Violencia en Cataluña y sorpresa en las elecciones - ALERTA NACIONAL
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Violencia en Cataluña y sorpresa en las elecciones

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Paloma Cervilla.- Una vez finalizada la campaña electoral y con los diferentes sondeos en la mano, no me atrevo a hacer ningún pronóstico sobre el resultado de las elecciones de mañana domingo. Lo que sí tengo claro es una cosa, si la violencia se apodera de Cataluña, si hay intimidación a las puertas de los colegios electorales, si los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad no garantizan la libertad para ir a votar, puede haber sorpresas en el resultado final.

Después de lo que hemos visto estos años, de burla continuada al Estado de Derecho, de pasarse por el forro la Constitución y las leyes y la violencia generalizada tras la sentencia del procés, la gente no está para bromas.
El presidente del Gobierno en funciones, Pedro Sánchez

Hay un hartazgo, en la derecha y en la izquierda, al constatar la impunidad con que actúan los independentistas, y en un día tan señalado como el de mañana, la respuesta está en manos de los ciudadanos y puede ser inmediata. Yo no sé si Pedro Sánchez, cada vez más fuera de la realidad y alejado de los españoles, es consciente de esta situación, que le puede pasar factura.

Los violentos tienen mañana, como se dice coloquialmente, la sartén por el mango, de la mayoría que necesita el actual presidente en funciones para seguir en La Moncloa. Lo hicieron presidente facilitando la moción de censura para echar al PP del Gobierno y mañana, si activan su maquinaria incendiaria, pueden abrir la espita del descontento en el centro derecha y provocar que ésta se movilice para intentar echar al PSOE del Gobierno.


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¿De dónde somos?

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Puerto de Barcelona
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Juan Carlos Girauta.- Durante años dediqué incontables horas de mi tiempo a la misma inutilidad: reivindicar en mil programas de radio y televisión, allí, la catalanidad como algo completamente distinto del catalanismo (que aún existía, aunque agonizante) y por supuesto del nacionalismo catalán. Un mínimo de buena fe intelectual por parte de mis contertulios les habría obligado a aceptar tan discreta obviedad. Pero eran una disciplinada tropa; estuve siempre solo frente a ellos. Eso no me arredraba; confiaba en que el público sí distinguía entre vecindad civil e ideología. Me equivocaba.

Advertía a la tropa del daño que estaban infligiendo a la cultura catalana, empezando por su lengua, ya irremediablemente ideologizada. Lo acaba de afirmar con orgullo el novelista Jordi Cabré: «No es lo mismo decir democracia en catalán que decir democracia en castellano». Ahí lo tienen.

No había pues espacio donde converger. La Cataluña pública llevaba decenios empeñada en convertir una ideología en un hecho de la naturaleza. Con todo, la vida privada seguía siendo en Barcelona tan amable como siempre, y yo seguía sintiendo la ciudad como una especie de prolongación de mí ser, en una agradable evocación perpetua -no necesariamente consciente- de todas las etapas de mi vida. La Diagonal donde nací y viví hasta los veintisiete; me veo en las fotos, con tres años, sosteniendo un «palmón» de Pascua frente a la puerta de casa. Los parques de mis noviazgos; aquí se lo dije. Los grandes cines que tanto frecuenté y que han ido desapareciendo o trocándose en multicines. El bálsamo del Barrio Gótico. Era mi ciudad. Pero dejó de serlo. A mediados de septiembre de 2017, el ministro Zoido tuvo el acierto de ponernos protección a los diputados de Ciudadanos que vivíamos en Cataluña. Hizo bien: a las dos semanas, la convivencia estaba rota. Pasear o salir a cenar era bañarse en miradas de odio, insultos y riesgo físico. Al año y medio lo acepté: los nacionalistas tenían razón, yo no era catalán, ya no existía tal cosa como una catalanidad no nacionalista.

Había roto con amigos de infancia, comprendí que no podía acudir a una cena de promoción de los jesuitas o a una fiesta sorpresa. No era bienvenido por los que hablaban; solo por los que callaban. Y yo suelo responder. Hoy soy un toledano feliz. Debí largarme mucho antes. Los recuerdos de casi toda mi vida habitan un lugar que ya no existe.


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La Constitución de la España siempre noble

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Pablo Casado.- La reciente sesión constitutiva de las Cortes Españolas y las fórmulas de juramento empleadas por medio centenar de parlamentarios electos fueron una verdadera afrenta para la institucionalidad democrática. Si comparamos la firme respuesta del entonces presidente del Congreso, Félix Pons, a una situación similar hace treinta años, con la pasividad con la que se toleró el pasado martes la degradación de tan solemne acto, se evidencia una crisis institucional ante la que es imprescindible rebelarse y cuya conllevancia sería un inmenso error.

La serenidad con la que en 1989 se defendió la dignidad del Parlamento era fruto de la conciencia clara por parte de los dos grandes partidos políticos de que no se puede tolerar la humillación a las instituciones que representan al pueblo español. Este antecedente tuvo lugar, además, pocos días después de que se tirara abajo el telón de acero que separaba el mundo libre de una dictadura que había aniquilado las instituciones y la democracia de sus respectivos países durante décadas.

España se colocó en el lugar correcto de la historia desde 1975 cuando iniciamos un proyecto sugestivo de vida en común con la Transición, una de las obras más exitosas de la arquitectura política del siglo XX. Y la Constitución de 1978 es su gran legado que todos deberíamos defender con determinación y entusiasmo, ante los cada vez más numerosos ataques que sufre. Por algo fue refrendada por casi el 90% de los ciudadanos consiguiendo que los puentes derribaran a los muros y que los españoles gozáramos de los mejores años de nuestra historia reciente.

La España constitucional es un magnífico ejemplo de lo acertadas que son las tesis de los profesores Robinson y Acemoglu en su libro «Por qué fracasan los países». Son las instituciones de las que gozan unos países y no otros las que justifican las diferencias que existen, por ejemplo, entre la ciudad de Nogales en Arizona y la ciudad de Nogales en Sonora, tan solo separadas por pocos metros de frontera.

Las instituciones son las velas indispensables para que los vientos del progreso acaricien una nación, y la España actual ha sido durante más de tres décadas impulsada por esos vientos. Por eso es tan grave tolerar la degradación de las instituciones. Aceptar que una comunidad autónoma viva instalada en la deslealtad o en la abierta ilegalidad, o que una cárcel pueda ser un lugar de peregrinación para negociar la investidura de un presidente de Gobierno no sólo supone una aberración para la dignidad de una democracia sino la garantía del fracaso de un país.

Disfrutamos de una democracia ejemplar cuyo origen es una Constitución de todos y para todos que superó las dos Españas que helaban el corazón de Machado y el cainismo irrefrenable que a lo largo de nuestra historia había devorado a los españoles. Nos reconciliamos, el futuro venció al pasado, las ansias de libertad al miedo, la esperanza al rencor y la concordia a la ira. Ese fue el espíritu de la Transición para solucionar los debates que durante siglos habían dividido a los españoles. Por eso la Memoria Histórica nunca ha sido el rescate del olvido de víctimas del pasado sino una enmienda a la totalidad a la reconciliación de la Transición y a los artífices que la hicieron posible incluidos los provenientes de la izquierda política.

La Constitución de 1978 es la clave de bóveda de nuestro Estado de Derecho, el imperio de la Ley que ha salido triunfante de los dos grandes desafíos que ha padecido nuestra democracia en estas cuatro décadas. Si Don Juan Carlos silenció los sables el 23 de febrero de 1981, Don Felipe lideró al pueblo español en su respuesta al golpe separatista a nuestro orden constitucional, y en la actuación de las fuerzas políticas responsables, los cuerpos de seguridad y los jueces y fiscales para derrotar a la «rauxa del procés».

Sin duda, España tiene en la Constitución la herramienta más útil para recuperar la estabilidad política, y por eso, en estos tiempos recios todos los partidos deberían defenderla sin reservas. Sin embargo, hoy el Partido Popular es el único que tiene los dos pies dentro de la Constitución, que la acepta de manera íntegra, desde el preámbulo hasta la disposición final y por eso nos oponemos a los intentos de ruptura del acuerdo que la alumbró, tanto por quienes desean acabar con la unidad de la Nación española introduciendo la plurinacionalidad, como por quienes pretenden abrir en canal nuestro sistema institucional suprimiendo las autonomías o el Senado.

Vivimos horas graves para nuestra democracia. El Gobierno en funciones no busca socios sino cómplices en una mutación que pretende enterrar cuarenta años de concordia. Eso es lo que significa la hoja de ruta pactada en la cumbre de Pedralbes y los acuerdos con Bildu en no pocas instituciones. Los terroristas de ayer no pueden ser los socios de hoy, como denunció hace pocas fechas un antiguo ministro socialista. Es hora de dejar de jugar con el Estado y de hacer verdadera política de Estado. La Constitución es la solución, no el problema, y por ello lo urgente no es plantear su reforma sino hacerla cumplir de forma decidida. No hay modificación posible ni oportuna cuando lo que se pretende atacar por parte de algunos es el fundamento mismo de nuestro sistema político, que es la unidad de España.

Sin instituciones no hay democracia, y es el momento de ponerlas en valor como expresión genuina de la libertad y los derechos de los españoles. Solo así podremos hacer real esa «España siempre noble» que glosaba Cernuda de Galdós. En nuestra mano está el hacerlo posible defendiendo la Constitución de la Concordia, la verdadera punta de compás de la España contemporánea, que nos convirtió en una Nación de ciudadanos libres e iguales.

*Presidente del Partido Popular


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Disparate nacional en el Congreso y el Senado, “yo juro por Snoopy”

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Paloma Cervilla.- Siento titular así la entrada de hoy de mi blog pero, después de asistir ayer en vivo y en directo a la sesión constitutiva del Senado y seguir la del Congreso, es lo que creo que mejor define la irresponsabilidad de algunas de sus señorías, a la hora de acatar la Constitución.

Un país como España no se merece, lo siento y así lo digo, algunos de los políticos que le representan. No sé puede ir al Parlamento, al lugar donde reside la soberanía nacional, a montar un circo y a faltar el respeto a todos los españoles. Y lo que es peor, con el visto bueno de las presidentas socialistas de ambas cámaras, que han consentido semejante esperpento. PP, Vox y Ciudadanos clamaron en el desierto pidiendo respeto, pero nadie los escuchó.

Y todo ello con el agravante de que los que han montado este espectáculo grotesco, ERC, Bildu, Teruel Existe, JpCat, están llamados a garantizar la gobernabilidad de España y a hacer presidente a un Pedro Sánchez, al que le vale todo con tal de seguir en el sillón de la Moncloa.

La presidenta del Congreso, Meritxell Batet, junto a Pedro Sánchez, autorizó las estrafalarias fórmulas de acatamiento de la Constitución.

En el Congreso ya se empezó mal, porque a una diputada no se le ocurre otra cosa que iniciar la sesión recordando a los políticos presos, sí, no presos políticos, por vulnerar la Constitución. Y en el Senado no fue mejor, el secretario segundo de la Mesa, Imanol Landa, del PNV, acató la Constitución “por imperativo legal”. O sea, uno de los responsables de dirigir la Cámara Alta se pasa por el foro la ley de leyes del Estado.

Y lo que vino después ya fue de vergüenza ajena. Los separatistas catalanes pidiendo la liberación de los presos políticos y la república catalana; los filoetarras de Bildu por la “república vasca”; los de Teruel Existe por una España sin desequilibrios territoriales, y otro por las “trece rosas”. Un despropósito en toda regla.

Solo le faltó a alguno decir que la Constitución “la jura por Snoopy”. Pues esto, señores, es el Parlamento que viene. Con estos mimbres no esperen mucho de una Legislatura que puede quedar en manos de los independentistas catalanes y de la extrema izquierda.

Y mientras, Pedro Sánchez en Buckhingham Palace tomando el té con la reina Isabel II de Inglaterra. Sí, terminado el circo, se fue a Londres a la Cumbre de la OTAN.


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