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El experimento totalitario ‘digital’ de China

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El presidente de China, Xi Jinping, no es un mero líder autoritario. Sin lugar a dudas, cree que el Partido debe tener un control absoluto sobre la sociedad y que él debe tener un control absoluto sobre el Partido. Está llevando a China de vuelta al totalitarismo mientras busca hacerse con un control a lo Mao sobre todos los aspectos de la sociedad.

Por Gordon G. Chang.- Para 2020, las autoridades chinas tienen previsto que haya unos 626 millones de cámaras de vigilancia por todo el país. Esas cámaras, entre otras cosas, transmitirán información a un “sistema de crédito social”.

Ese sistema, cuando esté implantado en quizá dos años, asignará a cada persona en China una puntuación constantemente actualizada sobre sus conductas observadas. Por ejemplo, en el caso de un peatón que cruce con el semáforo en rojo, y lo capte una de esas cámaras, la consecuencia será una reducción de la puntuación.

Aunque las autoridades puedan querer reducir los cruces imprudentes, parece tener ambiciones más siniestras, como asegurar la conformidad a las exigencias del Partido Comunista. En resumen, es como si el Gobierno estuviese decidido a crear lo que The Economist llamó “el primer Estado totalitario digital del mundo”.

Ese sistema de crédito social, una vez perfeccionado, se extenderá sin duda a empresas e individuos extranjeros.

Actualmente, hay más de una decena de listas negras nacionales, y unas tres docenas de municipios tienen activos sistemas de puntuación de crédito social experimentales. Algunos de esos sistemas han sido estrepitosos fracasos. Otros, como el de Rongcheng en la provincia de Sandong, ha sido considerado un éxito.

En el sistema de Rongcheng, cada residente empieza con mil puntos, y, en función de cómo varíe esa puntuación, se clasifican entre A+++ a D. El sistema ha modificado la conducta: increíblemente para ser China, los conductores paran en los pasos de peatones.

Los conductores paran en los pasos de peatones porque los habitantes de esa ciudad, como informó Foreign Policy, han acogido bien el sistema de crédito social. A algunos les gusta tanto el sistema que han implantado microsistemas de crédito social en colegios, hospitales y vecindarios. Los sistemas de crédito social responden obviamente a una necesidad que en otras sociedades se da por sentada.

Sin embargo, ¿puede lo que funciona a nivel local extenderse por toda China? A medida que la tecnología avanza y se añaden los datos bancarios, los pequeños programas experimentales y las listas nacionales acabaran fusionándose en un sistema para todo el país. El Gobierno ya ha empezado a introducir su “Plataforma de Operaciones Conjuntas Integradas”, que agrega datos de varias fuentes como cámaras, controles de identidad y rastreos de redes wifi ocultas.

Así que, ¿cómo será el producto final? “No será una plataforma unificada donde uno pueda teclear su número de identidad y obtener una puntuación de tres dígitos que decida sobre sus vidas”, dice Foreign Policy.

A pesar de las afirmaciones de la revista, este tipo de sistema es precisamente lo que dicen las autoridades chinas que quieren. Al fin y al cabo, nos dicen que el propósito de esta iniciativa es “permitir que la confianza se extienda a lo largo y a lo ancho y poner más difícil a quienes carezcan de crédito dar un solo paso”.

Esta descripción no es una exageración. Las autoridades han impedido a Liu Hu, un periodista, que cogiera un vuelo porque tenía una puntuación baja. The Global Times, un tabloide que pertenece al People’s Daily, propiedad del Partido Comunista, informó que, a finales de abril de 2018, las autoridades habían impedido a ciudadanos coger 11,1 millones de vuelos y 4,2 millones de trenes de alta velocidad.

Las autoridades chinas, sin embargo, están utilizando las listas para determinar algo más que quién sube a aviones y trenes. “No puedo comprar propiedades. Mi hijo no puede ir a un colegio privado”, dijo Liu. “Te sientes controlado por la lista todo el tiempo”.

El sistema está diseñado para controlar la conducta, dándole al Gobierno del Partido Comunista la capacidad de administrar castigos y repartir recompensas. Y el sistema podría acabar siendo despiadado. Hou Yunchun, antiguo subdirector del centro de investigación de desarrollo del Consejo de Estado, dijo en un foro en Beijing en mayo que el sistema de crédito social debía administrarse para que “las personas sin crédito entren en bancarrota”. “Si no elevamos el coste de quedarse sin crédito, estamos fomentando que las personas sin crédito se mantengan ahí”, dijo Hou. “Eso destruye todo el estándar”.

No todos los funcionarios tienen una actitud tan vengativa, pero parece que todos comparten ese supuesto, como el conciliador Zhi Zhenfeng de la Academia China de Ciencias Sociales, de que “las personas sin crédito merecen consecuencias legales”.

El presidente Xi Jinping, el máximo y quizá único árbitro en China, ha dejado clara su postura sobre la posibilidad de segundas oportunidades. “Una vez que deja de ser de confianza, siempre habrá limitaciones”, dijo el gobernante chino.

¿Qué le pasa, entonces, a un país donde sólo los que cumplen pueden subir a un avión o ser recompensados con descuentos para servicios públicos? Nadie lo sabe bien, porque nunca antes un gobierno ha tenido la capacidad de evaluar constantemente a todo el mundo y después imponer su voluntad. La República Popular ha sido más meticulosa en su mantenimiento de archivos y sus clasificaciones de los habitantes que los anteriores gobiernos, y el poder computacional y la inteligencia artificial le están dando ahora a las autoridades chinas unas capacidades extraordinarias.

Es casi seguro que Beijing ampliará el sistema de crédito social, que tiene sus orígenes en los intentos de controlar las empresas del país, a las extranjeras. Recordemos que los gobernantes chinos se han enfrentado a la industria turística internacional al obligar a las cadenas hoteleras y las compañías aéreas a enseñar Taiwán como parte de la República Popular China, así que ya han dado muestra de su determinación de intimidar y castigar. Una vez que el sistema de crédito social esté listo y en funcionamiento, sería un paso pequeño incluir a los no chinos en ese sistema, extendiendo el totalitarismo basado en la tecnología a todo el mundo.

El relato dominante en las democracias liberales del mundo es que la tecnología favorece el totalitarismo. Es sin duda cierto que, sin los límites que imponen las cuestiones de privacidad, los regímenes de línea dura tienen más capacidad para recoger, analizar y utilizar datos que podrían dar una ventaja decisiva al aplicar la inteligencia artificial. Un gobierno democrático puede recopilar una lista de personas que tienen prohibido volar, pero ninguna se ha acercado jamás a implantar la visión de Xi Jinping de un sistema de crédito social.

Los líderes chinos llevan mucho tiempo obsesionados con lo que el entonces presidente Jiang Zemin llamó en 1995 “informatización, automatización e inteligentización”, y sólo están empezando. Dadas las capacidades que están acumulando, podrían, según el razonamiento, hacer su incumplimiento prácticamente imposible.

La tecnología podría incluso dejar obsoletas la democracia liberal y los libres mercados, escribe Yuval Noah Harari de la Universidad Hebrea de Jerusalén en The Atlantic. “El principal hándicap de los regímenes autoritarios del siglo XX –el deseo de concentrar toda la información y el poder en un solo lugar– se podría convertir en su ventaja decisiva en el siglo XXI”, escribe.

Es indudable que la tecnología da el poder al Estado chino, en manos de un solo partido, de reprimir a los ciudadanos de manera efectiva. La principal prueba de esta afirmación es, por supuesto, el sistema de crédito social.

Sin embargo los comunistas de China se excederán. La experiencia del país hasta ahora con el sistema de crédito social sugiere que los funcionarios son su peor enemigo. Un temprano experimento para construir dicho sistema en el condado de Suining en la provincia de Jiangsu fue un fracaso:

“Tanto los habitantes como los medios arremetieron contra él por sus criterios aparentemente injustos y arbitrarios, y un periódico estatal comparó el sistema con los certificados de “buen ciudadano” expedidos por Japón en su ocupación de China durante la guerra”.

El sistema de Rongcheng ha tenido más éxito porque su alcance ha sido relativamente modesto.

Xi Jingping no se limitará tanto como los funcionarios de Rongcheng. Es evidente que él cree que el Partido debe tener el control absoluto de la sociedad y que él debe tener el control absoluto sobre el Partido. Es sencillamente inconcebible que no incluya en el sistema nacional de crédito social, cuando esté unificado, criterios políticos. Los funcionarios chinos ya están intentando usar la inteligencia artificial para predecir la conducta contra el Partido.

Xi Jinping no es sólo un líder autoritario, como se suele decir. Está llevando de nuevo a China al autoritarismo, ya que pretende ejercer controlar, al estilo de Mao, todos los aspectos de la sociedad.

La pregunta ahora es si los ciudadanos chinos, cada vez más desafiantes, aceptarán la visión universal de Xi. En los últimos meses, muchos han salido a las calles: camioneros que hacen huelga por los costes y las tarifas, veteranos del ejército que marchan para defender sus pensiones, musulmanes que rodean mezquitas para impedir su demolición y padres que protestan por el azote de las vacunas adulteradas, entre otros. Los líderes chinos piensan obviamente que su sistema de crédito social frenará estas y otras expresiones de descontento.

Esperemos que los ciudadanos chinos no se desanimen. Dada la extensión de las ambiciones del Partido Comunista, a todos, chinos o no, les conviene que el totalitarismo digital de Beijing fracase.

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