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Europa

“Il Capitano” Matteo Salvini y la política como lucha por la Identidad

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Sergio Fernández Riquelme.- Todo ejército tiene su capitán. En la guerra, dirige a sus huestes hacia la victoria, y en la paz intenta mantener el orden interno. Capitanes heroicos o cobardes, fieles o traidores, exitosos o fracasados encontramos en la Historia. “O Captain! my Captain! our fearful trip is done, The ship has weather’d every rack, the prize we sought is won”, dedicaba Walt Withman al asesinado Lincoln. Líderes más cercanos que élites intelectuales o afamados generales, que comparten en muchas ocasiones el rancho y que buscan este cargo por servicio público o por intenciones de ascenso. Elegidos por tradición, raciocionio o carisma, la tropa necesitada de verdades y seguridades cree en ellos y lo consideran, habitualmente, uno de ellos.

Italia tiene ahora a Salvini, Il capitano, que pretende representar a la que considera la verdadera Italia. Frente a un Cavaliere provocador (Silvio Berlusconi), a un Professore conciliador (Romano Prodi) o a un moderno y joven Rottamatore (Matteo Renzi) muchos italianos de diversa ideología y origen siguen los pasos y los tuits del Capitán.

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Presente como nadie en las redes sociales y creciendo en las encuestas de manera vertiginosa, Matteo Salvini, viceprimer ministro y ministro del Interior, impulsó en el país transalpino un nacionalismo soberanista capaz de integrar el regionalismo histórico italiano (uno de los países que más tarde accedió a su unificación político-territorial) con el nuevas posiciones identitarias frontalmente contrarias al diktat de Bruselas ante fenómenos migratorios globales, uniformizaciones culturales globalizadas, imposiciones socioeconómicas internacionales y problemas ciudadanos cada vez más profundos que eran caldo de cultivo para los llamados populismos de izquierdas o derechas.

Quedaba atrás la vieja Lega norte de Umberto Bossi, marcada por la masonería y los negocios sobre la coartada del ensueño de la Padanía étnica y secesionista (desde el neologismo de la llanura que atraviesa el río Po o Padus) y reunida cada año en la exótica celebración de Pontida para denuncia a los ladrones romanos y a los pobres sureños. Le sucedía una nueva Lega italiana, parte del gobierno nacional en 2019 (en coalición con el peculiar Movimento 5 Stelle, M5S, liderado por Luigi di Maio), nacionalista y regionalista a la vez, defensora de los valores tradicionales (de la Familia natural a la herencia cristiana) y promotora de una gran alianza de reforma europea (con Polonia y Hungría).

Pero todos tenemos un pasado. Salvini fue ardiente nacionalista lombardo, como líder del Movimiento de Juventudes padanas y como candidato de los comunistas padanos en las elecciones de 1997, siendo además asiduo colaborador del izquierdista centro social Leoncavallo y admirador declarado de los nacionalismos izquierdistas del momento (del quebequés al vasco). Pero años después, y como miembro de la Lega en el Parlamento europeo desde 2004, comenzó su transformación.

Una conversión en toda regla. En primer lugar, adoptando el soberanismo nacionalista italiano (sin olvidar el regionalismo primigenio de la Lega, pero ahora para todo el pais transalpino), al colaborar en el seno del grupo Europa de la Libertad y la Democracia, y y acercarse al nacionalismo identitario del francés Frente Nacional y del holandés Partido por la Libertad. El lema soberanista “Basta Euro” reemplazó, definitivamente, a la reivindicación del sueño folclórico de la “Padania” en la tribuna del Parlamento europeo. En segundo lugar, asumiendo el catolicismo identitario (entre la tradición y la modernidad) a partir de las enseñanzas de su admirado Joseph Ratzinger, el Papa Benedicto XVI (y del cardenal Raymond Burke) al que siempre recuerda como su verdadero Pontífice, del que reivindicó su famoso Discurso de Ratisbona y al que dedicó una camiseta que llevó en diferentes ocasiones con su foto y un lema bastante elocuente:“l mio papa è Benedetto XVI”.

A su vuelta de Estraburgo como conocido “eurófobo”, lideró la facción derechista de la Lega en 2013, y de la mano del todopoderoso gobernador de Lombardia Roberto Maroni, logró hacerse con el control de un partido en caída libre en elecciones y encuestas (tras haber sido miembro de los gobiernos de Silvio Berlusconi) y en plena crisis tras los arrestos de su cúpula por corrupción.

La toma del poder se tradujo en un cambio de estrategia. La Lega o era italiana o no sería, o era soberanista o desaparecería. Por ello en las diversas elecciones regionales de 2015 la nueva Lega se presentó con la marca “Nosotros con Salvini” (Noi con Salvini) tanto en el norte como en el sur de Italia (del Lazio a Cerdeña). Y tras apartar al mísmísimo Maroni y a Flavio Tosi, su principal contendiente en la Lega, Salvini pudo completar su transformación. El éxito de la convocatoria (primero en el Véneto, segundo en Toscana o Liguria, y tercero en las Marcas y Umbria) respaldaron su apuesta y provocaron un ascenso histórico en las encuestas, que se tradujo en el tercer puesto en las elecciones generales de 2018 (triplicando sus votos). Sin el adjetivo “norte”, la ahora “Lega Savini Premier” superó en estos comicios, y por primera vez, a su viejo socio de Forza Italia e hizo de la Coalizione di centrodestra la primera del país (junto con Fratelli d’Italia, Unione di Centro y Noi con l’Italia). Pero ante la debilidad de los de Berlusconi en las negociaciones y ante ciertas coincidencias programáticas con el ganador grillino, la Lega entró en el 65º Gobierno nacional, en coalición con el M5S (fundado por el llamado cómico antisistema Beppe Grillo) y bajo presidencia del tecnócrata Guiseppe Conte.

Omnipresente en las redes (gracias a la labor de su asesor Luca Morisi) y bajo el lema “Prima Gli Italiani” la nueva Lega desembarcó en el Palazzo Chigi. En este nuevo gobierno, Salvini y los suyos impusieron algunas de sus condiciones. Interior fue para el mismo Salvini, situando la seguridad nacional y el respaldo a las fuerzas estatales como prioridad; Familia y discapacidad fue para Lorenzo Fontana, católico tradicionalista veronés; Agricultura para Gian Marco Centinaio, defensor decidido de la producción nacional; Educación para Marco Bussetti, partidario de eliminar la ideología de género de las escuelas; Asuntos Regionales y Autonomías para Erika Stefanini, desde el regionalismo militante de la Lega; y Administración Pública para Giulia Bongiorno, buscando reducir eficazmente el Estado (con el impulso de infraestructuras y la idea del impuesto único). Participación en el gobierno que encumbró a los leghistas en las encuestas (por primera vez líder de las mismas, tanto en 2018 como en 2019 con más del 30%), fagocitando a su socio grillino y haciéndole ganar elecciones regionales en zonas insospechadas hasta ese momento como los Abruzzos o Cerdeña (liderando de nuevo la coalición de centroderecha).

La protección de las fronteras (frente a mafias e inmigrantes ilegales), el apoyo a la natalidad (ante el envejecimiento demográfico), la defensa de la autonomía regional (de Lombardía al Véneto), la reivincidcación de la Familia natural (eliminando en el documento de identidad “progenitores” por padre y madre), la protección del productor nacional, la apuesta por el salario básico universal (propuesta estrella, en puridad, de Di Maio), el proyecto de custodia compartida obligatoria, o la consecución de la Ley de legítima defensa. Estas fueron algunas de las grandes propuestas de la Lega en el ejecutivo y el parlamento, que provocaron críticas de sus propios socio de gobierno (amenazando con nuevas elecciones en más de una ocasión el llamado sector progresista de los grillini, encabezado por Roberto Fico), la furibunda reacción de la oposición izquierdista (el PD de Maurizio Martina y Niccola Zingaretti) y también de parte de la Conferencia episcopal italiana (en especial desde las páginas de Avvenire y Famiglia Cristiana). Iniciativas a las que se unieron proyectos claramente tradicionalistas como la norma de establecer crucifijos en las instituciones públicas, la Ley de custodia compartida para prevenir conflictos en la separación e incluso desalentar el divorcio (“garanzia di bigenitorialità”) del senador Simone Pillon, la ayuda de entrega de tierras públicas a las familias con tres o más hijos, la Ley frente a los vientres de alquiler (“utero in affitto”), o el apoyo directo a la celebración del XIII Congreso Mundial de Familias en Verona (World Congress of Families, WCF).

Odiado por sus enemigos y amado por sus seguidores. El Capitán lograba la polarización necesaria en tiempos de política altamente mediática. Pero especial ha sido el encontronazo con el clero democristiano (al que acusaba de “cattocomunisti”), que denunciaba a la Lega y sus socios por patrimonializar (e instrumentalizar) casi en exclusiva la bandera de la Identidad cristiana de Italia y la defensa de sus valores nacionales; especialmente ante el impacto de la imagen de un Salvini con rosario y biblia en mano en los principales actos electorales. El mismo Salvini reivindicaba las raíces cristianas de Italia y sus valores tradicionales (reconociendo públicamente sus pecados personales en numerosas ocasiones): “Rivendico che questo Paese abbia profonde radici cristiane. Nel Paese che ho in testa gli ultimi, non saranno più ultimi. Vado al governo cambiando le leggi, ma ispirandomi a certi valori”. Y Lorenzo Fontana defendía que el verdadero cristianismo debía proteger a los hermanos nacionales, a los más próximos ante las dificultades o la inseguridad: “Ama il prossimo tuo, quello in tua prossimità. Quindi se io amo le persone che stanno dall’altra parte del mondo e poi mi dimentico della persona del difficoltà e non parlo nemmeno al mio vicino di casa, allora sono un ipocrita”.

Il capitano era el político europeo con más seguidores en la redes sociales, en comunicación casi directa con sus followers, y sin pelos en la lengua. Dueño del debate político, sus lemas llegaban en internet y se publicitaban en sus sudaderas, sus mensajes se vestían de policía o de obrero, y su presencia impactaba en directo con detenciones policiales (como en la llegada del extraditado terrorista Cesare Battisti) o redadas antidrogas. Sus continuos videos en Facebook sumaban decenas de miles de seguidores, sus visitas a pueblos y barrios deprimidos o inseguros se convertían en pequeños baños de masas, y los medios de comunicación, los propios y los ajenos, no paraban de hablar de él, de Il capitano, y sobre todo de sus polémicas porque Salvini necesitaba la polémica.

Esta política virtual contemporánea (mediática y viralizada) parecía premiar o bien la corrección ideológica (desde el triunfo del “Yes we can” y sucesivas creaciones comerciales) o bien la incorrección ideológica (desde la reacción identitaria, ciudadana, soberana). No hay término medio, parece. Y Salvini, como otros antes que él, lo aprendió muy bien. Su labor política parece una incansable campaña electoral, abrazando a los amigos y señalando a los enemigos. Escuchar directamente a los ciudadanos, atender miedos e inseguridades minimizados por el poder, meterse en toda batalla en los medios, no eludir la confrontación o el debate, usar lemas directos y llamativos, combinar casi todo lo posible en el discurso político, tocar los temas más sensibles, y ser tan directo como directo es el mundo actual.

Su postura ha sido, así, radical contra las migraciones ilegales, prohibiendo el desembarco de inmigrantes a las costas italianas, tanto de las ONGs a las que acusa de connivencia con las mafias como los rescatados en el Mediterráneo por la propia Guardia costera. Su enfrentamiento con el presidente Macrón ha sido frontal, especialmente por las devoluciones “en caliente” de migrantes por parte de la policía gala que cruzaban la frontera italo-francesa (en el paso de Ventimiglia) o por temas de política europea (cruzándose palabras gruesas). Su oposición a la burocracia de la UE por la soberanía nacional ha sido casi visceral, especialmente por el control financiero de Bruselas de las cuentas italianas o por sus pretensiones de colonización ideologica y moral en la sociedad. Y sus reacciones inmediatas ante críticas (de machista o xenófobo) e insultos (casi diarios) son casi siempre trending topic.

A nivel interno, Salvini y su Lega no ha dejado títere con cabeza: frente al novelista Roberto Saviano por sus posturas ante las migraciones, frente al ganador italo-egipcio del festival de San Remo por no representar realmente a Italia, frente al Tribunal que quiere juzgarlo por impedir el desembarco de refugiados del barco Diciotti por supuesta persecución política, frente al Papa Francisco o al presidente Matarella por sus declaraciones identitarias, e incluso frente a Pamela Anderson por sugerir que Salvini era algo propio de los años treinta. Y a nivel internacional sus socios eran evidentes: los partidos soberanistas-nacionalistas que pretendían una Europa más descentralizada (y a los que quería aglutinar en una especie de ”Europa de las naciones”), la Hungría de Viktor Orbán (quién consideraba a Salvini como “mi héroe y mi compañero de destino”), o la Polonia de Ley y Justicia, con quién compartía el sueño de un “nuevo equilibrio europeo” fundado en la independencia nacional y la tradición cristiana. Sobre este equilibrio Salvini declaró que “Italia e Polonia saranno protagoniste di una nuova primavera europea, di una rinascita dei valori veri della Ue: meno finanza e burocrazia, più lavoro e sicurezza”, donde “l’Europa deve tornare alla sua identità, alle sue radici giudeo-cristiane, identità che viene respinta a Bruxelles in modo pazzesco, dove i valori della famiglia vengono respinti”.

Pero un lugar muy especial ocupó la Rusia de Vladimir Putin. Una nación de la que aprender a defender un mundo multipolar, de la que copiar su protección de los valores tradicionales, y a quién levantar las sanciones por la crisis de Ucrania (aunque disentían en la crisis de Venezuela). Una admiración (y relación) atestiguada ya en su paso por el Parlamento europeo, y nunca escondida por Salvini (virales fueron sus fotos con la camiseta de Putin en plena Plaza Roja de Moscú), centrada en la colaboración cultural, política y económica con Rusia Unida y con diversas instituciones del Kremlin. Sobre el presidente ruso Salvini declaró que “non abbiamo fatto discorsi profondi, ma credo che egli – un uomo di potere – sia toccato dalla necessità della fede. È un realista. Vede che la Russia soffre per la distruzione della morale. Anche come patriota, come persona che vuole riportarla al ruolo di grande potenza, capisce che la distruzione del cristianesimo minaccia di distruggerla. Si rende conto che l’ uomo ha bisogno di Dio e ne è di certo intimamente toccato”.

A la Lega le llamaron Il Carroccio, símbolo de independencia e identidad de las ciudades-estado del Medioevo italiano, inicialmente usado por las urbes de la Liga lombarda frente al expansionismo del Emperador romano-germánico Federico I Barbarroja. Un altar de cuatro ruedas tirado por bueyes, como plataforma rectangular con el estandarte de la ciudad y con una cruz en el centro, donde se celebraba la eucaristía y se llamaba con trompetas a la batalla. Y Salvini puso el suyo en Roma, simbólicamente, cuando los leghistas llenaron, por primera vez en la Historia, la Piazza del Popolo con ciudadanos de las ciudades del norte y del sur en su gran concentración del 7 de diciembre de 2018, ante los ojos incrédulos de vecinos y opositores. La Italia soberana, nacionalista (y regionalista) e identitaria (y tradicionalista) aparecía en escena para intentar cambiar el país y transformar Europa.

(La Tribuna del País Vasco)


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La determinación francesa para poner fin a la libertad de expresión

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Por medio de una nueva ley, el Gobierno francés ha decidido delegar la censura estatal en plataformas online como Facebook, Google, Twitter, YouTube, Instagram y Snapchat. De ahora en adelante, unas compañías privadas se verán obligadas a actuar como policía del pensamiento por cuenta del Estado francés so pena de fuertes multas.
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Por Judith Bergman.- El 13 de mayo, el Parlamento francés adoptó una ley que requiere a plataformas online como Facebook, Google, Twitter, YouTube, Instagram y Snapchat[1] que retiren el contenido reportado como «promotor del odio» en 24 horas y en una hora el reportado como «terrorista». De no hacerlo, podrían ser objeto de multas exorbitantes, de hasta 1,25 millones de dólares o del 4% de los ingresos globales de la plataforma en caso de que persista en su negativa.

Como es frecuente en las leyes europeas sobre los discursos de odio, el espectro del contenido online considerado «odioso» bajo la denominada Ley Avia (en referencia a la legisladora que la promovió) es muy amplio e incluye «la incitación al odio, o el insulto discriminatorio en función de la raza, la religión, la etnia, el género, la orientación sexual o la discapacidad».

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Esta norma francesa está directamente inspirada en la controvertida ley alemana NetzDG, adoptada en octubre de 2017 y explícitamente mencionada en el preámbulo de aquélla.

«Este proyecto de ley pretende combatir la difusión del discurso del odio en internet», se lee en la introducción de la Ley Avia.

Nadie puede discutir la exacerbación del discurso del odio en nuestra sociedad (…) los ataques al otro por lo que es, por sus orígenes, sus creencias religiosas, su sexo o su orientación sexual (…) remiten (…) [a] las épocas más oscuras de nuestra historia (…) la lucha contra el odio, el racismo y el antisemitismo en internet es un objetivo de interés público que justifica (…) provisiones efectivas y poderosas (…) esta herramienta de apertura al mundo, de acceso a la información, a la cultura, a la comunicación [está haciendo referencia a internet], puede convertirse en un auténtico infierno para quienes se convierten en objetivo de ‘haters’ o de acosadores ocultos tras las pantallas y los pseudónimos. Según una encuesta llevada a cabo en mayo de 2016, el 58% de nuestros conciudadanos consideran internet el nodo principal del discurso del odio. Más del 70% dicen habérselas visto con el discurso del odio en las redes sociales. El ciberacoso puede ser devastador, sobre todo para la gente joven (…) Sin embargo (…) se presentan pocas denuncias, pocas investigaciones concluyen exitosamente y se dictan pocas sentencias: todo esto crea un círculo vicioso (…)

Tras reconocer que el «odio» online es complicado de perseguir con la legislación existente, porque «se presentan pocas denuncias, pocas investigaciones concluyen exitosamente y se dictan pocas sentencias», pero aún así confiado en que la censura es la panacea para los problemas percibidos, el Gobierno francés decidió delegar la tarea de la censura estatal en las propias plataformas online. De ahora en adelante, unas empresas privadas se verán obligadas a actuar como policía del pensamiento por cuenta del Estado francés so pena de exponerse a fuertes multas. Como en Alemania, esa ley hará que las plataformas exhiban un celo desusado en la eliminación o bloqueo de todo lo que pueda ser percibido como odioso, para evitar las sanciones.

El propósito de la ley parece ser doble: a la censura efectiva mediante la eliminación o el bloqueo de comentarios hay que sumar las (inevitables) consecuencias de la censura sobre el debate online en general. «La gente se lo pensará dos veces antes de cruzar la línea roja si sabe que es muy probable que se le pidan cuentas», afirmó la ministra francesa de Justicia, Nicole Belloubet, en unas declaraciones que sonaron ominosas en boca de un miembro de un Gobierno de un país que aún se sigue proclamando democrático.

Desde el primer momento, cuando el presidente del país, Emmanuel Macron, encargó a un grupo liderado por Laetitia Avia que confeccionara la ley, ésta ha sido objeto de críticas. Así, la Comisión Consultiva Nacional de Derechos Humanos la criticó por incrementar el riesgo de censura, y la La Quadrature du Net, organización que lucha contra la censura y la vigilancia online, advirtió de que «los breves plazos para la retirada y las cuantiosas multas incentivarán a las plataformas a hiper-eliminar contenido». La organización en defensa de la libertad de expresión Article 19, con sede en Londres, afirmó que la ley representa una amenaza para la libertad de expresión en Francia. Gabrielle Guillemin, de dicha organización, sostiene:

La Ley Avia permitirá en la práctica al Estado francés delegar la censura online en las compañías tecnológicas dominantes, de las que se esperará que actúen como juez y parte a la hora de determinar qué es un contenido ‘manifiestamente ilegal’. La Ley atañe a una amplia gama de contenidos, así que no siempre tomarán la decisión correcta.

El Gobierno francés ha ignorado las preocupaciones manifestadas por grupos en defensa de la libertad de expresión y de los ciberderechos, y el efecto será demoledor para la libertad de expresión online en Francia.

Dados los plazos de que dispondrán las compañías para responder, hemos de esperar que pequen de exceso de precaución cuando tengan que decidir si un contenido es legal o no. Igualmente, habrán de emplear filtros que, inevitablemente, les llevarán a una sobre-retirada de contenido.

La ley también ha topado con rechazo en Francia. El 22 de mayo, Guillaume Roquette, director editorial de Le Figaro Magazine, escribió:

«Con el pretexto de combatir el contenido ‘odioso’ en internet, [la Ley Avia] implanta un sistema de censura que es tan eficaz como peligroso (…) el ‘odio’ es el pretexto al que recurren sistemáticamente quienes quieren silenciar las opiniones disidentes.

Este texto [la ley] es peligroso porque, según el abogado François Sureau, «introduce la penalización criminal de… la conciencia». Es peligroso (…) porque delega la regulación del debate público (…) en internet en multinacionales norteamericanas (…) Una democracia digna de tal nombre debería aceptar la libertad de expresión».

Jean Yves Camus, de Charlie Hebdo, ha dicho que se trata de «un placebo para combatir el odio» y señalado que «hiperenfocarse en el odio online» enmascara el auténtico peligro:

«No fue el odio online lo que mató a Ilan Halimi, Sarah Halimi, Mireille Knoll, las víctimas de Bataclan, el Hyper Cacher y Charlie; fue una ideología denominada antisemitismo y/o islamismo (…) ¿Quién determina qué es odio y qué es crítica? Acaban de abrir la caja de Pandora (…) Hay un riesgo de una lenta pero inexorable marcha hacia un lenguaje digital hiperregulado por la corrección política, tal y como la definen minorías activas».

«¿Qué es el odio?», se pregunta retóricamente el escritor francés Éric Zemmour. «¡No sabemos! Tienes el derecho a no amar… tienes el derecho a amar, tienes el derecho a odiar. Es un sentimiento… No puede judicializarse, legislarse».

Pues bien, eso es lo que las leyes sobre el discurso del odio hacen, ya sea en la web o en el mundo no digital. Exigir a compañías privadas –o al Gobierno–que actúen como una policía del pensamiento no es propio de un Estado que dice conducirse según el imperio democrático de la ley.

Por desgracia, la pregunta no es si Francia será el último país europeo en introducir leyes así de censoras, sino cuáles le seguirán.

[1] Así como otras plataformas online y motores de búsqueda que alcancen un cierto nivel de actividad en Francia (nivel que será especificado en un decreto posterior).

(Gatestone)


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(VÍDEO BRUTAL) “¡Pedazo de mierda! ¡Vete a tu país! ¡Que vergüenza! ¡Que le estás haciendo a la criatura!”

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… En estos términos, y otros varios, se expresa en el siguiente vídeo la indignada ciudadana italiana que grita valientemente al hombre negro que, en medio de la calle de una ciudad anónima, -por lo que hemos entendido, cerca de una estación- está nada menos que desollando a un gato encima de un improvisado montón de leña para cocinarlo y, suponemos, comérselo después.

La señora, con mascarilla, repite que es una vergüenza, y que se vaya a su país, cosa que nos tememos que no hará.

Bienvenidos todos ustedes a la “Nueva Normalidad”

Disfruten lo votado.

Gato desollado. Italia

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La izquierda pedófila y su Nuevo Orden Pederasta: Abusos infantiles masivos en Alemania: políticos y psicólogos de izquierdas daban la custodia de niños a pedófilos

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Este miércoles, el Partido Verde de Berlín pidió que se abra una investigación sobre un escándalo de abusos infantiles masivos que durante más de tres décadas, hasta 2003, involucró a niños adoptivos cuya custodia fue concedida a pedófilos con el conocimiento de las autoridades.

Según un nuevo informe publicado el lunes, las autoridades de educación y el Senado de Berlín occidental estaban al tanto de esa práctica, que fue «aceptada, apoyada y defendida» por políticos y académicos de izquierdas a lo largo de los años 70, 80 y 90 del siglo pasado.

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«Había y hay redes», dijo la política Marianne Burkert-Eulitz a Berliner Zeitung, que pide al Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) y al Partido Democrático Libre (FDP) que se responsabilicen del escándalo.

En uno de los casos, entre los años 1970 y 2003 las autoridades de bienestar infantil de la ciudad en repetidas ocasiones concedieron la custodia de niños al pedófilo Fritz H., que vivía solo, pese a sus antecedentes penales. Los niños, algunos de apenas seis años, sufrieron horrores indescriptibles, violaciones y maltratos. Un niño discapacitado incluso murió estando bajo la custodia de Fritz.

Dos de las víctimas del hombre han demandado al Estado por el trauma que vivieron, pero el Senado de Berlín hasta ahora les ha negado un juicio, argumentando que los delitos habrían prescrito.

«Una red entre instituciones educativas»

Fritz no fue el único pedófilo al que le fue confiado el cuidado de niños. El informe, compilado por investigadores de la Universidad de Hildesheim, descubrió que al menos tres pedófilos más recibieron la custodia de menores, mientras que una red de miembros de alto rango del Instituto Max Planck, la Universidad Libre de Berlín y la escuela Odenwald en Hesse supervisó el programa.

Los investigadores describieron el esquema como una «red entre instituciones educativas». Todavía se desconoce el número exacto de víctimas, y muchos archivos relacionados con la red siguen clasificados por las autoridades municipales y estatales, pero los investigadores afirman que los servicios sociales permitieron a los pedófilos ‘cazar’ con impunidad «en toda Alemania».

 

Un psicólogo que abogaba por la pedosexualidad


El psicólogo Helmut Kentler, cuyo Centro Pedagógico de Berlín se encargaba de buscar padres adoptivos para los niños, se encuentra en el centro del escándalo. La institución de Kentler fue apoyada a finales de la década de 1960 por el alcalde Willy Brandt, miembro del SPD. En sus cartas al Senado, Kentler avaló a Fritz como un «experto» en el cuidado de niños. El psicólogo también visitaba regularmente a los menores a los que cuidaban Fritz y otros pedófilos.

Sin embargo, Kentler difícilmente puede ser acusado de engañar a los políticos. El psicólogo fue un defensor abierto de la «pedosexualidad», y durante toda su carrera profesional abogó por la normalización del sexo con niños. En 1999 declaró que la pedofilia «puede tener un efecto muy positivo en el desarrollo de la personalidad de un niño».

Además, Kentler sabía que los padres adoptivos pedófilos probablemente tenían «una relación sexual» con los niños cuya custodia les encargaba, declarando explícitamente este hecho en un informe al Senado. Sus declaraciones al respecto no fueron cuestionadas por otros políticos. Los políticos que apoyaron a Kentler y a su institución podrían haber puesto fin a esta horrible práctica en cualquier momento, pero en lugar de ello la apoyaron, la promovieron y la defendieron.

Tanto Kentler como Fritz, así como los políticos que los apoyaron, ya murieron. Los documentos que detallan el alcance total de los abusos todavía están bajo llave en el archivo del Departamento de Educación de Berlín. Los legisladores verdes exigen que sean revelados y que el escándalo de abusos se haga público en toda su depravación.


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