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Internacional

El Fiscal General de Estados Unidos, William Barr, arranca la careta a «ANTIFA»: «Son un grupo revolucionario que quiere establecer el socialismo»

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Los manifestantes se enfrentan a la policía federal frente a la corte federal Mark O. Hatfield en el centro de Portland, Oregón, mientras la ciudad experimenta otra noche de disturbios el 28 de julio de 2020 (Spencer Platt/Getty Images)

Por primera vez, el principal funcionario policial del país ha delineado explícitamente la naturaleza del grupo anarcocomunista de extrema izquierda Antifa, describiéndolo como un “grupo revolucionario” que intenta establecer el socialismo o el comunismo en Estados Unidos, y los expertos están de acuerdo.

El fiscal general William Barr, hizo una crítica mordaz a Antifa en una entrevista el 9 de agosto con Mark Levin en Fox News, señalando que la organización y las tácticas del grupo hacen que sea un fenómeno difícil de manejar.

“Son un grupo revolucionario que está interesado en alguna forma de socialismo, comunismo. Son esencialmente bolcheviques. Sus tácticas son fascistas”, dijo Barr.

Antifa se identifica públicamente con la ideología comunista y socialista, sin embargo, la entrevista marcó la primera vez que Barr entró en tales detalles.

“Los comentarios del fiscal general representan una mejora significativa con respecto a declaraciones anteriores del gobierno sobre Antifa, y debe ser elogiado por su franqueza”, dijo a The Epoch Times, Kyle Shideler, director y analista senior de Seguridad Nacional y Contraterrorismo en el Centro de Política de Seguridad.

Shideler—quien testificó el 4 de agosto ante el Subcomité del Senado sobre la Constitución acerca de la estructura y el origen de Antifa—dijo que espera que Barr dirija al Departamento de Justicia para que se tome en serio la misión central de Antifa y empiece a “tratar al grupo como la fuerza subversiva e insurreccionista que es”.

“La estructura de red distribuida y no jerárquica de Antifa requiere una mejor inteligencia para contrarrestar”, dijo, y señaló que el gobierno federal tiene la responsabilidad única de abordar esta amenaza, ya que los gobiernos locales y estatales no pueden o no quieren hacerlo.

Antifa está “fundamentalmente comprometido con la abolición del gobierno de Estados Unidos y el derrocamiento violento de la Constitución de Estados Unidos”, dijo Shideler en su testimonio escrito. Para lograrlo, se ha comprometido a utilizar “tanto la subversión como el extremismo violento para hacer cumplir sus opiniones políticas aterrorizando a los ciudadanos estadounidenses”.

“Las actividades de Antifa claramente cumplen con la definición de conspiración criminal organizada y terrorismo establecido por la ley federal”, dijo en su testimonio.

La realidad es que Antifa demuestra “una estructura elaborada y compleja pero no jerárquica”, dijo Shideler. Describió cómo los sitios web vinculados al grupo atraen a usuarios “que dedican esfuerzos desmesurados a discutir cómo pueden y deben organizarse los grupos de Antifa”.

El FBI se ha preocupado cada vez más por la violencia perpetrada por Antifa en eventos públicos, según un informe de 2018 del Servicio de Investigación del Congreso, un brazo de investigación de políticas públicas del Congreso de Estados Unidos.

El alguacil Bob Songer del condado de Klickitat, Washington, dijo a The Epoch Times que considera a Antifa, así como a Black Lives Matter, como “grupos terroristas nacionales que intentan derrocar al gobierno de Estados Unidos y convertir nuestro país en un gobierno comunista”, y agregó que “el fiscal general Barr es acertado con respecto al objetivo de Antifa”.

Songer dijo que es difícil tomar medidas enérgicas contra Antifa y otros grupos similares cuando hay políticos que los apoyan explícitamente.

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Ciencia

El precio de las estrellas

Redacción

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El precio de las estrellas

Un cohete de SpaceX se estrellará contra la Luna, y los críticos de Elon Musk descubrirán demasiado tarde que la grandeza tiene un coste que ellos nunca estarían dispuestos a pagar

La etapa superior del Falcon 9, en órbita tras el lanzamiento de enero de 2025. Su trayectoria inestable la llevará inevitablemente al encuentro con la superficie lunar. Fotografía: SpaceX/Spaceflight Now.

Hay momentos en que la humanidad avanza a costa de imperfecciones. La historia del progreso no está escrita por quienes esperan condiciones ideales, sino por quienes actúan con lo disponible, aceptando que toda gran empresa deja residuos, errores y, ocasionalmente, estelas de metal oxidado atravesando el vacío interestelar.

El próximo impacto de una etapa de cohete SpaceX Falcon 9 contra la superficie lunar no es una catástrofe ambiental, como ya están proclamando los guardianes de la moral ecológica. Es, en realidad, la marca inevitable de una civilización que ha decidido salir de la cuna terrestre y arriesgarse a las grandes empresas. La etapa superior del cohete que en enero de 2025 transportó los alunizadores Blue Ghost y Resilience hacia su destino, tras agotar su combustible y quedar en órbita inestable, se precipitará contra la Luna a más de 8.700 kilómetros por hora. Creará un cráter de unos 27 metros de diámetro y desplazará aproximadamente 12.700 kilogramos de escombros lunares.

Superficie lunar fotografiada por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA

La superficie lunar fotografiada por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA. El impacto del Falcon 9 ocurrirá cerca de los cráteres Einstein y Bell, en la cara visible del satélite. Fotografía: NASA/GSFC/Arizona State University.

Y con ello, desencadenará una vez más el coro de críticos que nunca han construido nada, pero siempre están disponibles para señalar los costes de quienes sí lo hacen.

La NASA y la Agencia Espacial Coreana, operadores de las naves Lunar Reconnaissance Orbiter y Danuri respectivamente, observarán el impacto con interés científico genuino. Para ellos, este evento no es basura espacial; es oportunidad. La posibilidad de estudiar la formación de cráteres en tiempo real, de analizar la composición del subsuelo lunar expuesto por la colisión, de calibrar instrumentos para futuras misiones tripuladas.

Los hechos del impacto

El objeto en cuestión es la etapa superior de un Falcon 9, el cohete de trabajo de SpaceX que ha revolucionado la industria espacial mediante su reutilización parcial. En esta misión específica, lanzada el 15 de enero de 2025 desde Cabo Cañaveral, el cohete transportó dos alunizadores privados —el Blue Ghost de Firefly Aerospace y el Resilience de ispace— junto con cargas científicas diversas. Tras separarse de su carga útil, la etapa superior carecía de suficiente combustible para regresar a la Tierra ni de propulsión para estabilizarse en órbita lunar permanente.

Los cálculos de astrónomos independientes, utilizando datos públicos de trayectoria, sitúan el impacto en la cara visible de la Luna, cerca de los cráteres Einstein y Bell. A 5.400 millas por hora, el hardware de cuatro toneladas se desintegrará parcialmente en el contacto, excavando una depresión de unos cinco metros de profundidad. El material expulsado —polvo, rocas fragmentadas, posiblemente hielo atrapado— proporcionará datos invaluables sobre la composición del subsuelo lunar, información crucial para futuras misiones de establecimiento permanente.

Desde la perspectiva científica, este es un evento deseable. La Luna carece de atmósfera; no hay fricción que caliente objetos entrantes, no hay erosión que borre cicatrices. Cada impacto es un experimento natural que revela la estructura interna de un cuerpo celeste que podría albergar bases humanas en las próximas décadas. Los críticos que denuncian «contaminación lunar» ignoran que la superficie del satélite natural ya está marcada por miles de cráteres de impactos naturales, y por los restos de las misiones Apolo, Luna, Surveyor y decenas de sondas soviéticas, chinas, indias y japonesas.

La cruzada contra el progreso

Pero no es el impacto lunar lo que realmente molesta a los críticos de Musk. Es lo que representa: la demostración de que la iniciativa privada, sin tutela estatal, puede avanzar más rápido que las agencias espaciales gubernamentales. Que el capitalismo de alto riesgo, el entrepreneurship audaz, la visión a largo plazo que desafía los ciclos electorales, pueden lograr lo que la burocracia consideraba imposible.

 

Elon Musk en el centro de control de SpaceX. Su visión de la expansión humana al espacio desafía el conformismo de una época que ha olvidado cómo soñar en grande.

Los ataques a Musk provienen de sectores predecibles. Los gurús del mindfulness que consideran que cualquier ambición más allá del jardín comunitario es «toxicidad masculina». Los activistas climáticos que exigirían que cada gramo de CO₂ de un cohete se compense con diez años de veganismo obligatorio. Los teóricos de la «justicia espacial» que consideran la colonización lunar una extensión del colonialismo terrestre.

La civilización occidental está en una encrucijada: podemos elegir la grandeza y aceptar sus riesgos, o podemos elegir la seguridad absoluta y condenarnos a la irrelevancia cósmica. No hay tercera opción.

Estos críticos —cómodos en sus universidades, sus consultorías de sostenibilidad, sus retiros de yoga— nunca han arriesgado su capital, su reputación, su sueño en algo tan audaz como llevar humanos a Marte. No han pasado noches en vela resolviendo ecuaciones de propulsión, no han visto explotar cohetes en plataformas oceánicas, no han tenido que despedir empleados cuando el dinero se agotaba y el éxito parecía imposible.

La Luna como laboratorio

El impacto del Falcon 9 debe verse en su contexto estratégico. La Luna no es un santuario inviolable; es un laboratorio. Un campo de pruebas para tecnologías que eventualmente nos llevarán a Marte, a los asteroides, más allá. Cada impacto controlado, cada crater formado, cada análisis espectroscópico del material expulsado, acumula conocimiento crucial para futuras misiones tripuladas.

Los críticos que denuncian «basura espacial» en la Luna ignoran que el satélite carece de ecosistema, de atmósfera, de vida. Un cráter más o menos en un mundo geológicamente muerto no es daño ambiental; es datos. Es comprensión. Es preparación para cuando los humanos —no robots, sino personas con familias, esperanzas, proyectos— pisen ese suelo y necesiten saber dónde construir, dónde excavar, dónde buscar hielo para agua y oxígeno.

Conclusión: La audacia como virtud

El impacto lunar del Falcon 9 será olvidado en meses. El cráter se fusionará con los miles de otros que pueblan la superficie del satélite. Pero lo que persistirá es el principio que representa: que la civilización occidental, a pesar de sus críticos internos, a pesar de su propia intelligentsia enemiga, sigue siendo capaz de grandes empresas.

Elon Musk no es un santo. Es un empresario, un ingeniero, un visionario con defectos y excesos. Pero está haciendo algo que sus críticos nunca harían: está construyendo el futuro en lugar de quejarse del presente. Está aceptando los riesgos, los costes, los errores inevitables de toda gran empresa, en lugar de exigir perfección como condición para la acción.

Cuando la etapa del Falcon 9 se estrelle contra la Luna, creará más que un cráter. Creará un precedente. Demostrará que la iniciativa privada puede alcanzar el satélite natural de la Tierra, puede estudiarlo, puede incluso —accidentalmente— modificarlo. Y eso, lejos de ser un desastre, es el primer paso hacia una presencia humana permanente fuera de nuestro planeta.

Los críticos seguirán en sus cómodas posiciones, denunciando cada paso en falso, cada residuo, cada imperfección. Mientras tanto, los constructores —Musk y los que como él entienden que la grandeza tiene un precio— seguirán avanzando. Porque al final, la historia no la escriben quienes señalan errores desde la orilla, sino quienes se arriesgan a navegar, sabiendo que algunos barcos pueden naufragar, pero la humanidad debe cruzar el mar.

Alerta Nacional | Tecnología, progreso humano y defensa de la grandeza occidental

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