La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país - ALERTA NACIONAL
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La histórica hazaña española que cambió el destino de nuestro país

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Tal día como hoy, un 12 de octubre de 1492, Cristóbal Colón descubría América. El navegante desembarcó en el primero de sus cuatro viajes financiados por los Reyes Católicos en la isla de Guanahaní, isla perteneciente a las Bahamas y que fue bautizada con el nombre de San Salvador. Un territorio que en aquel momento se encontraba habitado por el pueblo lucayo o taíno.

Colón prosiguió su viaje por El Caribe y el 28 de octubre llegó a Cuba, y más tarde, según la versión de Bartolomé de las Casas, el 5 de diciembre a La Española. En el primer viaje de Colón participaron tres embarcaciones: La Pinta, La Niña y La Santa María, que comenzaron la expedición desde el puerto de Palos (Cádiz). De ellas tan solo regresaron dos carabelas, La Pinta, a cargo de Martín Alonso Pinzón que desembarcó en la localidad gallega de Bayona, y La Niña, que se encontraba capitaneada por Cristóbal Colón llegó a Portugal. La Santa María se había ido a pique frente a la actual República Dominicana.

Hasta este 2019 no se conocía la existencia de ningún documento oficial que confirmase que Colón llegó a América y regresó. Es el primero y único que existe en el mundo y fue hallado el pasado mes de junio en el Archivo Histórico de la Nobleza. El documento en sí se trataba de una carta que Juan II de Portugal envió a Fernando de Aragón en la que informaba al monarca aragonés del regreso de Cristóbal Colón de los nuevos territorios descubiertos. La carta, escrita en portugués antiguo y con letra gótica, informaba del regreso de Colón a la península. “Llegó aquí con fortuna de mar a nuestro porto de nuestra ciudad de Lisboa vuestro Almirante que holgamos mucho de ver y mandar tratar bien”, de esta forma informó el Rey Juan II de Portugal a Fernando el Católico sobre la llegada de Colón de su primer viaje al nuevo continente, aunque el navegante nunca llegó a conocer en vida que había descubierto un nuevo continente.

Origen de Cristobal Colón

La nacionalidad de Cristóbal Colón es uno de los mayores interrogantes en la vida del hombre que descubrió América. Existen dos vertientes que son las más repetidas durante el paso de los años.

La primera siempre ha dicho que es italiano, y más en concreto, genovés. Este argumento tiene mucho peso ya que en otro documento firmado por el propio almirante afirma que “siendo yo nacido en Génova (Italia), les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla”. Las pruebas conducen más a esta vertiente debido a que fue nieto de Giovanni Colón, un tejedor de lana de un pueblo cercano a Génova.

La otra teoría que siempre ha tenido mucha fuerza ha sido la idea de que Colón es español. Pero nunca se ha tenido claro, en caso de que así fuera, en qué parte de España habría nacido. En Galicia se sitúa el posible origen del almirante. Esta idea surge a través del libro publicado en el 1914 por el historiador Celso García de la Riega, bajo el título, ‘Colón, español. Su origen y patria’. Para demostrar esta afirmación se basó en unas pruebas documentales de los siglos XV y XVI. También se dio cuenta de que empleaba el castellano con marcados rasgos gallegos y lusos.

Además de las dos teorías que siempre se han barajado, existen distintas ideas que sitúan el nacimiento de Colón en Guadalajara, Plasencia, Mallorca, Cataluña o Portugal.

La hazaña que conmemora el día de la hispanidad

El Día Nacional de España, también conocido como Día de la Hispanidad, se celebra cada año el 12 de octubre conmemorando la hazaña que Cristóbal Colón realizó hace ya más de 500 años, una celebración que se encuentra regulada por la Ley 18/1987 como Fiesta Nacional.


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Cartas desde Colombia: Crímenes imperiales en las Américas

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Por Carlos Arturo Calderón Muñoz.- Taraco eran un vibrante Estado andino cuyo único pecado en la vida fue haber estado en la mira de unos ambiciosos extranjeros, que sólo tenían como objetivo robar las riquezas locales para luego regodearse en el lujo de su propio hedonismo. Cualquiera que escuche la maldad genética de estos asaltantes de inmediato entenderá que me refiero a los españoles; todos sabemos que antes de la llegada del supremacismo blanco a las Américas en 1492, estas bellas tierras no habían sido tocadas por nada que no fuera la paz absoluta.

Ilustración de Jacques Le Moyne de Morgues sobre cómo trataban los indios los cuerpos de sus enemigos.

Ilustración de Jacques Le Moyne de Morgues sobre cómo trataban los indios los cuerpos de sus enemigos.

Porque aparte de las reglas del Pokemon Go, lo único que necesitamos saber es que los europeos eran, y siempre serán, perversos y los amerindios son la representación perfecta de la pureza divina. No nos interesa saber que Jesús ni siquiera había nacido cuando Taraco fue arrasada y que, por cierto, los destructores de ese incipiente pueblo no fueron horribles blancos hispanos o anglosajones, sino otros humanos cafés, otros indios.

Hace más de 2000 años en el área de Titicaca florecían dos comunidades, unos se agrupaban en el Estado de Taraco, que se desarrollaba a lo largo del río Ramis, y sus rivales formaban el Estado de Pukara, que se asentaba en el altiplano. Estos dos grupos no eran nada cercano a un imperio, ni siquiera a un reino común.

Eran unas tribus que contaban con unos pocos miles de miembros cada una. Ni en Taraco ni en Pukara escaseaban los recursos naturales; contaban con suficiente espacio vital, comida y demás elementos necesarios para su subsistencia.

Escena de canibalismo en la América prehispánica (Jacques Le Moyne de Morgues).

Escena de canibalismo en la América prehispánica (Jacques Le Moyne de Morgues).

Sin embargo, ambos empezaban a tener influencia política en la región.

Los habitantes de Taraco, que eran todo menos santos, tenían una considerable producción agrícola, además de bienes como cerámicas y obsidianas. En medio de un conflicto con el Estado de Pukara, este último, después de destrozar militarmente a las fuerzas de Taraco, prendió fuego a su pequeña comunidad. El producto de estas acciones de guerra fue que Taraco dejó de ser un posible competidor y Pukara se convirtió en la fuerza dominante de la región. Este conflicto no se dio por la necesidad de la supervivencia, el único combustible detrás del exterminio de la cultura Taraco fue la ambición. Al sacar de la ecuación a un posible rival, Pukara se aseguró de obtener más recursos de los necesarios para su supervivencia y con eso una anhelada riqueza material.

La destrucción de Taraco no fue ni de cerca el primer acto violento entre amerindios, en el mismo lugar en que alguna vez floreció Taraco, el profesor Charles Stanish ha encontrado prendas textiles y cerámicas que muestran guerreros victoriosos decapitando a los vencidos. Esos elementos representan sucesos que antecedieron por siglos a Taraco. Podríamos pensar que culturas tan primitivas tendrían ese tipo de comportamientos, nada propios de civilizaciones desarrolladas. Sin embargo, si nos movemos en el tiempo, incluso hasta el instante previo a la llegada de España a las Américas, lo único que cambió en este tipo de conductas fue el tamaño y la intensidad.

Hay algo que tuvieron en común los zoques, mixtecos, tlaxcaltecas, purépechas, ocultecas, matlazincos, thlahuicas, tepuztecos, tlapanecos, amuzgos, chubias, pantecas, tolimecas entre muchos otros. Todos fueron dominados por el Imperio Azteca.

Ataque a una villa india con flechas ardientes. (Jacques Le Moyne de Morgues).

Ataque a una villa india con flechas ardientes. (Jacques Le Moyne de Morgues).

En el Museo Nacional de Antropología de la hermana república mexicana se encuentra la piedra del sol, la cual es una soberbia obra de arte azteca en forma de disco, cuyo diámetro es de 3,60 metros y que pesa unas 24 toneladas. Cuando el emperador Axayáctl hizo la ceremonia de inauguración de esta pieza, junto a los dignatarios de las otras ciudades de la Triple Alianza, no se le ocurrió festividad más inocente y alegre que la de sacrificar a miles de prisioneros zapotecas, tlapanecas, huexotzincas, atlixcas y uno que otro desgraciado de Tizauhcóac para satisfacer su poder y a sus dioses. Debo ser justo y reconocer los valores progresistas del emperador azteca, pues hizo matar a hombres, mujeres, niños y niñas por igual.

Como siempre las cifras varían dependiendo de la fuente, pero los más conservadores hablan de unos 14.000 inmolados y los más escandalosos de unos 80.000 “obsequios” al inframundo de parte del amable emperador.

Al mejor estilo del imperialismo Yankee los aztecas le hicieron bloqueos económicos a los tlaxaltecas o forzaron la desaparición de los vestigios culturales de sus enemigos, como lo sufriera la lengua de los matlatzincas que de manera progresiva, aunque no totalmente, fue reemplazada por el náhuatl.

Volviendo al sur del continente, en una época en que Pukara ya había desaparecido y el dominio de los Andes lo ejercían los incas, encontramos que estos no eran muy diferentes de sus hermanos indígenas del norte. Los huancas, cajamarcas, taramas, collas, cañaris, lupacas, chachapoyas, chimúes, entre muchos otros pueblos locales fueron dominados o fuertemente agredidos por los hijos del sol. Cuando España, de la mano de Francisco Pizarro y compañía, llegó a los dominios del Inca, el imperio estaba en una cruenta guerra civil en la que dos hermanos (medio hermanos para ser más exactos) estaban luchando a muerte, o mejor, haciendo luchar a muerte a sus vasallos por el control del imperio.

Los Aztecas realizaban sacrificios humanos, tanto a enemigos capturados como a voluntarios. Debían subir las escalas hasta la cima del templo y allí un sacerdote cortaba su cuerpo desde la garganta al estómago, para luego remover el corazón y ofrecerlo al dios Huitzilopochtli.

Los Aztecas realizaban sacrificios humanos, tanto a enemigos capturados como a voluntarios. Debían subir las escalas hasta la cima del templo y allí un sacerdote cortaba su cuerpo desde la garganta al estómago, para luego remover el corazón y ofrecerlo al dios Huitzilopochtli.

Las dos joyas de la familia real Inca eran Huáscar y Atahualpa. El primero se dedicó a matar a todos los nobles que creía podrían traicionarlo y el segundo no tuvo reparos en asesinar a las mujeres y niños de cualquiera que se uniera a Huáscar. Ambos bandos reclutaron a otros grupos indígenas, que por pugnas locales o personales escogían un lado de la contienda para deshacerse de sus propios enemigos, como fuera el caso de los punaeños y los tumbis, que aprovecharon el enfrentamiento continental de los hermanos incas para masacrarse entre ellos.

Lo que pasó de ser una guerra entre familiares por el poder se convirtió en un auténtico genocidio. A medida que la balanza se inclinaba a favor de Atahualpa este se hizo más salvaje y ordenó el exterminio de todos los pueblos que apoyaran a Huáscar. Entre las víctimas de esta orden se encontraron los chimus, yungas guayacundos y cañaris, de estos últimos se dice que para el final de la guerra civil habían perdido alrededor del 88% de su población.

Finalmente Huáscar fue derrotado, enfrente de sus ojos asesinaron a toda su familia, mientras estuvo preso lo sometieron a torturas, le alimentaron con excrementos humanos y en general le hacían matoneo (bullying que llaman los ingleses). Atahualpa no logró disfrutar su victoria, recién terminada la guerra (como máximo un par de años después según algunos cronistas) fue capturado y luego muerto por los hombres de Francisco Pizarro.

Los Incas realizaban también sacrificios humanos. Generalmente se sacrificaban prisioneros, pero también a niños que eran criados especialmente para este fin, ya que un chico sano era lo más puro que se podía ofrecer a los dioses.

Los Incas realizaban también sacrificios humanos. Generalmente se sacrificaban prisioneros, pero también a niños que eran criados especialmente para este fin, ya que un chico sano era lo más puro que se podía ofrecer a los dioses.

En la conquista española de las Américas existieron abusos, como en todas las guerras. Sangre inocente fue derramada y en muchos casos la ambición del oro primó sobre el bienestar del prójimo. Sin embargo, no puedo aceptar como justo el hecho de que deliberadamente se ignoran los crímenes y atrocidades cometidas por los indios entre sí mismos durante milenios, para intentar mostrarlos como criaturas inocentes incapaces de lastimar a alguien.

Hernán Cortés y Francisco Pizarro obtuvieron sus victorias por sobre poderosísimos imperios gracias a que fueron superiores. No me refiero a que tuvieran armas más sofisticadas, contaran con mejores genes o tuvieran una fe verdadera, simplemente, de forma integral, fueron superiores en el arte de la guerra. Cuando llegaron a las Américas notaron que cientos de miles, probablemente millones de seres humanos, tenían odios acumulados en contra de sus opresores.

Hernán Cortés y Moctezuma.

Hernán Cortés y Moctezuma.

Cortés fue apoyado, entre otros, por los totonacos, chalcas, tlaxaltecas, xochimilcas, otomís y muchos de los descendientes de los mayas. El hijo más famoso de Medellín logró unificar el descontento social del territorio y dirigirlo en contra de los aztecas. Creo que en vez de conquistador de Méjico deberíamos darle el título de libertador de Mesoamérica.

Por su parte Pizarro también contó con el apoyo masivo de los grupos locales. Entre sus aliados estuvieron los huancas, chancas, chachapoyas, cañaris. caxis, tallanes y también muchos incas que le fueron leales a Huáscar. La región dominada por los incas estaba llena de resentimientos en contra de un imperio opresor. Al igual que con Cortés, Pizarro no debería ser el conquistador del Perú sino el libertador de los Andes.

Podemos hacer una larga lista de abusos cometidos por españoles con los pueblos conquistados; hay personas malas en todas las razas y pueblos, pero esto no puede utilizarse como una forma de justificar una leyenda negra que muestra a los españoles como a los jinetes del apocalipsis. El comportamiento de los nativos con respecto a los momentos de debilidad de los imperios de los que hacían parte es un indicador infalible del tipo de gobierno que les regía. Cuando los incas y aztecas se vieron amenazados, cientos de miles, tal vez millones, de amerindios se unieron a los españoles para liberarse de la opresión. Siglos después, cuando era la España Americana la que tambaleaba, por efectos de la judeo masonería, los ingleses, franceses y el Vaticano, la gran mayoría de los pueblos indígenas, incluyendo a los descendientes de los incas y los aztecas, se jugaron la vida para defender a su rey.

Algunos pueden esgrimir el argumento de que esa fidelidad se debió a la opresión. Pero tal vez sería más sensato creer que el hecho de que España haya llenado América de universidades, colegios y hospitales; que hubiera creado leyes especiales para proteger a los indios, que se dedicara a recopilar las tradiciones orales de los nativos para luego conservarlas en libros que eran traducidos a los idiomas locales; tal vez el hecho de se incorporará a las realezas indígenas a la nobleza española, se desarrollara un estado social en el que las condiciones de los agricultores y mineros eran envidiadas por las de sus colegas europeos o que cada virreinato americano era individualmente más rico y desarrollado que la mayoría de naciones sobre la tierra, haya creado una lealtad indisoluble.

Los 13 de la Fama, los hombres que acompañaron a Pizarro a conquistar el Perú.

Los 13 de la Fama, los hombres que acompañaron a Pizarro a conquistar el Perú.

No pretendo idealizar a mis ancestros hispanos o demonizar a mis también ancestros nativos. Es necesario equilibrar la balanza de la percepción para así poder ser conscientes de la naturaleza de la realidad, con sus cualidades y defectos, con su medida perfecta.

En el budismo se describe al nirvana o iluminación como un despertar. El samsara es sólo un mal sueño del que despertamos para darnos cuenta que todo era una ilusión. Pues déjenme decirles algo hermanos europeos, a la sangre no la disuelve el tiempo ni el espacio. España no es la suma de 17 endebles comunidades autónomas incrustadas en la península ibérica. España no es la casa de 40 millones de europeos, España no se va a acabar porque el sionismo utilice al islam para fracturar a Cataluña.

Para muchos de los que residen en Iberia la conquista y posterior colonia es sólo un capítulo de su etapa imperial, una clase de historia o en el peor de los casos un motivo de vergüenza. Para los españoles de las Américas, es el recuerdo constante de que la casa de nuestra madre fue destruida antes de que nos dieran la oportunidad de nacer en ella. La ilusión democrática en la que llaman a la unión de los pueblos “latinoamericanos” es sólo una pantomima para distraernos del innegable hecho de que nosotros éramos un pueblo, éramos una sola nación.

En nuestra psicosis quijotesca, somos cada vez más los americanos que estamos convencidos de que eventualmente reconstruiremos nuestro hogar, que para términos prácticos inicia en California y se acaba en la tierra del fuego, nace en la península ibérica y crece hasta los andes. ¿Cuánto tiempo nos tardaremos en realizar esa quimera? No sabemos, ni nos importa. Como dijera el tango “20 años no es nada” y para los descendientes de un pueblo que se tomó ocho siglos en recuperar su tierra esa frase no es una canción, ¡es una verdad indiscutible!

Estén convencidos de que si la situación en Europa se vuelve insostenible, innumerables tropas de los hijos súrdicos de España cruzarán el océano para proteger a su madre. El gran sanedrín, Allah, la OTAN, la Unión Europea, las mafias asiáticas y amerindias, los terroristas y los traidores locales serán derrotados. No se dejen convencer de que están locos cuando sientan el furor de la hispanidad en su sangre. Si dudan, aunque sea por un segundo, los devolverán a una falsa cordura que les significará la muerte. No somos Alonso Quijano, somos el Quijote, buscamos para nuestra propia gloria la senda más angosta y difícil y estamos convencidos de que el amor no engendra cobardes. ¿Es eso de locos? ¡NO! Es de españoles, en las Américas o en Europa.

Despertaremos del sueño, nos reiremos de la ilusión de la leyenda negra y volveremos a casa, a ese lugar del que nunca nos fuimos, volveremos a España.

Desde San Bonifacio de Ibagué (Colombia)


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Historia

Gracias a Stalin en España todos somos fascistas

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Ángel Manuel González Fernández.- Para los que desconocen la Historia y los acomplejados, los acomplejados y los que desconocen la Historia ,que es lo mismo, que le llamen a uno “¡fascista!” es el mayor de los insultos; pero no es verdad, porque no es un insulto, es un halago.

La cuestión es muy sencilla: ¿quién se puede ofenderse por lo que diga un asesino de masas y sus seguidores?

Cuando un asesino de masas y sus seguidores te insultan: es un halago; pero cuando un asesino de masas y sus seguidores te halagan: mal vas.

Este es el caso del principal responsable de millones de asesinados, el comunista Iósiv Stalin, José Stalin, o tío Pepe, que en la XVI Asamblea del PCUS (26 de junio al 13 de julio de 1930) calificaba a los que estaban a su derecha de “socialfascistas”, y a los que estaban a su izquierda de “anarcofascistas”;y más tarde, en el Pleno del Comité Central del Partido Comunista de la URSS ( 3 de marzo de 1937 ) dirá de ellos, que “no es una corriente política dentro de la clase obrera, sino una banda, sin principios, y sin ideas, espías y asesinos; una banda de enemigos rabiosos de la clase obrera”, unos auténticos “agentes trotskistas del fascismo”.

Fieles a la voz de su amo los comunistas españoles comenzaron a repartir credenciales de fascistas: “De día en día se perfila más claramente el carácter fascista del Gobierno Azaña-Prieto-Caballero”: Mundo Obrero (Órgano Central del PC), 19 de junio de 1933, p. 2.

Antes del comienzo de la Guerra Civil; es decir, de octubre de 1934, el PCE tachaba a los del PSOE de “socialfascista”, cosa que molestaba muchísimo al secretario general de la Juventudes Socialistas, el joven Santiago Carrillo Solares.

El PCE en 1933 calificaba a los de la CNT de “anarcofascistas”, y éstos respondían desde su principal órgano de expresión Solidaridad Obrera, que los “reaccionarios” y los “estalinistas” eran los fascistas.

El 25 de junio de 1936 en el diario El Sol, el dirigente del Partido Republicano Conservador, Miguel Maura escribía: “Los republicanos que con más ahínco y mayor sacrificio personal colaboramos al advenimiento del régimen (…) somos fascistas y merecedores como tales del exterminio (…)”.

El 17 de enero de 1937 desde Treball, órgano oficial de expresión de los comunistas-socialistas catalanes, el PSUC, llamaba fascistas a los del partido izquierdista no sometido a Moscú ,el POUM: “el millor agent de Hitler”. Y los catalanes del POUM y los de la CNT-FAI respondían que ellos eran los fascistas.

Melchor Rodríguez García con carné nº. 2 de la CNT, porque desde primeros de diciembre de 1936 hasta primeros de marzo de 1937 se negó a asesinar a los encarcelados, afirmaba el 21 de abril de 1939: “Cuando regresé a Madrid, después de salvar de la muerte a 1.532 presos en Alcalá, tuve que oír los mayores insultos y amenazas de importantes jefes que me llegaron a acusar de fascismo”: Ya, 21 de abril de 1939.

El secretario general de la Internacional Comunista, el búlgaro Georgi Dimitrov, el 30 de julio de 1937 en un largo informe secreto remitido a Moscú decía, que el ministro de Justicia del Frente Popular y militante del PNV, Manuel de Irujo: “Actúa como un auténtico fascista”. Y más adelante afirmaba de los socialistas de Francisco Largo Caballero: “ En los últimos dos meses, ese grupo ha llegado a un punto en que debemos aplicarle un triple calificativo: trotskista-fascista-anarquista”: Ronald Radosh, Mary R.Habeck y Grigory Sevostianov. España traicionada. Stalin y la guerra civil.
Barcelona, 2002, pp. 278 y 280.

En agosto de 1937 en un informe secreto elaborado por el dirigente comunista español Pedro Checa, en una nota a pie de página afirmaba del partido Estat Català: “Es un partido pro-fascista”: España traicionada, p. 468 y nota 111 de la p. 612.

El 15 de mayo de 1939 Santiago Carrillo Solares dirigió una carta de repudio a su padre, Wenceslao Carrillo Alonso, llena de odio y de rencor, y entre otras cosas afirmaba: “Largo Caballero, Araquistain, Baraibar, Zancajo y Cía, agentes del fascismo, lleva al mismo fin que el prefascista de Besteiro”.

En el famoso incidente en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, Miguel de Unamuno salió del brazo de la esposa del fascista y dictador general Francisco Franco, y a nadie le cabe la menor duda, que si ese incidente hubiese ocurrido en el Frente Popular el gran catedrático habría salido cadáver. Fascistas apoyaron a Unamuno y fascistas fueron sus últimos amigos y confidentes, y fascistas los que cargaron con su féretro cuando murió.

Y por último, fascistas fueron los que ocultaron al poeta Federico García Lorca, y otros fascistas de última hora los que le asesinaron.

Así pues, aquí en España todo el mundo es fascista o descendiente de fascista, y si por una parte es un halago que un asesino de masas y sus seguidores le llamen a uno fascista, por otra, resulta molesto tener que ponerse a la cola precisamente detrás de todos ellos.


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Desvelan la olvidada represión de la II República: “No es un mito, se asesinó a 7.000 religiosos”

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España vive todavía una época de azules y rojos en la que los grises no tienen cabida. Buscar la anhelada objetividad en un período tan reciente (y estudiado) como la Guerra Civil parece una tarea imposible. En primer lugar, porque estamos obsesionados con colgar carteles simplistas que definan (en una palabra) a los profesionales de la investigación. Fernando del Rey, catedrático de Historia del Pensamiento y de los Movimientos Sociales y Políticos en la Universidad Complutense, quiere huir de este maniqueísmo barato. «No tomo partido ni de un bando ni de otro, solo quiero entender qué les pasó a todos durante el enfrentamiento», explica. En un momento de tensión política agitado más, si cabe, por la exhumación de Francisco Franco, este experto incide en que no le gusta hablar de muertos de uno y otro bando; para él todos ellos fueron víctimas del momento histórico que atravesó el país entre 1936 y 1939.

Su última obra ( «Retaguardia roja» -Galaxia Gutenberg, 2019-) está elaborada sobre los pilares de esta filosofía. No pretende señalar y no busca cargar tintas contra unos y otros (los «hunos y hotros» de Unamuno). Es, sencillamente, una investigación que detalla la represión republicana que se desató en Ciudad Real desde el momento en el que los sublevados se alzaron contra la Segunda República en julio de 1936. Un análisis concienzudo, todo sea dicho, pues le ha llevado más de 30 años de trabajo en los que ha hecho 60 entrevistas a otros tantos supervivientes. Podría parecer localista, pero pensar así es un error. Y es que, como bien explica, las conclusiones de su estudio se pueden extrapolar a toda la España rural.

Además de las suculentas novedades que alberga, su nueva obra también sirve para recordar «verdades como catedrales», como el mismo Del Rey las define. Una de ellas, que los estudios publicados en los años sesenta ya determinaron que «en España se asesinó a 7.000 religiosos». «No es un mito», completa. El autor, de hecho, dedica un capítulo a hablar de la «clerofobia» y la violencia de los republicanos más radicales contra los religiosos de la localidad.

Las hipótesis que baraja a la hora de establecer las causas de la violencia anticlerical son dos: la asimilación por parte de la sociedad de que los sacerdotes eran «agentes del enemigo» encargados de extender sus ideas a través de un púlpito y, por otro lado, la interiorización de los tópicos más exagerados sobre los religiosos (por ejemplo, su homosexualidad). Mención a parte merecen los frailes que residían en monasterios y que, según el doctor en historia, no encajan en este arquetipo. «Su caso es más extraño. ¿Por qué se enconaron con ellos?». La pregunta, difícil, la intenta responder en su obra.

En todo caso, «Retaguardia roja» no se limita a analizar la violencia contra el clero y se adentra también en la represión que se vivió en las ciudades que se mantuvieron leales a la Segunda República tras el levantamiento militar de 1936. En sus páginas caben desde la violencia que se desató contra los primeros enemigos del gobierno (una buena parte, falangistas) hasta la labor, enterrada en las páginas de la historia, de los militantes más moderados que quisieron detener aquella locura. Pero no es lo único, Las seiscientas páginas de este ensayo dan para mucho más y se dedican además a destruir mitos como, por ejemplo, aquel que afirma que el golpe militar fue una respuesta a una presunta movilización comunista. Algo que Del Rey define como una «soberana estupidez» multitud de veces refutada.

Tampoco se muerde la lengua al acabar con el mito de las dos España. «Hubo muchas más. La mayoría estaba formada por una mayoría que se vio arrastrada a la violencia», insiste.

Microhistorias

Del Rey forja su discurso mediante las determinantes microhistorias. Un total de diecinueve ejemplos prácticos, del día a día, que permiten al lector poner cara y ojos a los protagonistas del conflicto. «Las microhistorias locales nos permiten llegar a conclusiones similares en el resto del territorio español», afirma. Gracias a esta forma de estudiar la Guerra Civil, el autor establece que ha logrado destrozar mitos arraigados como el que explica que los republicanos más exaltados eran «incontrolados y delincuentes comunes». «Era gente corriente. Vecinos que mataban a otros vecinos. Es algo que ya demostraron muchos estudios de la Segunda Guerra Mundial al analizar la figura de las SS», señala.

Algo similar sucede con Ciudad Real. «Al palpar un universo pequeño que no se ciñe a las grandes ciudades (Madrid, Barcelona, Zaragoza…) te percatas de que encuentras respuestas que no hallas al estudiar las grandes ciudades», explica. Para él, esta urbe es un escenario privilegiado al encontrarse cerca de la capital y supone un ejemplo claro de cómo fue la vida en los pueblos rurales afines a la Segunda República.

Pero no todo lo encontrado ha sido bueno. En su investigación, Del Rey se ha topado con «cosas tremendas» que «no sabía si contar». «Al final me decidí a explicarlas porque partes de la base de que la sociedad española actual lleva cuarenta años de democracia y se merece que intentemos mostrarle una realidad lo más cercana al pasado y lo menos ideologizada posible», finaliza.

Violencia contra el clero

Mediante estas microhistorias, Del Rey se adentra en la «clerofobia» que se vivió al comenzar la contienda. La época de la «violencia en caliente», como la denomina. «Por violencia en caliente se entiende la que se sucedió en las primeras semanas de la guerra allí donde los sublevados habían sido derrotados», señala a este diario. Poco después del 18 de julio de 1936, cuando se produjo el Alzamiento, los partidarios de la Segunda República se ofuscaron en acabar con el «enemigo interior»: todo aquel sospechoso de ser partidario de la sublevación y que pudiera unirse al ejército enemigo si este llegaba hasta la zona. «Se detuvo a miles de derechistas que fueron a parar a las cárceles. En ese proceso, y sin que respondiera a una planificación previa, hubo algunos muertos cuando se produjeron choques. Hay que entender que muchos se resistieron a ser detenidos y que a algunos milicianos se les iba la mano», desvela.

Los religiosos de sotana y misa se vieron envueltos en este torbellino de tensión, miedo y desaire debido a que el miliciano de base los veía como unos «compinches de los golpistas». Ello, a pesar de que, en palabras del experto, «muchos se limitaban a rezar». Esa idea del «monje trabucaire partidario del enemigo solo por el hecho de serlo» era general. «El clero de base, el secular, era visto como un agente político. Ejercía el papel de ideólogo de la derecha en esa dialéctica de odio político», añade.

En su obra, el autor afirma que esta mentalidad estaba instaurda desde el siglo XIX, cuando «la fe religiosa se ligó en la cultura de las izquierdas europeas a la idea de la opresión del “pueblo”». Ejemplo de ello es que el marxismo la comparaba con el «opio del pueblo» y aseguraba que estaba al servicio de los ricos y de los poderosos. «Tales postulados se interiorizaron pronto en España, primero en los medios republicanos anticlericales y después en las distintas corrientes obreristas», completa.

Del Rey, como hace a lo largo de toda su obra, ofrece datos fehacientes sobre la represión contra el clero que se vivió en Ciudad Real durante la «violencia caliente». Entre el 19 de julio y el 31 del mismo mes las víctimas sumaron un total de 157. «Esto representa el 38,85% de los muertos en la “fase caliente” de la revolución, un porcentaje elevadísimo si se tiene en cuenta que la población religiosa en su conjunto -compuesta por poco más de un millón de personas entre curas, religiosos y monjas- apenas rondaba el 0,20% de los habitantes de la provincia», completa. En el interior de su obra, por descontado, analiza y compara esta cifra con multitud de informes relacionados.

En todo caso, también deja claro que la mayor parte no tuvieron que soportar torturas, como afirman algunos expertos. También rechaza que se califique a la represión general como «genocio» u «holocausto».

Lo que llama la atención al autor es el caso del clero que trabajaba en monasterios y no predicaba desde los púlpitos. «¿Por qué mataron en las dos primeras semanas a casi sesenta frailes?», se pregunta el historiador. La respuesta se encuentra en la imagen negativa que se había asociado al clero. «Creo que no funcionó la lógica del combate político previo tanto como en el estereotipo. Todos los tópicos denigratorios (como que eran homosexuales) se cernieron sobre esa figura», desvela. Las muertes de esta parte del clero fueron fomentadas, en parte, por la administración. «Decían que había que tener ojo con los conventos porque podían servir como fortalezas para refugiar fascistas. Había verdadera obsesión con los campanarios. Y en el fondo era verdad porque eran auténticas fortalezas arquitectónicas», añade.

Según Del Rey, una orden ministerial obligó a los frailes y monjas a salir de sus conventos en las dos primeras semanas de la guerra. «Los extrajeron mediante una orden gubernativa. Es decir, acompañados de un juez». En principio, la idea era meterles en la cárcel, aunque no pocos alcaldes se apiadaron y les ofrecieron salvoconductos para viajar hasta zonas seguras. «Lo sorprendente es que, en cuestión de días, los cazaron», señala. Telefonazo a telefonazo, y chivatazo a chivatazo, los milicianos se enteraron de dónde se encontraban y acabaron con ellos. El que aquel mandato gubernamental estableciese un día concreto para expulsarles de sus centros de culto es lo que hizo, en palabras del autor, que las muertes se concentraran en unas jornadas muy específicas en toda Ciudad Real.

Como ejemplo de esta violencia pone casos como el de Francisca Ivars Torres (sor Vicenta), la única religiosa muerta en la provincia. A esta monja la guerra le sorprendió en el colegio San José de Valdepeñas. Sin embargo, el devenir de los acontecimiento hizo que decidiera marcharse. Como otras tantas recibió un salvoconducto. El 23 de septiembre tomó un tren para Alcázar de San Juan, desde donde pretendía viajar a Alicante. Jamás lo consiguió. «Avisados por sus compañeros de Valdepeñas, los milicianos estaban esperándola en Alcázar. […] Sirviéndose de engaños, le propusieron conducirla a la casa que la orden tenía en Herencia. La subieron en un camión y, pocos kilómetros antes de llegar a ese pueblo, la mataron en una viña junto a un hombre. Tenía 68 años», completa Del Rey en su documentada obra.

La violencia vivida en Ciudad Real, con todo, es un mero ejemplo de la que sufrieron los miembros de la iglesia de toda España en estas primeras semanas. «La represión contra el clero se conoce desde 1960, cuando salió un estudio estupendo de un sacerdote en el que se contabilizaba la población religiosa asesinada en unas 7.000 personas. No es un mito, es una realidad como una catedral. Luego se han corregido levemente sus cifras. Fue un estudio impresionante hecho en una época en la que no había ordenadores. Otra cosa es que se hable de eso en el vacío y sin hacer referencia al anticlericalismo que se había extendido en la época, sin contextualizar», completa Del Rey.

Mitos, asesinos y víctimas

En las páginas de «Retaguardia roja», Del Rey también se cuestiona máximas como la idea de que la democracia había cuajado en España. «La democracia no se adquiere en 24 horas, supone un aprendizaje muy amplio. La aceptación del adversario es un elemento clave para saber si uno es democrático o no, lo mismo que la alternancia en el poder. En la España de los años treinta eso no estaba claro. Algunas minorías que venían de la España de la Restauración, la España oligárquica, se adaptaron a ello. Pero aquella sociedad todavía no estaba dentro del juego democrático porque procedía de un mundo caciquil», explica. Eso no significa, sin embargo, que no tuvieran a su disposición el armazón institucional para ello.

Del Rey también es partidario de que la sublevación fue la que provocó las revueltas violentas en el seno de la Segunda República. «Los estudiosos de la violencia política tienen claro que hubo una multicausalidad, pero hay que establecer una jerarquía en base a criterios racionales. La conclusión a la que llego es que hay unos factores mucho más importantes que otros. Para empezar, el golpe fue decisivo porque supuso un desafío a la legalidad y rompió el monopolio que tenía el estado sobre la violencia. Así, un golpe que se creía preventivo para contener una supuesta revolución comunista en ciernes (que se ha demostrado falsa), provocó la revolución por el desafío de poder que generó», sentencia.

Otro tanto sucede con la idea de las dos Españas. «Insisto en que no existían. Había muchas más: la España revolucionaria, la España contrarrevolucionaria, la España de los moderados (liberales, socialistas y católicos, todos ellos en su versión moderada) y la España que no estaba ideologizada, pero se vio arrastrada por el resto. Esta última era la más extensa», completa. Según cree, a pesar del alto nivel de politización de la sociedad de los años 30, la realidad es que los protagonistas de estos combates fueron minorías que arrastraron a la mayor parte del país. De hecho, una de sus tesis es que la violencia fue generada por una minoría que muy ruidosa. «Siempre eran militantes jóvenes y muy ideologizados», señala.

Del Rey también analiza la falsa imagen de los represaliados en la zona republicana. Personas que, en sus palabras, se ajustan a un arquetipo concreto. «Al analizar las víctimas de la violencia te das cuenta de que todos los que habían tenido un protagonismo público previo, tanto político como administrativo (un juez, un secretario de ayuntamiento…) estaban en la cabeza de las listas», señala. Para el autor, ser un personaje público en la España de los años treinta, aunque fuera a escala local, suponía un riesgo impresionante. «La fijación de objetivos humanos respondía a criterios ideológicos y políticos. «No es tanto la lucha de clases lo que determinaba estas matanzas, como la adscripción política. Las víctimas eran élites políticas que habían tenido protagonismo público en el período anterior. Hubo cierta lucha de clases, pero no se mataba a los ricos por ser ricos. Se mataba a los que habían tenido relevancia», finaliza.


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