La Venezuela indolora de Pablo Iglesias - ALERTA NACIONAL
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La Venezuela indolora de Pablo Iglesias

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Miguel Henrique Otero.- Una extraña atmósfera rodea al anuncio del pacto entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Una parte de la sociedad española, la mayoría, no ha tardado en denunciar el peligro que esta alianza significa para España. Por las redes han circulado fragmentos de videos en los que uno y otro, se hacían mutuas acusaciones, hasta hace apenas unas semanas. Quienes, en su momento, escucharon los argumentos de ambos, concluyeron, quizás de forma precipitada, que una alianza, cuyo resultado sería convertir a Pablo Iglesias en vicepresidente de España, era imposible.

En medio de la crispación y nervio que este “preacuerdo” ha generado, hay que destacar esto: el embarazo, el desasosiego, incluso el malestar que el pacto produce en el PSOE. No le gusta a nadie, aunque lo hayan votado. Es una decisión impuesta por Sánchez, que ha producido una silenciosa desmoralización. Esa desmoralización, aunque ahora apenas sea visible, será un factor corrosivo, dentro y fuera del gobierno, si es que logran los votos necesarios para ello.

De inmediato han comenzado las apuestas sobre cómo será un posible cogobierno de Sánchez e Iglesias. Mi tesis es que será de continuos enfrentamientos. En un primer trecho, soterrados y en voz baja. Más adelante, será inevitable que las disputas y las confrontaciones salten a la esfera pública. ¿Qué fundamentos me autorizan a hacer este pronóstico?

Lo creo porque Sánchez e Iglesias comparten una misma desesperada necesidad: la de alcanzar el poder al costo que sea. Sánchez quiere dar el salto de presidente en funciones a presidente legítimo, aun cuando este obligado a pactar con el que, en el fondo, es su más peligroso enemigo. No son Pablo Casado ni Santiago Abascal ni Albert Rivera, los verdaderos enemigos de Sánchez. No lo son, porque los tres, con sus diferencias y especificidades, comparten los rasgos primordiales de la cultura política democrática. Esto es esencial. Los tres guardan ciertos límites que no cruzarían nunca, con respecto a las leyes, el respeto a las instituciones, al estatuto de la Monarquía, la convivencia y, esencial, con respecto a la unidad de España.

El meollo es este: Pablo Iglesias produce una enorme desconfianza, no solo entre políticos del centro o la derecha: también en las filas de la propia izquierda. Produce desconfianza por su odio al sistema democrático, por la ferocidad con que maneja su propia organización, por la ausencia de respeto con que recibe o procesa todo argumento o posición que no coincida con la suya. Iglesias no está hecho para la convivencia democrática, sino para imponer un estado de cosas, a su medida y donde él sea el protagonista indiscutido de toda la realidad. Nadie debe olvidarlo: su modelo, su único modelo, es Hugo Chávez.

Sobre la relación de Pablo Iglesias con la Venezuela de Chávez y Maduro se han escrito muchas cosas, pero todavía insuficientes. Hasta que no se produzca un cambio en el poder, no será posible conocer la cuantía real del financiamiento que Iglesias, Juan Carlos Monedero y el partido Podemos recibieron de la cleptocracia dictatorial que ha devastado al país. Iglesias ha sido un factor activo para impedir iniciativas a favor de la defensa de los derechos humanos, por ejemplo. Es prudente recordar que, entre muchas otras, es autor de declaraciones como esta: Venezuela es una de las democracias más consolidadas del mundo, y lo que está pasando allá es una referencia para países del sur de Europa, para los ciudadanos europeos.

Hasta ahora, Iglesias no ha mostrado absolutamente ninguna sensibilidad hacia la situación de Venezuela y de los venezolanos (a diferencia de su exsocio, Iñigo Errejón, que ha reconocido la debacle venezolana). Sus declaraciones son las de un autómata de la política: pulsa un botón y repite sandeces como que Maduro es una víctima o que hay un golpe de Estado. Ni una palabra sobre la brutal represión, el sistema de torturas, los asesinatos por parte de fuerzas militares, policiales y paramilitares. Nada sobre la hiperinflación, el auge de las epidemias, la muerte de ancianos y niños por inanición. Ni una frase, por ejemplo, sobre la más reciente advertencia de la FAO, entidad que hasta el 2013 emitía constantes declaraciones sobre las bondades nutricionales de la revolución bolivariana, y que acaba de reconocer que 4,3 millones de personas han huido del país, y que los venezolanos necesitan urgente ayuda alimentaria externa, para detener la epidemia de hambre que se profundiza cada día.

Es paradójico: el hombre que se proclama a sí mismo como el más importante líder de la izquierda de España, que infla el pecho para hablar de justicia social, no menciona a Venezuela. La Venezuela que habita en su mente es indolora, desechable. El padecimiento de personas y familias, no le alcanza. La destrucción de la vida real está fuera de su campo perceptivo. Le basta con decir que todo ello es un invento de la oposición de derechas y del imperialismo norteamericano. Como todo sujeto tomado por una ambición desmedida, la de alcanzar el poder al costo que sea para destruir la institucionalidad democrática, despacha, niega, se quita de encima los hechos.

¿Qué significa para Venezuela que Iglesias se convierta en vicepresidente de España? Nada menos que esto: será un activista que influirá en la política exterior de España, con el propósito de mantener a Maduro en el poder. Punto.
Miguel Henrique OteroMiguel Henrique Otero


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Deseo que el clásico no pueda jugarse

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Salvador Sostres. Mi deseo es que el clásico no pueda jugarse y que el independentismo tope con el límite de su incompetencia. Cataluña es una nación deportiva, según sentencia de Arcadi Espada, y si durante el franquismo el Barcelona fue la metáfora del catalanismo, desde que Messi llegó y la política catalana se convirtió en el museo del incompetente, el zafio y el gafe, sucede exactamente al revés y la única victoria que el secesionismo podrá permitirse en todo este proceso es meterle una manita al eterno rival, creyendo que derrota a España. Mi deseo es que el clásico no llegue a jugarse y que el independentismo, como los palestinos, continúe sin perder una oportunidad de perder una oportunidad y se arrebate a sí mismo, en su máxima estulticia, su única gloria. Un 0 a 3 federativo, por imposibilidad de celebrarse el encuentro, sería el mejor revulsivo para tanto soñador incauto que se equivoca de sustancia y de categoría y no entiende la tragedia que está a punto de provocarse. Si yo fuera el Madrid patrocinaría de escondidas a Tsunami, porque tal como está en Barça en los últimos partidos, la única manera que tendrá el Madrid de ganarnos en el Camp Nou es si cuatro macacos de Verges o Masquefa le hacen el favor de invadir el terreno de juego.

Nunca desprecio al enemigo y doy por hecho que será tan inteligente o más que yo. Y aunque es evidente que en el caso de los independentistas es un exceso, persevero en mi prudencia y me niego a creer que sean tan estúpidos de creer que las gamberradas, por muy televisadas que sean, acercan a la independencia y que tiren a la basura una perfecta oportunidad de dejar en bragas al Madrid. De verdad, no me creo que sean tan imbéciles, pero esta tarde por si acaso he llamado a mi querido Florentino Pérez y le di el contacto de dos viejos conocidos que mandan en Tsunami: contra Messi sólo queda la barbarie.

Y a pesar de su extrema petulancia, la barbarie suele venderse barata, y estos que ahora amenazan con cortar las calles son los que cuando se aplicó el artículo 155, en lugar de mantenerse en pie y dar la cara, se aferraron a su sueldo como ratas cobardes. Soldaditos de lo gratis, vayan pasando.

La nación deportiva cierra el círculo en el Camp Nou para disparar contra Messi, su único héroe verdadero, y contra su única redención posible que es una victoria del Barça. La mayor tragedia nunca te la procura el ejército enemigo sino tu avara ignorancia.


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¿De dónde somos?

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Puerto de Barcelona
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Juan Carlos Girauta.- Durante años dediqué incontables horas de mi tiempo a la misma inutilidad: reivindicar en mil programas de radio y televisión, allí, la catalanidad como algo completamente distinto del catalanismo (que aún existía, aunque agonizante) y por supuesto del nacionalismo catalán. Un mínimo de buena fe intelectual por parte de mis contertulios les habría obligado a aceptar tan discreta obviedad. Pero eran una disciplinada tropa; estuve siempre solo frente a ellos. Eso no me arredraba; confiaba en que el público sí distinguía entre vecindad civil e ideología. Me equivocaba.

Advertía a la tropa del daño que estaban infligiendo a la cultura catalana, empezando por su lengua, ya irremediablemente ideologizada. Lo acaba de afirmar con orgullo el novelista Jordi Cabré: «No es lo mismo decir democracia en catalán que decir democracia en castellano». Ahí lo tienen.

No había pues espacio donde converger. La Cataluña pública llevaba decenios empeñada en convertir una ideología en un hecho de la naturaleza. Con todo, la vida privada seguía siendo en Barcelona tan amable como siempre, y yo seguía sintiendo la ciudad como una especie de prolongación de mí ser, en una agradable evocación perpetua -no necesariamente consciente- de todas las etapas de mi vida. La Diagonal donde nací y viví hasta los veintisiete; me veo en las fotos, con tres años, sosteniendo un «palmón» de Pascua frente a la puerta de casa. Los parques de mis noviazgos; aquí se lo dije. Los grandes cines que tanto frecuenté y que han ido desapareciendo o trocándose en multicines. El bálsamo del Barrio Gótico. Era mi ciudad. Pero dejó de serlo. A mediados de septiembre de 2017, el ministro Zoido tuvo el acierto de ponernos protección a los diputados de Ciudadanos que vivíamos en Cataluña. Hizo bien: a las dos semanas, la convivencia estaba rota. Pasear o salir a cenar era bañarse en miradas de odio, insultos y riesgo físico. Al año y medio lo acepté: los nacionalistas tenían razón, yo no era catalán, ya no existía tal cosa como una catalanidad no nacionalista.

Había roto con amigos de infancia, comprendí que no podía acudir a una cena de promoción de los jesuitas o a una fiesta sorpresa. No era bienvenido por los que hablaban; solo por los que callaban. Y yo suelo responder. Hoy soy un toledano feliz. Debí largarme mucho antes. Los recuerdos de casi toda mi vida habitan un lugar que ya no existe.


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La Constitución de la España siempre noble

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Pablo Casado.- La reciente sesión constitutiva de las Cortes Españolas y las fórmulas de juramento empleadas por medio centenar de parlamentarios electos fueron una verdadera afrenta para la institucionalidad democrática. Si comparamos la firme respuesta del entonces presidente del Congreso, Félix Pons, a una situación similar hace treinta años, con la pasividad con la que se toleró el pasado martes la degradación de tan solemne acto, se evidencia una crisis institucional ante la que es imprescindible rebelarse y cuya conllevancia sería un inmenso error.

La serenidad con la que en 1989 se defendió la dignidad del Parlamento era fruto de la conciencia clara por parte de los dos grandes partidos políticos de que no se puede tolerar la humillación a las instituciones que representan al pueblo español. Este antecedente tuvo lugar, además, pocos días después de que se tirara abajo el telón de acero que separaba el mundo libre de una dictadura que había aniquilado las instituciones y la democracia de sus respectivos países durante décadas.

España se colocó en el lugar correcto de la historia desde 1975 cuando iniciamos un proyecto sugestivo de vida en común con la Transición, una de las obras más exitosas de la arquitectura política del siglo XX. Y la Constitución de 1978 es su gran legado que todos deberíamos defender con determinación y entusiasmo, ante los cada vez más numerosos ataques que sufre. Por algo fue refrendada por casi el 90% de los ciudadanos consiguiendo que los puentes derribaran a los muros y que los españoles gozáramos de los mejores años de nuestra historia reciente.

La España constitucional es un magnífico ejemplo de lo acertadas que son las tesis de los profesores Robinson y Acemoglu en su libro «Por qué fracasan los países». Son las instituciones de las que gozan unos países y no otros las que justifican las diferencias que existen, por ejemplo, entre la ciudad de Nogales en Arizona y la ciudad de Nogales en Sonora, tan solo separadas por pocos metros de frontera.

Las instituciones son las velas indispensables para que los vientos del progreso acaricien una nación, y la España actual ha sido durante más de tres décadas impulsada por esos vientos. Por eso es tan grave tolerar la degradación de las instituciones. Aceptar que una comunidad autónoma viva instalada en la deslealtad o en la abierta ilegalidad, o que una cárcel pueda ser un lugar de peregrinación para negociar la investidura de un presidente de Gobierno no sólo supone una aberración para la dignidad de una democracia sino la garantía del fracaso de un país.

Disfrutamos de una democracia ejemplar cuyo origen es una Constitución de todos y para todos que superó las dos Españas que helaban el corazón de Machado y el cainismo irrefrenable que a lo largo de nuestra historia había devorado a los españoles. Nos reconciliamos, el futuro venció al pasado, las ansias de libertad al miedo, la esperanza al rencor y la concordia a la ira. Ese fue el espíritu de la Transición para solucionar los debates que durante siglos habían dividido a los españoles. Por eso la Memoria Histórica nunca ha sido el rescate del olvido de víctimas del pasado sino una enmienda a la totalidad a la reconciliación de la Transición y a los artífices que la hicieron posible incluidos los provenientes de la izquierda política.

La Constitución de 1978 es la clave de bóveda de nuestro Estado de Derecho, el imperio de la Ley que ha salido triunfante de los dos grandes desafíos que ha padecido nuestra democracia en estas cuatro décadas. Si Don Juan Carlos silenció los sables el 23 de febrero de 1981, Don Felipe lideró al pueblo español en su respuesta al golpe separatista a nuestro orden constitucional, y en la actuación de las fuerzas políticas responsables, los cuerpos de seguridad y los jueces y fiscales para derrotar a la «rauxa del procés».

Sin duda, España tiene en la Constitución la herramienta más útil para recuperar la estabilidad política, y por eso, en estos tiempos recios todos los partidos deberían defenderla sin reservas. Sin embargo, hoy el Partido Popular es el único que tiene los dos pies dentro de la Constitución, que la acepta de manera íntegra, desde el preámbulo hasta la disposición final y por eso nos oponemos a los intentos de ruptura del acuerdo que la alumbró, tanto por quienes desean acabar con la unidad de la Nación española introduciendo la plurinacionalidad, como por quienes pretenden abrir en canal nuestro sistema institucional suprimiendo las autonomías o el Senado.

Vivimos horas graves para nuestra democracia. El Gobierno en funciones no busca socios sino cómplices en una mutación que pretende enterrar cuarenta años de concordia. Eso es lo que significa la hoja de ruta pactada en la cumbre de Pedralbes y los acuerdos con Bildu en no pocas instituciones. Los terroristas de ayer no pueden ser los socios de hoy, como denunció hace pocas fechas un antiguo ministro socialista. Es hora de dejar de jugar con el Estado y de hacer verdadera política de Estado. La Constitución es la solución, no el problema, y por ello lo urgente no es plantear su reforma sino hacerla cumplir de forma decidida. No hay modificación posible ni oportuna cuando lo que se pretende atacar por parte de algunos es el fundamento mismo de nuestro sistema político, que es la unidad de España.

Sin instituciones no hay democracia, y es el momento de ponerlas en valor como expresión genuina de la libertad y los derechos de los españoles. Solo así podremos hacer real esa «España siempre noble» que glosaba Cernuda de Galdós. En nuestra mano está el hacerlo posible defendiendo la Constitución de la Concordia, la verdadera punta de compás de la España contemporánea, que nos convirtió en una Nación de ciudadanos libres e iguales.

*Presidente del Partido Popular


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