España
1 de Octubre: Todo igual o peor que hace un año en Cataluña
Uno no hace la paz con enemigos muy desagradables, sino con exenemigos muy desagradables. Es decir, enemigos que han sido derrotados. Como muestran los registros históricos, las guerras no acaban por obra de la buena voluntad, sino de la derrota de una de las partes. El que no gana, pierde. Las guerras suelen acabar cuando los fracasos hacen que una parte se desespere; cuando una parte ha abandonado sus objetivos y acepta la derrota; cuando esa derrota ha agotado la voluntad de luchar de esa parte. En cambio, si los contendientes sigan confiando en alcanzar sus objetivos, la lucha continúa, o puede reanudarse en un futuro.
Este manual básico ha sido sistemáticamente ignorado por los gobiernos de España al afrontar el problema de Cataluña. El resultado es que nos hallamos en un escenario peor que en el de hace un año. Quién nos hubiese dicho entonces que los derrotados del 1 de octubre, como convino en llamarlos la hoy vicenada Soraya, se encargarían meses más tarde de pasaportar al Gobierno de Rajoy en beneficio de Pedro Sánchez, cooperador necesario de los planes golpistas.
La cuestión es que se cumple el primer aniversario del 1-0 y todo sigue igual o peor. Siguiendo con el símil guerrero, lo que está marcando el resultado de la batalla es que una de las partes está combatiendo con todas sus efectivos y material de guerra, mientras que a la otra, por contra, lo que le preocupa es infringir el menor daño posible al enemigo. Si los separatistas catalanes tienen más escaños en el Parlament que antes del 1 de Octubre, Ley Electoral aparte, es porque nunca han sentido complejos en proclamar lo que son ni han recurrido a los camuflajes semánticos para ocultar sus vergüenzas. En cambio,, los partidos llamados unionistas no son siquiera capaces de calificarse a sí mismos como españolistas, recurriendo a un calificativo relacionado con una Constitución ambigua y difusa por la que pocos españoles, por no decir ninguno, estarían dispuestos a dejarse la vida.
Por otra parte, pretender que se puede arreglar en doce meses lo que se pudrió a lo largo de más de treinta años es una ocasión perdida que agiganta nuestra convicción de que estamos siendo gobernados por auténticos cobardes y traidores. ¿Nos podemos sentir extrañados de que los separatistas estén tan envalentonados cuando la vicepresidenta del Gobierno de Sánchez acaba de mariposear con el posible indulto a los sediciosos catalanes, aún cuando sus delitos se hallan pendientes de juicio?
Los golpistas han salido fortalecidos tras el 1-0 porque se ha dado a los golpistas todos los medios y ventajas. El 155 supuso tan sólo la convocatoria de elecciones para que nada cambie y estemos tan mal como al principio. O peor aún. Salir a combatir al enemigo sin la voluntad de aniquilarlo te predispone a la derrota, que es lo que ha pasado. El Gobierno anterior permitió que los separatistas concurriesen a las elecciones con los golpistas encabezando sus listas, con sus estructuras golpistas intactas y con una TV3, al servicio permanente del procès y dedicada día y noche a la tarea de inculcar el odio a España.
Acometer la tarea de derrotar al separatismo sin acabar con sus abrevaderos económicos y propagandísticos sólo puede responder al plan deliberado de un cobarde o de un traidor al servicio de alguna logia. Como describió el periodista Pablo Planas, el peculiar sistema escolar de Cataluña es una de esas estructuras por las que el Estado ha pasado de largo a pesar de tener constancia no sólo de los estragos del perverso y enfermizo método de la inmersión lingüística sino de la carga de adoctrinamiento en la superioridad catalana y la derivada del odio a España que predican unos maestros mutados en comisarios políticos desde preescolar hasta la universidad.
Han pasado sólo unos mees del simbólico acto en el que los directores de instituto entregaron a Puigdemont las llaves de sus centros para celebrar el referéndum ilegal del 1-O. Los siguientes días se dedicaron con extremo celo a inculcar en los críos un rencor ciego y absoluto contra la Policía y la Guardia Civil. Y no es que no les importara que entre los discípulos hubiera hijos de agentes de esos cuerpos, sino que se cebaron especialmente en ellos.
La situación no ha cambiado ni cambiará. Ni se cumplen las sentencias sobre la introducción de una tercera hora de español ni los padres que pretendan hacer valer sus derechos se librarán del señalamiento orquestado por una comunidad educativa infectada por los partidos, por las Administraciones nacionalistas y por unas órdenes religiosas cuyos responsables están en la vanguardia del proceso separatista y parecen gozar a tope con el aplastamiento de los disidentes.
Tampoco van a cambiar los medios públicos y los subvencionados que bombardean las consignas del catalanismo y mantienen un ecosistema informativo en el que un exterrorista como Carles Sastre, condenado por la muerte del empresario José María Bultó, es presentado primero como un “gran reserva del independentismo” y luego como el comprometido líder sindical que monta huelgas de “país” sin que se haga mención a su violento pasado. En la Cataluña mediática, Arnaldo Otegui es un reputado pacifista al que se entrevista con unción, mientras es consideración generalizada que Inés Arrimadas y Xavier García Albiol son unos despreciables fachas.
La reinstauración del orden en Cataluña será prácticamente imposible si no comprende una transformación de las realidades implantadas por el nacionalismo en estas últimas décadas. Y eso requiere mucha mano dura, que es el único método que históricamente ha servido para parar los pies a los separatistas.
España
El pedido de la diplomacia y la entrega de la realidad
La diferencia entre lo que España esperaba de su relación con Marruecos y lo que ha recibido no es un error de logística, sino una tragedia de Estado que el Gobierno celebra como éxito diplomático
Hay un fenómeno contemporáneo que ilustra mejor que cualquier tratado de política internacional la naturaleza de nuestra relación con Marruecos. Es el meme, ya archiconocido, que compara la fotografía pulida del producto que ordenaste en una plataforma de comercio electrónico con el objeto deforme, descolorido y risible que finalmente llega a tu puerta. «Lo que pediste», dice la imagen de la izquierda, mostrando un reloj de precisión suiza. «Lo que recibiste», completa la derecha, exhibiendo un juguete de plástico con pilas oxidadas.
La broma reside en la expectativa defraudada, en la promesa sofisticada que termina en realidad chapucera. Pero lo que ocurre en nuestra frontera sur no es una broma. Es una tragedia de Estado que, lejos de provocar rectificación o indignación, ha sido recibida por el Gobierno español con la resignación de quien acepta la estafa como norma de relación.
El pedido, en este caso, era claro: una política migratoria ordenada, respetuosa con la soberanía territorial, basada en acuerdos bilaterales de reciprocidad. La entrega, sin embargo, ha sido otra cosa enteramente. Ha sido la imagen de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad marroquíes— asaltando sistemáticamente nuestras vallas de Ceuta y Melilla. Ha sido la constatación de que Marruecos organiza, facilita y ejecuta operaciones de presión demográfica contra España como herramienta de política exterior.
Y ha sido, sobre todo, la evidencia de que nuestros gobernantes no solo toleran esta agresión, sino que la celebran, la premian, la llaman «cooperación» mientras el territorio nacional se ve invadido por vías paralelas.
La diferencia entre lo prometido y lo recibido no podría ser más abismal. Pero aquí reside el verdadero escándalo: no es que Marruecos nos haya engañado. Es que nosotros sabíamos perfectamente qué estábamos comprando. Sabíamos que el régimen alauita utiliza la emigración como arma. Sabíamos que cada «crisis» fronteriza coincide con alguna demanda diplomática de Rabat. Sabíamos que el Sáhara, la pesca ilegal, el contrabando de drogas, son monedas de cambio en una partida donde España siempre pierde. Y, a pesar de saberlo, hemos seguido haciendo clic en «comprar ahora», convencidos de que esta vez sí llegaría el producto de calidad.
El ridículo internacional de la debilidad manifiesta
El ridículo internacional de España ha alcanzado proporciones que ya no pueden ocultarse bajo eufemismos diplomáticos. Somos el país que recibe agresiones territoriales organizadas y responde con felicitaciones. Somos la nación que ve cómo su vecino abre las compuertas de la presión migratoria y, en lugar de exigir responsabilidades, amplía los acuerdos de cooperación. Somos el Estado que ha convertido la vulnerabilidad en estrategia, la humillación en política de Estado.
¿Qué imagen proyectamos ante el mundo cuando nuestros ministros brindan en la embajada de Marruecos mientras, a escasos kilómetros, las vallas de Ceuta y Melilla son asaltadas por tropas irregulares? ¿Qué mensaje enviamos a otros actores internacionales cuando demostramos que la agresión contra España no tiene consecuencias, sino recompensas? La respuesta es evidente: enviamos la señal de que España es un objetivo blando, un socio que puede presionarse sin riesgo, un adversario que no defenderá sus intereses ni su dignidad.
Y aquí emerge la pregunta incómoda que la izquierda mediática se niega a formular: ¿hasta qué punto puede llegar esta lógica de rendición antes de que deje de ser política exterior para convertirse en algo más grave? Cuando un gobierno sistemáticamente prioriza la conveniencia diplomática a corto plazo sobre la integridad territorial nacional, cuando celebra acuerdos con quien le agrede abiertamente, cuando sacrifica el interés de sus ciudadanos en el altar de la «relación estratégica» con un régimen autoritario, ¿no estamos ante una forma de capitulación disfrazada?
Israel, tradicional aliado, ha decidido alinearse públicamente con Marruecos en esta controversia, dejando a España aislada en un escenario donde antes contaba con socios. El mensaje es claro: quien no defiende lo suyo no puede esperar que otros lo defiendan por él. La debilidad, en política internacional, no genera compasión. Genera oportunidades para el depredador. Y Marruecos, lejos de ser el único depredador en el entorno, se ha convertido en el más audaz precisamente porque ha comprobado, una y otra vez, que España no morderá. Que España pagará. Que España, al final, agradecerá el golpe.
Complicidad, traición y la alineación israelí
La complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez con esta dinámica de agresión-recompensa no puede atribuirse ya a la mera incompetencia o a la ingenuidad. Es una opción deliberada, una estrategia de supervivencia política que hipoteca el interés nacional a cambio de estabilidad diplomática a corto plazo. Pero hay líneas que, una vez cruzadas, dejan de ser simples errores de cálculo para convertirse en algo más grave. Y la pregunta que inevitablemente surge es si estamos ante una de esas líneas.
¿Puede encuadrarse la actuación de Sánchez en el delito de traición? La pregunta suena extrema, casi barroca en su aparato legal, pero merece ser examinada con seriedad. El Código Penal español define la traición como el que, «con ocasión de guerra, o de alianza o amistad con potencias extranjeras, cause perjuicio grave a la Nación o a la defensa nacional». No estamos formalmente en guerra con Marruecos, pero la doctrina militar contemporánea reconoce la «guerra híbrida» como conflicto real aunque no declarado.
Y en esa guerra híbrida —donde se utilizan armas no convencionales como la presión migratoria masiva, la desinformación, la infiltración— Marruecos nos ha atacado abiertamente. Celebrar acuerdos con el agresor, premiarle con reconocimientos diplomáticos, entregarle posiciones estratégicas como el Sáhara, mientras se produce esta agresión, ¿no constituye un perjuicio grave a la defensa nacional?
La izquierda se escandalizará por la formulación. Dirá que es exageración, que es lenguaje propio de conspiraciones, que la realidad es más compleja. Pero la realidad, en este caso, es sorprendentemente simple: un régimen extranjero organiza invasiones de nuestro territorio, y nuestro gobierno le felicita. Si eso no es complicidad con el agresor, ¿qué es?
Y aquí entra en juego el factor israelí. La alineación de Israel con Marruecos en este conflicto no es anecdótica. Es el reconocimiento de que el mapa de alianzas en el Mediterráneo ha cambiado, y que España ya no cuenta con la influencia ni la credibilidad que antes le otorgaban posiciones de equilibrio. Cuando un socio tradicional como Israel decide que más vale estar con el agresor que con la víctima, el mensaje sobre la decadencia española en el escenario internacional es devastador.
No se trata de que Israel sea malo o bueno; se trata de que Israel, como cualquier actor racional, apuesta por quien demuestra fuerza y deja a quien demuestra debilidad. La geopolítica no tiene amigos, tiene intereses. Y España, en esta partida, ha demostrado no saber defender los suyos.
La felicitación al agresor
Pero quizás el gesto más insultante, el que mejor ilustra el abismo entre la retórica oficial y la realidad, sea la insistencia del Gobierno en «felicitar» a Marruecos como socio fiable mientras las pruebas —fotográficas, de video, de testimonios de guardias civiles, de informes de inteligencia— demuestran que las fuerzas marroquíes colaboraron activamente en la invasión. No miraron hacia otro. No fueron incapaces de contener. Organizaron. Facilitaron. Ejecutaron una operación de presión.
¿Cómo se llama a quien felicita a quien le ha agredido? ¿Cómo se denomina a quien celebra acuerdos con quien acaba de violar su frontera? En el lenguaje clásico de la política, se llamaría cómplice. En el lenguaje diplomático actual, se llama «pragmático». Pero la realidad no cambia por la elegancia del eufemismo. La realidad es que nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo líquido que pueden vender por estabilidad política a corto plazo, que el español de a pie debe aceptar la inseguridad y la humillación con tal de que Sánchez siga en La Moncloa.
Y lo más grave es que esta lógica no tiene visos de revertirse. Cada asalto a la frontera es seguido de más concesiones. Cada crisis migratoria organizada desde Rabat termina en más cheques firmados por Madrid. Cada demostración de debilidad invita a la siguiente presión. Es un ciclo que solo puede terminar de dos maneras: o Marruecos alcanza todo lo que quiere —reconocimiento pleno del Sáhara, fondos europeos ilimitados, silencio sobre sus violaciones de derechos humanos— y España se convierte en un satélite económico y diplomático del Reino alauita, o la sociedad española despierta y exige que se ponga fin a esta humillación sistemática.
Conclusión: El vendedor que siempre engaña
La diferencia entre lo que pedimos y lo que recibimos no es, al final, un problema de logística diplomática. Es un problema de voluntad política. Es la constatación de que hemos elegido gobernantes que no creen en España como nación digna de defensa, que conciben la soberanía como un anacronismo molesto, que prefieren la sumisión cómoda a la resistencia costosa.
El meme de Aliexpress funciona porque todos hemos experimentado la decepción de la expectativa defraudada. Pero en el comercio electrónico, al menos, puedes reclamar. Puedes devolver el producto. Puedes exigir tu dinero de vuelta. En la política exterior de Sánchez, no hay devoluciones. No hay reembolsos. Solo hay más pedidos a un vendedor que ya ha demostrado, una y otra vez, que enviará basura y cobrará como si fuera oro.
Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado atrás. Y nosotros seguimos brindando en la embajada del agresor, convencidos de que si sonreímos lo suficiente, quizás esta vez sí llegue el producto de calidad. Pero no llegará. Porque el problema no es el vendedor. Es que nosotros hemos olvidado que en el mercado de la geopolítica, quien no defiende su posición termina siendo mercancía. Y España, bajo este Gobierno, está a punto de liquidarse en el mercado de ocasión de la historia.
Alerta Nacional | Análisis de política exterior y soberanía nacional
