España
El pedido de la diplomacia y la entrega de la realidad
La diferencia entre lo que España esperaba de su relación con Marruecos y lo que ha recibido no es un error de logística, sino una tragedia de Estado que el Gobierno celebra como éxito diplomático
Hay un fenómeno contemporáneo que ilustra mejor que cualquier tratado de política internacional la naturaleza de nuestra relación con Marruecos. Es el meme, ya archiconocido, que compara la fotografía pulida del producto que ordenaste en una plataforma de comercio electrónico con el objeto deforme, descolorido y risible que finalmente llega a tu puerta. «Lo que pediste», dice la imagen de la izquierda, mostrando un reloj de precisión suiza. «Lo que recibiste», completa la derecha, exhibiendo un juguete de plástico con pilas oxidadas.
La broma reside en la expectativa defraudada, en la promesa sofisticada que termina en realidad chapucera. Pero lo que ocurre en nuestra frontera sur no es una broma. Es una tragedia de Estado que, lejos de provocar rectificación o indignación, ha sido recibida por el Gobierno español con la resignación de quien acepta la estafa como norma de relación.
El pedido, en este caso, era claro: una política migratoria ordenada, respetuosa con la soberanía territorial, basada en acuerdos bilaterales de reciprocidad. La entrega, sin embargo, ha sido otra cosa enteramente. Ha sido la imagen de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad marroquíes— asaltando sistemáticamente nuestras vallas de Ceuta y Melilla. Ha sido la constatación de que Marruecos organiza, facilita y ejecuta operaciones de presión demográfica contra España como herramienta de política exterior.
Y ha sido, sobre todo, la evidencia de que nuestros gobernantes no solo toleran esta agresión, sino que la celebran, la premian, la llaman «cooperación» mientras el territorio nacional se ve invadido por vías paralelas.
La diferencia entre lo prometido y lo recibido no podría ser más abismal. Pero aquí reside el verdadero escándalo: no es que Marruecos nos haya engañado. Es que nosotros sabíamos perfectamente qué estábamos comprando. Sabíamos que el régimen alauita utiliza la emigración como arma. Sabíamos que cada «crisis» fronteriza coincide con alguna demanda diplomática de Rabat. Sabíamos que el Sáhara, la pesca ilegal, el contrabando de drogas, son monedas de cambio en una partida donde España siempre pierde. Y, a pesar de saberlo, hemos seguido haciendo clic en «comprar ahora», convencidos de que esta vez sí llegaría el producto de calidad.
El ridículo internacional de la debilidad manifiesta
El ridículo internacional de España ha alcanzado proporciones que ya no pueden ocultarse bajo eufemismos diplomáticos. Somos el país que recibe agresiones territoriales organizadas y responde con felicitaciones. Somos la nación que ve cómo su vecino abre las compuertas de la presión migratoria y, en lugar de exigir responsabilidades, amplía los acuerdos de cooperación. Somos el Estado que ha convertido la vulnerabilidad en estrategia, la humillación en política de Estado.
¿Qué imagen proyectamos ante el mundo cuando nuestros ministros brindan en la embajada de Marruecos mientras, a escasos kilómetros, las vallas de Ceuta y Melilla son asaltadas por tropas irregulares? ¿Qué mensaje enviamos a otros actores internacionales cuando demostramos que la agresión contra España no tiene consecuencias, sino recompensas? La respuesta es evidente: enviamos la señal de que España es un objetivo blando, un socio que puede presionarse sin riesgo, un adversario que no defenderá sus intereses ni su dignidad.
Y aquí emerge la pregunta incómoda que la izquierda mediática se niega a formular: ¿hasta qué punto puede llegar esta lógica de rendición antes de que deje de ser política exterior para convertirse en algo más grave? Cuando un gobierno sistemáticamente prioriza la conveniencia diplomática a corto plazo sobre la integridad territorial nacional, cuando celebra acuerdos con quien le agrede abiertamente, cuando sacrifica el interés de sus ciudadanos en el altar de la «relación estratégica» con un régimen autoritario, ¿no estamos ante una forma de capitulación disfrazada?
Israel, tradicional aliado, ha decidido alinearse públicamente con Marruecos en esta controversia, dejando a España aislada en un escenario donde antes contaba con socios. El mensaje es claro: quien no defiende lo suyo no puede esperar que otros lo defiendan por él. La debilidad, en política internacional, no genera compasión. Genera oportunidades para el depredador. Y Marruecos, lejos de ser el único depredador en el entorno, se ha convertido en el más audaz precisamente porque ha comprobado, una y otra vez, que España no morderá. Que España pagará. Que España, al final, agradecerá el golpe.
Complicidad, traición y la alineación israelí
La complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez con esta dinámica de agresión-recompensa no puede atribuirse ya a la mera incompetencia o a la ingenuidad. Es una opción deliberada, una estrategia de supervivencia política que hipoteca el interés nacional a cambio de estabilidad diplomática a corto plazo. Pero hay líneas que, una vez cruzadas, dejan de ser simples errores de cálculo para convertirse en algo más grave. Y la pregunta que inevitablemente surge es si estamos ante una de esas líneas.
¿Puede encuadrarse la actuación de Sánchez en el delito de traición? La pregunta suena extrema, casi barroca en su aparato legal, pero merece ser examinada con seriedad. El Código Penal español define la traición como el que, «con ocasión de guerra, o de alianza o amistad con potencias extranjeras, cause perjuicio grave a la Nación o a la defensa nacional». No estamos formalmente en guerra con Marruecos, pero la doctrina militar contemporánea reconoce la «guerra híbrida» como conflicto real aunque no declarado.
Y en esa guerra híbrida —donde se utilizan armas no convencionales como la presión migratoria masiva, la desinformación, la infiltración— Marruecos nos ha atacado abiertamente. Celebrar acuerdos con el agresor, premiarle con reconocimientos diplomáticos, entregarle posiciones estratégicas como el Sáhara, mientras se produce esta agresión, ¿no constituye un perjuicio grave a la defensa nacional?
La izquierda se escandalizará por la formulación. Dirá que es exageración, que es lenguaje propio de conspiraciones, que la realidad es más compleja. Pero la realidad, en este caso, es sorprendentemente simple: un régimen extranjero organiza invasiones de nuestro territorio, y nuestro gobierno le felicita. Si eso no es complicidad con el agresor, ¿qué es?
Y aquí entra en juego el factor israelí. La alineación de Israel con Marruecos en este conflicto no es anecdótica. Es el reconocimiento de que el mapa de alianzas en el Mediterráneo ha cambiado, y que España ya no cuenta con la influencia ni la credibilidad que antes le otorgaban posiciones de equilibrio. Cuando un socio tradicional como Israel decide que más vale estar con el agresor que con la víctima, el mensaje sobre la decadencia española en el escenario internacional es devastador.
No se trata de que Israel sea malo o bueno; se trata de que Israel, como cualquier actor racional, apuesta por quien demuestra fuerza y deja a quien demuestra debilidad. La geopolítica no tiene amigos, tiene intereses. Y España, en esta partida, ha demostrado no saber defender los suyos.
La felicitación al agresor
Pero quizás el gesto más insultante, el que mejor ilustra el abismo entre la retórica oficial y la realidad, sea la insistencia del Gobierno en «felicitar» a Marruecos como socio fiable mientras las pruebas —fotográficas, de video, de testimonios de guardias civiles, de informes de inteligencia— demuestran que las fuerzas marroquíes colaboraron activamente en la invasión. No miraron hacia otro. No fueron incapaces de contener. Organizaron. Facilitaron. Ejecutaron una operación de presión.
¿Cómo se llama a quien felicita a quien le ha agredido? ¿Cómo se denomina a quien celebra acuerdos con quien acaba de violar su frontera? En el lenguaje clásico de la política, se llamaría cómplice. En el lenguaje diplomático actual, se llama «pragmático». Pero la realidad no cambia por la elegancia del eufemismo. La realidad es que nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo líquido que pueden vender por estabilidad política a corto plazo, que el español de a pie debe aceptar la inseguridad y la humillación con tal de que Sánchez siga en La Moncloa.
Y lo más grave es que esta lógica no tiene visos de revertirse. Cada asalto a la frontera es seguido de más concesiones. Cada crisis migratoria organizada desde Rabat termina en más cheques firmados por Madrid. Cada demostración de debilidad invita a la siguiente presión. Es un ciclo que solo puede terminar de dos maneras: o Marruecos alcanza todo lo que quiere —reconocimiento pleno del Sáhara, fondos europeos ilimitados, silencio sobre sus violaciones de derechos humanos— y España se convierte en un satélite económico y diplomático del Reino alauita, o la sociedad española despierta y exige que se ponga fin a esta humillación sistemática.
Conclusión: El vendedor que siempre engaña
La diferencia entre lo que pedimos y lo que recibimos no es, al final, un problema de logística diplomática. Es un problema de voluntad política. Es la constatación de que hemos elegido gobernantes que no creen en España como nación digna de defensa, que conciben la soberanía como un anacronismo molesto, que prefieren la sumisión cómoda a la resistencia costosa.
El meme de Aliexpress funciona porque todos hemos experimentado la decepción de la expectativa defraudada. Pero en el comercio electrónico, al menos, puedes reclamar. Puedes devolver el producto. Puedes exigir tu dinero de vuelta. En la política exterior de Sánchez, no hay devoluciones. No hay reembolsos. Solo hay más pedidos a un vendedor que ya ha demostrado, una y otra vez, que enviará basura y cobrará como si fuera oro.
Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado atrás. Y nosotros seguimos brindando en la embajada del agresor, convencidos de que si sonreímos lo suficiente, quizás esta vez sí llegue el producto de calidad. Pero no llegará. Porque el problema no es el vendedor. Es que nosotros hemos olvidado que en el mercado de la geopolítica, quien no defiende su posición termina siendo mercancía. Y España, bajo este Gobierno, está a punto de liquidarse en el mercado de ocasión de la historia.
Alerta Nacional | Análisis de política exterior y soberanía nacional
España
Mientras la frontera ardía, brindaban por la amistad
Hay gestos que definen épocas. Pequeños actos simbólicos que concentran en su aparente insignificancia toda la sustancia de una crisis mayor. La imagen de ministros del Gobierno español celebrando con copas de champán en la embajada de Marruecos, mientras a pocos kilómetros de distancia decenas de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad extranjeras— asaltaban sistemáticamente nuestras fronteras, no es una anécdota diplomática. Es una fotografía de la España que hemos construido: una nación que ha aprendido a brindar con su verdugo mientras el verdugo afila el cuchillo. Una sociedad cuyos gobernantes han elevado la traición a la categoría de política de Estado, disfrazada con el lenguaje edulcorado de la «cooperación» y la «vecindad estratégica».
La escena resulta casi literaria en su crueldad. Allá afuera, en el perímetro de Ceuta y Melilla, se desarrollaba lo que cualquier manual de derecho internacional calificaría sin ambigüedades: una agresión territorial. No una crisis humanitaria espontánea, no un flujo desbordado de personas en situación de vulnerabilidad, sino una operación coordinada de presión demográfica, ejecutada con la precisión que solo permite la planificación estatal. Mientras tanto, en el interior, en la sala de recepciones de una embajada que representa a un régimen que nos hostiga abiertamente, nuestros responsables políticos sonreían, estrechaban manos, brindaban por la amistad. La pregunta que emerge de esta disonancia no es retórica: ¿hasta qué punto debe deteriorarse la dignidad nacional para que quienes deberían defenderla al menos dejen de festejar con el agresor?
La respuesta, desgraciadamente, la conocemos. La conocemos porque hemos visto este guion repetirse tantas veces que ya resulta predecible. Cada asalto a nuestra frontera es seguido, no de una nota de protesta firme, ni de una llamada al orden, ni de la suspensión de acuerdos, sino de una nueva ronda de concesiones diplomáticas, de fondos de cooperación renovados, de silencios cómplices ante lo que en cualquier otra latitud del mundo se denominaría por su nombre. Y ahora, para completar el cuadro, llega la noticia de que Israel —aliado tradicional, socio en múltiples áreas— ha decidido alinearse públicamente con el Reino alauita en su estrategia de presión contra España. El aislamiento es casi total. Y nuestra respuesta, invariablemente, es seguir abriendo la puerta de par en par, seguir pidiendo por favor, seguir fingiendo que esto es normalidad.
Intercambio de favores y debilidad institucional
Existe algo profundamente sospechoso, casi obsceno en su cinismo, en la insistencia del Gobierno español por felicitar a Marruecos mientras las pruebas de su colaboración en la invasión híbrida son incontrovertibles. No se trata de ignorancia. No se trata de falta de información. Los servicios de inteligencia españoles, las propias fuerzas de seguridad desplegadas en la frontera, los vídeos que circulan por redes sociales, todo apunta en la misma dirección: las autoridades marroquíes no solo toleran estos asaltos masivos; los organizan, los facilitan, los utilizan como herramienta de presión política. Y sin embargo, desde el Ejecutivo de Pedro Sánchez, el discurso oficial sigue siendo de diálogo, de entendimiento, de reconocimiento mutuo.
¿Qué explica esta persistencia en el error? ¿Qué fuerza es capaz de mantener a un gobierno en la senda de la autodestrucción diplomática a pesar de la evidencia aplastante? La respuesta no puede encontrarse en el ámbito de la razón de Estado, al menos no en su definición clásica. Ningún interés nacional genuino justifica celebrar acuerdos con quien te agrede abiertamente. Ninguna estrategia de largo plazo recomienda mostrar tanta debilidad ante un vecino que interpreta cada concesión como una invitación a exigir más. La única explicación plausible es que estamos ante algo distinto de la política exterior tradicional. Estamos ante un intercambio de favores que trasciende la esfera pública y entra en terrenos más oscuros: la supervivencia política a corto plazo, los acuerdos de partido, las necesidades de gabinete que se priorizan sobre las necesidades de país.
Es significativo que cada crisis fronteriza coincida con momentos de especial vulnerabilidad del Ejecutivo. Es llamativo que las presiones migratorias se intensifiquen cuando Marruecos necesita algún gesto específico de Madrid. Es demasiado sistemático para ser casualidad. El mensaje que recibe Rabat es claro: España puede ser presionada, España cederá, España pagará. Y el mensaje que recibimos los españoles es igual de claro, aunque mucho más doloroso: nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo que puede liquidarse en el mercado de la política doméstica.
Soberanía territorial y política de alianzas
La complicidad del PSOE con esta dinámica no es un accidente histórico. Es el resultado de una evolución ideológica que ha convertido a España en un problema a gestionar, no en una nación a defender. Para la izquierda contemporánea, la idea misma de soberanía resulta incómoda, sospechosa de nacionalismo excluyente, manchada por un pasado que prefieren denigrar antes que comprender. En este contexto mental, defender la frontera se convierte en un gesto reaccionario, mientras que ceder ante el chantaje se presenta como modernidad, como apertura, como cosmopolitismo. Es la inversión moral completa: el que agrede es víctima de sus circunstancias, el que se defiende es agresor por negar la hospitalidad, el que traiciona su deber de protección es visionario.
Pero hay algo más profundo en esta complicidad. Es la constatación de que el PSOE ha encontrado en Marruecos un socio útil para su proyecto de descomposición nacional. Un socio que le recuerda periódicamente cuán frágil es su posición, cuán dependiente de buena voluntad externa, cuán necesitado de gestos de clemencia. En esta relación asimétrica, el socialismo español juega el papel del deudor que nunca puede pagar, del culpable que nunca puede expiar, del débil que debe agradecer cada respiro. Y nosotros, los españoles que no compartimos esta visión autodenigratoria, somos los rehenes de una psicología política que nos vende como moneda de cambio.
La pregunta que inevitablemente surge de esta situación es hasta dónde puede llegar esta lógica de rendición. Si Marruecos puede asaltar nuestras fronteras con impunidad, si puede organizar invasiones demográficas coordinadas sin que ello suponga la ruptura de relaciones, si puede contar con la complicidad pasiva o activa de nuestros propios gobernantes, ¿qué queda de la España que conocimos? ¿Qué queda del Estado que se suponía garante de nuestros derechos, de nuestra seguridad, de nuestra integridad territorial?
Y aquí llegamos al tercer punto, quizás el más inquietante de todos. Porque la situación actual no es un incidente aislado ni una crisis pasajera. Es el preludio de algo más grave, de una escalada que podría llevarnos a escenarios que hoy parecen impensables pero que mañana podrían ser inevitables. La Unión Europea, esa estructura que se supone garante de nuestra seguridad colectiva, ha demostrado una vez más su inutilidad cuando los intereses nacionales de los Estados miembros entran en colisión. Italia cierra sus fronteras, expulsa a España del espacio Schengen, actúa con la decisión que nosotros nos negamos a tener. Y nosotros seguimos esperando que Bruselas nos defienda, que París nos respalde, que alguien desde fuera venga a salvar lo que nosotros mismos nos empeñamos en destruir.
Pero ¿y si esa ayuda no llega? ¿Y si la UE, como es previsible, sigue su lógica de abandono progresivo de las fronteras exteriores? ¿Tendremos que llegar al extremo de una confrontación armada para que nuestros gobernantes reconozcan que estamos ante una agresión y no ante una crisis humanitaria? ¿Es necesario que las tropas españoles entren en combate para que se entienda que Marruecos ha declarado una guerra híbrida que solo espera su momento de apertura formal?
La pregunta no es descabellada. La historia está llena de ejemplos de conflictos que comenzaron como presiones migratorias, como operaciones de desestabilización demográfica, como invasiones de baja intensidad que nadie quiso nombrar hasta que fue demasiado tarde. Marruecos sabe que España es vulnerable. Sabe que nuestra voluntad política está fragmentada, que nuestra sociedad está dividida, que nuestros líderes están más preocupados por su supervivencia electoral que por la defensa del territorio. Y en esa vulnerabilidad ha encontrado una oportunidad histórica que no tiene intención de desaprovechar.
Conclusión: La vigencia de la comunidad política
La España que emerge de esta crisis no es la misma que entró en ella. Cada asalto a la frontera, cada brindis en la embajada del agresor, cada silencio cómplice de quien debería alzar la voz, nos acerca un poco más a la pérdida definitiva de algo que no sabíamos que podía perderse: la certeza de que vivimos en un país capaz de defenderse. Porque no se trata solo de territorio, aunque el territorio sea el primer bien que se pierde. Se trata de la idea misma de comunidad política, de nación, de proyecto compartido que merece ser protegido.
Cuando un gobierno elige festejar con quien le agrede, cuando prefiere la sonrisa diplomática a la firmeza necesaria, cuando sacrifica la dignidad nacional en el altar de la conveniencia coyuntural, está enviando un mensaje que trasciende la política exterior. Está diciéndonos que ya no cree en España como entidad merecedora de defensa. Que la considera un accidente histórico que debe gestionarse hasta su disolución final. Que los españoles que vivimos aquí, que pagamos impuestos, que servimos a nuestras instituciones, no somos su prioridad.
La resistencia a esta lógica no puede venir de quienes se han beneficiado de ella. No puede venir de quienes han convertido la traición en virtud y la rendición en prudencia. Debe venir de quienes todavía creen que una nación sin fronteras defendibles deja de ser nación, que un Estado que no protege a sus ciudadanos deja de ser Estado, que una sociedad que acepta ser invadida sin rechistar ha perdido ya la voluntad de existir.
Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado fuera de su espacio de protección. Y nosotros seguimos brindando, seguimos cediendo, seguimos fingiendo que esto es normalidad. Pero no lo es. Y el día que despertemos de este letargo, quizás descubramos que la España que queríamos defender ya no existe. Que la dejamos escapar entre brindis y sonrisas, entre acuerdos de cooperación y fondos de desarrollo, entre la cobardía de quienes debieron protegerla y la indiferencia de quienes debimos exigir que lo hicieran.
La batalla no ha terminado. Pero tampoco ha comenzado realmente. Y eso es, quizás, lo más preocupante de todo.
