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Cartas del Director

¿Qué clase de extranjeros hemos acogido?

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Un grupo de "menas"
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La prensa nos trae diariamente su cosecha de hechos delictivos protagonizados por individuos y grupos llegados de allende nuestras fronteras. Una cosecha tan puntual como abundante y luctuosa. Algunos le llaman hechos puntuales, otros hablan de plaga criminal. Que cada cual nombre a las cosas como su inteligencia les dicte.

La pregunta que nos hacemos es : ¿Qué clase de extranjeros hemos acogido? Porque la cuestión no es sólo la cantidad de inmigrantes que se han metido en tromba en España, sino la calidad de los mismos.

Por lo tanto la pregunta es: ¿Quiénes son estas gentes? La respuesta es: básicamente lo peor de sociedades arcaíca y subdesarroladas moldeada por la violencia, el incivismo y el canibalismo social. Es obvio que si los 8.000.000 largos de extranjeros que viven hoy en España fueran polacos, argentinos o (podemos soñar) australianos y noruegos, no tendríamos el enorme problema que está llevando a España hacia un escenario de desorden creciente, conflicto permanente y destrucción segura.

Sin duda el volumen actual de inmigrantes que tenemos, así fueran de nacionalidades parientes y culturas afines, generaría algunos problemas inevitables, debido principalmente a la envergadura de esa masa humana, que sin dudarlo un instante se sitúa entre los 8 y los 10 millones de unidades (contando el millón largo de nacionalizados en esta última década). Pero no tendríamos las cárceles repletas de inmigrantes en las proporciones actuales. Tampoco tendríamos las calles llenas de gentes que parecen salidos de los peores películas de serie B o de los más polvorientos libros de etnología. Y tampoco tendríamos masas cada día más numerosas y reivindicativas que quisieran imponernos sus leyes, sus costumbres y su religión, y convertirse en nuestros amos. Pero la realidad es que la gran mayoría de esta inmigración corresponde a naciones de raza, religión, cultura y moral incompatibles con el pueblo español, y por lo tanto de asimilación imposible dentro de la sociedad de acogida.

Nadie en su sano juicio puede considerar la presencia abigarrada de esta humanidad desbordante que lo está arrasando todo a su paso, es una bendición o una oportunidad para los que han visto, en el espacio de apenas unos años, como su mundo ha sido cambiado dramáticamente y puesto en el camino de desaparecer para dejar lugar a otro más acorde a los gustos de los recién llegados, y que se parece como una gota de agua a otra al que dejaron atrás. Uno se pregunta: ¿Para qué quería esta gente salir de sus países para reproducir en el lugar de llegada lo que han dejado en el lugar de partida?

Estamos ante un fenómeno sin parangón en la historia de la humanidad. Estamos siendo invadidos por gente que está destruyendo el refugio al que han llegado y avasallando al que le ofrece socorro. Nunca en ninguna parte nadie había traicionado a tal punto las leyes de la hospitalidad sin que no lo llamaran “el enemigo”. Que cualquiera de nosotros haga la experiencia de comportarse como lo hacen muchos de estos inmigrantes en sus países: ya veríamos el castigo que nos caería encima. El carácter agresivo y perjudicial que reviste esa inmigración en términos generales, y cuya máxima expresión violenta es la masiva criminalidad que ha traído en su equipaje, justifica plenamente el sentimiento compartido por un número cada vez más grande de españoles de que esta gente es el enemigo. Porque, desde luego, como amigos no se comportan.

El mundo al que vamos no es viable.

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Apoyo a la Guardia Civil

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Algunas actuaciones recientes del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, están produciendo sorpresa y perplejidad. El ministro ha calificado como “inoportunas y poco idóneas” las palabras del general Pedro Garrido durante la conmemoración de la patrona de la Guardia Civil en Cataluña. También la Delegada del Gobierno en dicha Comunidad acudió prontamente a disculparse ante los Mossos de Escuadra, en su nombre “y en el del Ministerio del Interior”, por el discurso del Jefe de la Guardia Civil en Cataluña.

El general Garrido no hizo más que lo propio de un alto mando, agradecer a los agentes la defensa del orden constitucional y el trabajo de “desenmascarar a personas relevantes de las instituciones autonómicas” que pretenden llevar adelante un proceso que es contrario a la ley. Que el ministro del Interior se muestre receloso por el hecho de que un mando de la Guardia Civil apueste públicamente por el cumplimiento de la ley y la seguridad de los ciudadanos en Cataluña resulta bochornoso.

Intervenciones como la del Ministro pueden provocar desafección y desaliento en un cuerpo que debe afrontar cada día un contexto de hostilidad alimentado desde las propias instituciones catalanas. En todo caso reflejan la actitud de un Gobierno más preocupado por la estrategia electoral que por apoyar a quienes se juegan el tipo para preservar el orden y la pacífica convivencia en un momento decisivo para Cataluña.

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Otro giro de Rivera

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Entre las crisis internas de su partido y la preocupación por lo que en cada momento le pronostican las encuestas (en este momento, nada bueno para Ciudadanos), Albert Rivera discurre por la política española improvisando propuestas y confundiendo a sus electores. Sólo en este año, Rivera ha transitado por el espacio político ofreciéndose a unos y a otros, vetando a unos para La Moncloa y bendiciendo a otros como socios preferentes. Del «no es no» a Sánchez, Rivera pasó, en los últimos minutos de la legislatura anterior, a ofrecer su apoyo a la investidura del candidato socialista si aceptaba unas condiciones que, en una hábil y previsible réplica, el PSOE afirmó que ya cumplía. Y ahí quedó el líder de Ciudadanos, con el efímero protagonismo de una oferta que, en vez de trasladar la carga de la culpa sobre Sánchez, acentuó el sentido oportunista con el que se conduce Rivera. Tampoco asumió la negativa socialista con todas sus consecuencias, porque a continuación rechazó el «España suma» que le ofreció Pablo Casado, al que compensó ungiéndolo como socio preferente de Cs para formar gobierno si entre ambos tienen un escaño más que la izquierda.

Pero este alineamiento con el PP para un gobierno de coalición tampoco ha debido tranquilizarle, porque ayer, sin renunciar al pacto con los populares, lo compensó levantando el veto a Sánchez para la próxima legislatura, siempre que se pacten diez reformas sociales y políticas, que no las planteó como condiciones innegociables ni parecen inasumibles para el PSOE. Los críticos de Rivera que abandonaron el partido o sus cargos directivos se sorprenderán con este nuevo volantazo, aunque suponga darles la razón sobre la conveniencia de que Cs sea un partido disponible a pactos diversos.

La pregunta inevitable es si Rivera ha encontrado ya su sitio con esta propuesta de desbloqueo para la próxima legislatura o si tras ella se esconden más saltos tácticos que, en vez de dar claridad a su nueva oferta, la convertirán en una fuente de mayor incertidumbre sobre el papel de Cs en el presente y futuro de España. En este momento, el votante de Cs ya sabe que su líder está dispuesto a formar gobierno con el PP, pero también a apoyar la investidura de Sánchez, en ambos casos con condiciones, como es lógico. Esta opción puede ser tan rentable electoralmente como desastrosa para recuperar votantes perdidos si es percibida como una incongruencia. Todo dependerá de que Rivera haga una campaña que no transforme a su partido en un comodín del que resulte ganador, porque, para ese viaje, sus votantes pueden preferir directamente al ganador. Corre el riego, en fin, de que con tanta pirueta táctica termine de marear a los españoles.

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Cartas del Director

Ignorar las crisis solo las agrava

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Al aluvión de datos macroecónomicos publicados ayer, todos indiciarios de la ralentización del crecimiento económico, ABC añade hoy la cifra que documenta el ritmo de la destrucción de empleo en España: las grandes empresas han activado una nueva oleada de despidos y ajustes laborales en un momento en el que la salida de los ERE vuelve a aparecer en el horizonte empresarial.

El primer semestre del año se cerró el pasado junio con un incremento del 40 por ciento de los expedientes de regulación de empleo, herramienta de ajuste laboral cuya aplicación durante el ciclo de la crisis que arrancó hace una década dejó sin empleo a decenas de miles de trabajadores. Ignorar estas señales e insistir en las políticas de gasto no productivo quizás aporte apoyos electorales a la izquierda, pero representa un acto de grave irresponsabilidad, más aún tras la experiencia -y las cuentas- que hace ahora ocho años dejó el Ejecutivo de Rodríguez Zapatero al equipo de Mariano Rajoy y, más aún, al conjunto de la sociedad española.

El frenazo del PIB, que en el segundo trimestre se quedó en el 0,4 por ciento, el más bajo de los últimos tres años; la baja inflación registrada en septiembre, con un 0,1 por ciento que también es la nota más baja desde 2016, o el aumento de la deuda pública, que en junio marcó un nuevo récord, con 1,21 billones de euros (99 por ciento del PIB) invitan a poner en marcha un programa urgente de reformas, no una política basada en el gasto social y la «reversión» de los ajustes, como anuncia el Gobierno socialista. España está aún lejos de caer en la recesión a la que se dirigen economías como la alemana, la italiana o la británica, pero confiar en la inercia es el camino más fácil para repetir una crisis cuya factura aún no hemos terminado de pagar.

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