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Historia

Camisetas del Che Guevara en el Orgullo, un homófobo que encerró a cientos de homosexuales en campos de trabajo

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Manuel P. Villatoro.- La revolución cubana orquestada por Fidel Castro logró algo que el ministro de propaganda nazi Joseph Goebbels anheló durante toda la Segunda Guerra Mundial: conseguir grabar a fuego una idea en la mente de la sociedad. los barbudos que se alzaron contra Fulgencio Batista hicieron -casi sin pretenderlo- que uno de sus guerrilleros más controvertidos, Ernesto Guevara, pasara a la historia como el símbolo del buen y racional combatiente. Tanto es así que, en la actualidad, su semblante luce orgulloso en cientos de miles de camisetas de jóvenes y mayores. La realidad, sin embargo, es que poco tenía el Che de santo (y mucho de asesino).

Pero los símbolos es lo que tienen, que es imposible extirparlos a golpe de realidad histórica una vez que se han introducido en el imaginario colectivo. El ejemplo de ello fue la pasada celebración del Día del Orgullo Gay, donde pudo verse a varios manifestantes luciendo orgullosos camisetas con la cara del Che. Un error histórico sonrojante ya que, a pesar de lo que narra el mito, Guevara cargó en repetidas ocasiones contra los homosexuales al considerarles contrarios a su ideal de «hombre nuevo» (aquel que debía alzarse sobre el resto tras la revolución). Por si fuera poco, el guerrillero llegó a tildarles de «pervertidos sexuales» y, con la ayuda del también homófobo declarado Fidel Castro, les persiguió y les internó en campos de trabajo.

Revolución contra los homosexuales

Entender el odio que la revolución cubana exudaba contra los homosexuales requiere retroceder en el tiempo hasta el siglo XIX. Así lo afirma Carlos Tejo Veloso (Vicedecano de Relaciones Internacionales de la Universidad de Universidad de Vigo) en su dossier «Nadando contra corriente: práctica artística y homosexualidad en la Cuba contemporánea». En sus palabras, los «grandes próceres de la patria» cubana contribuyeron a construir «un modelo de héroe asociado a un viril estereotipo de ideal masculino». El mismo del que, poco después, bebieron Castro y Guevara. Uno de los primeros fue el escritor y político José Martí, quien, en su obra «Nuestra América», identificaba al «homosexual con un ser afeminado incapaz de construir una nación y lo definía como un inservible detritus del materialismo moderno».

Martí, defensor de la heterosexualidad como medio para lograr aumentar la natalidad, fue uno de los ideólogos en los que, a partir de 1959, se basaron las políticas de los revolucionarios que arribaron a La Habana en 1959. Aunque otros autores tampoco se olvidan de la influencia del machismo de la época, del estalinismo y del comunismo chino en esta mentalidad. Estos últimos, dos movimientos que consideraban la atracción hacia personas del mismo sexo como un signo de «decadencia burguesa» y de debilidad. Casi «un virus que irremediablemente excluye a la persona infectada de la construcción del proyecto revolucionario», en palabras del propio Tejo Veloso. La investigadora Frances Negrón-Muntaner es de la misma opinión en su documentado «Mariela Castro, los homosexuales y la política cubana».

En todo caso, lo cierto es que los castristas centraron sus esfuerzos en hacer que la sociedad viera a los «guerreros barbudos» como hombres viriles capaces de salvar la revolución; todo lo contrario que a los homosexuales. «En la Revolución, la homosexualidad se consideraba una fase que había que superar si se pretendía cumplir con los objetivos marcados por el sistema», añade el estudioso en su obra. Así lo corrobora también Guillermina Sutter Schneider, Asistente de Investigaciones del Centro para la Libertad y la Prosperidad Global, en «¿Eres gay? El Che Guevara te hubiera enviado a un campo de concentración». Para Fidel y sus compañeros, atributos como la fuerza y la valentía (que creían tan necesarios en el nuevo régimen que organizaban) eran contrarios al ahora colectivo LGTB.

Homófobo declarado

A nivel particular, el Che consideraba la homosexualidad contraria a su ideal de «hombre nuevo» (el arquetipo de varón que, en sus palabras, debía alzarse sobre los poderes establecidos y sobre cualquier forma de dominio). Según el periodista Carlos Alberto Montaner, este debía ser «un obrero vigoroso, gallardo, trabajador, patriota, desinteresado, heterosexual, monógamo y austero». Eso le llevó a considerar a los gays y a las lesbianas como unos «pervertidos sexuales» y (en palabras del investigador y escritor Cabrera Infante) «gente enferma» que debía dejar paso al mencionado «hombre nuevo, políticamente sano y producto de la Cuba comunista».

Otro tanto ocurría con el mismo Fidel Castro, quien, en varias entrevistas, sostuvo la incompatibilidad del homosexual con el grupo revolucionario que dirigía: «Nunca hemos creído que un homosexual pueda personificar las condiciones y requisitos de conducta que nos permita considerarlo un verdadero revolucionario, un verdadero comunista. Una desviación de esa naturaleza choca con el concepto que tenemos de lo que debe ser un militante comunista». No obstante, la profesora de la Universidad de Warwick Stéphanie Panichelli-Batalla es partidaria en su libro «El Testimonio en la Pentagonía de Reinaldo Arenas» de que, en realidad, la pareja de dirigentes solo despreciaba a los gays que «rechazaban su naturaleza masculina» y tenían una forma de ser afeminada.

En todo caso, donde se puede ver el odio del régimen castrista hacia los homosexuales es en la represión que se organizó contra ellos en los años sesenta. Así, el estado no tardó en considerar a los gays como detractores del nuevo gobierno y potenciales enemigos que se declaraban en contra de lo patriarcalmente normativo. En palabras de Tejo Veloso, las primeras detenciones de este colectivo se perpetraron «por los recién creados Comités de Defensa de la Revolución (CDR)», un organismo civil de voluntarios que se infiltraban en los barrios y denunciaban «todas aquellas actitudes que pudieran ser consideradas antirrevolucionarias». Poco después, los presos empezaron a ser internados en campos de trabajo.

Así lo confirmó el escritor, opositor y periodista Jacobo Machover a la cadena BBC en el año 2017. En sus palabras, se suele olvidar que fue el Che «quien creó el primer campo de trabajo de Cuba, que fue situado en la península Guanahacabibes». Una prisión donde «metían a funcionarios o militantes del Partido Comunista que no habían cumplido con las normas» y que, a la postre, fue «el primer paso hacia los campos de trabajo forzado que hubo en Cuba en los años 60, tristemente conocidos como Unidad Militar de Ayuda a la Producción (UMAP)». Según sus declaraciones, en estos enclaves «fueron encerrados homosexuales, católicos o adeptos de las religiones afrocubanas».

A su vez, Machover cargó durante esta entrevista contra el Che Guevara al afirmar que «fue el principal organizador de esos crueles centros». Lo mismo ocurre con Sutter, quien tilda estos de centros de internamiento de campos de concentración. «Este campo fue el primero de muchos. De los Nazis, el gobierno cubano también adoptó el lema de Auschwitz “El trabajo te libera”, cambiándolo por “El trabajo los hará hombres”», explica en su artículo. A su vez, es partidaria de que se les forzaba a trabajar durante un número ingente de horas para «corregir su conducta homosexual».

El profesor español es de la misma opinión. En su dossier, afirma que los homosexuales se convirtieron en «una numerosa comunidad dentro de estos singulares espacios para la reeducación». Además, es partidario de que, en el año 1971, y con motivo de la celebración del «I Congreso Nacional de Educación y Cultura», el gobierno castrista reconoció que la homosexualidad era una desviación patológica y prohibió que los gays representaran al país en actos oficiales que se sucedieran fuera del país. Este fue solo el principio. Y es que, en los años setenta se implantó la «Ley de ostentación homosexual», que prohibía las manifestaciones públicas de afecto entre personas del mismo sexo.

Tras la camiseta

A pesar de que se le trata como cubano, Ernesto Che Guevara nació el 14 de junio (o el 14 de mayo, dependiendo de los historiadores) de 1928 en Rosario, Argentina. Lo hizo en el seno de una familia bastante acomodada, lo que le permitió acceder a estudios superiores de medicina en 1947. Para entonces -y según afirmó su amigo Carlos Ferrer en un documental- ya se había ganado el apodo de «chancho» debido a que solo se lavaba la ropa una vez a la semana. A su vez, el futuro revolucionario ya había demostrado que padecía (en palabras del entrevistado) de una «hipersexualidad» latente. No en vano perdió su virginidad a una temprana edad con la empleada del hogar contratada por sus padres.

Su carácter revolucionario, que ya empezaba a salir a la luz, terminó de moldearse en 1952, cuando hizo un viaje de 10 meses en moto por Argentina con el objetivo de reconocer todos sus recovecos. «Recorrió 3.500 kilómetros de sur a norte», explica la Fundación Che Guevara en un dossier sobre este personaje. Durante el trayecto, conoció de veras lo que era la miseria del país tras convivir con leprosos y vivir en sus propias carnes la pobreza que le rodeaba.

Según su amigo Alberto Granado, el Che siempre hizo gala de que los viajes eran la mejor forma de crearse una opinión verdadera sobre el mundo: «Solía decir a sus compañeros estudiantes. “Mientras vosotros estáis aquí estudiando para tres exámenes, yo voy a ver la provincia de Santa Fe, el norte de Mendoza, el este de Mendoza, y por el camino estudiaré para aprobar esos exámenes a la par que vosotros». Fernando Barral (un psicólogo que le conoció) también ha hecho referencia a su independencia en múltiples entrevistas: «Se mostraba increíblemente seguro de sí mismo y tenía unas opiniones totalmente independientes. Era muy dinámico, incansable y poco convencional».

Con cada país que visitaba, el Che se iba empapando cada vez más del espíritu revolucionario latente en América Latina. Por ello, no fue raro que -en 1955- conociera a Raúl Castro y su hermano Fidel, quienes estaban preparando un golpe de estado contra el gobierno de Cuba. «De inmediato se enroló como el tercer miembro confirmado de la futura expedición de la guerrilla. Después, Guevara se dedicó al entrenamiento de los combatientes y los cubanos», explica Michael Ratner en su obra «Che Guevara and the FBI: U.S. Political Police Dossier on the Latin American Revolutionary Paperback».

Nuestro protagonista desembarcó como médico con el contingente formado por estos revolucionarios en 1956 y, poco después y por su valentía, se convirtió en lugarteniente de las fuerzas. Así, el Che hizo válido una de las frases por las que sería recordado: «Con quince años un hombre ya sabe cuáles son las cosas por las que quiere morir y no tiene miedo de dar su vida si tiene un ideal que haga fácil ese sacrificio». El 17 de febrero de 1957 fue nombrado «comandante», título por el que sería conocido en todo el mundo.

Unos meses después, ya como líder militar, venció a las tropas del gobierno de Fulgencio Batista y entró en La Habana victorioso. Había pasado de ser un médico, a un líder revolucionario. Y en ese camino había sido acusado de llevar a cabo todo tipo de asesinatos y matanzas.

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Hispanidad a la española: del Himalaya a Los Andes

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Recuerdo que una de las historias que más me cautivaron en mi niñez y adolescencia fue la que protagonizó el niño italiano de nombre Marco, que emprendió un viaje épico desde Italia hasta América con el fin de encontrar a su madre, que había emigrado a tierras del Nuevo Mundo para trabajar y dar una mejor vida a sus hijos.

La historia tenía como título «Marco: de los Apeninos a los Andes», relato breve incluido por Edmundo de Amicis en su novela «Corazón», editada en 1886.

Si cambiamos los Apeninos por el Himalaya, nos quedaría un título perfecto para explicar con pocas palabras la nauseabunda catarata de mentiras con las que los rojiprogres pretenden destrozar nuestra historia: «Del Himalaya a los Andes». Como se ve, todo se reduce a una simple cuestión orográfica, pues por algo somos el segundo país más montañoso de Europa, de modo que estudiar nuestra historia equivale a hacer un «trekking» ―perdón por el palabro inglés― por cordilleras gigantescas, a hacer escaladas más allá del Naranco de Bulnes, en un juego de la oca que tiene como estribillo «y miento porque me toca».

En efecto, el Himalaya de mentiras por cuyas barrancas se han despeñado generaciones enteras de españoles aborregados hasta la náusea tiene varios ochomiles majestuosos, cumbres negras construidas engaño a engaño, embuste a embuste, leyenda a leyenda. Las falsedades sobre nuestra Historia son de tal magnitud, que, además del Himalaya, el movimiento tectónico causado por las patrañas ha levantado en España incluso un Andes de mentiras, otra cordillera más para atacar la Hispanidad, para manipular la historia patria a conveniencia de la «Sinagoga de Satanás», que nos acosa desde del mismísimo «Big Bang».

Extraña y sorprendente magia luciferina la de los giliputienses progres, que convierten la Reconquista en una aventura imperialista contra una civilización musulmana excelsa, y nos exigen pedir perdón por la conquista de Granada; pasmosa visión de nuestra Patria, que según la patulea de giliignorantes ha sido gobernada por siniestros individuos hijos de Torquemada, genocida macabro que quemó a cientos de miles de inocentes, cuando los documentos históricos demuestran que, en sus 400 años de existencia, solo se le pueden imputar unas 2.000 víctimas, pecata minuta al lado del holocausto que sufrieron los católicos a manos de los protestantes y los anglicanos, cifra que palidece ante las más de 10.000 víctimas católicas ―18.000 si se les suman las matanzas del genocida Lluis Companys― provocadas por el Frente Popular.

Pero a lo que íbamos, después del Everest de la inicua memoria histórica antifranquista, tenemos el espectáculo del famoso Aconcagua andino, que con sus 6960 metros es la mayor cumbre delos hemisferios sur y occidental. Aconcagua de mentiras con las que la ideología izquierdista ha tergiversado la historia dela conquista y colonización de América, magno evento civilizador que, en palabras del papa León XIII, «es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás».

Extraño caso el de España, perpetradora de los más tremendos genocidios de la Humanidad según los lobotomizadores rojos: musulmanes, brujas, protestantes, indígenas, milicianos… Enormes muchedumbres que cayeron bajo nuestra cruel guadaña, que inmisericorde segó vidas inocentes, alcanzando su paroxismo de horror con los indiecitos lindos como corderitos en flor, y con los nobles y puros y pobres milicianitos que curraban por construir el paraíso de las famélicas legiones.

Y así tenemos que los sherpas perrofláuticos del Himalaya de mentiras sobre el franquismo han abierto desde tiempo inmemorial una franquicia en los Andes, la cual ha lavado el cerebro a incontables generaciones presentando la epopeya americana como la madre de todos los genocidios. ¿Por qué será que la patulea comunista, responsable de la muerte de más de 100 millones de personas, se empeña en ver genocidios en nuestras empresas más gloriosas?

Esta mentira cósmica que hace de la Hispanidad la «fiesta del genocidio indígena» resiste contra viento y marea la verdad histórica, archisabida, pero archiolvidada, de que la mortandad indígena no fue causada por mengeles españoles, ya que fue provocada por el hecho de que los españoles transmitieron a los autóctonos unas enfermedades contagiosas para las cuales los indios carecían de defensas ―especialmente la viruela y el sarampión―, enfermedades infecciosas que provocaron entre un 75 y un 95% de la mortandad indígena.

Otras verdades como panes demuestran fehacientemente que los españoles pudieron conquistar esos imperios enormes porque contaron con el apoyo de la gran mayoría de los pueblos que estaban hartos de la opresión totalitaria de esos imperios, la mayoría de los cuales se alimentaban de las torrenteras de sangre de los satánicos sacrificios humanos.

En el año 1521 Andrés Tapia, acompañante de Hernán Cortés, dio testimonio de una torre de cráneos en Tenochtitlán, que pertenecían a hombres mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el imperio azteca. Este siniestro monumento fue descubierto en el 2017, como prueba material de que eran verídicos los testimonios de los cronistas sobre el genocidio que se practicaba en los imperios precolombinos.
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, afirmaba en una carta datada en 1524 que en todo el imperio azteca se sacrificaban al año más de 72.000 personas, entre ellas 20.000 niños. Para el investigador Mariano Cuevas (1879-1949), esa cifra estaba en torno a los 100.000 sacrificios anuales. En el primer volumen de su «Historia de la Iglesia en México», afirma que Andrés Tapia y Gonzalo de Umbría estimaron en 136.000 calaveras los restos de los sacrificios que hallaron en las vigas y gradas de Mixcoatl. En dicha obra, Cuevas sostiene que el objetivo de las guerras entre los pueblos precolombinos era capturar el mayor número de prisioneros para luego sacrificarlos, ritual que consistía en arrancar el corazón a las víctimas, decapitarlos, y comérselos después. Estas prácticas eran comunes en prácticamente todas las culturas precolombinas. Estos horrendos genocidios cesaron tras la conquista española y, por supuesto, han sido silenciados en los libros de texto.

Para rematar la mentira genocida, es un hecho ya aceptado entre los historiadores que los españoles fuimos los creadores de los Derechos Humanos, cuya ideología se aplicó al trato con los indígenas del Nuevo Mundo, impulsada por la misma Isabel la Católica.

Pero no hace falta ser experto en historia para descubrir que los Andes de mentiras es un burdo intento por manipular la verdad de nuestra historia, ya que basta darse una vuelta por Madrid para desmochar sin cuartel esa cordillera de estafas y engaños.

En efecto, que me digan a mí y a los madrileños que la colonización de América fue un genocidio, cuando nos vemos transportados en un plis-plas a exóticos lugares, en fantásticas excursiones por Macchu-Picchu y alrededores, tal es la calidad indígena del ADN de muchos sudamericanos que pululan por nuestras calles.

Al verme rodeado por ellos en cualquier esquina de Madrid ―y no digamos en alguno centros comerciales del extrarradio madrileño― no puedo por menos de pensar que fue muy extraño el presunto genocidio que hicieron nuestros antepasados conquistadores en las Américas, porque, aparte de tenerlos a cientos de miles en nuestras calles con una fisonomía plenamente indígena, tiene que haberlos por millones en los actuales países hispanoamericanos. Si el genocidio fue como lo pintan los giliprogres, ¿cómo se explica que quedaran tantísimos indígenas? Chi lo sa. Y también hay que contabilizar a aquellos que no tienen tanta pureza racial por haberse mezclado con españoles, ya que fuimos el único imperio en el que los conquistadores se no tuvieron reparo a la hora de mezclarse con las poblaciones nativas, caso insólito en los imperios anglosajón, francés, holandés…

Caso bien distinto es el de los indios que tuvieron la desgracia de habitar las tierras de América del Norte, donde, además de los búfalos ―que exterminaron sin piedad con el fin de matar de hambre a los indios que se alimentaban de ellos―, los blancos anglosajones diezmaron sin piedad las tribus nativas, hasta el punto de que hoy se calcula que éstas ―contando también Alaska― sólo cuentan con poco más de 4 millones de individuos: espeluznante cifra. Por ejemplo, solamente quedan unos 96.000 apaches, 18.000 cheyennes, 19.376 comanches, 80.000 iroqueses… ¿para qué seguir? Es decir, que antes daban para alguna película del Oeste como extras y poco más, pero hoy ya ni eso, porque ya no se hacen.
Dato tremendo es que, de las 570 etnias indias en América del Norte, más de la mitad están asociadas a reservas. No he estado nunca en América del Norte, pero me da que es sumamente difícil toparse por las calles de sus ciudades con cherokees, comanches, apaches, chirikawas, sioux, etc, incluso en la multirracial Nueva York.

En cuanto a la salvaje explotación de los indígenas, es cierto que la sufrieron las poblaciones autóctonas, pero los países o imperios que no incurrieran en esta práctica que tiren la primera piedra, y eso no es óbice para que estén orgullosos de su historia y proclamen su patriotismo urbi et orbe.

Si los rojiprogres hispanófobos quieren denunciar genocidios, más les valdría denunciar los ignominiosos ejemplos de algunos países elogiados por su civilización y su democracia, los cuales tuvieron lugar en un tiempo donde ya existían los derechos humanos y las ONGs.

Ahí tenemos el siniestro caso de la maravillosa y moderna Suecia, paradigma de socialdemocracia —aún recuerdo al hipócrita primer ministro Olof Palme pasando la hucha por las calles para conseguir dinero contra Franco con el fin de protestar contra la condena a muerte de unos terroristas—. Pues en este país tan deslumbrante se esterilizó a 230.000 personas entre 1935 y 1996 «en el marco de un programa basado en teorías eugénicas» y por razones de «higiene social y racial», orientado a preservar la «pureza de la raza nórdica». Lapones, gitanos, poblaciones de raza mixta… ninguna minoría escapó a este horror. Eso sí que era una «solución final» —por cierto, los suecos no pudieron disimular sus simpatías por el nazismo—.

También animo a estos gilirrojos antiespañoles a investigar el espantoso genocidio que se perpetró en el Congo cuando era colonia de la Bélgica del rey Leopoldo II, fundador y único propietario del Estado Libre del Congo, corrupto y salvaje explotador de los indígenas que se hizo con una enorme fortuna explotando el caucho y los diamantes de ese territorio africano, para lo cual no dudó en masacrar a la población nativa como si fuese mano de obra esclava, hasta el punto de que la carnicería afectó a la mitad de la población, unos 10 millones de personas. Una campaña de investigación que estremeció a Europa destapó el increíble horror de este genocidio, donde destacó el hecho de que los encargados de las concesiones exigían a los soldados nativos que les llevaran las manos cortadas de aquellos a quienes habían asesinado, para asegurarse de que no habían desperdiciado cartuchos.

Pero los muchos ejemplos de genocidios que se podrían citar quedan eclipsados por la apocalíptica hecatombe producida por los regímenes comunistas. Sin salir de la Rusia estalinista, durante La Gran Purga entre 1937 a 1939 se contabilizaron 8,5 millones de detenciones, más de un millón de ejecutados, y más de dos millones de muertos en los campos de internamiento.

Anteriormente a esta Gran Purga había tenido lugar el dantesco apocalipsis del «Holodomor», nombre bajo el cual se conoce la devastadora hambruna que asoló Ucrania durante los años 1932-1933, que causó la muerte de entre 1,5 y 10 millones de personas, horror que según muchos historiadores fue provocado intencionadamente por Stalin el exterminador, que pretendía acabar con el nacionalismo ucraniano colectivizando despóticamente las tierras de los campesinos.

La China maoísta, por su parte, es responsable de 65 millones de muertos.

Ya lo decía Jean François Revel: «El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Solo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso». Chapeau, maestro.

Por cierto, el relato «De los Apeninos a los Andes» finaliza con las palabras que el médico que atendía a su madre ―enferma de gravedad, y desahuciada por los médicos― le dice a Marco, ya que el niño había motivado a su madre a curarse de la grave enfermedad que la aquejaba: «¡Eres tú, niño, quien ha salvado a tu madre!».

Magnífica parábola para describir la situación de España: una madre enferma que hay que buscar y salvar… Si yo fuera Marco, sé perfectamente dónde buscarla. ¿Y usted?

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La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país

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Tal día como hoy, un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubría América. El navegante desembarcó en el primero de sus cuatro viajes financiados por los Reyes Católicos en la isla de Guanahaní, isla perteneciente a las Bahamas y que fue bautizada con el nombre de San Salvador. Un territorio que en aquel momento se encontraba habitado por el pueblo lucayo o taíno.

Colón prosiguió su viaje por El Caribe y el 28 de octubre llegó a Cuba, y más tarde, según la versión de Bartolomé de las Casas, el 5 de diciembre a La Española. En el primer viaje de Colón participaron tres embarcaciones: La Pinta, La Niña y La Santa María, que comenzaron la expedición desde el puerto de Palos (Cádiz). De ellas tan solo regresaron dos carabelas, La Pinta, a cargo de Martín Alonso Pinzón que desembarcó en la localidad gallega de Bayona, y La Niña, que se encontraba capitaneada por Cristóbal Colón llegó a Portugal. La Santa María se había ido a pique frente a la actual República Dominicana.

Hasta este 2019 no se conocía la existencia de ningún documento oficial que confirmase que Colón llegó a América y regresó. Es el primero y único que existe en el mundo y fue hallado el pasado mes de junio en el Archivo Histórico de la Nobleza. El documento en sí se trataba de una carta que Juan II de Portugal envió a Fernando de Aragón en la que informaba al monarca aragonés del regreso de Cristóbal Colón de los nuevos territorios descubiertos. La carta, escrita en portugués antiguo y con letra gótica, informaba del regreso de Colón a la península. “Llegó aquí con fortuna de mar a nuestro porto de nuestra ciudad de Lisboa vuestro Almirante que holgamos mucho de ver y mandar tratar bien”, de esta forma informó el Rey Juan II de Portugal a Fernando el Católico sobre la llegada de Colón de su primer viaje al nuevo continente, aunque el navegante nunca llegó a conocer en vida que había descubierto un nuevo continente.

Origen de Cristobal Colón

La nacionalidad de Cristóbal Colón es uno de los mayores interrogantes en la vida del hombre que descubrió América. Existen dos vertientes que son las más repetidas durante el paso de los años.

La primera siempre ha dicho que es italiano, y más en concreto, genovés. Este argumento tiene mucho peso ya que en otro documento firmado por el propio almirante afirma que “siendo yo nacido en Génova (Italia), les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla”. Las pruebas conducen más a esta vertiente debido a que fue nieto de Giovanni Colón, un tejedor de lana de un pueblo cercano a Génova.

La otra teoría que siempre ha tenido mucha fuerza ha sido la idea de que Colón es español. Pero nunca se ha tenido claro, en caso de que así fuera, en qué parte de España habría nacido. En Galicia se sitúa el posible origen del almirante. Esta idea surge a través del libro publicado en el 1914 por el historiador Celso García de la Riega, bajo el título, ‘Colón, español. Su origen y patria’. Para demostrar esta afirmación se basó en unas pruebas documentales de los siglos XV y XVI. También se dio cuenta de que empleaba el castellano con marcados rasgos gallegos y lusos.

Además de las dos teorías que siempre se han barajado, existen distintas ideas que sitúan el nacimiento de Colón en Guadalajara, Plasencia, Mallorca, Cataluña o Portugal.

La hazaña que conmemora el día de la hispanidad

El Día Nacional de España, también conocido como Día de la Hispanidad, se celebra cada año el 12 de octubre conmemorando la hazaña que Cristóbal Colón realizó hace ya más de 500 años, una celebración que se encuentra regulada por la Ley 18/1987 como Fiesta Nacional.

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Historia

Torturas, vejaciones y 10.000 asesinados por ser católico: lo que revelan las palabras de Díaz Ayuso

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Fusilamiento del Cristo del Cerro de los Ángeles.
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La propaganda, y no la historia, impone un relato buenista de los años de la II República. En el imaginario aparece como una etapa de prosperidad económica y avances sociales y culturales. Se desdeña adrede no solo los desórdenes y los procesos revolucionarios que llevaron a que facciones alejadas de la derecha se enfrentaran entre ellas, incluso con sangre, sino las atrocidades cometidas contra religiosos y edificios de culto. No se trata de un asunto menor, ni mucho menos de una leyenda urbana usada por posiciones conservadoras para atacar al contrario. La aberración de la mal llamada “Memoria Histórica” (la memoria siempre es subjetiva) anhela, sin embargo, que exista un único retrato oficial de las desgracias que sufrió España en los años treinta y que desembocaron en una tragedia de la que aún hoy no se ha recuperado. Por suerte, hay reputados historiadores, de uno y otro signo político, que han estudiado a fondo ese periodo, y pueden arrojar luz, con diferentes y legítimas interpretaciones, sobre el pasado. El Congreso de los Diputados en pleno a principios de este siglo abominó de las atrocidades perpetradas por ambos bandos e instó a la búsqueda de los familiares que aún yacían en las cunetas. De poco sirvió. Más que reconciliación se abrió la puerta a la revancha y a la imposición del discurso único, y a que por la Ley de Memoria Histórica se cambiara el callejero de ciudades como Madrid. Eso sí, solo para los nombres que trabajaron en tiempos de la Dictadura, daba igual lo relevante de sus hazañas, no de aquellos que en años anteriores a la llegada de Franco cometieron sus tropelías. Ser “rojo” fue el salvoconducto para salvarse del juicio moral. Los mentores de ese revisionismo a su medida se niegan, por ejemplo, a reconocer, el acoso criminal a los católicos.

Valga este prólogo para poner en situación al lector y juzgue él mismo sobre el encendido debate que revolucionó la Asamblea de Madrid esta semana. La presidenta Isabel Díaz Ayuso terminó una respuesta sobre la ley de Memoria Histórica y el traslado de los restos de Franco con la siguiente pregunta: “¿Qué será lo siguiente? ¿Las parroquias arderán como en el 36?” Parece evidente que Ayuso intentó construir una réplica “retórica”, como ella misma reconoció. El Partido Popular ha tenido que dar cientos de explicaciones, como si referirse a un episodio real y doloroso supusiera su radicalización mientras que cuando los miembros de Podemos sueltan sus soflamas (“arderéis como en el 36” gritaba Rita Maestre en su asalto a la capilla de la Complutense), más allá de la indignación inicial, apenas se entra en profundidad en lo que realmente sucedió en los templos. Del mismo modo, el dirigente de Vox Ortega Smith, no puede justificar el ajusticiamiento de las “trece rosas” por delitos que no cometieron sin aportar ninguna referencia académica. Pongamos, no obstante, los hechos a los que se refería Ayuso sobre la mesa.

En estas mismas páginas, el pasado mes de agosto, Jaime Ignacio del Burgo, comentaba un documento excepcional que puso de manifiesto el genocidio contra la Iglesia Católica en 1936. Manuel de Irujo, del PNV, ministro sin cartera en el gabinete de Largo Caballero (aquel “sensato socialista” al que sus partidarios llamaban el Lenin Español y del que se mantienen sus esculturas intactas), elaboró un “Memorándum”. Lo firmó el 7 de enero de 1937 y denunciaba el asesinato de miles de religiosos por parte de los militantes del Frente Popular, una “acción que fue planeada y deliberada”. El escrito se presentó al Gobierno republicano solo seis meses después de que comenzara la guerra y no causó ningún efecto en el Ejecutivo ni sirvió para mejorar la situación.

Escribía del Burgo que “al final de la guerra civil el saldo de asesinados fue terrible. Las milicias revolucionarias eliminaron, en muchos casos después de terribles torturas y vejaciones físicas y morales, a cerca de 10.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. No fueron como se pretende ahora asesinatos aislados, obra de gentes incontroladas sedientas de sangre y desesperadas por sus miserables condiciones de vida, sino que obedecieron a una voluntad consciente y deliberada del Frente Popular de exterminar a la Iglesia para conseguir la total erradicación del sentimiento católico mayoritario en la sociedad española de aquella época. En nuestros días, tales atrocidades encajarían en el delito de genocidio definidos en los artículos 5,1 a) y 6, a) y b) del Tratado de Roma de 1998 sobre creación del Tribunal Penal Internacional”

En la denuncia de Irujo se relata que “todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas ocasiones, han sido destruidos, los más con vilipendio. Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. Una gran parte de los templos, en Cataluña, con carácter de normalidad, se incendiaron”. Seguía el informe de Irujo que “todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos. Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles”.

Lo que los historiadores han documentado es que en el bando republicano se asesinó a más de 4.000 sacerdotes, más de 2.000 frailes y religiosos, casi 300 monjas y unos 3.000 seglares. Todo ello suma 10.000 muertos cuyo único delito fue ser católico. El arzobispado de Madrid publicó “Martirologio maritense del siglo XX. Solo en la capital se atestigua el asesinato de 427 seminaristas y sacerdotes. “España se convirtió en lo más cercano a un infierno sobre la tierra para los miembros de la Iglesia que estaban en esa mitad del país donde no se había producido o no había triunfado la sublevación”, escribió el historiador José Luis Ledesma en “De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936”.

Antonio Montero Moreno, que llegó a ser arzobispo de Mérida-Badajoz publicó en 1961 “Historia de la persecución religiosa en España”, luego reeditada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 2005. En la reseña del trabajo que publicó la web infovaticana se escribió que “debido al número de víctimas y al breve tiempo en que fueron asesinadas, la persecución religiosa de la Segunda República, figura como la más intensa de los veinte siglos de la Iglesia Católica, mayor incluso que las diez que llevaron a cabo los emperadores romanos durante 250 años, el islam, los luteranos, calvinistas y hasta la Revolución Francesa, o la comunista rusa o china”.

Los últimos gobiernos socialistas han reabierto heridas en lugar de cerrar cicatrices. El horror de los procesos revolucionarios previos a la Guerra Civil, la propia contienda entre hermanos y la posterior represión de la dictadura merecerían ser tratados con el debido sosiego si quiera por respeto a los muertos. Pero en estos días, la política, más que animar a la concordia, enciende hogueras y empuña antorchas imaginarias. Carmen Calvo visita hoy el Vaticano. Veremos si en son de paz.

 

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