España
Casado sube un punto por semana
Carlos Dávila.- Como él lo ha escrito le cito, que no soy Pedro Sánchez. Hace veinticuatro horas escuché a Fernando Onega, colega de pupitre, decir que el presidente del Gobierno no levantará cabeza electoral si no descubre «un discurso similar, un discurso de Estado como el que pronunció Adolfo Suárez tras los asesinatos en Atocha de los cinco abogados laboralistas». Onega sabe de lo que habla. Pero Sánchez no está en eso; por decirlo mejor, y también en palabras ajenas (las de un ex-ministro de Felipe González) está en lidiar la tragedia de Cataluña con el menor coste político para él.
Pero fíjense, faltan escasas horas para que Sánchez se tope de bruces con las encuestas de fin se semana y del lunes, unos sondeos que paralizan su alternativa y que otorgan al PP 105 escaños o incluso más. Claro está que el disgusto del aún presidente será una puñaladita monjil al lado de la que se va a llevar Albert Rivera, el líder de Ciudadanos al que nadie le ofrece un resultado mejor que unos raquíticos veinte escaños.
No voy a entrar en esta crónica en ningún escarceo más en las muestras porque, entre otras cosas , ya tienen una muy fiable en este mismo periódico. Me fijo en algunas circunstancias relevantes y significativas que van a alumbrar en todos los sondeos. Es decepcionante para el todavía presidente que ni la convulsión catalana, ni la exhumación de Franco, le proporcionen un voto más.
A los españoles nos trae exactamente por una higa lo que vayan a hacer Sánchez y su equipo de leales, por ahora, corifeos, con la momia del general. Es más, está hartos nuestros compatriotas de este circo, tanto que José Félix Tezanos, el manipulador más indigno que haya tenido nunca el Centro de Investigaciones Socialistas, antes Sociológicas, ni siquiera se ha atrevido a preguntar al ganado que apacienta en sus muestras, qué le parece realmente esta monserga con la que Sánchez ha intentado acreditar que él, Pedro Sánchez ha inventado y traído la democracia a nuestro atosigado país.
Por la culata
Pero aún hay más; tampoco la tragedia catalana en la que el citado había puesto todas sus esperanzas le depara un voto más. Eso ya lo escribí en una crónica anterior, lo que no sabía entonces es que, probablemente esta rebelión que no se atreve a atajar como un gobernante decente, le está restando el cariño de sus electores. Lo curioso es que sin embargo, los terribles sucesos de Cataluña están movilizando hacia las urnas a un electorado que no es precisamente del PSOE, unos votantes que están ahítos, hartos, hasta el moño de que una tribu de salvajes convenientemente coreados por el filoterrorista Tardá y su patrón Puigdemont. «A Pedro -suele decir el peculiar ‘Pepiño’- le ha salido el tiro por la culata». Tan mal le ha salido esta jugada barriobajera que en una de las citadas encuestas los sondeados le atribuyen toda la culpa de esta estrafalaria convocatoria electoral
Rivera sólo figura en este ranking de la culpabilidad en tercer lugar, muy lejos de Sánchez, antes está el comunista Pablo Iglesias que está sobrellevando la aparición de Íñigo Errejón con bastante tranquilidad, tanta que Errejón ya sólo parece pintar un poco en Madrid, otro poco en Barcelona -si es que para entonces, día 10 de noviembre, existe esa ciudad- y menos todavía en Levante, en las demás demarcaciones de España mejor que ni aparezca porque le van a hacer una pedorreta histórica que debería empujarle a tomar el primer avión y volver a los brazos de su papito, el sanguinario Maduro.
Desde lejos, muy lejos le puede contemplar el día 10 Pablo Casado, que ya está de media -repito- en los 105 escaños y que, según todas las informaciones que llegan de los sociólogos, su progresión es tal que sube un punto por semana. Uno de estos técnicos decía al cronista: «Ahora mismo es imposible que gane Casado, el día 10 no lo es».
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
