Opinión
La prensa catalana en tromba contra el Madrid de Ayuso. Por Miguel Massanet Bosch.
Nunca, en lo que España lleva de democracia o, al menos, de una supuesta democracia, se había producido una situación tan abracadabrante y peligrosa para la nación, como esta en la que nos encontramos. Nuestro presidente del gobierno ya no se toma la molestia de disimular, ni se esfuerza en mantener un simulacro de Estado de Derecho, optando por el enfrentamiento puro y duro con lo que queda de una derecha, que apenas tiene nervio para simular que es una oposición lo suficientemente fuerte para conseguir desbancar el sólido aparato de propaganda del que es está valiendo una izquierda, que está demostrando , ser capaz de cualquier maniobra, truco legal, maledicencia, incriminación o calumnia en contra de sus adversarios políticos si, con ello, consigue neutralizar las posibilidades de que los partidos de signo conservador puedan regresar al poder.
Claro que, para ello, cuentan con un comodín que, mientras Sánchez y sus adláteres lo estén sobrealimentando, constituye una garantía de que la situación en España no va a cambiar. Los catalanes y vascos se han constituido en los principales avalistas de que, con un congreso entregado y con un senado en poder de los progresistas, se mantenga la continuidad, sine die, al frente del país de quienes están dando muestras claras de querer acabar con cualquier muestra de democracia, tal como existe en el resto de Europa para instalarse en una cómoda dictadura al estilo de la del señor Maduro, en Venezuela, donde cualquier intento de cambio de régimen por los métodos habituales, se considera como atentado contra el propio país.
Si escuchamos la verborrea, repetitiva y engañosa, del señor Pedro Sánchez tendremos que oír una serie de inexactitudes, medias verdades o intentos de vendernos como éxitos lo que no son más que vergonzosas bajadas de pantalones que, por diversas concesiones o intercambios de cromos, el actual ejecutivo viene consiguiendo que, separatistas catalanes y vascos, le sigan apoyando en sus esfuerzos para mantenerse en el poder. Quiere, el señor Sánchez, justificarse y justificar su política de continuas concesiones a catalanistas y vascos, alagando que ha conseguido calmar las reivindicaciones delos nacionalistas vascos y catalanes mediante una política que, para él es la adecuada, pero que para el resto de españoles y mucho nos tememos que de socialistas, no es más que una retahíla de vergonzosas claudicaciones que van alimentando y permitiendo el progreso, más o menos lento, de una situación en Cataluña que, solamente los que residen en ella son capaces de valorar y que, desgraciadamente, va manteniendo la brasa encendida de aquel espíritu que se manifestó el 1º de octubre del año 2017.
Usted puede impedir que le maten accediendo a un chantaje, mientras pueda mantenerlo. A costa de qué sobre su vida, penda la posibilidad de que acaben con usted en el momento en que el criminal, en potencia, decida hacerlo. Y ahí está el meollo de la cuestión. Todos sabemos lo que le costó al señor Rajoy que, el partido socialista del señor Pedro Sánchez, le permitiera aplicar el Artº 155 para sofocar la rebelión, sí señores, rebelión, que es lo que los catalanes intentaron llevara a cabo y que, luego, entre ellos y los socialistas se han dedicado a blanquear, hasta el punto de que ahora, en el 2022, se culpa a los tribunales de haberse extralimitado por condenar por malversación de caudales públicos y sedición a unos señores que, indebidamente, fueron indultados por el Gobierno, y a los que ahora se pretende justificar haciendo desaparecer del CP el delito de sedición, para convertirlo en una panacea para todos aquellos que quieran volver a intentar levantarse contra la nación española. Entonces el señor Sánchez, fiel a sus cambios súbitos de orientación, calificó los hechos ocurridos en Cataluña de “rebelión”.
¿Saben ustedes o que representa para la nación española el que no se tomaran medidas más radicales prolongando lo necesario el 155? Pues el hecho de que en toda Cataluña se hayan instalado los separatistas y comunistas; que unos miles de empresas, algunas multinacionales, se hayan exiliado voluntariamente a otros lugares de España; a que Barcelona, la perla de la corona, sea irreconocible y en ella mande un personaje caótico, absolutamente incapaz, cerrilmente comunista y a la que, las leyes del Estado le tienen sin cuidado si a ella no le gustan. La señora Colau, en su día una zarrapastrosa activista en contra de los desahucios, que se arrastraba por los suelos para impedir la actuación de los encargados de llevarlos a cabo y ,ahora, dama de la sociedad que viste caros conjuntos, tiene coche oficial y, cómo no, frecuenta la alta sociedad de la comunidad catalana: lo que puede el dinero y el poder. Sic transit gloria mundi.
Y aquí tenemos al panfleto de los señores Godó, La Vanguardia, la de los cientos de subdirectores y la flor y nata de los periodistas entregados en cuerpo y alma a la causa nacionalista. Todos a una, como los Tres Mosqueteros de A.Dumas, toda la pléyade de colaboradores, a cuál más implicado en la causa de apoyo al gobierno socialista del que dependen y, sin el cual y la ayuda de la Generalitat, seguramente haría tiempo que habría desaparecido. Un ataque frontal en tromba, y sin la más mínima concesión a la verdad, ha sido organizado, coordinado y puesto en marcha centrado en descalificar a la señora Ayuso de Madrid. Tema: las prestaciones sanitarias de la Seguridad Social. ¿Se han puesto a mirar lo que sucede en Cataluña con este servicio público? ¿Han intentado llamar por teléfono para que les concedan cita? ¿Cuántas veces les habrán descolgado a la primera, la segunda o la décima intentona de conseguir la cita? Pero, seguramente, a los periodistas de La Vanguardia no les sucede lo mismo, por la sencilla razón de que muchos de ellos no usan la seguridad social porque tendrán su seguro privado.
No dudo de que a la familia Godó les va muy bien apoyando al gobierno socialista y, de paso, beneficiándose de los anuncios y ayudas económicas que consiguen de la Generalitat; pero eso no les exime de formar parte de este indeseable cártel catalán, que sigue intrigando para abandonar España, embarcado en no se sabe qué tipo de aventura aislacionista, con la que pretenden engañar a los catalanes de buena fe y que, hasta el momento, no ha conseguido otra cosa que empobrecer a esta comunidad situándola, pese a sus críticas continuas a la señora Ayuso, a mucha distancia de lo que es hoy la próspera comunidad madrileña.
Pero Sánchez sigue impertérrito, erre que erre, en su empeño de situar a la derecha y el centro español fuera de la línea democrática. En unas amplias, monumentales y mil veces repetidas declaraciones don Pedro sigue insistiendo en la postura, que intenta trasmitir, de que cualquier relevo de gobierno que no sea de su propio partido y persona significará la llegada de “los reaccionarios”. Lo que no sabemos es si, este personaje que vive de improvisaciones, de cambios de orientación y de rectificaciones en cuanto a su forma deslavazada de gobernar, conoce lo que verdaderamente significa la palabra “reaccionario”; algo que hemos intentado averiguar y que nos ha llevado a la siguiente definición :”Que es partidario de mantener los valores políticos, sociales y morales tradicionales y se opone a reformas o cambios que representan progreso en la sociedad.” Una definición en la que podríamos coincidir con el señor presidente si, lo que el pretende decir es, sin duda alguna, algo que para él sería el colmo del mal para los españoles.
Y, aunque no tenga relación alguna con lo que estamos tratando, como una opinión de un simple ciudadano que ha venido admirando a nuestro tenista, además paisano, Rafael Nadal. Creo que debiera empezar a renunciar a seguir jugando, antes de que sea el propio tenis, que tantas alegrías le ha dado y nos ha dado, empiece a tomar nota de su decadencia, por otra parte, propia de los años que ya tiene nuestro campeón. ¡Ánimo! Que todavía le quedan grandes cosas que hacer fuera de la cancha.
España
El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite
Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.
Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.
La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado
Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.
El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.
Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.
La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag
Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».
Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.
Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.
La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.
Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.
El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista
Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.
Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.
Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.
La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».
Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.
La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre
Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.
La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.
Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.
La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.
