¡Qué atrevida es la ignorancia, Abascal! - ALERTA NACIONAL
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¡Qué atrevida es la ignorancia, Abascal!

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Empiezo por dejar constancia de que mis conocimientos jurídicos tienden a cero, fuera del pequeño barniz que a lo largo de mi dilatada vida personal y profesional se haya podido ir quedando por mor de la propia actividad y los avatares que se fueron presentando pero, en todo caso, mis escasos conocimientos en el campo del Derecho se ciñen a poco en materia civil, laboral, fiscal o mercantil y, afortunadamente, nada en lo penal, que es lo que se juzgaba en el Tribunal Supremo respecto a la posible rebelión o sedición por parte de los políticos catalanes, ya condenados, por ese intento de golpe de Estado para instaurar la República catalana, como pretendieron en aquella breve declaración de finales de Octubre de 2017, que acabó con la fuga del principal culpable y algunos de sus colaboradores y el procesamiento, con prisión preventiva incondicional durante casi los dos últimos años, de su número dos y otros ocho altos cargos de la Generalidad o líderes del movimiento separatista social.

Puntualizo también que, pese a ese reconocido desconocimiento jurídico, yo esperaba o, mejor dicho, quería, una sentencia por rebelión y unas condenas mayores que, en el caso de haber sido así, podrían haber llegado a 25 años, aunque después de escuchar por la noche a un jurista reconocido y nada sospechoso en mi opinión, me hizo reflexionar y me dejó la duda entre esa interpretación que justificaba la rebelión y la exacerbada crítica de buena parte de esa prensa demagógica y algunos políticos radicales que, entre otras cosas, sólo demuestran su ignorancia, si se analiza mínimamente lo que dicen.

Así, por ejemplo, vimos la bravuconada de Santiago Abascal en la mañana del lunes a las puertas del Tribunal Supremo y acompañado por su secretario General y jurista, Javier Ortega, que “incomprensiblemente” lo dejó desbarrar cuando, nada más conocerse oficialmente la sentencia filtrada en su resumen final el viernes anterior, con esa pose de “héroe” que tanto le gusta, se despachó diciendo: “Después de estudiar detalladamente la sentencia, que es algo que haremos en las próximas horas, recurriremos la misma”, algo que en primer lugar es arriesgado decir sin haberla leído siquiera pero, mucho más grave y demostrativo de una ignorancia preocupante, es decir que la “recurriremos” pues, hasta dónde yo sé, que como he dicho no es mucho, pero me he informado con letrados que sí saben, esta sentencia parece que “no admite recurso, salvo el de amparo“ por los propios condenados -es decir, los golpistas- si consideran que se han visto dañados algunos de sus derechos y no creo que VOX recurra al Tribunal Constitucional o al Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo para reclamar posibles derechos conculcados a los ya condenados. Y en esa línea, este miércoles, en la tertulia amiga de esRadio entre “astados” despuntados, el propio Ortega “matizaba” a su jefe de filas y reconocía que “es muy difícil el recurso, puesto que solo se admite “el de amparo” por esa falta de garantía de sus derechos que puedan esgrimir los condenados pero, para seguir con el brindis del líder y no dejarlo del todo mal, añadió “estudiaremos todas las alternativas que nos deje el trámite procesal -o algo así- aunque no tengo mucha esperanza”.

Lo malo de estas afirmaciones irresponsables es que los fanatizados votantes de VOX, que se dejan llevar por las soflamas patrioteras del mocetón de Amurrio, le compran hasta una moto sin ruedas, si viene de su “héroe” que, cada vez que puede, demuestra su ignorancia, de la que fuimos testigos muchos de los que en distintas etapas -yo desde antes de la fundación del partido y hasta que se consumó el “asalto al poder” del “carismático” líder en septiembre de 2014- hemos creído que VOX llegó para arreglar el descontento que nos había dejado Mariano Rajoy y parte de su equipo, la vicepresidente Soraya Sáenz de Santamaría principalmente, en lugar de para situarse en el Sistema y vivir de él, como llevaba haciendo Santiago Abascal casi desde que le “salieron los dientes políticos con la mayoría de edad” -es un decir-, en las filas del PP para más señas, hasta que se vio descolocado y recurrió a VOX, vendiendo lo que no era ni tenía de verdad, pero que le valió para quedarse con el partido ante la inesperada reacción de uno de sus fundadores reales y la imposibilidad de recuperar un acuerdo de mínimos de otro, que no pudo contra la pareja de artistas y fue el primero en abandonar el partido. Pero ese es otro tema del que ya he escrito antes y creo que mucha gente conoce, aunque a juzgar por los “llenos” en las comparecencias de “los mosqueteros verdes”, no la suficiente, pero seguiremos insistiendo.


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Feminismo y Greta

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Es evidente que a las mujeres les conviene el patriarcado. Imaginen lo que sería de ellas bajo el dominio de las histéricas feministas. Como los obreros bajo el dominio de los comunistas.

Si observan ustedes las consigna de las feministas, verán que todas giran en torno a lo genital (bolas chinas, almejas, etc.). Su pensamiento radica ahí.

Una de las consignas de las feministas es: «prender fuego a la conferencia episcopal». Dado que esa conferencia (con alguna excepción) se ha convertido en una banda de cacos, más o menos como el PSOE, la consigna podría ser aceptable para el ciudadano no feminista.

El caso de la Greta: adolescentes histéricas las hay por miles o millones en el mundo. Lo significativo es que desde el papa a los grandes dignatarios –tan poco dignos– mundiales, finjan tomarla por un oráculo. Toda una revelación de por dónde va el mundo.

Nada más eficaz contra los estafadores del «cambio climático», hasta hace poco «calentamiento global», que recoger sus predicciones a lo largo de los últimos 50 ó 60 años.


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Filmografía del Profanador: más dura será su caída en el crepúsculo de los dioses

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Tuco se volvió hacia el gordinflón soldado yanqui que le custodiaba, y le dijo: «Los gordos como tú me gustan, porque cuando caen de espaldas hacen mucho ruido».

Gran verdad, porque, aprovechando que el gordinflón le quitó las esposas para que pudiera orinar, se arrojó del tren en marcha, tirando de su carcelero. Una vez en las vías, remató al soldado, y le dijo al cadáver que le acababa de demostrar que era verdad eso de que haría estrépito al caer.

Esta escena es de la película «El Bueno, el Feo, y el Malo», obra maestra del «spaghetti western», escrita y dirigida por el mítico Sergio Leone en 1966: gran título para metaforizar la actual situación política española, en la cual es innecesario explicar qué personajes desempeñan los roles de esa trilogía.

Parafraseando las palabras de Tuco, yo podría decir que a mí me gustan los políticos ambiciosos, megalómanos, ególatras y con trastornos psicopáticos como el Profanador, porque también hará mucho ruido cuando caiga, no por gordinflón, sino porque, cuanto mayor sea su poder y su ambición, más dura será la caída, que, mira por dónde, es el título de otra película, dirigida en 1956 por Mark Robson, protagonizada por Bogart, que narra una historia de corrupción en el mundo del boxeo. Película que viene pintiparada, pues en ella aparece el personaje de «El Toro Moreno», un luchador de peso y estatura impresionantes pero de nula habilidad para el boxeo, a pesar de lo cual es contratado por el promotor Nick Benko como su nueva estrella, quien le encarga a Bogart que le haga una campaña publicitaria. ¿A qué personaje de la política española les recuerda este «Toro Moreno»? Y les doy una pista: está enamorado de la luna de la Monkloa.

No hay que ser ningún profeta para vaticinar que El Profanador caerá más pronto que tarde, con todo su equipo de hierofantes y tiorras perturbadas, y no solo porque no hay Profanador que cien años dure ni cuerpo que lo resista, sino porque este tipejo va de dios, y todos los dioses tienen su ocaso, su crepúsculo, su caída en las ciénagas pestilentes del olvido, en las cloacas justicieras del karma-que-no-perdona. ¿Con cuántos decibelios de ruido atronará el Profanador a España en su caída? ¿Equivaldrán a las que hace su Falcon cuando cruza los cielos caminito de Mojácar?

El crepúsculo del dios de los profanadores será apocalíptico, sin duda… Imperial como se cree, su caída se puede ilustrar haciéndole protagonizar una variada filmografía sobre caídas y ocasos. Para empezar, el Profanador me recuerda a la estrella cenicienta que protagonizó Gloria Swanson en la película «El crepúsculo de los dioses» ―bajo el nombre de Norma Desmond―, donde encarna a una famosa actriz del cine mudo que enloquece envuelta en las tinieblas de una mansión ruinosa, soñando con volver a ser la estrella que fue. Y ahí tenemos al Profanador, bajando con ademanes de estrella por la gran escalera de su mansión de Pozuelo, como un triste orate, imbuido de la creencia de que todavía es presidente del Gobierno tras su castañazo.

También podría encarnar el personaje de Joe Gillis, el guionista sin talento que siempre había soñado con tener una piscina, a lo mejor como aquella en la que apareció su cadáver, asesinado por la loca Norma Desmond. Como dice una voz en off, «un precio demasiado alto por una piscina». El Profanador siempre quiso una Monkloa, lo cual es muy arriesgado, porque las Monkloas son mucho más caras que las piscinas.

Y si le dijeran al Profanador que, antes de su caída, era un tipo grande, respondería algo como esto, parafraseando a la Desmond: «Soy grande: es España la que se ha hecho pequeña». Y su programa político también podría resumirse en estas palabras de la loca, explicando la superioridad del cine mudo sobre el sonoro: «No necesitábamos diálogo: teníamos rostro». Pues eso: cara dura tiene, pero al fin y al cabo es un rostro.

Siguiendo con la filmografía del Profanador, es inevitable hacerle también protagonista de la película «La caída de los dioses», dirigida en 1969 por Luchino Visconti, la cual está inspirada en la ópera wagneriana «El ocaso de los dioses», donde se muestra la decadencia de una familia aristocrática alemana durante el III Reich sobre un fondo tremendo de incesto, pedofilia, homosexualidad, travestismo, prostitución, ambiciones desmedidas de poder y traiciones, desnudos masculinos y femeninos… Como se ve, un ambiente parecidillo al de la España de hoy, con lo cual la caída del Profanador tendrá una escenografía de verdadera película.

La única diferencia está en que, si en la ópera de Wagner el anillo maldito hecho con oro robado al Rhin por el enano Alberich ―«¡mi teshoooorooo!»―, perteneciente a la raza de los nibelungos, causa la muerte de Sigfrido, y también la destrucción del Walhalla ―la morada de los dioses, donde moraba Odín―, la caída del Profanador supondrá la destrucción de justo lo contrario.

Y si ponemos un cucurucho con estrellitas al Profanador, ahí le tenemos, protagonizando «El aprendiz de brujo», solo que sustituyendo a Merlín por George Soros, y a Morgana por la Carmen Calvo: mola cantidad ver la Monkloa convertida en el «Grimhold», la prisión en forma de muñeca rusa, solo que en nuestro caso con la apariencia de muñeca miliciana, con gorrilla y todo.

Y hasta podríamos poner al Profanador a protagonizar algún mito griego, como el de Ícaro, el que se pegó un colosal batacazo porque pretendió volar cerca del Sol con sus alas de cera… o el de Narciso, el que se ahogó en un estanque absorto en la contemplación de su belleza.

Pero, hasta que llegue el ocaso, hasta que un crepúsculo justiciero provoque la caída de los dioses y diosas que atormentan la Patria, recuerdo las palabras de Norma Desmond, que parafraseadas vienen a decir: «Han hecho una cuerda con las palabras y han ahorcado España. Hay micrófono para captar los últimos suspiros, y tecnicolor para fotografiar la España destruida».


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Sigue aumentando la burbuja universitaria

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No hay día en el que quienes nos hablan de Europa y de la “identidad europea” no hagan referencia a la enorme aportación que hicieron a Europa y al mundo los antiguos romanos, pero nunca suelen decir qué aportaron y qué ha perdurado de aquella cultura, aquella civilización que surgió de una aldea de campesinos en el territorio de la actual Italia. Sí, aunque muchos lo ignoren, la antigua Roma y la cultura romana estaban dominadas por una oligarquía rural, de propietarios que, explotaban directamente sus propias tierras: una clase social muy distinta de la nobleza guerrera de la epopeya homérica de la antigua Grecia.

Una de las razones fundamentales por la que Roma duró siglos y siglos fue por la forma en que los romanos eran educados. La educación romana se basaba en el “mos maiorum”, “la costumbre de los ancestros”, conjunto de reglas y de preceptos que el ciudadano romano, apegado a la tradición, estaba obligado a respetar. Transmitir esa tradición a los jóvenes, hacerla respetar como un ideal incuestionable, como base de toda acción y de todo pensamiento, era la tarea esencial del educador.

Al joven romano no sólo se le educaba en el respeto a la tradición nacional, patrimonio común a toda Roma, sino también el respeto a las tradiciones propias de su familia de origen.

En opinión de los antiguos romanos la familia es el entorno natural en el que debe crecer y formarse el niño.

La educación de los niños y adolescentes en la antigua Roma se producía en el ámbito familiar hasta los diecisiete años; primero, hasta los siete años, se llevaba a cabo bajo la supervisión de la madre; y con posterioridad, bajo la vigilancia del pater familias, a quien acompañaban en sus actividades cotidianas.

En la antigua Roma el padre era considerado como el verdadero educador; el pater familias romano se entregaba con plena implicación, en el cumplimiento de su papel de educador.

El conservadurismo -conservar lo que funciona- del que vengo hablando justifica el que Cicerón, a mediados del siglo I a. C., acabe afirmando que el bien de la patria es la suprema ley -salus publica suprema lex esto-, y años después estará presente en el intento de restauración de los viejos ideales morales que llevarán a cabo algunos emperadores siguiendo las directrices de Marco Flavio Quintiliano (originario de Calahorra, La Rioja) en el primer siglo de nuestra era.

Si observamos aquella “antigua educación”, advertimos, en primer lugar, un ideal moral: lo esencial es formar la conciencia del niño o del adolescente, inculcarle un sistema rígido de valores morales, de reflejos seguros, perdurables, un estilo de vida.

Cuando los antiguos romanos acaban asumiendo la cultura griega y se “helenizan”, hacen suya la filosofía griega, sus costumbres (no sin reticencias y múltiples protestas “nacionalistas”) adaptan su sistema educativo a las nuevas corrientes de pensamiento y pedagógicas que les llegan de oriente.

Los romanos crearon un sistema nacional-estatal de enseñanza, una red de centros educativos en todas sus provincias, que llegaba hasta los lugares más remotos del imperio. Aunque no fueron especialmente innovadores, pues calcaron el modelo de la los griegos, mejor dicho atenienses, sí fueron ellos quienes lo divulgaron e implantaron por todos los lugares que rodean el “Mare Nostrum”, el Mediterráneo.

Tanto en la red de centros estatal de enseñanza, como en los centros privados, el objetivo principal era preparar a la juventud para que acabase asumiendo cargos de responsabilidad, ya fuera en la empresa privada como en la administración de la cosa pública; tanto en un ámbito como en el otro, los antiguos romanos pensaban que debían estar presentes la honestidad, la laboriosidad y la lealtad. El sistema educativo romano pretendía formar personas de orden, metódicos y enérgicos; una élite activa, emprendedora y bien educada. Los romanos de entonces nunca perdían de vista su ideal de “ciudadanos hechos a sí mismos”, para lo cual, para progresar, tanto académicamente como profesionalmente, o en la política, eran tenidos en cuenta la capacidad y el mérito, sin olvidar el compromiso ético de servicio a sus conciudadanos. Efectivamente, los antiguos romanos eran educados en la responsabilidad, en la justicia y en el sentido del deber… Todo lo contrario de lo que actualmente se practica en España.

Los antiguos romanos pusieron en marcha un sistema de instrucción pública equiparable a los actualmente existentes en el mundo desarrollado, y que este sistema educativo fue una de las razones de que la cultura, la civilización romana durara siglos y siglos.

He comenzado describiendo como era la educación en la antigua Roma, porque en estos tiempos que nos han tocado vivir, es imprescindible –más que nunca- releer a los clásicos, volver la vista atrás, no para regodearnos en la idea de que cualquier tiempo pasado fue mejor, sino para aprender de los aciertos y de los errores de nuestros ancestros.

Bien, regresemos a la España del siglo XXI:

La formación de nuestros niños y jóvenes españoles cada vez es peor, se ha ido deteriorando de forma terrible en las últimas décadas, basta con echarle un vistazo a los informes Pisa (Informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes) que, se lleva a cabo en los países pertenecientes a la OCDE, y observar también el funcionamiento de las universidades sostenidas con fondos públicos para comprender la situación de degradación a la que hemos llegado.

Una prueba de ello es el número de universitarios españoles que, tras terminar sus estudios, no encuentra empleo, que dobla la media europea. Doce de cada cien titulados españoles está en el paro, frente al 5,2% de la Unión Europea.

Otra muestra del deterioro del que vengo hablando es la alta tasa de abandono en nuestras universidades: más del 30% de los estudiantes no concluyen sus estudios, el doble que en Europa; a lo que hay que añadir el alto índice de repetidores, pues apenas la tercera parte de los que se titulan finaliza la carrera sin repetir curso, según los datos del Ministerio Español de Educación.

Tampoco está de más recordar que, año tras año, las universidades españolas no consiguen ser incluidas en la lista de universidades con mayor reconocimiento internacional. El índice de Shanghái, el más prestigioso, suele ubicar a los centros universitarios españoles más allá del puesto 201. Solo hay diez universidades españolas están entre las 500 mejores del mundo.

Según diversos informes internacionales, y en particular el Directorio de Asuntos Económicos de la Comisión Europea en 2016, el 68% de los jóvenes españoles que lograron terminar sus estudios en las universidades españolas –a las que en general llegan con una paupérrima enseñanza primaria y secundaria- no reúne los requisitos mínimos exigidos para incorporarse al mercado laboral, motivo por el cual es un absoluto disparate que haya quienes reclamen para ellos empleos para los que se necesita una alta especialización, así como altos salarios.

La idea, repetida hasta el hartazgo, de que los jóvenes actuales son la generación mejor preparada de la historia de España y que por desgracia está condenada a emigrar o a aceptar empleos precarios, mal remunerados, es un tópico muy socorrido, sin fundamento, una absoluta necedad. Es una tremenda falsedad con la que los políticos profesionales que España y los españoles sufrimos desde hace años, tratan de engañarnos de forma demagógica, porque su tremenda mediocridad los conduce a creérsela, o para tratar de no tener mala conciencia y eximirse de cualquier responsabilidad, o sencillamente porque nos toman por estúpidos.

Los caciques y oligarcas, los profesionales de la política y sus trovadores, han convencido, entre otra muchas cuestiones, a una gran mayoría de nuestros compatriotas de que la escolarización masiva –masificada es un signo de modernidad. Han convencido a la mayoría de los españoles de que, la modernidad consiste en impedir y sancionar el mérito y el esfuerzo, a la vez que se premia la mediocridad (el aprobado general). Han convencido a los españoles de que la modernidad, el progreso, consiste en hacer más fácil el acceso a los estudios universitarios (más del 95 por ciento de quienes se someten a la selectividad supera el examen de acceso). Olvidan a propósito que, progresar es sinónimo de avanzar para mejorar; y por supuesto, tampoco tienen en cuenta que uno de los principales problemas a los que se debe enfrentar España es la pobrísima calidad de la enseñanza que reciben nuestros jóvenes que, inevitablemente conduce a la incapacidad para satisfacer las necesidades que demandan las empresas.

Pero, lo que más sorprende es que todos aquellos a los que, de vez en cuando se les llena la boca de expresiones como que “es necesario un pacto nacional por la educación” y recursos retóricos vacuos semejantes, nunca argumentan nada medianamente racional, nunca mencionan ninguna medida que, pretenda mejorar la actual situación de indigencia y que, vaya en la dirección de que los jóvenes tengan salidas profesionales y empleos duraderos.

Por un lado tenemos a la izquierda española que nos vende constantemente la idea de que la culpa de todo la tienen los empresarios, esos bandidos que se niegan a contratar a la generación de jóvenes mejor preparada de la historia de España y que, cuando lo hacen les ofrecen sueldos irrisorios y regímenes poco menos que esclavistas (esta historia macabra también se vende en los centros de enseñanza, desde el parvulario a la universidad, y se ve reforzada por los medios de información “progresistas”).

Pero la triste y cruda realidad es muy diferente, esos sapientísimos y cualificadísimos jóvenes, son generalmente analfabetos funcionales, y muchísimos de ellos no dominan su propio idioma y la mayoría tendría enormes dificultades para superar las antiguas reválidas que, ahora tanto se denostan y demonizan. Sí, son muchos los que apenas saben hacer la “o” con un canuto, y por no saber, algunos no saben qué es un canuto.

Y, por otro lado, está la derecha boba que, se ha adherido, también, al consenso socialdemócrata y al discurso igualitarista, hasta el extremo de que algunos de sus miembros han llegado a afirmar que, una posible solución para acabar con la precarización de la enseñanza, el fracaso escolar y el abandono temprano de los centros de estudio, era permitir pasar de curso con suspensos… e incluso promocionar al bachillerato de ese modo.

¿Se trata de una burla cruel o de sadismo?

De veras, es llamativo que sigan administrándole al enfermo una medicación que, a todas luces hace que empeore su salud. Es aquello muy común, de haber emprendido un camino equivocado, darse cuenta de que no conduce a ningún lado, y en lugar de volver al comienzo del sendero –para tomar el camino correcto-, seguir, seguir hacia delante, y repetir una y otra vez que ya se encontrará un atajo, y que bastantes dinero, tiempo y energías se han invertido ya, como para volver al principio… Sería reconocer que se ha emprendido un camino equivocado, pero eso será lo último que hagan nuestros actuales gobernantes, sean en las taifas hispánicas o en el gobierno de la nación.

Por supuesto, todos, el gobierno y la oposición nos dirán que les preocupa la mejora la empleabilidad de los jóvenes y que están estudiando la manera de procurarles ese empleo estable por el que dicen “apostar”. Aunque siempre olvidan decirnos que el dinero que apuestan no es el de ellos, sino el nuestro.

Y no se trata, solamente de que en las universidades españolas entren muchos malos estudiantes, sino que la mayoría de ellos acaba consiguiendo el título sin apenas hacer esfuerzo, y por supuesto con muy escasa formación. Y todo ello se da por la sencilla razón de que, en la enseñanza universitaria española, tal como en el resto de los centros y niveles educativos está proscrito el mérito y el esfuerzo, y apenas sirve de guardería en la que se aparca a nuestros jóvenes, a los que se les crea falsas expectativas, se les engaña, y se les acaba suscitando frustraciones.

Claro que, a quienes parasitan a nuestra costa y viven de nuestros impuestos, todo esto les importa un bledo.

Y mientras tanto, existe una enorme cantidad de padres españoles que parecen estar satisfechísimos, enormemente orgullosos con la idea de tener en casa uno o varios titulados universitarios, y orlas que colgar en las paredes… pero con conocimientos, y capacitación que, la empresa privada no pide (tampoco la pública), titulados universitarios que tienen como futuro inmediato el desempleo.

Llegados a este punto, la única conclusión posible es que todos los españoles, salvo honrosas excepciones, viven felizmente engañados.

Pasemos a hablar de la “burbuja universitaria”:

España vive en una continua burbuja, que cambia de forma y de tamaño; la tendencia al endeudamiento, al despilfarro, por parte de las administraciones es enfermiza, obsesiva. Tenemos –y sufrimos- la burbuja de los aeropuertos, también la del AVE, la de las autopistas de peaje y las denominadas “radiales”, la burbuja de las cajas de ahorro… y por supuesto, no podemos olvidar la más famosa de todas: “la inmobiliaria”. Pero de la que apenas nadie habla, y cuando reviente puede tener resultados catastróficos, es de la burbuja universitaria.

¿De veras en España son necesarios 2500 grados y casi 3000 másteres?

España posee más de 1,5 millones de estudiantes universitarios, frente a una población de 3,23 millones de sus mismas edades, es decir una tasa del 47%, lo que nos sitúa en la parte más alta de la lista de países de UE.

En España hay carreras similares, con el mismo programa de estudios, a las que, las universidades les ponen nombres diferentes -cada vez más rimbombantes- con la intención de hacerlas más atractivas pues entre las diversas universidades hay una encarnizada competición en lo de captar alumnos-clientes. Tal es así que, hasta la universidad más pequeña de España ofrece la misma lista de titulaciones que la más grande, pues todos los papás desean que sus hijos estudien cerca de casa.

Otra causa de la desmesura, del exceso de grados y de másteres de nueva creación, es la lucha permanente entre departamentos de las diversas facultades universitarias por conseguir capacidad de influencia. Cada departamento es una taifa que aspira a conseguir el mayor número posible de alumnos, para poder pretextar la necesidad de aumentar el número de profesores, y así y conseguir más poder.

Casi todos los departamentos ofrecen su propio grado, un esperpento, pura demencia. Ofrecer más titulaciones es la excusa perfecta para reclamar más puestos de trabajo. Hasta el extremo de impartirse másteres con escasamente una decena de alumnos.

Existe una hiperinflación, una enorme burbuja de titulaciones: infinidad de títulos que se crean, no para atender a la demanda de los estudiantes sino, para justificar la contratación de profesores, y para conservar sus empleos. Y la calidad de la mayoría de las titulaciones deja mucho que desear…

Y la gran paradoja es que cada año que pasa hay menos jóvenes que el año anterior, y por lo tanto una demanda a la baja, debido al descenso de la natalidad. A pesar de ello, la oferta de titulaciones con baja demanda sigue persistiendo y vuelve a incrementarse, sin que nadie la cuestione ni esté por la labor de ponerle remedio a tamaño desbarajuste.

España cuenta con 83 universidades y más de 240 Campus presenciales, es decir 25 universidades por cada millón de personas en edad universitaria; 1,78 universidades por cada millón de habitantes.

Hablo de una descomunal burbuja a la que nadie pretende poner fin. Y lo peor de todo es que se siguen abriendo nuevas universidades, al ritmo de una por año, y como consecuencia, a corto o medio plazo habrá facultades universitarias en las que muchos profesores no tendrán alumnos o que el número de horas semanales sea auténticamente ridículo.

¿Cómo podemos mantener, pagar, todo esto? Pues, no olvidemos que “nada es gratis”. ¿Estamos dispuestos a seguir malgastando, despilfarrando, derrochando tales cantidades de dinero, con la intención de mantener a nuestros hijos al lado de casa, y para obtener un título sin apenas valor?

Como resultado de lo que vengo narrando, en España existe una minoría de jóvenes altamente especializados, y realmente bien preparados que, generalmente son hijos de padres que se pueden permitir enviarlos a prestigiosas universidades privadas, en España, o en el extranjero. Y obviamente esos jóvenes acaban teniendo más posibilidades de optar a mejores puestos de trabajos y conseguir altos salarios. Y, por otra parte existe una enorme cantidad de titulados universitarios, con formación escasa, precaria que tiene muy difícil, por no decir imposible, acceder a empleos bien pagados.

Ni que decir tiene que este círculo vicioso irá aumentando de forma exponencial a medida que se vaya generalizando la mecanización y robotización de los diversos sectores de la economía.

Frente a esto, solo caben dos soluciones. Una a largo plazo: aumentar la natalidad, e incluso si así se hiciera, tampoco tiene demasiado sentido mantener tal número de centros universitarios. Otra opción sería darle otro uso a multitud de instalaciones universitarias, cerrar algunas de ellas y recolocar a los profesores en otros centros, e incluso, más todavía: reciclar a parte del profesorado universitario, para que preste mejores servicios a los españoles, en otros ámbitos.

Es mucho más barato becar al conjunto de alumnos existentes, más de 1,5 millones con 12.000 euros/año, para que vayan a las mejores universidades, que mantener la burbuja universitaria, la multitud de facultades universitarias que en muchos casos no poseen ni calidad ni excelencia.


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