Viernes, 28 de agosto de 2026
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Sociedad

Adiós a Yayoi Kusama: la mujer que convirtió sus alucinaciones en infinito

 

La reina de los lunares se marcha a los 97 años. De las visiones de su infancia a los templos espejados que hechizaron al mundo: una vida convertida en arte.

La semana terrible continúa. Apenas un día después de despedir a Tim Curry, el arte contemporáneo pierde a su figura más singular: Yayoi Kusama ha muerto a los 97 años en un hospital de Tokio, según han anunciado el museo y la fundación que llevan su nombre[2][4][6]. La artista japonesa falleció en realidad el pasado 14 de agosto, aunque la noticia no se hizo pública hasta ayer: doce días de silencio que dicen mucho de una mujer que convirtió la discreción en forma de vida[1][2][5]. Trabajadora compulsiva y prolífica que rara vez hacía bocetos antes de ponerse a pintar, siguió produciendo arte hasta el final desde el hospital y el pequeño estudio cercano que fueron su refugio durante décadas[1][5]. Y se marcha como vivió: habiendo transformado la enfermedad en lenguaje, la obsesión en belleza y una infancia rota en uno de los universos estéticos más reconocibles de la historia. Los lunares —esa firma infinita que llenó lienzos, calabazas, habitaciones espejadas y museos enteros— seguirán latiendo mucho después de que la mujer que los vio por primera vez en sus alucinaciones haya cerrado los ojos.

Las visiones de Matsumoto

Yayoi Kusama nació el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, en el Japón central, hija de los dueños de un vivero de plantas[5]. Su infancia estuvo marcada por el conflicto familiar y por algo más extraño y más determinante: visiones y alucinaciones en las que patrones, redes y puntos se apoderaban de cuanto la rodeaba[3][8]. Cualquier otra persona habría buscado curarse de ellas. Kusama hizo algo más audaz: las convirtió en materia prima. «Al reproducir una y otra vez las formas de las cosas que me aterran —explicó alguna vez—, consigo dominar el miedo»[4]. Desde niña desarrolló, a partir de aquellos episodios, el estilo de lunares y redes que acabaría siendo su sello inconfundible. Pero el Japón de posguerra, rígido y asfixiante, no ofrecía territorio para una mujer con semejante mundo interior, y su espíritu inconformista buscó salida.

Nueva York: redes infinitas y escándalo

A finales de los años cincuenta cruzó el océano y se instaló en Estados Unidos, donde pronto comenzó a llamar la atención con sus inmensas pinturas abstractas: las Infinity Nets, redes infinitas compuestas por miles de pequeños trazos curvos sobre superficies blancas o negras[4]. En la Nueva York de la vanguardia hizo de todo y escandalizó con todo: esculturas blandas de formas fálicas —incluido un célebre sofá— y desnudez reivindicativa que escandalizaba tanto al establishment neoyorquino, dominado por hombres que no supieron verla, como a la conservadora sociedad japonesa[2][5]. Colegas como Donald Judd, Joseph Cornell o Eva Hesse reconocieron pronto su talento experimental, pero aquel respeto nunca se tradujo ni en ventas ni en estabilidad: apenas llegaba a fin de mes y luchaba contra la ideación suicida[5]. Organizó happenings y pinturas corporales de protesta contra la guerra de Vietnam, y se dice que influyó en nada menos que Andy Warhol. En 1965 llegó su gran salto: Infinity Mirror Room – Phalli’s Field, la primera de sus habitaciones de espejos, que envolvía al visitante en un espacio sensorial donde los puntos rojos y blancos se multiplicaban hasta donde alcanzaba la vista[5]. Un año después protagonizó uno de los gestos más legendarios de su carrera: presentó su Narcissus Garden en la Bienal de Venecia sin haber sido invitada. Y en 1967 su famosa Self-Obliteration coronó aquellos años de provocación.

El regreso y el hospital

La factura de tanto exceso fue altísima. En 1973, mentalmente agotada, regresó a Japón. Y ahí tomó la decisión que define su biografía mejor que ninguna otra: a partir de 1977 ingresó voluntariamente en un hospital psiquiátrico de Tokio, donde residió durante décadas, trabajando desde la institución y desde un pequeño estudio cercano[1][5][8]. No fue una retirada: desde aquella quietad siguió produciendo arte con disciplina de fábrica. Pero el mercado la olvidó. Hubo que esperar más de una década para que, a finales de los años ochenta, llegara la gran revaluación de su obra[1].

La resurrección: icono global a los noventa años

Porque la historia de Kusama es, también, la de la venganza más lenta y dulce del arte. Convertida en una de las artistas más célebres y más vendidas del mundo[1][2], alcanzó el estatus de icono cultural global en sus ochenta y noventa años, tras décadas de ostracismo[2]. Sus Infinity Mirror Rooms —templos de espejos, luces y elementos repetidos que sumergen al visitante en un espacio aparentemente infinito— transformaron el acto de mirar arte en experiencia inmersiva, fenómeno de museo e incluso sensación fotográfica[4][8]. En 2013, en su última visita a Nueva York, inauguró la primera de sus muchas exposiciones en la galería David Zwirner, con colas de una hora para entrar[1].

Su imaginario desbordó los museos: colaboró con Louis Vuitton —en 2023 una versión gigante de la artista asomaba desde el edificio de la firma en París, y este mismo año una gran escultura suya se alzaba entre la sede de Vuitton y los almacenes Samaritaine— y este 2026 el Museo Ludwig de Colonia le dedicó espacio destacado[1]. La retrospectiva de la Fondation Beyeler, vista en Basilea y Colonia, viajará al Stedelijk de Ámsterdam entre septiembre de 2026 y enero de 2027, y su exposición KUSAMA’s POP sigue abierta, tal y como ella quería, hasta el 30 de agosto. El público español la recuerda bien: la celebrada muestra del Guggenheim de Bilbao convirtió el museo en un territorio de asombro colectivo. En sus últimos años, rara vez se dejaba ver en público, incluso mientras sus obras crecían en escala y se extendían por el planeta[5].

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«El amor puede salvar al mundo»

La causa de la muerte no se ha hecho pública[2][3]. El comunicado oficial del museo y la fundación que llevan su nombre la despidió «con profundo dolor»[2][6]. Y no faltó quien la resumiera con la frase que mejor la define: «En el momento de su fallecimiento, Kusama era, sin ninguna duda, la artista viva más famosa del mundo»[7].

Kusama nos deja la demostración más luminosa de que el arte puede ser refugio y supervivencia: una niña que veía puntos donde nadie los veía, una joven que escandalizó a dos continentes, una mujer que se recluyó en un hospital psiquiátrico y salió de él, décadas después, convertida en la artista más querida del planeta. Su silueta inconfundible —la peluca roja, los lunares— fue la armadura de quien decidió fundirse con el cosmos antes de que el cosmos la borrara. Lo consiguió. Cada espejo infinito que se instale a partir de ahora en cualquier museo del mundo será, sin decirlo, una pequeña promesa de eternidad. Descanse en paz la reina de los lunares. El infinito, esta vez, la tiene entera para ella sola.

 

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