en el Mediterráneo por la propia Guardia costera. Su enfrentamiento con el presidente Macrón ha sido frontal, especialmente por las devoluciones “en caliente” de migrantes por parte de la policía gala que cruzaban la frontera italo-francesa (en el paso de Ventimiglia) o por temas de política europea (cruzándose palabras gruesas). Su oposición a la burocracia de la UE por la soberanía nacional ha sido casi visceral, especialmente por el control financiero de Bruselas de las cuentas italianas o por sus pretensiones de colonización ideologica y moral en la sociedad. Y sus reacciones inmediatas ante críticas (de machista o xenófobo) e insultos (casi diarios) son casi siempre trending topic.

A nivel interno, Salvini y su Lega no ha dejado títere con cabeza: frente al novelista Roberto Saviano por sus posturas ante las migraciones, frente al ganador italo-egipcio del festival de San Remo por no representar realmente a Italia, frente al Tribunal que quiere juzgarlo por impedir el desembarco de refugiados del barco Diciotti por supuesta persecución política, frente al Papa Francisco o al presidente Matarella por sus declaraciones identitarias, e incluso frente a Pamela Anderson por sugerir que Salvini era algo propio de los años treinta. Y a nivel internacional sus socios eran evidentes: los partidos soberanistas-nacionalistas que pretendían una Europa más descentralizada (y a los que quería aglutinar en una especie de ”Europa de las naciones”), la Hungría de Viktor Orbán (quién consideraba a Salvini como “mi héroe y mi compañero de destino”), o la Polonia de Ley y Justicia, con quién compartía el sueño de un “nuevo equilibrio europeo” fundado en la independencia nacional y la tradición cristiana. Sobre este equilibrio Salvini declaró que “Italia e Polonia saranno protagoniste di una nuova primavera europea, di una rinascita dei valori veri della Ue: meno finanza e burocrazia, più lavoro e sicurezza”, donde “l’Europa deve tornare alla sua identità, alle sue radici giudeo-cristiane, identità che viene respinta a Bruxelles in modo pazzesco, dove i valori della famiglia vengono respinti”.

Pero un lugar muy especial ocupó la Rusia de Vladimir Putin. Una nación de la que aprender a defender un mundo multipolar, de la que copiar su protección de los valores tradicionales, y a quién levantar las sanciones por la crisis de Ucrania (aunque disentían en la crisis de Venezuela). Una admiración (y relación) atestiguada ya en su paso por el Parlamento europeo, y nunca escondida por Salvini (virales fueron sus fotos con la camiseta de Putin en plena Plaza Roja de Moscú), centrada en la colaboración cultural, política y económica con Rusia Unida y con diversas instituciones del Kremlin. Sobre el presidente ruso Salvini declaró que “non abbiamo fatto discorsi profondi, ma credo che egli – un uomo di potere – sia toccato dalla necessità della fede. È un realista. Vede che la Russia soffre per la distruzione della morale. Anche come patriota, come persona che vuole riportarla al ruolo di grande potenza, capisce che la distruzione del cristianesimo minaccia di distruggerla. Si rende conto che l’ uomo ha bisogno di Dio e ne è di certo intimamente toccato”.

A la Lega le llamaron Il Carroccio, símbolo de independencia e identidad de las ciudades-estado del Medioevo italiano, inicialmente usado por las urbes de la Liga lombarda frente al expansionismo del Emperador romano-germánico Federico I Barbarroja. Un altar de cuatro ruedas tirado por bueyes, como plataforma rectangular con el estandarte de la ciudad y con una cruz en el centro, donde se celebraba la eucaristía y se llamaba con trompetas a la batalla. Y Salvini puso el suyo en Roma, simbólicamente, cuando los leghistas llenaron, por primera vez en la Historia, la Piazza del Popolo con ciudadanos de las ciudades del norte y del sur en su gran concentración del 7 de diciembre de 2018, ante los ojos incrédulos de vecinos y opositores. La Italia soberana, nacionalista (y regionalista) e identitaria (y tradicionalista) aparecía en escena para intentar cambiar el país y transformar Europa.

(La Tribuna del País Vasco)


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Italia: la legalización masiva de los inmigrantes es suicida

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En la imagen: inmigrantes que cruzan desde Libia a Europa esperan a ser rescatados por un barco de tripulantes del Migrant Offshore Aid Station Phoenix el 18 de mayo de 2017 frente a Lampedusa, Italia.
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Por Giulio Meotti.- Al describir Italia, Gerald Baker, exeditor jefe del Wall Street Journal, escribió hace poco:

“En gran parte del país (…) la despoblación está avanzando. Se han movido a los espacios vacíos olas de inmigrantes, muchos del norte de África y Oriente Medio. Los inmigrantes han llenado vacíos fundamentales en la fuerza laboral, pero la transformación de las ciudades italianas ha dejado cada vez más ciudadanos resentidos, temerosos por su identidad.”

Después llamó a esta transformación “una especie de declive occidental pionero”. Los efectos de la inmigración masiva ya son radicalmente visibles en muchas escuelas de primaria de Italia. Sólo en los últimos días, han salido a la luz ejemplos de dos grandes ciudades.

El primero fue en Turín, la cuarta ciudad mayor de Italia, donde ahora hay escuelas de primaria sin siquiera un solo niño italiano: “En todas las clases —explicó la directora de colegio Aurelia Provenza—, el porcentaje de extranjeros es muy alto, equivalente al 60% del número total de alumnos”.

El segundo ejemplo procede de Bolonia. “En el jardín de infantes de mi hijo hay un grave problema de integración. Tengo que llevármelo”, dice Mohamed, un marroquí de 34 años que llegó a Italia cuando tenía 4 años.

“No quiero considerarme racista, yo mismo que soy marroquí, pero el Ayuntamiento debe saber que la integración no se consigue poniendo más de 20 niños extranjeros en las clases.”

En el momento de la matrícula, explicó Mohamed, había visto dibujos con banderas de todas las nacionalidades en la escuela, pero “cuando llegó al colegio el primer día, nos encontramos en una clase donde todos los niños eran extranjeros. Los profesores incluso tienen dificultades para pronunciar el nombre de los niños”.

Ahora hemos llegado a una paradoja: los inmigrantes están sacando a sus hijos de las clases donde está aumentando la segregación bajo el multiculturalismo. “El rendimiento escolar cae cuando las clases superan el 30% de extranjeros; es un umbral crucial que se debe evitar o vigilar”, dijo Costanzo Ranci, profesor de Sociología Económica y autor de un reciente informe.

Los dos casos anteriores han sido objeto de mucho debate público. En Italia, en el último mes, el número de inmigrantes llegados desde África aumentó tras haber descendido durante la mayor parte de los dos últimos años. El centro de recepción de inmigrantes de la isla de Lampedusa, la primera línea en la crisis migratoria de Italia, está ahora en estado de “colapso” a causa del rápido aumento de las llegadas. Todo el sur de Italia está ahora intentando lidiar con los inmigrantes.

Según las proyecciones de la División de Población de la ONU, la población del África subsaharianas será del doble en treinta años, sumando mil millones de personas más y representando más de la mitad del crecimiento de la población mundial entre hoy y 2050. Italia, que ya tiene la tercera mayor población de inmigrantes de Europa, está experimentando una crisis “insoportable” y se enfrenta a un verdadero riesgo de “africanización”, como lo llamó Stephen Smith en su libro, The Scramble for Europe (La desbandada de Europa).

Hay muchas voces de preocupación. El cardenal Robert Sarah, autor de un nuevo libro, The Day Is Now Far Spent (Ya se ha agotado el tiempo), sobre la crisis de Occidente, compara el actual influjo de inmigrantes a las invasiones bárbaras que acabaron con el Imperio romano. Si las políticas migratorias de Europa no cambian, advierte Sarah, Europa será “invadida por extranjeros, como Roma fue invadida por bárbaros”.

Si Europa desaparece, y con él los incalculables valores del Viejo Continente, el islam invadirá el mundo y cambiaremos completamente nuestra cultura, nuestra antropología y nuestra visión moral.

Un think tank italiano, Fondazione Fare Futuro, también predijo que, debido a la inmigración masiva y a las distintas tasas de natalidad de los cristianos y los musulmanes, al final del siglo la mitad de la población italiana podría ser musulmana. En sólo diez años, el número de inmigrantes en Italia aumentó el 419%.

La población nativa italiana ya se está reduciendo rápidamente. Sin los extranjeros, los nativos italianos morirían cada año a un ritmo del doble (615.000) de los nacimientos (380.000). Eurostat, la oficina de estadística oficial europea, calcula que para 2080, una quinta parte de los italianos será de origen inmigrante (11 millones de los 53 millones de Italia).

Un reciente informe de la oficina de estadística nacional italiana señaló que el país está en una “recesión demográfica” que no se veía desde la Primera Guerra Mundial, y 250.000 jóvenes italianos han huido del país. “Italia exporta jóvenes licenciados e importa inmigrantes”, escribió Il Giornale. Se espera que Italia pierda el 17% de su población para 2050 y —sin la inmigración, incluso—, la mitad para finales de siglo.

Un informe de Cáritas-Migrantes documentó hace poco que, desde 2014, el descenso del número de italianos es equivalente a la población de una gran ciudad italiana, por ejemplo, Palermo (677.000). Sin embargo, este radical descenso no ha sido ni mucho menos compensado por los inmigrantes.

La inmigración vuelve a ser una cuestión política. Sólo unas semanas después de formar gobierno con el Movimiento Cinco Estrellas, el Partido Demócrata está promoviendo la llamada “ciudadanía por derecho de nacimiento”, una promesa de revertir la estricta política migratoria del exministro del Interior, Matteo Salvini. En latín, a este derecho a la ciudadanía se le llama ius culturae. La nueva ley permitiría a los menores de 12 años extranjeros convertirse en ciudadanos tras sólo cinco años en un colegio de Italia. El proyecto de ley lo está defendiendo Laura Boldrini, expresidenta del Parlamento italiano, autora de estas famosas declaraciones: “El estilo de vida de los inmigrantes será el nuestro”. ¿Se integrarán los italianos, en estas escuelas de primaria, en la nueva cultura de los inmigrantes?

El actual Gobierno sabe perfectamente lo que está en juego. “Desde ahora a 2050 y 2060, tendremos que enfrentarnos a la cuestión histórica de los 50 o 60 millones de personas que llegarán al mundo Mediterráneo”, dijo hace poco la diputada Nicola Morra, miembro de la mayoría gubernamental.

El gobierno se está jugando literalmente el futuro de Italia.

Italia es el país europeo más expuesto a la presión migratoria de África. Con una población nativa que ya se está reduciendo, si Italia se abre a la legalización general de los inmigrantes, deberíamos al menos ser conscientes de que será un suicidio cultural.

(Gatestone Institute)


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Europa

Francia: más muerte a la libertad de expresión

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Por Guy Millière. El 28 de septiembre, en un “Congreso de la Derecha” que tuvo lugar en París, organizado por Marion Marechal, exdiputada del Parlamento francés y ahora directora del Instituto de Ciencias Sociales, Económicas y Políticas de Francia. El objetivo del congreso era unir a las facciones políticas francesas de derechas. En su discurso de apertura, el periodista Éric Zemmour criticó duramente el islam y la islamización de Francia. Describió las “zonas de exclusión” del país (“Zones Urbaines Sensibles”) como “enclaves extranjeros” en territorio francés y retrató como un proceso de “colonización” la creciente presencia de los musulmanes franceses que no se integran.

Zemmour citó al escritor argelino Boualem Sansal, que dijo que las zonas de exclusión son “pequeñas repúblicas islámicas en formación”. Zemmour dijo que hace unas décadas, los franceses podían hablar con libertad sobre el islam, pero que eso es hoy imposible, y condenó el uso del “difuso concepto de islamofobia, que imposibilita criticar al islam, al restablecer la idea de blasfemia para beneficio exclusivo de la religión musulmana”.

El islam agrava todos nuestros problemas. Es un doble peligro (…) ¿Estarán los jóvenes franceses dispuestos a vivir como minoría en la tierra de sus antepasados? Si es así, merecen ser colonizados. Si no, tendrán que luchar (…) Las viejas palabras de la República: laicismo, integración, orden republicano… ya no significan nada (…) Todo ha sido puesto patas arriba, pervertido, vaciado de significado.

El discurso de Zemmour fue retransmitido en directo en el canal de televisión LCI. Los periodistas de otros canales acusaron de inmediato a LCI de contribuir a la “propaganda del odio”. Algunos dijeron que se debía retirar la licencia de transmisión a LCI. Una periodista, Memona Hinterman-Affegee, exmiembro del Consejo Superior de Medios Audiovisuales (Conseil supérieur de l’audiovisuel) de Francia, el organismo que regula los medios electrónicos franceses, escribió en el periódico Le Monde:

LCI usa una frecuencia que es parte del dominio público, y por lo tanto pertenece a toda la nación (…) LCI ha fallado en su misión y ha perdido el control de su programa, y debe ser sancionada de manera ejemplar.

Los periodistas de Le Figaro, el periódico para el que escribe Zemmour, escribieron un comunicado de prensa exigiendo su despido inmediato. En la mayoría de canales de radio y televisión se oyeron llamadas al boicot total de Zemmour, insistiendo en que había sido varias veces condenado por “racismo islamófobo”.

Alexis Brézet, director general de Le Figaro, dijo que había expresado su “desaprobación” a Zemmour y que le había recordado la necesidad de “acatar estrictamente la ley”, pero no lo despidió. SOS Racisme, un movimiento de izquierdas creado en 1984 para combatir el racismo, lanzó una campaña para boicotear a las empresas que se anunciaran en Le Figaro y dijo que su objetivo era coaccionar a los directores del periódico para que despidieran a Zemmour. La importante emisora de radio RTL, que daba trabajo a Zemmour, decidió despedirlo inmediatamente, diciendo que su presencia en antena era “incompatible” con el espíritu de convivencia “que caracteriza a la emisora”.

Un periodista que trabaja para RTL y LCI, Jean-Michel Aphatie, dijo que Zemmour era un “delincuente reincidente” que no debería poder hablar en ninguna parte, y lo comparó con el negacionista antisemita del Holocausto Dieudonné Mbala Mbala:

“A Dieudonné no se le permitió hablar en Francia. Tiene que esconderse. Eso está bien, puesto que quiere difundir el odio. A Éric Zemmour habría que tratarlo de la misma manera”.

Se publicaron caricaturas donde se mostraba a Zemmour con un uniforme de las Waffen SS. Otro periodista, Dominique Jamet, que al parecer no vio ningún problema en comparar a un judío con un nazi, dijo que Zemmour le recordaba al ministro de la Propaganda de Hitler, Joseph Goebbels. En internet, las amenazas de muerte contra Zemmour se multiplicaron. Algunos publicaron las veces que Zemmour cogía el metro, en qué estaciones, y sugirieron que alguien debería empujarlo a la vía.

El Gobierno francés presentó una queja oficial contra Zemmour por “insultos públicos” y “provocación pública a la discriminación, el odio y la violencia”. La investigación pasó a manos de la policía. Alguien que sea acusado en Francia de “provocación pública a la discriminación, el odio y la violencia” se enfrenta a una pena de cárcel de un año y a una multa de 45.000 euros.

Cualquier que lea el texto del discurso de Zemmour del 28 de septiembre puede ver que no incita a la discriminación, el odio o la violencia, y que no hace una sola declaración racista: el islam no es una raza, es una religión.

El discurso de Zemmour describe una situación de la que ya han hablado varios escritores. Zemmour no es el primero que dice que las zonas de exclusión son áreas peligrosas a las que la policía ya no puede entrar, o que están bajo el control de imames radicales y bandas musulmanas que atacan y expulsan a los no musulmanes. Zemmour no es el único escritor que describe las consecuencias de la inmigración masiva de musulmanes que no se integran en la sociedad francesa. El encuestador Jerome Fourquet, en su reciente libro L’Archipel français (El archipiélago francés) señala que Francia es hoy un país donde los musulmanes y no musulmanes viven en sociedades separadas “hostiles entre sí”. Fourquet también hace hincapié en un creciente número de musulmanes que viven en Francia y dicen que quieren vivir de acuerdo con la ley de la sharia y situarla por encima de la ley francesa. Fourquet señala que el 26% de los musulmanes franceses nacidos en Francia sólo quieren obedecer a la sharia; para los musulmanes franceses nacidos en el extranjero, la cifra aumenta al 46%. Zemmour sólo añadió que lo que estaba pasando es una “colonización”.

Zemmour había sido llevado a juicio muchas veces en el pasado reciente, y ha tenido que pagar fuertes multas. El 19 de septiembre, recibió una multa de 3.000 euros por “incitación al odio racial” e “incitación a la discriminación” por haber dicho en 2015 que “en innumerables suburbios franceses, donde muchas jóvenes llevan velo, está teniendo lugar una lucha para islamizar los territorios”.

En una sociedad donde existe la libertad de expresión, sería posible debatir el uso de esas afirmaciones, pero hoy, en Francia, la libertad de expresión ha sido casi completamente destruida.

Otros escritores aparte de Zemmour han sido llevados a juicio y excluidos totalmente de todos los medios, simplemente por describir la realidad. En 2017, el gran historiador Georges Bensoussan publicó un libro, Une France soumise (Una Francia sumisa), tan alarmante como lo que dijo Zemmour hace unos días. Bensoussan, en una entrevista, citó al sociólogo argelino Smaïn Laacher, que había dicho que “en las familias árabes, los niños maman el antisemitismo de la madre”. Laacher nunca fue acusado. Bensoussan, sin embargo, tuvo que ir a la corte penal. Aunque fue absuelto, fue despedido del Memorial del Holocausto de París, donde trabajaba hasta entonces.

En 2011, otro escritor, Renaud Camus, publicó un libro, El gran reemplazo. En él, hablaba del declive de la cultura occidental en Francia y su sustitución gradual por la cultura islámica. También señaló la creciente presencia en Francia de una población musulmana que se niega a integrarse, y añadió que los estudios demográficos muestran una tasa de natalidad más alta en las familias musulmanas que en las no musulmanas.

Inmediatamente, los tertulianos en los medios acusaron a Camus de “racismo antimusulmán” y lo llamaron “teórico de la conspiración”. Sus estudios demográficos se omitieron. Nunca había mencionado ni la raza ni la etnia, y sin embargo fue descrito como defensor del “supremacismo blanco” y fue al instante excluido de la radio y la televisión. Ya no puede publicar nada en ningún periódico o revista de Francia. De hecho, ya no tiene editor: tiene que autopublicarse. En los debates en Francia, se refieren a él como un “extremista racista” y se le atribuyen cosas que nunca ha dicho. Después se le niega la posibilidad de responder.

La diferencia entre Éric Zemmour y Georges Bensoussan o Renaud Camus es que Zemmour ha publicado libros que se han convertido en éxitos de ventas antes de que hablara explícitamente de la islamización de Francia.

Aquellos que han destruido las carreras de otros escritores por constatar hechos desagradables han hecho todo lo posible por condenar a Zemmour al mismo destino. Hasta la fecha no lo han logrado, así que ahora han decidido lanzar una fuerte ofensiva contra él. Lo que quieren es claramente su destrucción personal.

Zemmour no sólo se arriesga al veto profesional; como muchos otros escritores está siendo silenciado por una “masa linchante”, y está arriesgándose la vida.

Casi nadie muestra ningún interés en defenderlo, como nadie defendió a Georges Bensoussan o Renaud Camus. Defender a alguien acusado de ser un “racista” conlleva el riesgo de que te acusen también de “racista”. El terror intelectual reina ahora en Francia.

Hace unos días, el escritor y filósofo Alain Finkielkraut dijo que insinuar que “la islamofobia es el equivalente del antisemitismo de ayer” es escandaloso. Dijo que los “musulmanes no se arriesgan al exterminio”, y que nadie debería “negar que el antisemitismo de hoy es el antisemitismo árabe musulmán”. Añadió que Francia va de “una prensa amordazada a otra que destruye la libertad de expresión”.

Francia, escribió Ghislain Benhessa, profesor de la Universidad de Estrasburgo, ya no es un país democrático y se está convirtiendo poco a poco en otra cosa muy diferente:

“Nuestro modelo democrático que se basaba en la libre expresión de las opiniones y la confrontación de ideas está cediendo paso a otra cosa (…) Las incesantes condenas morales infectan los debates y las opiniones discrepantes se consideran constantemente “nauseabundas”, “peligrosas”, “aberrantes” o “retrógradas”, y por lo tanto, los elementos del lenguaje repetidos ad nauseam por los comunicadores oficiales serán pronto las últimas palabras consideradas aceptables. Las demandas judiciales, las acusaciones de indignidad y las proclamaciones de apertura van a dar a luz a un hermano gemelo malvado de la apertura: una sociedad cerrada”.

El 3 de octubre, cinco días después del discurso de Zemmour, cuatro empleados de la policía fueron asesinados en la jefatura de la policía de París por un hombre que se había convertido al islam. El asesino, Mickaël Harpon, iba todas las semanas a una mezquita donde un imam, que ahora vive en una zona de exclusión a 16 km al norte de París, hacía comentarios radicales. Harpon llevaba trabajando en la jefatura de la policía 16 años. Hacía poco había compartido en las redes sociales un vídeo donde se veía a un imam llamando a la yihad, diciendo que “lo más importante que puede hacer un musulmán es morir como musulmán”.

Los compañeros de Harpon dijeron que estaba encantado por los atentados yihadistas de 2015 en Francia, y dijeron que habían informado de las “señales de radicalización”, en vano. La primera reacción del Gobierno fue decir que el asesino era un “trastornado mental” y que el atentado no tenía ninguna relación con el islam. El ministro del Interior francés, Christophe Castaner, declaró simplemente que había habido “disfunciones administrativas” y reconoció que el asesino había tenido acceso a expedientes clasificados como “secretos”.

Un mes antes de eso, el 2 de septiembre, un hombre afgano que tenía el estatus de refugiado político en Francia, degolló a un joven e hirió a otras varias personas en una calle de Villeurbanne, un barrio a las afueras de Lyon. Anunció que la culpa de los que había matado o herido era que no “leían el Corán”. La policía declaró inmediatamente que sufría trastornos mentales y que el ataque no tenía nada que ver con el islam.

En Francia, pronto nadie se atreverá a decir que ningún ataque abiertamente inspirado por el islam tiene alguna conexión con él.

Hoy, hay más de 600 zonas de exclusión en Francia. Cada año, cientos de miles de inmigrantes que llegan principalmente de países musulmanes se establecen en Francia y engrosan la población musulmana del país. La mayoría de los que les precedieron no se han integrado.

Desde enero de 2012, más de 260 personas en Francia han sido asesinadas en ataques terroristas, y más de un millar, heridas. Las cifras podrían aumentar en los próximos meses. Las autoridades seguirán diciendo que los atacantes eran “trastornados mentales”.

(Gatestone Institute)


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Europa

El Senado de Francia quiere prohibir que las mujeres lleven velo en salidas escolares

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El Senado francés, con mayoría del partido conservador Los Republicanos (LR), quiere incluir en el código escolar -en contra la opinión del Gobierno y de la mayoría presidencial- una prohibición de vestir velo y cualquier tipo de símbolo religioso en las salidas escolares.

Este debate político llega en un momento de tensión por el ataque protagonizado este lunes por un excandidato del Frente Nacional a una mezquita en Bayona, donde dejó dos heridos graves de bala, pero también por el rechazo de un consejero regional de la derecha identitaria a dejar hablar en una sesión de la Asamblea Parlamentaria de Borgoña a una mujer con velo.

La proposición de ley de LR busca ampliar la prohibición en vigor desde 2004 de los símbolos religiosos ostentosos en la escuela, que se aplica a los alumnos, al personal docente y al resto de empleados, a “las personas que participan, incluido en la salida escolar, en actividades vinculadas a la enseñanza dentro o fuera de los establecimientos”.

Aunque la propuesta habla en general de los símbolos religiosos, se entiende que las principales afectadas serían las madres musulmanas de los niños que lleven velo.

El Senado debatió este martes el texto presentado por los conservadores Max Brisson y Jacqueline Eustache-Brinio (LR), que fue cuestionado en primer lugar por el ministro de Educación, Jean-Michel Blanquer, quien se opuso al considerar la idea “contraproducente”.

“Yendo más allá de lo necesario, la ley sería contraproducente porque enviaría un mensaje de desavenencia a las familias. Lo que queremos es acercar las familias a las escuelas y es la mejor oportunidad para que tenga éxito el proyecto republicano”, declaró el ministro este martes.

Brisson, por su parte, consideró que el debate es importante “siempre que se ciña al entorno escolar”, mientras que el senador independiente Jean-Louis Masson instó directamente a zanjar en su conjunto “la problemática del comunitarismo musulmán”.


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