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Historia

Hispanidad a la española: del Himalaya a Los Andes

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Recuerdo que una de las historias que más me cautivaron en mi niñez y adolescencia fue la que protagonizó el niño italiano de nombre Marco, que emprendió un viaje épico desde Italia hasta América con el fin de encontrar a su madre, que había emigrado a tierras del Nuevo Mundo para trabajar y dar una mejor vida a sus hijos.

La historia tenía como título «Marco: de los Apeninos a los Andes», relato breve incluido por Edmundo de Amicis en su novela «Corazón», editada en 1886.

Si cambiamos los Apeninos por el Himalaya, nos quedaría un título perfecto para explicar con pocas palabras la nauseabunda catarata de mentiras con las que los rojiprogres pretenden destrozar nuestra historia: «Del Himalaya a los Andes». Como se ve, todo se reduce a una simple cuestión orográfica, pues por algo somos el segundo país más montañoso de Europa, de modo que estudiar nuestra historia equivale a hacer un «trekking» ―perdón por el palabro inglés― por cordilleras gigantescas, a hacer escaladas más allá del Naranco de Bulnes, en un juego de la oca que tiene como estribillo «y miento porque me toca».

En efecto, el Himalaya de mentiras por cuyas barrancas se han despeñado generaciones enteras de españoles aborregados hasta la náusea tiene varios ochomiles majestuosos, cumbres negras construidas engaño a engaño, embuste a embuste, leyenda a leyenda. Las falsedades sobre nuestra Historia son de tal magnitud, que, además del Himalaya, el movimiento tectónico causado por las patrañas ha levantado en España incluso un Andes de mentiras, otra cordillera más para atacar la Hispanidad, para manipular la historia patria a conveniencia de la «Sinagoga de Satanás», que nos acosa desde del mismísimo «Big Bang».

Extraña y sorprendente magia luciferina la de los giliputienses progres, que convierten la Reconquista en una aventura imperialista contra una civilización musulmana excelsa, y nos exigen pedir perdón por la conquista de Granada; pasmosa visión de nuestra Patria, que según la patulea de giliignorantes ha sido gobernada por siniestros individuos hijos de Torquemada, genocida macabro que quemó a cientos de miles de inocentes, cuando los documentos históricos demuestran que, en sus 400 años de existencia, solo se le pueden imputar unas 2.000 víctimas, pecata minuta al lado del holocausto que sufrieron los católicos a manos de los protestantes y los anglicanos, cifra que palidece ante las más de 10.000 víctimas católicas ―18.000 si se les suman las matanzas del genocida Lluis Companys― provocadas por el Frente Popular.

Pero a lo que íbamos, después del Everest de la inicua memoria histórica antifranquista, tenemos el espectáculo del famoso Aconcagua andino, que con sus 6960 metros es la mayor cumbre delos hemisferios sur y occidental. Aconcagua de mentiras con las que la ideología izquierdista ha tergiversado la historia dela conquista y colonización de América, magno evento civilizador que, en palabras del papa León XIII, «es por sí mismo el más grande y hermoso de todos los que tiempo alguno haya visto jamás».

Extraño caso el de España, perpetradora de los más tremendos genocidios de la Humanidad según los lobotomizadores rojos: musulmanes, brujas, protestantes, indígenas, milicianos… Enormes muchedumbres que cayeron bajo nuestra cruel guadaña, que inmisericorde segó vidas inocentes, alcanzando su paroxismo de horror con los indiecitos lindos como corderitos en flor, y con los nobles y puros y pobres milicianitos que curraban por construir el paraíso de las famélicas legiones.

Y así tenemos que los sherpas perrofláuticos del Himalaya de mentiras sobre el franquismo han abierto desde tiempo inmemorial una franquicia en los Andes, la cual ha lavado el cerebro a incontables generaciones presentando la epopeya americana como la madre de todos los genocidios. ¿Por qué será que la patulea comunista, responsable de la muerte de más de 100 millones de personas, se empeña en ver genocidios en nuestras empresas más gloriosas?

Esta mentira cósmica que hace de la Hispanidad la «fiesta del genocidio indígena» resiste contra viento y marea la verdad histórica, archisabida, pero archiolvidada, de que la mortandad indígena no fue causada por mengeles españoles, ya que fue provocada por el hecho de que los españoles transmitieron a los autóctonos unas enfermedades contagiosas para las cuales los indios carecían de defensas ―especialmente la viruela y el sarampión―, enfermedades infecciosas que provocaron entre un 75 y un 95% de la mortandad indígena.

Otras verdades como panes demuestran fehacientemente que los españoles pudieron conquistar esos imperios enormes porque contaron con el apoyo de la gran mayoría de los pueblos que estaban hartos de la opresión totalitaria de esos imperios, la mayoría de los cuales se alimentaban de las torrenteras de sangre de los satánicos sacrificios humanos.

En el año 1521 Andrés Tapia, acompañante de Hernán Cortés, dio testimonio de una torre de cráneos en Tenochtitlán, que pertenecían a hombres mujeres y niños víctimas de los sacrificios humanos en el imperio azteca. Este siniestro monumento fue descubierto en el 2017, como prueba material de que eran verídicos los testimonios de los cronistas sobre el genocidio que se practicaba en los imperios precolombinos.
Fray Juan de Zumárraga, primer obispo de México, afirmaba en una carta datada en 1524 que en todo el imperio azteca se sacrificaban al año más de 72.000 personas, entre ellas 20.000 niños. Para el investigador Mariano Cuevas (1879-1949), esa cifra estaba en torno a los 100.000 sacrificios anuales. En el primer volumen de su «Historia de la Iglesia en México», afirma que Andrés Tapia y Gonzalo de Umbría estimaron en 136.000 calaveras los restos de los sacrificios que hallaron en las vigas y gradas de Mixcoatl. En dicha obra, Cuevas sostiene que el objetivo de las guerras entre los pueblos precolombinos era capturar el mayor número de prisioneros para luego sacrificarlos, ritual que consistía en arrancar el corazón a las víctimas, decapitarlos, y comérselos después. Estas prácticas eran comunes en prácticamente todas las culturas precolombinas. Estos horrendos genocidios cesaron tras la conquista española y, por supuesto, han sido silenciados en los libros de texto.

Para rematar la mentira genocida, es un hecho ya aceptado entre los historiadores que los españoles fuimos los creadores de los Derechos Humanos, cuya ideología se aplicó al trato con los indígenas del Nuevo Mundo, impulsada por la misma Isabel la Católica.

Pero no hace falta ser experto en historia para descubrir que los Andes de mentiras es un burdo intento por manipular la verdad de nuestra historia, ya que basta darse una vuelta por Madrid para desmochar sin cuartel esa cordillera de estafas y engaños.

En efecto, que me digan a mí y a los madrileños que la colonización de América fue un genocidio, cuando nos vemos transportados en un plis-plas a exóticos lugares, en fantásticas excursiones por Macchu-Picchu y alrededores, tal es la calidad indígena del ADN de muchos sudamericanos que pululan por nuestras calles.

Al verme rodeado por ellos en cualquier esquina de Madrid ―y no digamos en alguno centros comerciales del extrarradio madrileño― no puedo por menos de pensar que fue muy extraño el presunto genocidio que hicieron nuestros antepasados conquistadores en las Américas, porque, aparte de tenerlos a cientos de miles en nuestras calles con una fisonomía plenamente indígena, tiene que haberlos por millones en los actuales países hispanoamericanos. Si el genocidio fue como lo pintan los giliprogres, ¿cómo se explica que quedaran tantísimos indígenas? Chi lo sa. Y también hay que contabilizar a aquellos que no tienen tanta pureza racial por haberse mezclado con españoles, ya que fuimos el único imperio en el que los conquistadores se no tuvieron reparo a la hora de mezclarse con las poblaciones nativas, caso insólito en los imperios anglosajón, francés, holandés…

Caso bien distinto es el de los indios que tuvieron la desgracia de habitar las tierras de América del Norte, donde, además de los búfalos ―que exterminaron sin piedad con el fin de matar de hambre a los indios que se alimentaban de ellos―, los blancos anglosajones diezmaron sin piedad las tribus nativas, hasta el punto de que hoy se calcula que éstas ―contando también Alaska― sólo cuentan con poco más de 4 millones de individuos: espeluznante cifra. Por ejemplo, solamente quedan unos 96.000 apaches, 18.000 cheyennes, 19.376 comanches, 80.000 iroqueses… ¿para qué seguir? Es decir, que antes daban para alguna película del Oeste como extras y poco más, pero hoy ya ni eso, porque ya no se hacen.
Dato tremendo es que, de las 570 etnias indias en América del Norte, más de la mitad están asociadas a reservas. No he estado nunca en América del Norte, pero me da que es sumamente difícil toparse por las calles de sus ciudades con cherokees, comanches, apaches, chirikawas, sioux, etc, incluso en la multirracial Nueva York.

En cuanto a la salvaje explotación de los indígenas, es cierto que la sufrieron las poblaciones autóctonas, pero los países o imperios que no incurrieran en esta práctica que tiren la primera piedra, y eso no es óbice para que estén orgullosos de su historia y proclamen su patriotismo urbi et orbe.

Si los rojiprogres hispanófobos quieren denunciar genocidios, más les valdría denunciar los ignominiosos ejemplos de algunos países elogiados por su civilización y su democracia, los cuales tuvieron lugar en un tiempo donde ya existían los derechos humanos y las ONGs.

Ahí tenemos el siniestro caso de la maravillosa y moderna Suecia, paradigma de socialdemocracia —aún recuerdo al hipócrita primer ministro Olof Palme pasando la hucha por las calles para conseguir dinero contra Franco con el fin de protestar contra la condena a muerte de unos terroristas—. Pues en este país tan deslumbrante se esterilizó a 230.000 personas entre 1935 y 1996 «en el marco de un programa basado en teorías eugénicas» y por razones de «higiene social y racial», orientado a preservar la «pureza de la raza nórdica». Lapones, gitanos, poblaciones de raza mixta… ninguna minoría escapó a este horror. Eso sí que era una «solución final» —por cierto, los suecos no pudieron disimular sus simpatías por el nazismo—.

También animo a estos gilirrojos antiespañoles a investigar el espantoso genocidio que se perpetró en el Congo cuando era colonia de la Bélgica del rey Leopoldo II, fundador y único propietario del Estado Libre del Congo, corrupto y salvaje explotador de los indígenas que se hizo con una enorme fortuna explotando el caucho y los diamantes de ese territorio africano, para lo cual no dudó en masacrar a la población nativa como si fuese mano de obra esclava, hasta el punto de que la carnicería afectó a la mitad de la población, unos 10 millones de personas. Una campaña de investigación que estremeció a Europa destapó el increíble horror de este genocidio, donde destacó el hecho de que los encargados de las concesiones exigían a los soldados nativos que les llevaran las manos cortadas de aquellos a quienes habían asesinado, para asegurarse de que no habían desperdiciado cartuchos.

Pero los muchos ejemplos de genocidios que se podrían citar quedan eclipsados por la apocalíptica hecatombe producida por los regímenes comunistas. Sin salir de la Rusia estalinista, durante La Gran Purga entre 1937 a 1939 se contabilizaron 8,5 millones de detenciones, más de un millón de ejecutados, y más de dos millones de muertos en los campos de internamiento.

Anteriormente a esta Gran Purga había tenido lugar el dantesco apocalipsis del «Holodomor», nombre bajo el cual se conoce la devastadora hambruna que asoló Ucrania durante los años 1932-1933, que causó la muerte de entre 1,5 y 10 millones de personas, horror que según muchos historiadores fue provocado intencionadamente por Stalin el exterminador, que pretendía acabar con el nacionalismo ucraniano colectivizando despóticamente las tierras de los campesinos.

La China maoísta, por su parte, es responsable de 65 millones de muertos.

Ya lo decía Jean François Revel: «El club con más socios del mundo es el de los enemigos de los genocidios pasados. Solo tiene el mismo número de miembros el club de los amigos de los genocidios en curso». Chapeau, maestro.

Por cierto, el relato «De los Apeninos a los Andes» finaliza con las palabras que el médico que atendía a su madre ―enferma de gravedad, y desahuciada por los médicos― le dice a Marco, ya que el niño había motivado a su madre a curarse de la grave enfermedad que la aquejaba: «¡Eres tú, niño, quien ha salvado a tu madre!».

Magnífica parábola para describir la situación de España: una madre enferma que hay que buscar y salvar… Si yo fuera Marco, sé perfectamente dónde buscarla. ¿Y usted?

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Historia

Desvelan la olvidada represión de la II República: “No es un mito, se asesinó a 7.000 religiosos”

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España vive todavía una época de azules y rojos en la que los grises no tienen cabida. Buscar la anhelada objetividad en un período tan reciente (y estudiado) como la Guerra Civil parece una tarea imposible. En primer lugar, porque estamos obsesionados con colgar carteles simplistas que definan (en una palabra) a los profesionales de la investigación. Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense, quiere huir de este maniqueísmo barato. «No tomo partido ni de un bando ni de otro, solo quiero entender qué les pasó a todos durante el enfrentamiento», explica. En un momento de tensión política agitado más, si cabe, por la exhumación de Francisco Franco, este experto incide en que no le gusta hablar de muertos de uno y otro bando; para él todos ellos fueron víctimas del momento histórico que atravesó el país entre 1936 y 1939.

Su última obra ( «Retaguardia roja» -Galaxia Gutenberg, 2019-) está elaborada sobre los pilares de esta filosofía. No pretende señalar y no busca cargar tintas contra unos y otros (los «hunos y hotros» de Unamuno). Es, sencillamente, una investigación que detalla la represión republicana que se desató en Ciudad Real desde el momento en el que los sublevados se alzaron contra la Segunda República en julio de 1936. Un análisis concienzudo, todo sea dicho, pues le ha llevado más de 30 años de trabajo en los que ha hecho 60 entrevistas a otros tantos supervivientes. Podría parecer localista, pero pensar así es un error. Y es que, como bien explica, las conclusiones de su estudio se pueden extrapolar a toda la España rural.

Además de las suculentas novedades que alberga, su nueva obra también sirve para recordar «verdades como catedrales», como el mismo Del Rey las define. Una de ellas, que los estudios publicados en los años sesenta ya determinaron que «en España se asesinó a 7.000 religiosos». «No es un mito», completa. El autor, de hecho, dedica un capítulo a hablar de la «clerofobia» y la violencia de los republicanos más radicales contra los religiosos de la localidad.

Las hipótesis que baraja a la hora de establecer las causas de la violencia anticlerical son dos: la asimilación por parte de la sociedad de que los sacerdotes eran «agentes del enemigo» encargados de extender sus ideas a través de un púlpito y, por otro lado, la interiorización de los tópicos más exagerados sobre los religiosos (por ejemplo, su homosexualidad). Mención a parte merecen los frailes que residían en monasterios y que, según el doctor en historia, no encajan en este arquetipo. «Su caso es más extraño. ¿Por qué se enconaron con ellos?». La pregunta, difícil, la intenta responder en su obra.

En todo caso, «Retaguardia roja» no se limita a analizar la violencia contra el clero y se adentra también en la represión que se vivió en las ciudades que se mantuvieron leales a la Segunda República tras el levantamiento militar de 1936. En sus páginas caben desde la violencia que se desató contra los primeros enemigos del gobierno (una buena parte, falangistas) hasta la labor, enterrada en las páginas de la historia, de los militantes más moderados que quisieron detener aquella locura. Pero no es lo único, Las seiscientas páginas de este ensayo dan para mucho más y se dedican además a destruir mitos como, por ejemplo, aquel que afirma que el golpe militar fue una respuesta a una presunta movilización comunista. Algo que Del Rey define como una «soberana estupidez» multitud de veces refutada.

Tampoco se muerde la lengua al acabar con el mito de las dos España. «Hubo muchas más. La mayoría estaba formada por una mayoría que se vio arrastrada a la violencia», insiste.

Microhistorias

Del Rey forja su discurso mediante las determinantes microhistorias. Un total de diecinueve ejemplos prácticos, del día a día, que permiten al lector poner cara y ojos a los protagonistas del conflicto. «Las microhistorias locales nos permiten llegar a conclusiones similares en el resto del territorio español», afirma. Gracias a esta forma de estudiar la Guerra Civil, el autor establece que ha logrado destrozar mitos arraigados como el que explica que los republicanos más exaltados eran «incontrolados y delincuentes comunes». «Era gente corriente. Vecinos que mataban a otros vecinos. Es algo que ya demostraron muchos estudios de la Segunda Guerra Mundial al analizar la figura de las SS», señala.

Algo similar sucede con Ciudad Real. «Al palpar un universo pequeño que no se ciñe a las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Zaragoza…) te percatas de que encuentras respuestas que no hallas al estudiar las grandes ciudades», explica. Para él, esta urbe es un escenario privilegiado al encontrarse cerca de la capital y supone un ejemplo claro de cómo fue la vida en los pueblos rurales afines a la Segunda República.

Pero no todo lo encontrado ha sido bueno. En su investigación, Del Rey se ha topado con «cosas tremendas» que «no sabía si contar». «Al final me decidí a explicarlas porque partes de la base de que la sociedad española actual lleva cuarenta años de democracia y se merece que intentemos mostrarle una realidad lo más cercana al pasado y lo menos ideologizada posible», finaliza.

Violencia contra el clero

Mediante estas microhistorias, Del Rey se adentra en la «clerofobia» que se vivió al comenzar la contienda. La época de la «violencia en caliente», como la denomina. «Por violencia en caliente se entiende la que se sucedió en las primeras semanas de la guerra allí donde los sublevados habían sido derrotados», señala a este diario. Poco después del 18 de julio de 1936, cuando se produjo el Alzamiento, los partidarios de la Segunda República se ofuscaron en acabar con el «enemigo interior»: todo aquel sospechoso de ser partidario de la sublevación y que pudiera unirse al ejército enemigo si este llegaba hasta la zona. «Se detuvo a miles de derechistas que fueron a parar a las cárceles. En ese proceso, y sin que respondiera a una planificación previa, hubo algunos muertos cuando se produjeron choques. Hay que entender que muchos se resistieron a ser detenidos y que a algunos milicianos se les iba la mano», desvela.

Los religiosos de sotana y misa se vieron envueltos en este torbellino de tensión, miedo y desaire debido a que el miliciano de base los veía como unos «compinches de los golpistas». Ello, a pesar de que, en palabras del experto, «muchos se limitaban a rezar». Esa idea del «monje trabucaire partidario del enemigo solo por el hecho de serlo» era general. «El clero de base, el secular, era visto como un agente político. Ejercía el papel de ideólogo de la derecha en esa dialéctica de odio político», añade.

En su obra, el autor afirma que esta mentalidad estaba instaurda desde el siglo XIX, cuando «la fe religiosa se ligó en la cultura de las izquierdas europeas a la idea de la opresión del “pueblo”». Ejemplo de ello es que el marxismo la comparaba con el «opio del pueblo» y aseguraba que estaba al servicio de los ricos y de los poderosos. «Tales postulados se interiorizaron pronto en España, primero en los medios republicanos anticlericales y después en las distintas corrientes obreristas», completa.

Del Rey, como hace a lo largo de toda su obra, ofrece datos fehacientes sobre la represión contra el clero que se vivió en Ciudad Real durante la «violencia caliente». Entre el 19 de julio y el 31 del mismo mes las víctimas sumaron un total de 157. «Esto representa el 38,85% de los muertos en la “fase caliente” de la revolución, un porcentaje elevadísimo si se tiene en cuenta que la población religiosa en su conjunto -compuesta por poco más de un millón de personas entre curas, religiosos y monjas- apenas rondaba el 0,20% de los habitantes de la provincia», completa. En el interior de su obra, por descontado, analiza y compara esta cifra con multitud de informes relacionados.

En todo caso, también deja claro que la mayor parte no tuvieron que soportar torturas, como afirman algunos expertos. También rechaza que se califique a la represión general como «genocio» u «holocausto».

Lo que llama la atención al autor es el caso del clero que trabajaba en monasterios y no predicaba desde los púlpitos. «¿Por qué mataron en las dos primeras semanas a casi sesenta frailes?», se pregunta el historiador. La respuesta se encuentra en la imagen negativa que se había asociado al clero. «Creo que no funcionó la lógica del combate político previo tanto como en el estereotipo. Todos los tópicos denigratorios (como que eran homosexuales) se cernieron sobre esa figura», desvela. Las muertes de esta parte del clero fueron fomentadas, en parte, por la administración. «Decían que había que tener ojo con los conventos porque podían servir como fortalezas para refugiar fascistas. Había verdadera obsesión con los campanarios. Y en el fondo era verdad porque eran auténticas fortalezas arquitectónicas», añade.

Según Del Rey, una orden ministerial obligó a los frailes y monjas a salir de sus conventos en las dos primeras semanas de la guerra. «Los extrajeron mediante una orden gubernativa. Es decir, acompañados de un juez». En principio, la idea era meterles en la cárcel, aunque no pocos alcaldes se apiadaron y les ofrecieron salvoconductos para viajar hasta zonas seguras. «Lo sorprendente es que, en cuestión de días, los cazaron», señala. Telefonazo a telefonazo, y chivatazo a chivatazo, los milicianos se enteraron de dónde se encontraban y acabaron con ellos. El que aquel mandato gubernamental estableciese un día concreto para expulsarles de sus centros de culto es lo que hizo, en palabras del autor, que las muertes se concentraran en unas jornadas muy específicas en toda Ciudad Real.

Como ejemplo de esta violencia pone casos como el de Francisca Ivars Torres (sor Vicenta), la única religiosa muerta en la provincia. A esta monja la guerra le sorprendió en el colegio San José de Valdepeñas. Sin embargo, el devenir de los acontecimiento hizo que decidiera marcharse. Como otras tantas recibió un salvoconducto. El 23 de septiembre tomó un tren para Alcázar de San Juan, desde donde pretendía viajar a Alicante. Jamás lo consiguió. «Avisados por sus compañeros de Valdepeñas, los milicianos estaban esperándola en Alcázar. […] Sirviéndose de engaños, le propusieron conducirla a la casa que la orden tenía en Herencia. La subieron en un camión y, pocos kilómetros antes de llegar a ese pueblo, la mataron en una viña junto a un hombre. Tenía 68 años», completa Del Rey en su documentada obra.

La violencia vivida en Ciudad Real, con todo, es un mero ejemplo de la que sufrieron los miembros de la iglesia de toda España en estas primeras semanas. «La represión contra el clero se conoce desde 1960, cuando salió un estudio estupendo de un sacerdote en el que se contabilizaba la población religiosa asesinada en unas 7.000 personas. No es un mito, es una realidad como una catedral. Luego se han corregido levemente sus cifras. Fue un estudio impresionante hecho en una época en la que no había ordenadores. Otra cosa es que se hable de eso en el vacío y sin hacer referencia al anticlericalismo que se había extendido en la época, sin contextualizar», completa Del Rey.

Mitos, asesinos y víctimas

En las páginas de «Retaguardia roja», Del Rey también se cuestiona máximas como la idea de que la democracia había cuajado en España. «La democracia no se adquiere en 24 horas, supone un aprendizaje muy amplio. La aceptación del adversario es un elemento clave para saber si uno es democrático o no, lo mismo que la alternancia en el poder. En la España de los años treinta eso no estaba claro. Algunas minorías que venían de la España de la Restauración, la España oligárquica, se adaptaron a ello. Pero aquella sociedad todavía no estaba dentro del juego democrático porque procedía de un mundo caciquil», explica. Eso no significa, sin embargo, que no tuvieran a su disposición el armazón institucional para ello.

Del Rey también es partidario de que la sublevación fue la que provocó las revueltas violentas en el seno de la Segunda República. «Los estudiosos de la violencia política tienen claro que hubo una multicausalidad, pero hay que establecer una jerarquía en base a criterios racionales. La conclusión a la que llego es que hay unos factores mucho más importantes que otros. Para empezar, el golpe fue decisivo porque supuso un desafío a la legalidad y rompió el monopolio que tenía el estado sobre la violencia. Así, un golpe que se creía preventivo para contener una supuesta revolución comunista en ciernes (que se ha demostrado falsa), provocó la revolución por el desafío de poder que generó», sentencia.

Otro tanto sucede con la idea de las dos Españas. «Insisto en que no existían. Había muchas más: la España revolucionaria, la España contrarrevolucionaria, la España de los moderados (liberales, socialistas y católicos, todos ellos en su versión moderada) y la España que no estaba ideologizada, pero se vio arrastrada por el resto. Esta última era la más extensa», completa. Según cree, a pesar del alto nivel de politización de la sociedad de los años 30, la realidad es que los protagonistas de estos combates fueron minorías que arrastraron a la mayor parte del país. De hecho, una de sus tesis es que la violencia fue generada por una minoría que muy ruidosa. «Siempre eran militantes jóvenes y muy ideologizados», señala.

Del Rey también analiza la falsa imagen de los represaliados en la zona republicana. Personas que, en sus palabras, se ajustan a un arquetipo concreto. «Al analizar las víctimas de la violencia te das cuenta de que todos los que habían tenido un protagonismo público previo, tanto político como administrativo (un juez, un secretario de ayuntamiento…) estaban en la cabeza de las listas», señala. Para el autor, ser un personaje público en la España de los años treinta, aunque fuera a escala local, suponía un riesgo impresionante. «La fijación de objetivos humanos respondía a criterios ideológicos y políticos. «No es tanto la lucha de clases lo que determinaba estas matanzas, como la adscripción política. Las víctimas eran élites políticas que habían tenido protagonismo público en el período anterior. Hubo cierta lucha de clases, pero no se mataba a los ricos por ser ricos. Se mataba a los que habían tenido relevancia», finaliza.

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Historia

La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país

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Tal día como hoy, un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubría América. El navegante desembarcó en el primero de sus cuatro viajes financiados por los Reyes Católicos en la isla de Guanahaní, isla perteneciente a las Bahamas y que fue bautizada con el nombre de San Salvador. Un territorio que en aquel momento se encontraba habitado por el pueblo lucayo o taíno.

Colón prosiguió su viaje por El Caribe y el 28 de octubre llegó a Cuba, y más tarde, según la versión de Bartolomé de las Casas, el 5 de diciembre a La Española. En el primer viaje de Colón participaron tres embarcaciones: La Pinta, La Niña y La Santa María, que comenzaron la expedición desde el puerto de Palos (Cádiz). De ellas tan solo regresaron dos carabelas, La Pinta, a cargo de Martín Alonso Pinzón que desembarcó en la localidad gallega de Bayona, y La Niña, que se encontraba capitaneada por Cristóbal Colón llegó a Portugal. La Santa María se había ido a pique frente a la actual República Dominicana.

Hasta este 2019 no se conocía la existencia de ningún documento oficial que confirmase que Colón llegó a América y regresó. Es el primero y único que existe en el mundo y fue hallado el pasado mes de junio en el Archivo Histórico de la Nobleza. El documento en sí se trataba de una carta que Juan II de Portugal envió a Fernando de Aragón en la que informaba al monarca aragonés del regreso de Cristóbal Colón de los nuevos territorios descubiertos. La carta, escrita en portugués antiguo y con letra gótica, informaba del regreso de Colón a la península. “Llegó aquí con fortuna de mar a nuestro porto de nuestra ciudad de Lisboa vuestro Almirante que holgamos mucho de ver y mandar tratar bien”, de esta forma informó el Rey Juan II de Portugal a Fernando el Católico sobre la llegada de Colón de su primer viaje al nuevo continente, aunque el navegante nunca llegó a conocer en vida que había descubierto un nuevo continente.

Origen de Cristobal Colón

La nacionalidad de Cristóbal Colón es uno de los mayores interrogantes en la vida del hombre que descubrió América. Existen dos vertientes que son las más repetidas durante el paso de los años.

La primera siempre ha dicho que es italiano, y más en concreto, genovés. Este argumento tiene mucho peso ya que en otro documento firmado por el propio almirante afirma que “siendo yo nacido en Génova (Italia), les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla”. Las pruebas conducen más a esta vertiente debido a que fue nieto de Giovanni Colón, un tejedor de lana de un pueblo cercano a Génova.

La otra teoría que siempre ha tenido mucha fuerza ha sido la idea de que Colón es español. Pero nunca se ha tenido claro, en caso de que así fuera, en qué parte de España habría nacido. En Galicia se sitúa el posible origen del almirante. Esta idea surge a través del libro publicado en el 1914 por el historiador Celso García de la Riega, bajo el título, ‘Colón, español. Su origen y patria’. Para demostrar esta afirmación se basó en unas pruebas documentales de los siglos XV y XVI. También se dio cuenta de que empleaba el castellano con marcados rasgos gallegos y lusos.

Además de las dos teorías que siempre se han barajado, existen distintas ideas que sitúan el nacimiento de Colón en Guadalajara, Plasencia, Mallorca, Cataluña o Portugal.

La hazaña que conmemora el día de la hispanidad

El Día Nacional de España, también conocido como Día de la Hispanidad, se celebra cada año el 12 de octubre conmemorando la hazaña que Cristóbal Colón realizó hace ya más de 500 años, una celebración que se encuentra regulada por la Ley 18/1987 como Fiesta Nacional.

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Historia

Torturas, vejaciones y 10.000 asesinados por ser católico: lo que revelan las palabras de Díaz Ayuso

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Fusilamiento del Cristo del Cerro de los Ángeles.
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La propaganda, y no la historia, impone un relato buenista de los años de la II República. En el imaginario aparece como una etapa de prosperidad económica y avances sociales y culturales. Se desdeña adrede no solo los desórdenes y los procesos revolucionarios que llevaron a que facciones alejadas de la derecha se enfrentaran entre ellas, incluso con sangre, sino las atrocidades cometidas contra religiosos y edificios de culto. No se trata de un asunto menor, ni mucho menos de una leyenda urbana usada por posiciones conservadoras para atacar al contrario. La aberración de la mal llamada “Memoria Histórica” (la memoria siempre es subjetiva) anhela, sin embargo, que exista un único retrato oficial de las desgracias que sufrió España en los años treinta y que desembocaron en una tragedia de la que aún hoy no se ha recuperado. Por suerte, hay reputados historiadores, de uno y otro signo político, que han estudiado a fondo ese periodo, y pueden arrojar luz, con diferentes y legítimas interpretaciones, sobre el pasado. El Congreso de los Diputados en pleno a principios de este siglo abominó de las atrocidades perpetradas por ambos bandos e instó a la búsqueda de los familiares que aún yacían en las cunetas. De poco sirvió. Más que reconciliación se abrió la puerta a la revancha y a la imposición del discurso único, y a que por la Ley de Memoria Histórica se cambiara el callejero de ciudades como Madrid. Eso sí, solo para los nombres que trabajaron en tiempos de la Dictadura, daba igual lo relevante de sus hazañas, no de aquellos que en años anteriores a la llegada de Franco cometieron sus tropelías. Ser “rojo” fue el salvoconducto para salvarse del juicio moral. Los mentores de ese revisionismo a su medida se niegan, por ejemplo, a reconocer, el acoso criminal a los católicos.

Valga este prólogo para poner en situación al lector y juzgue él mismo sobre el encendido debate que revolucionó la Asamblea de Madrid esta semana. La presidenta Isabel Díaz Ayuso terminó una respuesta sobre la ley de Memoria Histórica y el traslado de los restos de Franco con la siguiente pregunta: “¿Qué será lo siguiente? ¿Las parroquias arderán como en el 36?” Parece evidente que Ayuso intentó construir una réplica “retórica”, como ella misma reconoció. El Partido Popular ha tenido que dar cientos de explicaciones, como si referirse a un episodio real y doloroso supusiera su radicalización mientras que cuando los miembros de Podemos sueltan sus soflamas (“arderéis como en el 36” gritaba Rita Maestre en su asalto a la capilla de la Complutense), más allá de la indignación inicial, apenas se entra en profundidad en lo que realmente sucedió en los templos. Del mismo modo, el dirigente de Vox Ortega Smith, no puede justificar el ajusticiamiento de las “trece rosas” por delitos que no cometieron sin aportar ninguna referencia académica. Pongamos, no obstante, los hechos a los que se refería Ayuso sobre la mesa.

En estas mismas páginas, el pasado mes de agosto, Jaime Ignacio del Burgo, comentaba un documento excepcional que puso de manifiesto el genocidio contra la Iglesia Católica en 1936. Manuel de Irujo, del PNV, ministro sin cartera en el gabinete de Largo Caballero (aquel “sensato socialista” al que sus partidarios llamaban el Lenin Español y del que se mantienen sus esculturas intactas), elaboró un “Memorándum”. Lo firmó el 7 de enero de 1937 y denunciaba el asesinato de miles de religiosos por parte de los militantes del Frente Popular, una “acción que fue planeada y deliberada”. El escrito se presentó al Gobierno republicano solo seis meses después de que comenzara la guerra y no causó ningún efecto en el Ejecutivo ni sirvió para mejorar la situación.

Escribía del Burgo que “al final de la guerra civil el saldo de asesinados fue terrible. Las milicias revolucionarias eliminaron, en muchos casos después de terribles torturas y vejaciones físicas y morales, a cerca de 10.000 sacerdotes, religiosos y religiosas. No fueron como se pretende ahora asesinatos aislados, obra de gentes incontroladas sedientas de sangre y desesperadas por sus miserables condiciones de vida, sino que obedecieron a una voluntad consciente y deliberada del Frente Popular de exterminar a la Iglesia para conseguir la total erradicación del sentimiento católico mayoritario en la sociedad española de aquella época. En nuestros días, tales atrocidades encajarían en el delito de genocidio definidos en los artículos 5,1 a) y 6, a) y b) del Tratado de Roma de 1998 sobre creación del Tribunal Penal Internacional”

En la denuncia de Irujo se relata que “todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas ocasiones, han sido destruidos, los más con vilipendio. Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. Una gran parte de los templos, en Cataluña, con carácter de normalidad, se incendiaron”. Seguía el informe de Irujo que “todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados o derruidos. Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles”.

Lo que los historiadores han documentado es que en el bando republicano se asesinó a más de 4.000 sacerdotes, más de 2.000 frailes y religiosos, casi 300 monjas y unos 3.000 seglares. Todo ello suma 10.000 muertos cuyo único delito fue ser católico. El arzobispado de Madrid publicó “Martirologio maritense del siglo XX. Solo en la capital se atestigua el asesinato de 427 seminaristas y sacerdotes. “España se convirtió en lo más cercano a un infierno sobre la tierra para los miembros de la Iglesia que estaban en esa mitad del país donde no se había producido o no había triunfado la sublevación”, escribió el historiador José Luis Ledesma en “De la violencia anticlerical y la Guerra Civil de 1936”.

Antonio Montero Moreno, que llegó a ser arzobispo de Mérida-Badajoz publicó en 1961 “Historia de la persecución religiosa en España”, luego reeditada por la Biblioteca de Autores Cristianos en 2005. En la reseña del trabajo que publicó la web infovaticana se escribió que “debido al número de víctimas y al breve tiempo en que fueron asesinadas, la persecución religiosa de la Segunda República, figura como la más intensa de los veinte siglos de la Iglesia Católica, mayor incluso que las diez que llevaron a cabo los emperadores romanos durante 250 años, el islam, los luteranos, calvinistas y hasta la Revolución Francesa, o la comunista rusa o china”.

Los últimos gobiernos socialistas han reabierto heridas en lugar de cerrar cicatrices. El horror de los procesos revolucionarios previos a la Guerra Civil, la propia contienda entre hermanos y la posterior represión de la dictadura merecerían ser tratados con el debido sosiego si quiera por respeto a los muertos. Pero en estos días, la política, más que animar a la concordia, enciende hogueras y empuña antorchas imaginarias. Carmen Calvo visita hoy el Vaticano. Veremos si en son de paz.

 

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