La superioridad moral de la izquierda - ALERTA NACIONAL
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La superioridad moral de la izquierda

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Inocencio Arias.- Hay cuestiones que cuando uno va teniendo cierta edad no acaba de entender. Axiomas, dichos populares y «verdades» incontrovertibles que empiezas a cuestionar.

Una de ellas es la superioridad moral de la izquierda; muy extendida aunque, si uno mira a su alrededor, no se tiene en pie.

En los sesenta, cuando estudiaba Historia para entrar en la diplomacia, tuve la osadía de preguntarme por qué Hitler era un malvado cabrón y Stalin un político con aspectos censurables pero aceptable. Y pensé: ¿acaso no eran dos figuras políticas execrables, dos tiranos similares en sus atrocidades?

Ya entonces, con más audacia aún y temor de que me llamasen de todo, empecé a preguntarme si podía ser verdad que el bando franquista en la Guerra Civil cometiese toda clase de tropelías sistemáticas, mientras que en el republicano fuesen unas poquitas aisladas y siempre obra de elementos incontrolados.

En el campo de la diplomacia tampoco entendía por qué la intervención de Estados Unidos en Irak era espantosa, violadora de principios del derecho internacional, mientras que la de la Unión Soviética en Afganistán, aunque no elogiable, podía resultar comprensible, neutra. Igual ocurría con el apoyo de Putin al régimen actual de Siria, que, por cierto, gasea a su población con armas químicas. No aplaudimos, pero nos resbala; no nos indignamos, como sí ocurre con los estadounidenses.

En España también me deja perplejo escuchar de adultos bien formados que no se puede comparar el caso Gürtel pepero con los ERE sociatas. El primero, te argumentan con seriedad, muestra que la corrupción es algo sistémico, innato en la derecha, mientras que los ERE son cosas aisladas, con cifras que han sido muy exageradas y, ¡acojónate, Pereira!, el dinero de los ERE «se repartía entre mucha gente, no iba a parar al bolsillo de unos cuantos burgueses aprovechados» (sic).

Hay un jeroglífico que también tiene miga, y no poseo las luces para desentrañarlo: ¿por qué Vox es un partido fascista y Podemos es plenamente democrático? No logro verlo. El grupo de Abascal quiere meterle mano a las autonomías, localizar miles de emigrantes ilegales y, eventualmente, enviarlos a su país. No he leído, sin embargo, que quiera recurrir a las armas para limar las autonomías ni castrar a los emigrantes varones y levantar la toca de las emigrantes islámicas para pelarlas al cero. El grupo de Podemos llama a la gente a las barricadas al ver que Vox saca pacíficamente 400.000 votos en Andalucía, no acaba de ver clara la separación de poderes y, entre otras cosas, estaba encantado al nacer cuando en la Puerta del Sol se exhibía aquella frase inmortal de que «la soberanía no está en las Cortes sino en esta plaza». Aserto este que te pone un pelín los pelos de punta: huele a frase de las Juventudes de Hitler o de los sóviets rusos.

(…) Las diferencias pueden ser inexistentes, y a lo mejor resulta que Vox no es más fascista que Podemos. (Que los «pacíficos» demócratas de la CUP bramen contra el fascismo agresivo de Vox, mientras zarandean, acosan e intentan abortar una conferencia de la pepera Cayetana Álvarez de Toledo, me plantea asimismo problemas de comprensión. Una vez más, esto es fascismo de izquierdas.)

El ejemplo de Vox y su fulminante descalificación me convenció de nuevo de que la sociedad española actual es mucho más permisiva con los pecadillos de la izquierda, mucho más intransigente con los de la derecha, y más importante aún: es una confirmación de que mucha izquierda está imbuida de la convicción, casi religiosa, de que la base ética de su actuación es normalmente elevada, de que su constante superioridad moral no admite discusión.

Es una creencia totalmente pueril, absurda, desmentida a diario rotundamente por los hechos, pero profundamente arraigada incluso en mentes muy sensatas de la izquierda. Recuerdo el comentario de un honrado y lúcido exministro socialista cuando alguien le reprochó que, si Aznar había estado asesorando a Iberdrola, también González lo había hecho con Endesa. El exministro contestó que los dos casos no eran comparables, que «sólo había que mirar el pasado y la trayectoria de Felipe González para darse cuenta…».

(…) Esta negación o interpretación pro domo de los hechos es frecuente en cualquier partido político. Los demás no están exentos de culpa. Para nada. Ahora bien, son menos proclives a restregarte, con absoluta fe, su superioridad moral. De ahí que le dediquemos un capítulo.

Examinemos tres períodos: nuestra Guerra Civil y el franquismo; la Guerra Fría, y la situación actual en España.
Guerra Civil

(…)Una de las razones por las que decidí redactar este capítulo es por dos hechos de los que tuve conocimiento en estos años y que he mencionado en otro libro: el inexplicable bombardeo de Cabra, un objetivo demostrado no militar, por dos aviones rusos republicanos bastante al final de la guerra y que causó más de cien muertos. El ABC de Córdoba titularía: «Un centenar de muertos y otro de heridos, ancianos, mujeres y niños en su mayoría. El Mercado de Abastos, un Colegio de niñas y un barrio modesto, bombardeados y ametrallados».

La diferencia narrativa con Guernica es pasmosa. El bombardeo de Cabra simplemente no existe, es ignorado. Hugh Thomas, el especialista británico que escribió que «nuestra guerra fue una serie de acontecimientos lamentables en los cuales nadie de importancia actuó correctamente», no menciona Cabra en su monumental obra. Mientras tanto Guernica es, con mucha diferencia, el hecho militar más comentado de nuestra contienda. Ha influido el cuadro de Picasso, que, por cierto, no lo regaló. Cobró por hacerlo.

(…) Las tesis actuales sobre la Guerra Civil están llenas de simplificaciones o trolas similares. Empezando por el millón de muertos, cifra que ahora se redondea al alza para estigmatizar más al franquismo, que fue el que inició la contienda y al que se hace responsable de casi la totalidad. (Durante el franquismo se la citaba igualmente para denigrar a los malísimos rojos.) La cifra real, para muchos, sería de 500.000 muertos, e imputables a los dos bandos. Resulta ocioso y delicado enzarzarse en quién mató a más gente. Sin embargo, en la versión actual de moda, Franco asesinó a muchos más, sin comparación, se alega, y nadie razona a cuántos habría fusilado el Frente Popular si la República hubiera ganado la guerra. ¿A menos que Franco? Es dudoso (…)

(…) Hay una memoria histórica que señorea los relatos y otra que no tiene credibilidad o legitimidad. La izquierda es superior y no puede cometer desmanes.

(…) En la contienda la superioridad moral de la izquierda lleva pareja la superioridad cultural. Según la versión divulgada, la inmensa mayoría de los escritores estaban con el bando republicano. Andrés Trapiello, en su documentado y ameno libro Las armas y las letras (Península, 2002), demuestra que no, pero el dogma es difícil de rebatir con un volumen. Trapiello, si insiste, será considerado un cavernícola.

(…) El malabarismo en el lenguaje utilizado por los discípulos de la memoria histórica queda patente en las siguientes descripciones: la represión franquista en Badajoz ha pasado ya a ser el «genocidio» franquista, mientras que las catorce religiosas que fueron torturadas y asesinadas en noviembre del 36 por los republicanos se ha transformado en que «las monjas desaparecieron».

Como conclusión, volvamos a Trapiello: «De modo que unos y otros, entre los pocos que quedan vivos o sus herederos directos, siguen teniendo una memoria prodigiosa para los errores y crímenes de sus contrarios, y poca o ninguna para los suyos».
Guerra Fría

(…) ¿Cómo se explica la ceguera generalizada de los intelectuales progres europeos? El régimen soviético era maestro en tapar sus desnudeces y adular a los intelectuales, pero éstos, aquí está de nuevo la madre del cordero, estaban dispuestos a engullir todas las falsedades porque un régimen de izquierdas no puede¡ hacer barbaridades por sistema. Es moralmente superior.

(…)La convicción, obsesión que entra en el ridículo, que tiene la izquierda con su superioridad está bien reflejada en la reacción de Juan Benet cuando Solzhenitsyn vino a España. Al reflexionar el ruso sobre la realidad española y la soviética dijo algo así como que estábamos mucho mejor de lo que creíamos. Benet soltó: «Mientras existan personas como Solzhenitsyn, los campos de concentración subsistirán y deben subsistir. […] Nada más higiénico que el hecho de que las autoridades soviéticas —cuyos gustos y criterios sobre los escritores rusos subversivos comparto a menudo— busquen la manera de liberarse de semejante peste».

¿Cómo pudo una persona culta y demócrata decir algo tan miserable? ¿Llevaba tres copas encima? ¿Alguien le había dado una tortilla de espinacas en la que habían puesto marihuana? ¿Podía completamente ignorar que en los gulags soviéticos murieron millones de personas —más de un millón en 1937-1938—, que las condiciones de vida de los prisioneros eran inhumanas, que el guardia que disparaba y mataba a uno de los reclusos que se salía del camino marcado cuando iban a la cantera era recompensado con un par de días de permiso?

(…) La conducta de los propagandistas de izquierda —silencio, tergiversación— sobre Katyn es similar a la que la propaganda franquista empleó después del bombardeo de Guernica paraocultar que era obra de los alemanes. Intentó culpar a los vascos. Un cinismo que fue rápidamente desmontado. El de Katyn,en cambio, tardó décadas.

(…) En la España actual es complicado encontrar algo más miserable que el cambalache del izquierdófilo Carod-Rovira con los enviados de ETA para desviar los asesinatos de los terroristas a otros lugares de España, dejando ilesa a Cataluña.

Situación actual

La corrupción. Hablemos de España. Esta lacra ha salpicado, a veces abundantemente, a muchas formaciones políticas. Los catalanes tenían la comisión de las empresas del 3 %, que fue pronto silenciada pasmosamente, el escándalo del Liceo, Banca Catalana, el señor Pujol con abundante dinero no declarado en el extranjero… Los jóvenes de Podemos tienen asimismo sus pecadillos, claramente menores: cobros de estudios, becas y trabajos poco justificables, subvenciones de un régimen no exactamente presentable como el venezolano, escamoteo de pagos a la Seguridad Social… Deslices muy frecuentes en nuestra sociedad (¿cuántos miles de españoles emplean a alguien y no declaran al operario?, muchos miles) pero de los que ellos no están impolutos.

(…) Con todo, es inevitable detenerse en los casos más sonados de los últimos veinte años que afectan a los dos grandes partidos: la trama Gürtel, de un lado, y los ERE andaluces (más los cursos de formación), de otro. Uno de ellos es un entramado en el que empresarios, a través de la adjudicación de servicios, nutren la caja de un partido o los bolsillos de miembros de la agrupación. El segundo es simplemente detraer dinero destinado en principio a los parados con destinatarios parecidos al anterior.

Sonrojantes ambos. Punibles. Pero es difícil no percatarse de que hasta en las sinvergonzonerías hay clases. El caso de los ERE es el más vergonzante de la democracia. Cuantitativa y cualitativamente. Se trata de ingentes cantidades de dinero que se embolsa alguien y que estaba destinado a los parados de la comunidadautónoma con más desempleados de España. Esto durante años.

La superioridad moral de la izquierda, una vez más, es una farsa, una jaculatoria para militantes obcecados o para niños.

El despilfarro (…) Comilonas con mariscos caros, viajes postineros a grandes hoteles, delegaciones que podrían ser de cuatro personas y viajan once, o de ocho y viajan veinticuatro, regalos de postín para asistentes a un congreso… La lista es amplia y la izquierda en este apartado tampoco puede dar lecciones de ética y buen manejo de los fondos del contribuyente.

Como ejemplo de este despilfarro gratuito y elitista citaré un viaje de la señora de Zapatero a París. (…) A doña Sonsoles, como a una princesa del siglo XVIII, le apetece que la acompañe alguien de su confianza, quiere estar relajada, no sabe si las cónyuges de los diplomáticos son unas cursis y, además, muy de derechas (?). Eso incomoda. La solución es principesca: Moncloa dice a Exteriores que ordene que un joven diplomático (…) se traslade¡ a París para servir de guía y acompañante de la segunda dama.


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Deseo que el clásico no pueda jugarse

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Salvador Sostres. Mi deseo es que el clásico no pueda jugarse y que el independentismo tope con el límite de su incompetencia. Cataluña es una nación deportiva, según sentencia de Arcadi Espada, y si durante el franquismo el Barcelona fue la metáfora del catalanismo, desde que Messi llegó y la política catalana se convirtió en el museo del incompetente, el zafio y el gafe, sucede exactamente al revés y la única victoria que el secesionismo podrá permitirse en todo este proceso es meterle una manita al eterno rival, creyendo que derrota a España. Mi deseo es que el clásico no llegue a jugarse y que el independentismo, como los palestinos, continúe sin perder una oportunidad de perder una oportunidad y se arrebate a sí mismo, en su máxima estulticia, su única gloria. Un 0 a 3 federativo, por imposibilidad de celebrarse el encuentro, sería el mejor revulsivo para tanto soñador incauto que se equivoca de sustancia y de categoría y no entiende la tragedia que está a punto de provocarse. Si yo fuera el Madrid patrocinaría de escondidas a Tsunami, porque tal como está en Barça en los últimos partidos, la única manera que tendrá el Madrid de ganarnos en el Camp Nou es si cuatro macacos de Verges o Masquefa le hacen el favor de invadir el terreno de juego.

Nunca desprecio al enemigo y doy por hecho que será tan inteligente o más que yo. Y aunque es evidente que en el caso de los independentistas es un exceso, persevero en mi prudencia y me niego a creer que sean tan estúpidos de creer que las gamberradas, por muy televisadas que sean, acercan a la independencia y que tiren a la basura una perfecta oportunidad de dejar en bragas al Madrid. De verdad, no me creo que sean tan imbéciles, pero esta tarde por si acaso he llamado a mi querido Florentino Pérez y le di el contacto de dos viejos conocidos que mandan en Tsunami: contra Messi sólo queda la barbarie.

Y a pesar de su extrema petulancia, la barbarie suele venderse barata, y estos que ahora amenazan con cortar las calles son los que cuando se aplicó el artículo 155, en lugar de mantenerse en pie y dar la cara, se aferraron a su sueldo como ratas cobardes. Soldaditos de lo gratis, vayan pasando.

La nación deportiva cierra el círculo en el Camp Nou para disparar contra Messi, su único héroe verdadero, y contra su única redención posible que es una victoria del Barça. La mayor tragedia nunca te la procura el ejército enemigo sino tu avara ignorancia.


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¿De dónde somos?

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Puerto de Barcelona
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Juan Carlos Girauta.- Durante años dediqué incontables horas de mi tiempo a la misma inutilidad: reivindicar en mil programas de radio y televisión, allí, la catalanidad como algo completamente distinto del catalanismo (que aún existía, aunque agonizante) y por supuesto del nacionalismo catalán. Un mínimo de buena fe intelectual por parte de mis contertulios les habría obligado a aceptar tan discreta obviedad. Pero eran una disciplinada tropa; estuve siempre solo frente a ellos. Eso no me arredraba; confiaba en que el público sí distinguía entre vecindad civil e ideología. Me equivocaba.

Advertía a la tropa del daño que estaban infligiendo a la cultura catalana, empezando por su lengua, ya irremediablemente ideologizada. Lo acaba de afirmar con orgullo el novelista Jordi Cabré: «No es lo mismo decir democracia en catalán que decir democracia en castellano». Ahí lo tienen.

No había pues espacio donde converger. La Cataluña pública llevaba decenios empeñada en convertir una ideología en un hecho de la naturaleza. Con todo, la vida privada seguía siendo en Barcelona tan amable como siempre, y yo seguía sintiendo la ciudad como una especie de prolongación de mí ser, en una agradable evocación perpetua -no necesariamente consciente- de todas las etapas de mi vida. La Diagonal donde nací y viví hasta los veintisiete; me veo en las fotos, con tres años, sosteniendo un «palmón» de Pascua frente a la puerta de casa. Los parques de mis noviazgos; aquí se lo dije. Los grandes cines que tanto frecuenté y que han ido desapareciendo o trocándose en multicines. El bálsamo del Barrio Gótico. Era mi ciudad. Pero dejó de serlo. A mediados de septiembre de 2017, el ministro Zoido tuvo el acierto de ponernos protección a los diputados de Ciudadanos que vivíamos en Cataluña. Hizo bien: a las dos semanas, la convivencia estaba rota. Pasear o salir a cenar era bañarse en miradas de odio, insultos y riesgo físico. Al año y medio lo acepté: los nacionalistas tenían razón, yo no era catalán, ya no existía tal cosa como una catalanidad no nacionalista.

Había roto con amigos de infancia, comprendí que no podía acudir a una cena de promoción de los jesuitas o a una fiesta sorpresa. No era bienvenido por los que hablaban; solo por los que callaban. Y yo suelo responder. Hoy soy un toledano feliz. Debí largarme mucho antes. Los recuerdos de casi toda mi vida habitan un lugar que ya no existe.


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La Constitución de la España siempre noble

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Pablo Casado.- La reciente sesión constitutiva de las Cortes Españolas y las fórmulas de juramento empleadas por medio centenar de parlamentarios electos fueron una verdadera afrenta para la institucionalidad democrática. Si comparamos la firme respuesta del entonces presidente del Congreso, Félix Pons, a una situación similar hace treinta años, con la pasividad con la que se toleró el pasado martes la degradación de tan solemne acto, se evidencia una crisis institucional ante la que es imprescindible rebelarse y cuya conllevancia sería un inmenso error.

La serenidad con la que en 1989 se defendió la dignidad del Parlamento era fruto de la conciencia clara por parte de los dos grandes partidos políticos de que no se puede tolerar la humillación a las instituciones que representan al pueblo español. Este antecedente tuvo lugar, además, pocos días después de que se tirara abajo el telón de acero que separaba el mundo libre de una dictadura que había aniquilado las instituciones y la democracia de sus respectivos países durante décadas.

España se colocó en el lugar correcto de la historia desde 1975 cuando iniciamos un proyecto sugestivo de vida en común con la Transición, una de las obras más exitosas de la arquitectura política del siglo XX. Y la Constitución de 1978 es su gran legado que todos deberíamos defender con determinación y entusiasmo, ante los cada vez más numerosos ataques que sufre. Por algo fue refrendada por casi el 90% de los ciudadanos consiguiendo que los puentes derribaran a los muros y que los españoles gozáramos de los mejores años de nuestra historia reciente.

La España constitucional es un magnífico ejemplo de lo acertadas que son las tesis de los profesores Robinson y Acemoglu en su libro «Por qué fracasan los países». Son las instituciones de las que gozan unos países y no otros las que justifican las diferencias que existen, por ejemplo, entre la ciudad de Nogales en Arizona y la ciudad de Nogales en Sonora, tan solo separadas por pocos metros de frontera.

Las instituciones son las velas indispensables para que los vientos del progreso acaricien una nación, y la España actual ha sido durante más de tres décadas impulsada por esos vientos. Por eso es tan grave tolerar la degradación de las instituciones. Aceptar que una comunidad autónoma viva instalada en la deslealtad o en la abierta ilegalidad, o que una cárcel pueda ser un lugar de peregrinación para negociar la investidura de un presidente de Gobierno no sólo supone una aberración para la dignidad de una democracia sino la garantía del fracaso de un país.

Disfrutamos de una democracia ejemplar cuyo origen es una Constitución de todos y para todos que superó las dos Españas que helaban el corazón de Machado y el cainismo irrefrenable que a lo largo de nuestra historia había devorado a los españoles. Nos reconciliamos, el futuro venció al pasado, las ansias de libertad al miedo, la esperanza al rencor y la concordia a la ira. Ese fue el espíritu de la Transición para solucionar los debates que durante siglos habían dividido a los españoles. Por eso la Memoria Histórica nunca ha sido el rescate del olvido de víctimas del pasado sino una enmienda a la totalidad a la reconciliación de la Transición y a los artífices que la hicieron posible incluidos los provenientes de la izquierda política.

La Constitución de 1978 es la clave de bóveda de nuestro Estado de Derecho, el imperio de la Ley que ha salido triunfante de los dos grandes desafíos que ha padecido nuestra democracia en estas cuatro décadas. Si Don Juan Carlos silenció los sables el 23 de febrero de 1981, Don Felipe lideró al pueblo español en su respuesta al golpe separatista a nuestro orden constitucional, y en la actuación de las fuerzas políticas responsables, los cuerpos de seguridad y los jueces y fiscales para derrotar a la «rauxa del procés».

Sin duda, España tiene en la Constitución la herramienta más útil para recuperar la estabilidad política, y por eso, en estos tiempos recios todos los partidos deberían defenderla sin reservas. Sin embargo, hoy el Partido Popular es el único que tiene los dos pies dentro de la Constitución, que la acepta de manera íntegra, desde el preámbulo hasta la disposición final y por eso nos oponemos a los intentos de ruptura del acuerdo que la alumbró, tanto por quienes desean acabar con la unidad de la Nación española introduciendo la plurinacionalidad, como por quienes pretenden abrir en canal nuestro sistema institucional suprimiendo las autonomías o el Senado.

Vivimos horas graves para nuestra democracia. El Gobierno en funciones no busca socios sino cómplices en una mutación que pretende enterrar cuarenta años de concordia. Eso es lo que significa la hoja de ruta pactada en la cumbre de Pedralbes y los acuerdos con Bildu en no pocas instituciones. Los terroristas de ayer no pueden ser los socios de hoy, como denunció hace pocas fechas un antiguo ministro socialista. Es hora de dejar de jugar con el Estado y de hacer verdadera política de Estado. La Constitución es la solución, no el problema, y por ello lo urgente no es plantear su reforma sino hacerla cumplir de forma decidida. No hay modificación posible ni oportuna cuando lo que se pretende atacar por parte de algunos es el fundamento mismo de nuestro sistema político, que es la unidad de España.

Sin instituciones no hay democracia, y es el momento de ponerlas en valor como expresión genuina de la libertad y los derechos de los españoles. Solo así podremos hacer real esa «España siempre noble» que glosaba Cernuda de Galdós. En nuestra mano está el hacerlo posible defendiendo la Constitución de la Concordia, la verdadera punta de compás de la España contemporánea, que nos convirtió en una Nación de ciudadanos libres e iguales.

*Presidente del Partido Popular


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