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El disparate andalusí

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Federico Ysart.- Comedia de enredo, teatro del absurdo, astracanada ¿qué están representado los tres partidos que no dejan de jugar con las ganas de desalojar a los socialistas que votó una mayoría de andaluces?

Durante siglos la gente se ha solazado con diversas formas teatrales, desde los autos sacramentales hasta los musicales que hoy llenan las salas madrileñas, pasando por los dramas románticos, las comedias de enredo, el teatro del absurdo o la astracanada de Don Mendo.

Desde las tablas de los templos del entretenimiento todo cabe para hacer pensar, llorar o reír. El mundo de la ficción no conoce más límites que los del ingenio humano; en el de la realidad ocurre lo contrario, los límites los pone la imbecilidad. Por eso cuando sucede que la realidad supera a la ficción es para echarse a temblar.

Está pasando en aquella tierra en otro tiempo llamada de María Santísima.

El Ciudadano Rivera hizo del diálogo su escalera para colarse en la escena nacional. Hace tres años por estas fechas se abrazó al socialista Sánchez con un pacto de gobierno que no fue a ningún lado. Y hace tan sólo uno reunía a su equipo con el del comunista Iglesias –“mi enemigo no es Podemos, es el paro”- para consensuar una reforma de la Ley Electoral. Cuatro meses más tarde apuñalaba al popular Rajoy en la moción de censura armada por Sánchez, Iglesias, y sus más fieles enemigos, los sediciosos catalanes. En fin…

Pues hoy no; con Vox, ni a heredar. Realmente los recién llegados se han pasado demasiados pueblos con lo que llaman propuestas, pero ¿para qué si no está el diálogo? Absurda la repugnancia ante el partido que con doce diputados en el parlamento andaluz le puede permitir estrenarse en un gobierno regional. El disparate puede ser achacable a la misma causa por la que no movió un dedo para hacer valer el triunfo de Arrimadas, su candidata, en las elecciones catalanas.

Ciertamente la aritmética parlamentaria no le ponía la Generalitat en bandeja, pero sí tenía toda la fuerza para generar debates a fondo sobre el despelote republicano independentista, incluso de presentar un proyecto serio en una moción de censura. No lo hizo, ni lo permitió. ¿Celos de cualquiera que pudiera robarle un plano en la carrera por la imagen que le obsesiona desde su estreno electoral con una foto en pelotas? ¿Complejo de derecha?

Sea lo que fuere, España merece otra cosa: la política no puede seguir demasiado tiempo en manos de tanto botarate al mando. Hay ciudadanos de mayor altura y larga visión como para no seguir todos perdiendo tantas oportunidades. La astracanada -“acción o comportamiento públicos disparatados y ridículos”, según la RAE- no es lo propio de la política nacional.

Ni de la regional.

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Racismo de chichinabo

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Rosa Belmonte.- La sensación de no ser el kamikaze del chiste es permanente. La del que oye por la radio que hay un loco en dirección contraria por la carretera. ¿Uno? Van todos. El ejemplo número 398.700 es el de Justin Trudeau pintándose la cara de negro en 2001. El tan denostado ‘blackface’ o ‘brownface’.

Ya sabemos que eso está mal visto en las sociedades occidentales echadas a perder. Es racista. También hacer ching chong (imitar el lenguaje chino) o estirarse los ojos (como hizo nuestra selección de baloncesto en los Juegos de Pekín en una publicidad de Seur).

Justin Trudeu, en el que algunos ven a Thomas Jefferson y otros a Fofito, corrigió a una mujer que utilizó la palabra ‘mankind’ (humanidad, con man de hombre) por preferir ‘peoplekind’ (algo como gentidad). Ahora se ha disculpado por el racismo. Ojalá nuestras cabalgatas de reyes siendo transgresoras. Que Baltasar sea un blanco pintado de negro y los otros, dos negros pintados de blanco.

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El salto al vacío de Sánchez y la oportunidad de Casado

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Paloma Cervilla.- Pues ya estamos donde Pedro Sánchez quería, ante unas nuevas elecciones generales para mayor gloria del líder del PSOE. El resistente, el hombre al que su propio partido tiró a la cuneta como un despojo, que se puso en pie y recuperó el poder de una manera épica, ahora intenta una nueva carambola, que no sabemos si le va a salir bien.

Sobre la mesa parece que sí, ya que la mayoría de las encuestas le dan una subida en votos y escaños, pero la percepción de la calle empieza a ser otra. A día de hoy, Pablo Iglesias es considerado la víctima de la ambición de Sánchez, y no está tan claro, o al menos eso me parece a mí, el trasvase masivo de votos al PSOE.
La humillación de Sánchez ha sido de tal calibre y la imagen de un Pablo Iglesias mendicante tan evidente, que el efecto puede ser el contrario: que los votantes podemitas, movidos por la necesidad de mantener su dignidad, respalden a su líder y no le retiren su voto.

Y si lo de Pedro Sánchez es un salto al vacío electoral, lo de Pablo Casado es una oportunidad para mejorar sus resultados, consolidar su liderazgo en el PP e iniciar la remontada.

A Casado le va a ir bien. Ciudadanos y VOX van a perder votos, y muchos de ellos se irán al PP, no lo digo yo, lo dice la gente que los votó. Y entonces, cuando el centro derecha se dé cuenta por segunda vez de que dividido no va a ningún lado, tendrá que unirse en torno a la formación que más apoyos tenga, dejando a un lado egos y ambiciones.

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Sánchez siempre quiso elecciones

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Manuel Marín (R).- Desde la misma noche electoral, a Pedro Sánchez siempre le invadió la tentación de conformar una investidura con una mayoría más holgada. Su logro de 123 escaños era insuficiente y su dependencia de un Gobierno de coalición, con Podemos incrustado en el poder y con una supradependencia del separatismo, convertirían la legislatura en un suplicio. Aquella noche, Sánchez también cegó cualquier vía de colaboración con Ciudadanos para garantizarse una mayoría absoluta.

Sánchez esbozó una estrategia dirigida a gobernar en solitario, en la creencia que las autonómicas reafirmarían un triunfo incontestable del PSOE, y Podemos tendría que rendirse a un papel de subalterno agradecido. No fue así. Lo demás fue fácil: tender mil trampas a Pablo Iglesias para humillarlo, simular que no atribuía a Podemos funciones decorativas en una coalición, y no aparecer como el culpable del fracaso.

Sánchez diseñó una arquitectura política pensada para quedar como víctima del multipartidismo, y para apropiarse de la falsa idea de que siempre fue la intransigencia de Podemos y Ciudadanos la responsable de que no gobierne. Todo estaba pensado para justificar un «no» tajante a cada oferta y quedar inmaculado.

Estos son los motivos por los que siempre manejó nuevas elecciones:

1. Un Gobierno inviable. Sánchez sabía de antemano que un Gobierno sustentado en 123 escaños es una utopía. Habría liderado una legislatura débil, incierta y con serias dificultades para aprobar leyes. Se habría sometido a un chantaje constante, a numerosas fricciones con sus socios de moción y a un desgaste paulatino pero inexorable. Además, es imprevisible la deriva del separatismo en Cataluña, y Sánchez albergó dudas sobre cómo gestionar las presiones a las que el independentismo le habría sometido tras la sentencia del 1-O.

2. Sondeos satisfactorios. Cuenta con la abrumadora ventaja de tener el control de La Moncloa, con su «imagen presidencial», y con la fractura interna en Podemos. Su baza de acudir a los comicios pasa por repetir la «operación Rajoy» de 2016, con sondeos favorables y la expectativa de superar los 140 escaños.

3. No habrá terceras elecciones. Sánchez es consciente de que España no acudirá a unas terceras elecciones. No habría margen, y con Ciudadanos o Podemos a la baja, alguno tendría que ceder. Incluso, maneja la opción de una «abstención técnica» del PP una vez que el bipartidismo se haya reforzado.

Pero lo cierto es que Sánchez nunca respondió realmente a la oferta del PP de suscribir once pactos de Estado para poder gobernar. Lo fía todo a un descalabro de Podemos y de Cs.

4. El PSOE quiere fulminar a Podemos. El objetivo esencial de Sánchez es consolidar su liderazgo en la izquierda y demostrar que Iglesias carece de la capacidad institucional suficiente como para gobernar. Espera una fuga masiva de votos de Podemos y aprovechar que «España Suma» parece una entelequia.

5. La asunción de riesgos, en el ADN de Sánchez. Su temor a la desmovilización de la izquierda es muy relativo. Tampoco teme aparecer como culpable de la ralentización económica, que achacará a la inestabilidad provocada porque nadie le permite gobernar. Y ante la izquierda tendrá un argumento potente: fue Iglesias quien rechazó una coalición en julio.

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