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Cartas del Director

Franco, el Caudillo, jamás hubiera permitido que se dejara morir a los ancianos. JAMÁS

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Quienes hoy están muriendo abandonados y solos en residencias geriátricas frisaban los 40 ó los 50 a la muerte de Franco. Lamentablemente ya no tendrán ocasión de conocer el poco o nulo valor vital que la tanatocracia española concede a sus mayores. Ancianos con patologías crónicas, apuraditos en su estado de salud, están cayendo como moscas. ¿Han dejado de recibir tratamiento y están engrosando las listas de fallecidos por coronavirus? Ciertamente lo público, lo estatal, que en otras épocas era señal de seriedad y confianza, se ha convertido, en este sistema liberal y globalista, en sinónimo de recortes y servicios mínimos. Y lo privado, que en otros momentos estuvo casi exclusivamente en manos de la Iglesia, es ahora sinónimo de beneficio empresarial y de recortes en personal especializado.

Los residentes en los geriátricos estatales no dejan de ser una inversión a fondo perdido en permanente déficit, pues los que acceden a una de estas plazas son perceptores de pensiones mínimas, míseras y deleznables. Pero, al ser tantas, constituyen un dispendio insoportable para un Estado sin alma, que ha olvidado el beneficio que en el pasado recibió de los mayores, para centrarse únicamente en el presente. Un geriátrico estatal está en permanente quiebra técnica. El dinero que necesitan para no colapsar les llega de fuera, de los caudales públicos. Los residentes no compensan, ni de lejos, con sus ingresos lo que el Estado consume por cada plaza en sus geriátricos. [SIGUE MÁS ABAJO]

 

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Los viejos pobres y que viven tantos años no dejan de ser un incordio para un sistema arruinado que vive de esquilmar al contribuyente.

El Estado no puede dejar de considerar una rémora presupuestar ingentes partidas para mantener residencias públicas en permanente déficit, con jubilados que no cubren con sus pensiones la atención que reciben… y lo privado, con su búsqueda de beneficio empresarial, presentan ambos para los ancianos asilados un panorama de lo más desmoralizante.

Los ancianos que han perecido víctimas del coronavirus, en la más completa soledad y abandono, se hallaban en plena edad laboral en 1975, año del fallecimiento del anterior jefe del Estado. La gravedad de la situación nos impone un reverencial respeto hacia las pobres víctimas. Ello sin embargo no nos exime de recordar a los que permanecen vivos lo que el deber nos dicta.

En vez de oponerse a la destrucción de las conquistas económicas, sociales y morales del régimen anterior, que humanizaba a los mayores hasta el punto de que apenas existían geriátricos, los pensionistas de hoy se dedicaron durante años a echar por tierra todo lo bueno y fecundo de aquella España, malvendiendo su futuro a unos políticos que hoy conceden más privilegios y cuidados a un inmigrante ilegal que a cualquiera de ellos.

Estos miles de ancianos muertos en deplorables condiciones seguramente no habrían saludado con tanto alborozo la llegada de la Arcadia democrática feliz que les prometieron, si hubieran tenido la oportunidad de conocer el epílogo de sus vidas. Seguro que ninguno de esos políticos tan dicharacheros de la Transición les explicó que la democracia española echaría doble cerrojo al concepto de la trascendentalidad de la vida humana imperante en la España de Franco, en beneficio del concepto utilitarista como principio básico que determina quién debe morir y quién no. Abominaron de un régimen que les dio a todos ellos la posibilidad de crecer en el seno de familias sanas y vertebradas y de prosperar al amparo de una legislación laboral que proporcionaba seguridad jurídica al empresario y sacralizaba la dignidad de los trabajadores. No quisieron enterarse que progresivamente sus vidas perderían el valor supremo de la trascendentalidad conferida por Dios para quedar a expensas de cálculos económicos o productivos de las élites financieras y sus lacayos políticos.

En la España de Franco apenas existían residencias geriátricas. Las que habían acogían a menos del 1 por ciento de la población anciana. La mayoría de los viejos vivían junto a sus familias. Tenían en ellas una importancia capital y eran depositarios de las mayores atenciones, desde ser los primeros en ser servidos en la mesa a presidir cualquier evento familiar. Hoy, en cambio, más de un millón de ancianos malviven en asilos, en condiciones deplorables en muchos casos. Los que sobrevivan al coronavirus deberían preguntarse por qué ha sido tan degradada la ancianidad en esta sociedad democrática, que apostata de cualquier cosa que no tenga un ideal material. Deberían preguntarse si Franco les hubiera dejado morir solos y sin asistencia sanitaria. Les aseguro que no.

En el denostado régimen de Franco, los ancianos eran reverenciados por sus familias y contaban con una protección especial por parte de las autoridades. La España de Franco nunca hubiera permitido los protocolos que oficializan la desatención médica a las personas más longevas por criterios meramente económicos.

Me pregunto por qué los ancianos españoles no previeron esta situación hace años. Habiendo nacido, crecido y prosperado en el seno de un régimen que convirtió en imperio el derecho a la vida y el respeto a los mayores, por qué reciclaron su moral de hojalata sin oponer resistencia. Vale que los jóvenes no hayan conocido otra cosa que este engendro democrático, pero no así nuestros mayores. Se tragaron el cuento de la prosperidad democrática en la creencia de que pasarían a administrar la cosa pública en régimen de gananciales. Al final lo que han conseguido es ser el último escalón en una sociedad de parias, donde la aniquilación de la dignidad humana ha creado un vacío existencial y, consiguientemente, ha cifrado el valor de las personas en términos de utilidad económica. De ahí que los pensionistas se hayan convertido en lastres económicos, para los que ya se preparan soluciones eutanásicas que aceleren el cierre de su ciclo biológico de vida.

Me indigna igualmente que esos sinvergüenzas que sacaron a muchos jubilados a las calles para exigir pensiones más altas, permanezcan hoy ciegos y mudos ante la muerte de miles de ellos en deplorables condiciones. Son tan canallas como esos liberados sindicales de la Sanidad que se niegan a incorporarse a sus puestos para salvar vidas.

Sabe Dios que me lacera el alma ver a los ancianos españoles caer como moscas estos días. Y me lacera más porque fueron ellos los que legitimaron la deconstrucción del estado nacional. Son los que votaron a Súarez, y luego a Felipe, y más tarde a Zapatero, y ahora muchos de ellos a Podemos. Son los que pudiendo elegir entre la España que reconfortó sus vidas y la que hoy las destruye, eligieron esta última.

Muchas de estas malogradas víctimas del coronavirus colaboraron durante años en mantener a flote este sistema que es sobre todo sinónimo de destrucción y muerte. Los que sobrevivan al virus y a sus propagadores deberían preguntarse qué parte de culpa han tenido en la incubación de la metástasis que hoy padecemos los españoles.


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Cartas del Director

Armando Robles, en ‘Buenos días España’: «El Gobierno utiliza a la Policía para reprimir a los ciudadanos y afianzar su régimen»

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Lo único que les preocupa a los militares es conservar sus prerrogativas económicas sin comprometerse con nada. Esto al menos es lo que ha opinado el director de AN, Armando Robles, en el programa «Buenos días España», de Radio Cadena Española.

«Me sorprende que los mandos castrenses hablen de la defensa de nuestra Patria, estando como están a las órdenes de políticos traidores que están promoviendo la destrucción nacional», señaló Robles en el programa conducido y presentado por Santiago Fontenla.

«Cuando hablan de los enemigos de España, señalan Mogadiscio, Besmayah, Libreville y el Océano Índico. Y no es verdad. Los enemigos de nuestra Patria no están tan lejos. Los enemigos de España los tienen muy cerca y me extraña que no los hayan reconocido aún. En el Congreso de los diputados podrían reconocer a muchos de ellos. Están emparentados por línea consanguínea con aquel conde Don Julián que facilitó a los moros la invasión y destrucción de la España visigoda. Son los que no detectaron la supuesta malversación de fondos por parte de los procesados como líderes del golpe independentista en Cataluña. Son los que gobiernan gracias al apoyo de los separatistas que pretenden destruir nuestra Patria. Son los que visitaron al líder de Bildu, Arnaldo Otegi, en el caserío Txillarre y que luego dan la espalda a las víctimas del terrorismo. Son los que pasan por alto el sufrimiento y la persecución que sufren los no nacionalistas, que esperaban de sus militares el mismo interés que estos demuestran en las operaciones de salvamento de ilegales en aguas del Mediterráneo. Son del mismo partido que ordena a la Policía identificar a los españoles que llevan la bandera nacional en su coche. Son los que han arruinado el prestigio de la Fiscalía General del Estado sometiéndola a la lógica de sus pactos políticos con los separatistas. Son los que están acercando a cárceles vascas a miembros de la banda terrorista ETA a cambio del apoyo parlamentario del PNV. Son los causantes de la muerte por coronavirus de miles de ancianos españoles, los que en esta crisis han antepuesto el interés partidario a la salud de los españoles, los que han sembrado España de cadáveres y pobres. Esos son los enemigos de nuestra Patria. han llevado a cabo una gestión negligente que ha llenado de muertos los hospitales. Los altos mandos militares solo creen en el dinero. Que nadie espere nada de ellos», manifestó Robles.

Para Robles, la ampliación del estado de alarma tiene por objeto un cambio de régimen y lamentó que policías y guardias civiles hayan dado la espalda a los españoles al impedir las protestas y vigilar a los discrepantes en redes sociales, además de no perseguir las opiniones contrarias al Gobierno.

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«El Gobierno utiliza a Policía y Guardia Civil para reprimir a los ciudadanos y afianzar su régimen», apostilló.

TODO ESTO Y MUCHO MÁS, EN RADIO CADENA ESPAÑOLA:


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Cartas del Director

Armando Robles: “¿Por qué estoy harto de España y por qué preferiría no tener que llamarme compatriota de la mayoría de los españoles?”

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Excusen llamarme patriota. No lo soy. Para serlo tendría que amar y admirar a la población de la que emerge el concepto de España. Ni la amo ni la admiro. Digo más, preferiría no tener que llamarme compatriota de la mayoría de las personas con las que me cruzo a diario. De esta población, la derecha social me gusta todavía menos. Aceptaría encantado el pasaporte que me brindara un país como Estados Unidos. Incluso Corea del Norte. Allí al menos no ha llegado todavía el hedor de esta democracia herrumbrosa de quinquis, trileros, psicópatas y maleantes. Allí al menos se fusila bien. Reconozco que he llegado al límite estas semanas de coronavirus. La cobardía, la hediondez moral, la mediocridad, la materialidad, la incultura, la indignidad, la ridiculez, el poco o nulo vital de los españoles, puestos en evidencia las últimas semanas, han sido más que suficientes.

Excepto por media docena vacaciones que he cogido en mi vida, no he dejado de trabajar duro desde que tenía veintipocos años. No recuerdo en todo este tiempo haber estado enfermo, y si lo estuve no recuerdo que ello me impidiera cumplir con un horario de trabajo, que nunca bajó de las 12 horas al día. Nunca nadie me regaló nada, y he tenido que trabajar siempre muy duro para al menos alcanzar la posición de escribir u opinar lo que me sale del nabo sin tener que depender de ningún editor garrulo .

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Pero reconozco que empiezo a estar harto, muy harto de vivir en este país enfermo. Estoy harto de vivir a las órdenes de unos políticos que conforman el estadio moral más bajo de la sociedad.

Estoy harto de que estos días, la vida o la muerte, la salud o la enfermedad de miles de ciudadanos españoles dependa de unos dirigentes a quienes les ha importado más los cálculos electorales y los chanchullos de siempre que el interés colectivo.

Estoy harto de que ni aún cuando la salud de muchos dependiese de la llegada de material sanitario en buenas condiciones, nos hayamos librado de esa legión de pícaros, bribones, golfos, salteadores y corruptos que han sido y son el mejor exponente de los valores partitocrátios.

Estoy harto de esos españoles que han salido cada tarde a los balcones para bailar, cantar y batir palmas, mientras los tanatorios, los hospitales y las residencias se llenaban de cadáveres.

Estoy harto de que los españoles pasen de todo y traguen con todo. Por ejemplo, que los dirigentes añadan más incertidumbre al futuro poniendo al frente de la reconstrucción económica nada menos que a un socialista sin estudios que traduce en fracaso todo lo que toca, y a un líder comunista cuyo dato biográfico más sobresaliente es el de representante de la guerrilla de las FARC en las conversaciones de La Habana.

Estoy harto de un país que permite que haya test para los futbolistas y no para los sanitarios.

Estoy harto de que un vago o un ‘okupa’ tenga más derechos que las personas que aún conservan la ética de trabajo.

Estoy harto de una Policía que sanciona por llevar banderas españolas, que penetra en las iglesias interrumpiendo las homilías y desalojando a los fieles, que detiene a un pobre diablo por salir a la calle y permite a Pablo Iglesias saltarse la cuarentena. Estoy harto de esos patriotas de pacotilla a quienes el sueldo de esos policías les preocupa más que el de un trabajador del campo.

Estoy harto que se dé luz  verde a la ‘okupación’ ilegal de pisos mientras guardias civiles vigilan día y noche para que nadie entre en el chalecito del par de golfos de Galapagar.

Estoy harto de que mientras se prohíbe a los cristianos la entrada en los templos, el Gobierno autorice los desplazamientos fuera de sus localidades a las personas de religión musulmana con motivo del ramadán.

Estoy harto que cualquier ciudadano español vea cómo sus hijos, pese a prepararse concienzudamente, son incapaces de lograr un puesto de trabajo, mientras se permite que el más tonto de los españoles pueda ser elegido para gestionar y administrar el Tesoro o dirigir el destino de la nación.

Estoy harto la dictadura de género y la aberración del lenguaje inclusivo disfrazado de igualdad, que ha convertido el Parlamento español y el resto de administraciones públicas en una academia feminista de analfabetas funcionales.

Estoy harto de esa caterva de artistas progres subvencionados, y de esas continuas deposiciones cinematográficas al servicio de una sociedad partidaria, pornográfica y frentista.

Estoy harto de que la política tenga que salir al auxilio del arte, porque ese arte se ha prostituido tanto que es incapaz de vivir si no es a expensas de los políticos.

Estoy harto de que el ‘culebrón Merlos’ haya protagonizado más tertulias televisivas y más encendidos debates que la letalidad entre los mayores.

Estoy harto del poder que psicópatas y maricas ejercen sobre nuestras vidas. Estoy harto de que el futuro económico y la salud moral de nuestros hijos dependa de gente como ‘El Chepas’ y la cajera.

Estoy harto de que me digan que tengo que acoger y ayudar a los representantes de esos pueblos que comían larvas mientras aquí se construían catedrales.

Estoy harto de que me digan que debemos ganar menos para mantener a la legión de vagos, menesterosos, oenegeros, feministas y subvencionados de toda laya, con tal de que la izquierda no pierda su principal cantera de votos.

Pero sobre todo, estoy muy harto de la derecha social, porque debiendo tener conciencia de todas las cosas que provocan mi hartazgo, lo que hace es mirar para otro lado. Estoy harto de esa derechona friki y cobarde, cuyos confines ideológicos se limitan al ‘Viva España’ escobariano y al ‘Arriba España’ cuartelero. Estoy harto de esa derecha dominguera que no hace más que perder batallas, una tras otra. Estoy harto de esa derecha zafia, tópica, cainita, de argumentos epidérmicos y de andar con el pie cambiado. Estoy harto de esos patriotas postureros que exaltan a La Legión en su centenario y se olvidan de mencionar el nombre de su fundador.

Debo admitir que esa derecha, a trompicones entre el sainete y el Capitán Araña, vale menos que la izquierda, que ya es valer poco. La izquierda está ganando de calle la guerra que muchos creían haber ganado en el 39. Han conseguido sacar a Franco de su tumba, confinar la incorrección política  en el baúl del olvido, adoctrinar ideológicamente a la nación, introducirnos sus prejuicios, imponernos su visión maniquea de la historia, cambiar el nombre a nuestras calles, ideologizar la moral, pervertir el lenguaje, implementar la verdad oficial como un dogma de fe, oficializar sus preferencias éticas y estéticas, demonizar a nuestros héroes. Salvo este medio, ni siquiera se ha tenido el coraje de despedir a Billy el Niño con el respeto que ellos dispensaron al genocida Santiago Carrillo, enterrado en olor de multitudes. Por eso no distingo entre el PP y Vox, salvo en algunos detalles florales que en el fondo no alteran nada.

Un pueblo que ha perdido la dignidad hasta de pedir justicia para sus muertos, víctimas en muchos casos de la negligencia de este Gobierno, no merece ser reconocido como algo propio y cercano afectivamente. Pura razón natural tras 42 años de oligarquía partitocrática. Lo que tenemos es una masa adormecida, amorfa, hueca, vacía, grotesca, extremadamente manipulable… De ella no se podrá sacar nunca nada bueno, nada positivo. Al igual que otros europeos, pero en grado mucho mayor, los españoles han llegado al último capítulo de la decadencia y la degradación. Este es un organismo en putrefacción avanzado. La carne agusanada de este cuerpo es lo único que realmente se mueve y tiene vida.

Los representantes de ese pueblo son todavía peores. La Monarquía letiziana no sirve a los españoles. Los partidos sirven solo a sus dirigentes y financiadores. Las altas esferas judiciales sirven a los fuertes y se ensañan con los débiles. La cúpula de la Iglesia sirve a Satanás. Los medios de manipulación sirven al pesebre que les llena las alforjas con millones de euros. El sistema ha quebrado. El sistema es un inmenso campo moral de ruinas. Nos han arruinado y humillado, nos han dejado sin futuro. Las próximas generaciones de españoles pagarán dramáticamente los excesos de estos años.

Los españoles ya no sienten ni frío ni calor. Están tan cretinizados que admiten como corriente lo que en otra época habría provocado un levantamiento. Lo lamento, pero estoy harto, muy harto, de los españoles. Lo que me pide el cuerpo es otro pasaporte y mandar a la mierda el que ahora tengo.


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Cartas del Director

El precio que está dispuesto a pagar la piara nacional para seguir hozando en la sucia charca

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En medio de la crisis coronavírica, el pueblo español parece preocupado tan sólo por alargar su miserable existencia un día más al precio que sea -el de la libertad también-, con tal de llegar incólume al chiringuito playero para tomar cerveza y deglutir gambas al ajillo, importadas de China, por supuesto.

¿Es suya toda la culpa? Seguramente, no. Desde el año 1975 se ha llevado a cabo, primero lentamente, velozmente después, una intensa labor de deconstrucción política, económica y sobre todo moral de la nación, a través de unos medios de comunicación subordinados al ejecutivo de turno, sea del color que sea, pues el programa es común para todos.

Ya en el lejano 1977, el Gobierno de Adolfo Suárez aprobó en el Parlamento una ley de divorcio que ha dinamitado silenciosa, pero progresivamente la institución familiar, ridiculizando la fidelidad y la fecundidad conyugal hasta el extremo de convertir España en el país con el crecimiento vegetativo más negativo del mundo, a pesar de las sucesivas olas de inmigración extranjera inducidas desde el poder.

Luego fue la ley de educación, la LODE y sus sucesivas modificaciones hasta culminar en la LOGSE, con el propósito de convertir en analfabetos funcionales a la mayoría de nuestros estudiantes, controlar los contenidos no sólo académicos, sino también morales del alumnado, pasando así por encima del derecho de los padres de educar a sus hijos conforme a sus convicciones. Ahí está la ministra Celaá recogiendo los frutos envenenados de sus antecesores: “¡Los hijos no son de los padres!”.

Fue en 1985 cuando el gobierno de Felipe González logró, a pesar de la firme oposición del PP de Manuel Fraga, implementar la ley de despenalización del aborto en los tres famosos supuestos de riesgo grave para la salud física o psíquica de la madre, violación o malformaciones del feto. Luego, la manga ancha de José María Aznar convirtió la ley de despenalización, en la práctica, en la del aborto libre y gratuito. Fue en 2010 con Zapatero cuando se consagró plenamente el crimen del aborto quasi como derecho constitucional, pues el Alto Tribunal permanece callado desde entonces ante el recurso presentado.

El nefasto Ejecutivo de Mariano Rajoy entronizó las leyes de Odio para amordazar la discrepancia y abrió la puerta a la subvención de todas las organizaciones femiprogres, que han convertido ahora la ideología de género en ideología de Estado. Desde esa posición de poder adoctrinan a pequeños y mayores en el cambio de sexo, la sodomía y la plurisexualidad sin freno.

¿Están consiguiendo su propósito? Ahí está el divorcio express, no vaya a ser que los matrimonios formados por hombre y mujer se arrepientan y se reconcilien. La aceptación social de las parejas de hecho, para que se sientan más libres de romper, pero no estables para criar a los hijos. Y si viene alguno, aborto libre y gratuito para que se vea al hijo como una carga y se vea muy fácil quitarse «el problema» de encima.

Aleccionando desde el poder sobre la violencia «de género» para que las mujeres tengan miedo de los hombres violadores y los hombres de las mujeres locas que les denuncian por nada. No vaya a ser que se atraigan y se casen.

También fomentando la “ideología de género”, para que los hombres se feminicen y las mujeres se vuelvan machos, y que quieran juntarse entre sí como parejas estériles homosexuales. Haciendo ver por todos los medios la bondad de la transexualidad, para convencer y obligar a las familias a creer que lo mejor para sus hijos es castrarlos. Y, finalmente, la eutanasia para que no quede ninguno vivo que les pueda explicar a las siguientes generaciones que eso no es normal ni es sano. Por tanto, lo están consiguiendo ante la pasividad de un pueblo que tiene ya como única expectativa reposar este verano sus veraniegas posaderas en la arena de la playa: hocicar y reír.

En este país arrasado cultural y moralmente, en este sistema donde cualquier pestilencia ideológica halla acomodo social y legal, donde las peores perversidades y los crímenes más flagrantes son sinónimos de modernidad y liberación, ¿podemos esperar que nos gobierne ya alguien sensato y decente? No se pueden pedir peras al olmo ni esperar frutos buenos de un árbol podrido desde su raíz.

Las pocas minorías conscientes y libres que quedan han sido desactivadas y neutralizadas por cuarenta años de persecución salvaje y demonización constante y por el papel de una jerarquía eclesial absolutamente nefasta: arrumbando a los mejores y promoviendo al episcopado a los serviles.

Con estos mimbres, el que el gobierno de la nación convierta nuestro territorio en un inmenso campo de concentración, donde no sólo nos han hurtado la movilidad diaria e interprovincial, sino también la libertad para pensar, acabará siendo el precio que está dispuesto a pagar la piara para seguir hozando en la sucia charca, sí, pero con el estómago más o menos lleno por la renta mínima universal.


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