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Cartas del Director

La derecha sucumbe a su división

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El resultado final del 28-A confirmó la victoria socialista vaticinada en todas las encuestas, aunque la pregunta no era quién iba a ganar sino quién podría gobernar. El PSOE tiene hasta tres opciones: reeditar la mayoría de la moción de censura con Podemos y ERC, o convencer a Albert Rivera para que se desdiga de su compromiso electoral y apoye la investidura de Pedro Sánchez o esperar a una elección en segunda vuelta con los votos populistas y la abstención de todo el bloque nacionalista e independentista. La izquierda y los nacionalistas han conseguido el objetivo de evitar un gobierno «a la andaluza» gracias a una movilización masiva que ha permitido a PSOE y Unidas Podemos, junto a los nacionalistas, superar a los partidos de centro y derecha.

Sánchez volverá a ser presidente pactando con el separatismo y la extrema izquierda. Todos compartían el mismo objetivo estratégico, aunque por diferentes razones tácticas: que el PSOE no perdiera el poder.

El PSOE ha hecho gala de su capacidad de recuperación que le permite sobrevivir a sí mismo. Su victoria ha sido suficiente para mantener a raya a Unidas Podemos, pero evitando su desplome. Ambos partidos podrían superar los 165 escaños, lo que gran parte de la izquierda entenderá como un mandato de gobierno de coalición. Al PSOE se le plantea la responsabilidad de decidir si un gobierno con Unidas Podemos es una opción válida para la España del siglo XXI, enfrentada a un grave problema separatista en Cataluña, a un repunte de indicios económicos negativos y a un futuro europeo lleno de incertidumbres. La extrema izquierda que representa Unidas Podemos no ofrece a estos problemas soluciones homologables para una democracia moderna. Su intervencionismo económico, la defensa del derecho a la autodeterminación y su eurofobia son los propios de una opción predemocrática.
Si el PSOE opta por pactar con Ciudadanos, Sánchez pondría al partido de Rivera en la encrucijada de tener que elegir entre llegar al gobierno de la nación o mantener su palabra de no apoyar al presidente de Gobierno que pactó con los separatistas catalanes y llegó a La Moncloa con los votos de Bildu. Los resultados les dan para una mayoría absoluta. Para el futuro de España sería bastante mejor solución que la que Sánchez eligió en su primer mandato, con todos los grandes enemigos de la unidad de España aupándole a La Moncloa.

Para el PP, el 28-A ha sido una debacle histórica que no se explica solo por la división del voto no izquierdista, y que empuja a esta formación a un proceso de reflexión sobre las causas de un resultado -66 escaños-. No es cuestión de precipitarse, pero tampoco de mirar a otro lado. En un mes hay otra cita electoral -autonómicas, municipales y europeas- que medirá de nuevo la situación de este partido y si ha tocado suelo o no. La desarticulación política del centro-derecha se ha consumado y al PP no le cabe siquiera el consuelo de haber evitado que Ciudadanos le adelantara. La formación naranja se ha quedado a un punto de los populares. El proceso de declive del PP no fue frenado a tiempo con la sucesión de Rajoy y tampoco ha ayudado la actitud oscilante de este partido frente a Vox, que le ha llevado a difuminar sus perfiles ideológicos de centro derecha reformista, liberal y conservador. Los populares no pueden enredarse en un cruce de acusaciones interno, ni en crisis de organización porque todavía pueden perder más en las citas del 26-M. Luego tendrá que venir un periodo de debate que probablemente habrá de abordar la refundación integral del partido.

Vox ha irrumpido con fuerza, pero no como esperaban sus dirigentes. Al final, la pregunta que deberán hacerse sus votantes es para qué ha servido su voto. Ni ha sumado para echar al PSOE de La Moncloa, ni ha obtenido unos resultados que les permitan aspirar a liderar la derecha. Su llamamiento a una especie de desinhibición ideológica de la derecha ha captado a más de dos millones de votantes, sí, pero políticamente ha sido una operación desastrosa para la alternativa del cambio. La fragmentación del voto no izquierdista ha pasado una factura que se puede pagar de nuevo el 26 de mayo. Y si alguien tiene dudas al respecto, basta con que revise los resultados del Senado, dominado absolutamente por la izquierda y los nacionalismos, e incompatible con la aplicación del 155 en Cataluña.

El éxito de ERC -unido al de Bildu en el País Vasco- y el hundimiento de la antigua Convergència, acentúa la victoria de izquierdas y abre el horizonte a un gobierno radical influenciado por el separatismo, justo cuando el juicio por el 1-O se acerca a su segunda mitad. La presión a la Fiscalía y la presión de los indultos entrarán de nuevo en el debate para la suma de apoyos a Sánchez. Es evidente que los votos se suman, no se juzgan, pero el resultado del 28-A ofrece lecturas preocupantes para España.


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