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Nuevos comunistas en Silicon Valley: Google, Facebook y Twitter silencian el pensamiento conservador

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Un tribunal de Berlín ha dictado contra Facebook una de las primeras sentencias de suspensión cautelar que se conocen contra una tecnológica por censurar las voces discrepantes. Bajo una amenaza de multa de 250.000 euros o una pena de cárcel, Facebook está obligada a restaurar el comentario de un usuario que había sido borrado por la dirección de la red social. Además, la sentencia prohíbe a la empresa bloquear al usuario por su comentario.

Esta es también la primera vez que un tribunal alemán se ha enfrentado a las consecuencias de la conocida como “Ley de Censura de Internet” alemana, que entró en vigor el 1 de octubre de 2017. La ley estipula que las empresas propietarias de las redes sociales tienen que borrar o bloquear “posibles” delitos penales, como el libelo, la injuria, la difamación o la incitación, en un plazo máximo de 24 horas tras la recepción de la queja de un usuario.

Como muchos críticos han señalado, este Estado censor deja la libertad de expresión al albur de las decisiones arbitrarias de entidades corporativas que probablemente censurarán más de lo absolutamente necesario, para no arriesgarse a pagar una demoledora multa de hasta 50 millones de euros. Según ha publicado la prensa germana, los censores de Facebook sólo tienen diez segundos para decidir si borrar un comentario o no.

El caso del que tuvo que ocuparse el tribunal de Berlín tenía su origen en una publicación realizada por el diario suizo Basler Zeitung el 8 de enero de 2018. El periódico publicó un artículo titulado: “Viktor Orban habla de ‘invasión’ musulmana en su página de Facebook”. Y en un texto destacado decía: “Viktor Orban se pregunta cómo en un país como Alemania […] el caos, la anarquía y el cruce ilegal de fronteras se puede celebrar como algo bueno”.

El usuario Gabor B. publicó un comentario a este respecto: “Los alemanes se están volviendo cada vez más estúpidos. Normal, ya que los medios de izquierdas les contaminan diariamente con noticias falsas sobre ‘trabajadores cualificados’, el descenso de la tasa de paro o Trump”.

Este comentario recibió rápidamente numerosos “me gusta” hasta que Facebook lo borró por una supuesta infracción de sus “normas de la comunidad”. Además, se bloqueó el acceso de Gabor B. a Facebook durante treinta días.

“Uno puede compartir la opinión del que hace el comentario o puede considerarlo polémico o no objetivo”, ha explicado el abogado de Gabor B., Joachim Nikolaus Steinhöfel. “Pero lo importante es que el comentario está amparado por el derecho a la libertad de expresión”. Y añadió que antes de ir a juicio, su bufete ya había enviado una carta de aviso a Facebook Alemania.

“Facebook cedió en parte y desbloqueó al usuario, pero no restauró el comentario. Los abogados de Facbook nos notificaron que ‘tras un nuevo y concienzudo análisis habían llegado a la conclusión de que se habían aplicado correctamente las normas de la comunidad y por lo tanto el contenido no se podía restaurar’, una valoración que no podemos compartir”.

Steinhöfel, además de ser abogado, es un renombrado periodista, bloguero y activista contra la censura. Dirige una página web en la que ha documentado innumerables casos en los que Facebook ha borrado contenido o bloqueado a usuarios, a veces ambas cosas. Al parecer, Facebook suele bloquear a usuarios por comentarios críticos con la inmigración masiva o con ciertos aspectos de la cultura islámica. Por ejemplo, en marzo, el usuario Frank Bormann fue bloqueado después de hacer este comentario irónico: “Los musulmanes se están buscando una segunda esposa. Para financiarles la vida, los alemanes se están buscando un segundo trabajo”.

Así le ocurrió también al usuario español Jesús Palomar, cuya cuenta de Facebook fue bloqueada por la red social después de que escribiera el siguiente texto:

“Si eres agnóstico y tolerante con el Islam pero ateo y combativo con el cristianismo. Si cuando hay un atentado realizado por musulmanes y en nombre del Islam exclamas que las religiones, en abstracto, son malas; pero cuando un cura católico dice algún improperio no dudas en exclamar que la religión católica, en concreto, es malísima. Si consideras inadmisible afirmar que todos los musulmanes son terroristas, pero acostumbras a decir que todos los curas son pederastas. Si consideras que una pintada en una mezquita exigiendo su desaparición es fomentar el odio, pero que una mujer entre en una iglesia con el pecho descubierto y gritando arderéis como en el 36 es libertad de expresión. Si consideras una provocación innecesaria afirmar que el Islam es machista y homófobo, pero no dudas un momento en afirmar que el catolicismo odia a los homosexuales y a las mujeres. Si te parece correcto publicar una foto de un niño muerto en una playa porque crea conciencia, pero a la vez te resulta inadmisible que se publique la foto de una niña asesinada por un terrorista musulmán en una acera de Barcelona por respeto a ella y a su familia. No lo dudes: eres parte del problema”.

En otras ocasiones, los usuarios son censurados sin ningún motivo aparente. Marlene Weise fue bloqueada en Facebook durante treinta días por publicar un conjunto de dos imágenes: en una de ellas, aparecía la selección nacional de voleibol femenino persa en la década de 1970, con camisetas y pantalones cortos; en la otra, el actual equipo iraní, con hiyabs y ropas que cubren los brazos y las piernas de las mujeres.

Para Steinhöfel, la decisión del tribunal alemán sienta jurisprudencia. “Al final, los usuarios pueden actuar contra las prácticas opacas de las empresas que se toman su responsabilidad como si estuviesen tratando con bicicletas de segunda mano”.

Steinhöfel dice que, dada la ventajosa posición de Facebook en el mercado, el resultado de esta batalla legal tendrá repercusiones de gran alcance para la comunicación e intercambio de opiniones en las redes sociales: “¿Acaso una ley y un usuario que cumple el contrato han de consentir que empresas como Facebook y Twitter eliminen su contenido o lo bloqueen? Esta sentencia es una importante victoria escénica para la libertad de expresión”.

Curiosamente, la dirección de Facebook no parece tan activa a la hora de censurar, bloquear y hacer desaparecer contenidos apologetas del terrorismo islamista. De hecho, la red de Mark Zuckerberg se enfrenta actualmente en Estados Unidos a una demanda por 1.000 millones de euros interpuesta por familiares de víctimas estadounidenses de ataques terroristas en Israel y Cisjordania, según informó en su momento la cadeba televisiva Bloomberg.

Los denunciantes aseguran que Facebook proporcionó conscientemente apoyo material y recursos a la organización terrorista Hamas en forma de servicios de comunicación en su red social, y responsabilizaron a la compañía por la muerte de cuatro estadounidenses y por las heridas sufridas por otro ciudadano de EE.UU.

Según la demanda, Hamas – considerada como una organización terrorista por Estados Unidos, la Unión Europea e Israel – utilizó a Facebook para compartir información operacional y táctica con sus miembros y partidarios para ponerlos al tanto de sus manifestaciones, así como sobre los operativos militares israelíes e instruirlos acerca de los atentados terroristas.

“En pocas palabras, Hamas utiliza Facebook como una herramienta para llevar a cabo ataques terroristas”, explicó la oficina de la representante jurídica de los denunciantes en Israel. La demanda fue presentada el 10 de julio de 2017 en el Tribunal del Distrito Sur de Nueva York.

En opinión de Vicente Serrano Marín, autor del libro “Fraudebook. Lo que la red social hace con nuestras vidas”, Facebook, en primera instancia, “supone un incremento de lo que Isaiah Berlin llamaba libertad negativa, pues elimina o dificulta constricciones de libertades básicas para las democracias como las de expresión y comunicación, e incluso nos permite rebasar fronteras espacio temporales hasta ahora irrebasables. Pero, a la vez, incide en lo que Berlin llamaba la libertad positiva. Y ahí está el problema porque esa supuesta ‘autorrealización’ en que consiste la libertad positiva de Facebook es un espejismo y en realidad es la herramienta de una nueva forma de dominio. Por eso se podría decir que es una herramienta de dominio con apariencia de instrumento de liberación. Lo que Foucault llamaba la ironía del dispositivo. Nos hace creer ser más libres al someternos”.

Serrano Marín añade que Facebook es un paso más en la dirección de alcanzar el gran sueño totalitario del control absoluto de los ciudadanos. “Yo lo comparo con un movimiento de masas, pues de hecho lo es, en el que aparentemente ya no se produce la despersonalización y la violencia de los movimientos de masas del siglo XX, especialmente en el período de entreguerras. En lugar del líder carismático, hay un dispositivo, una máquina, que parece hacernos más libres, y aparentemente no solo no nos despersonaliza, sino que al permitirnos colgar nuestras fotos, exponer nuestras opiniones y exhibir nuestra intimidad, y eso que Facebook llama “biografía”, parece reafirmar nuestra identidad. Pero es un espejismo. Ninguna otra máquina había logrado reunir personas tan distintas y dispares en creencias, religiones, naciones o procedencias, y todas en un mismo formato, por lo demás muy simple, que banaliza todo lo que se cuelga en él”.

¿Y qué ocurre con Google? En el caso del buscador por excelencia, todo transcurre de forma similar a lo narrado con respecto a Facebook. O aún peor. Harmeet Dhillon, uno de los más destacados abogados de San Francisco, ha presentado una demanda contra el buscador en representación de un grupo de empleados de la compañía, blancos, hombres y conservadores, que creen que la empresa los ha discriminado por estos mismos motivos. Por ser blancos, por ser hombres y por tener ideología conservadora.

El letrado, que es socio del Dhillon Law Group y ex presidente del Partido Republicano en San Francisco, indica en su denuncia, sin paliativos, que la compañía californiana “respalda públicamente la realización de listas negras de empleados conservadores”.

Concretamente, la demanda explica que varios gerentes de contratación de Google declararon públicamente no contratar personas categorizadas como “voces hostiles” o de pensamiento “conservador”. La demanda demuestra, además, que en al menos en un caso, una gerente, una mujer blanca, contempló la posibilidad de mantener algún tipo de lista pública real con los nombres de algunos empleados “non gratos”. La gerente escribió lo siguiente en una publicación interna: “Estoy pensando en hacer algo así como un documento de Google, en el que se acepten comentarios, y que liste a los miembros de Google que no apoyan la diversidad”. Además, la directiva de Google se preguntaba si deberían celebrarse “juicios especiales” para “los empleados nominados para la lista”.

La demanda de Harmeet Dhillon se construye, principalmente, sobre el caso de James Damore, un ingeniero que fue despedido hace unos meses de Google tras escribir un extenso documento en el que reflexionaba sobre cómo las mujeres, en su opinión, estaban “menos preparadas biológicamente” para trabajar en tecnología.

Damore acusa a Google de “discriminar a los hombres de derecha y de raza caucásica” y en su reclamación le acompañan varios ex-empleados de Google, entre los que destaca David Gudeman, un conocido ingeniero que estuvo tres años en la empresa trabajando en un motor de consultas. La demanda dice que ambos “expresaron puntos de vista sobre temas políticos que se apartaban de la opinión mayoritaria de Google” y que por ello fueron “sistemáticamente señalados, maltratados y castigados por Google en violación de sus derechos legales”.

“Damore, Gudeman y otros miembros que firman la demanda colectiva fueron condenados al ostracismo, menospreciados y castigados por sus opiniones políticas heterodoxas, y por el pecado adicional de sus circunstancias de nacimiento, al ser hombres y de raza caucásica”, se añade en el documento judicial.

A modo de anécdota, hay que recordar que fuera de Google, Damore se ha convertido en un mártir para grupos conservadores como la “derecha alternativa” estadounidense y continua defendiendo sus ideas a través de otras redes sociales, donde suele utilizar una foto de perfil con una camiseta que dice “Goolag” (pronúnciese gulag) con la tipografía de Google.

Pero esto no es todo. Otro documento (ver imagen) presuntamente redactado por el Departamento de Recursos Humanos de la multinacional californiana revela cómo ésta instruye a sus gerentes sobre cómo ser “inclusivos”, advirtiendo a sus directivos que no se debe recompensar a los empleados por iniciativas laborales basadas en “la cultura dominante blanca / masculina”, como el “esfuerzo individual” o “la meritocracia”.

El memorando advierte además a los gerentes de la compañía tecnológica sobre cómo no recompensar a las personas “cuando exhiben valores y prácticas que son parte de la cultura dominante”, y sobre cómo “no castigar a las personas cuando exhiben valores que están fuera de la norma cultural dominante”.

El documento que se ha sacado a relucir en la querella contra continúa enumerando ejemplos concretos de elementos que son “valorados” por la cultura dominante “blanca / masculina” de los Estados Unidos dentro de un “marco racial daltónico”: la meritocracia, la objetividad o el perfeccionismo”, que contrastan con otros “valores” que son “continuamente invisibilizados” por la cultura dominante “blanca / masculina”: “los logros colectivos”, “la sostenibilidad”, “la subjetividad” o el “pensamiento de las siete generaciones” (una creencia de los indios iroqueses que afirma que todo lo que se haga ha de hacerse con la vista puesta en el beneficio de los descendientes durante siete generaciones).

El texto continúa explicando “cómo los gerentes de Google deben priorizar dar voz a las mujeres y personas de color”, en lugar de retroalimentar los planteamientos de “los hombres caucásicos”.

El informe interno de Google, según los demandantes, cita “múltiples estudios y artículos diferentes sobre sesgos de género y raza y estereotipos para justificar las posturas establecidas”. La querella pone especialmente de manifiesto en que los autores de este documento nunca fueron reprendidos ni expulsados de la compañía, a pesar de “promover estereotipos raciales y de género”. “Al contrario”, explica la denuncia, “este programa se convirtió en parte del adoctrinamiento de Google a su personal de Administración”…

Más información y reportaje íntegro en la Revista Naves en Llamas Nº 2


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Los árabes apenas nos dejaron su ADN

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(R) Los árabes nos dejaron la Alhambra, el escabeche, los naipes, las albóndigas y palabras tan bellas como azar, naranja, gacela, fulano y baladí, pero apenas nos dejaron su ADN. Investigadores de la Universidad de Granada han concluido que el legado genético de la actual población de Andalucía oriental, donde la dominación musulmana duró ocho siglos, es casi idéntica a la de cualquier otro lugar de la Península Ibérica: apenas un 5% de los habitantes de la antigua Al Andalus tiene características genéticas heredadas de los conquistadores norteafricanos. El tópico de que los españoles del Sur descienden directamente de los invasores musulmanes de la Edad Media es falso. Los historiadores ya lo sabían. «Es difícil aventurar cifras, pero la conquista la hicieron no más de 100.000 individuos en diversas oleadas, en un territorio de entre 3 y 4 millones de habitantes. La inmensa mayoría de la población se islamizó, pero una cosa es la herencia cultural y otra, la genética», recuerda el escritor José Calvo Poyato.

En 711 un ejército de unos 7.000 bereberes liderados por Tariq cruzó el Estrecho de Gibraltar y, aprovechándose de la crisis demográfica causada por la peste y la sequía y las disputas entre los reyes visigodos, en ocho años ya había entregado el dominio de casi toda la Península Ibérica a Damasco, capital del Califato Omeya. Casi inmediatamente, en 722, comenzó la reconquista cristiana. En los ocho siglos siguientes el centro de poder hispanomusulmán cambió varias veces, hubo diversas dinastías reinantes, sucesivas invasiones militares y oleadas migratorias, hasta que en 1492 los Reyes Católicos tomaron el último bastión del sultanato nazarí.

Cinco investigadores del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada se propusieron averiguar qué huella biológica -la cultural está fuera de toda duda- transmitieron aquellos conquistadores procedentes primero del Norte de Marruecos y más tarde de otros puntos del Magreb, Oriente Medio y el África subsahariana. Es decir, hasta qué punto tuvieron descendencia que con el paso de las generaciones llegara hasta nuestros días. Nunca se había hecho antes.

Conquistas masculinas

Para ello, seleccionaron una muestra representativa de 146 varones de Granada, Almería y Málaga con al menos un abuelo nacido en la zona y analizaron en las células de la cara interna de la mejilla el ADN del cromosoma Y. Este solo se transmite por línea paterna y es especialmente útil para rastrear el alcance de la mezcla de poblaciones en las conquistas militares, en las que los hombres son los primeros protagonistas.

La investigadora principal, María Saiz, era consciente de que, según la mayor parte de los historiadores, la conquista no fue una operación masiva: distintas fuentes hablan de unas cuantas decenas de miles en distintas oleadas, para una población autóctona de unos tres millones de habitantes a comienzos del siglo VIII. Por otro lado, los colonos eran la élite política y militar y no siempre se mezclaban con el pueblo llano, en parte porque las normas sociales y religiosas lo impedían: mientras los hombres musulmanes podían tomar esposas o concubinas cristianas y tener hijos con ellas, las seguidoras del islam tenían estrictamente prohibido intercambiar fluidos con los indígenas. También los judíos -genéticamente casi iguales a los árabes del mismo origen geográfico- eran una comunidad endogámica.

La expulsión de los moriscos decretada por Felipe III en 1609 propició la dispersión de los últimos pobladores que aún profesaban la fe de Mahoma por Castilla, pero muchos se marcharon al Norte de África y algunos a Portugal, Francia o América. Y la repoblación se realizó con gentes llegadas de territorios limítrofes al Reino de Granada, primero, y después con habitantes del norte. Así lo atestiguan algunos de los apellidos de los sujetos estudiados.

Saiz, que dedicó su tesis doctoral a este tema, preveía que de su análisis se desprendería una mayor influencia genética africana en la población actual de Granada, Málaga y Almería que en otros territorios del país donde su presencia duró muchísimo menos. Galicia, la cornisa cantábrica y el norte de Cataluña ya eran tierra reconquistada en el siglo X y toda la mitad norte de la Península había sido ganada para la cruz en el XII.

El equipo tenía el precedente de la investigación de antropología molecular llevada a cabo por otro de sus integrantes, Luis Javier Martínez, que estudió una serie de marcadores genéticos para determinar el alcance del mestizaje entre la población maya y la europea en Guatemala.

Controversia

Pero las conclusiones fueron muy diferentes: mientras en el país centroamericano la mezcla entre indígenas e invasores se inició ya en el siglo XVI y ha sido intensa durante 500 años, en el antiguo Reino de Granada el 58% de la muestra pertenece al haplogrupo (combinación de mutaciones genéticas que revelan el origen geográfico) mayoritario en las poblaciones europeas. Y lo más llamativo: solo un 4,76% de los sujetos analizados pertenecía al haplogrupo típico en el norte de África. Es prácticamente el mismo porcentaje que en el resto de la Península (5%) y otros países de la cuenca mediterránea. Y, paradójicamente, inferior al que presentan los habitantes de Valencia, Murcia o Galicia. Solo en el País Vasco la huella es, como en el resto de Europa, casi nula.

«Al contrario de lo que se esperaba, por la dirección que siguió la reconquista, el gradiente de influencia genética africana no va de menor a mayor de Norte a Sur, sino de Oeste a Este», señala la bióloga.

La investigación, que se ha publicado en ‘Scientific Reports’, del grupo de la revista ‘Nature’, ha levantado cierto revuelo, quizá porque hay quien la ha leído en clave política, y no científica. «Que no haya herencia genética no significa que no haya herencia cultural: estamos rodeados de ella, en la arquitectura, la comida o la lengua», subraya Luis Javier Martínez.

Los historiadores no se ponen de acuerdo sobre el significado de la investigación. «Esos resultados contradicen a la historia», asegura Francisco Sánchez-Montes, catedrático de Historia Moderna de la UGR, quien matiza que, aunque no conoce el trabajo en profundidad, quizá la muestra analizada es pequeña para representar a una población que en 1492 rondaba las 400.000 personas. «A mí me preocupa que se construya la historia desde el componente genético. Por encima está el modelo cultural, la capacidad de adaptación al medio», afirma.

El profesor recuerda que a partir de la primera oleada en el siglo VIII se produjo «una intensa dinámica de flujos poblacionales de sur a norte y un entremezclado social muy fuerte». El Reino de Granada y la nueva sociedad que se construyó a partir de 1492 era muy heterogénea y en ella convivían religiones y etnias diversas.

A su juicio, es extraño que apenas haya quedado rastro genético, por ejemplo, de los descendientes de los esclavos, parte de ellos de raza negra, que no estaban sometidos a las mismas reglas sociales que imperaban para el resto y presentaban una alta tasa de hijos ilegítimos. Sánchez-Montes recuerda que, pese a las conversiones forzosas y las expulsiones de judíos y moriscos, miles de ellos se las arreglaron para quedarse, en sus ciudades de origen o en otras, y mimetizarse con el entorno.

Mucho ardor y poca gente

Manuel Barrios Aguilera, catedrático de Historia Moderna de la UGR jubilado, lo ve de otro modo. Aun reconociendo que «la cultura no se transmite a través de la sangre», considera que la investigación genética «demuestra que en la historia hay muchas mitologías; una es la de la conquista y otra, la de la reconquista». «Hace muchos años se advirtió que la invasión musulmana se hizo con mucho ardor bélico y muy pocos medios humanos: los que desembarcan en el año 711 son pocos, pero con fuerza suficiente para apoderarse de un país en franca decadencia», subraya el miembro de la Academia Andaluza de la Historia.

El escritor José Calvo Poyato reconoce que es muy difícil determinar cuántos individuos participaron en la conquista, pero aventura que no debieron de ser más de unos cuantos miles en cada una de las oleadas: las más importantes, las dirigidas por Tariq y Musa a comienzos del siglo VIII; la invasión almorávide, con pobladores originarios del Sahara, en el siglo XI; y la almohade, de bereberes marroquíes, en el XII. En total, apunta el doctor en Historia Moderna, no más de 100.000. Sus genes quedaron disueltos en una población de entre 3 millones de habitantes en el siglo VIII y 5 en el XVI, según los poco precisos cálculos de la época precensal.

Dicho de otra forma, unas pocas decenas de miles de individuos, por muy armados que fueran, no pudieron dejar un gran rastro biológico en una población mucho más extensa. Lo que sí lograron con la ocupación del poder político y militar fue que una gran parte de los lugareños se convirtieran al islam y adoptaran los nombres, la lengua y las costumbres árabes. Los llamados muladíes no lo hicieron obligados por la fuerza, recuerda Barrios, sino atraídos por las ventajas económicas y fiscales que les acarreaba asimilarse a la clase dominante. «Lo que se produjo fue un dominio de la Península, no un barrido de la población hacia arriba», matiza.

En ese sentido, recuerda, la reconquista es otro mito, que se inventó ya entrado el siglo XIX y que algunos vuelven a empuñar ahora con objetivos propagandísticos. Porque, de hecho, lo que Don Pelayo inició en Asturias en el año 722 no fue una ‘re-ocupación’ de un territorio con la población previamente desalojada, sino una serie de campañas militares que fueron ganando plazas de norte a sur en los siguientes ocho siglos para la corona cristiana.

Tras la rebelión de los moriscos, en la Guerra de las Alpujarras de comienzos del siglo XVI, el Reino de Granada perdió un tercio de su población, unos 100.000 habitantes; una parte murieron en el conflicto bélico, otros se dispersaron por la Península y algunos regresaron al norte de África. ¿Regresaron? Es imposible saber si aquellos desterrados de nombres y ropajes moros, que hablaban árabe y adoraban a Mahoma, volvían a la tierra de sus ancestros o, por el contrario, abandonaban para siempre la tierra de sus tatarabuelos.

Fuente: Inés Gallastegui (Grupo Correo)


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Por qué el coeficiente intelectual (IQ) está decayendo en Noruega desde 1975

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Diversos estudios realizados en Dinamarca, Reino Unido, Francia, Holanda o Finlandia encontraron en los últimos años que los puntajes de coeficiente de inteligencia (IQ, por sus siglas en inglés) en las poblaciones analizadas habían disminuido considerablemente en comparación con generaciones anteriores.

Un reciente estudio realizado por el Centro de Investigación Económica Ragnar Frisch en Noruega no encontró resultados muy diferentes.

De acuerdo con la investigación, publicada en Proceedings of the National Academy of Sciences, la revista de la Academia de Ciencias de Estados Unidos, la media de los noruegos nacidos después de 1975 experimentan una disminución en su IQ con respecto a los nacidos antes de esa fecha.

Si bien a lo largo del siglo XX se había registrado un crecimiento exponencial en los resultados de las pruebas de este tipo en gran parte del mundo (un fenómeno conocido como “Efecto Flynn”), algo pasó en las últimas cuatro décadas, según los investigadores noruegos, para que las cifras comenzaran a ir en picada.

La versión políticamente correcta sugiere que son factores ambientales y no genéticos los que están detrás de esto y que pueden ir desde los cambios en el sistema educativo, en la nutrición hasta el hecho de que ahora leemos menos o a que pasamos más tiempo en línea.

“Uno de los principales resultados del estudio es precisamente ese, que sugiere que la variación no está relacionada con el componente familiar como habían considerado investigaciones anteriores”, explica a BBC Mundo la neuropsicóloga Katherine Possin, profesora del Centro de Memoria y Envejecimiento de la Universidad de California en San Francisco.


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Las razas sí existen y determinan las diferencias en la especie humana

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(R).- Es necesario denunciar el discurso de la ideología dominante, propagado sin descanso, según el cual las razas no existirían en la especie humana. De hacer caso a este relato hegemónico resultaría que esta peculiar especie sin subespecies, es decir sin razas, constituiría una rara excepción en la naturaleza, sobre todo entre las especies con un mínimo de complejidad. Pero no es en la biología donde los defensores de la inexistencia de razas humanas encontrarán fundamento. En la especie humana se presentan genes polimórficos y genes no polimórficos. Son los primeros los que nos interesan aquí. Estos son llamados así por ser susceptibles de presentarse en distintas formas, cada una de las cuales es denominada alelo. En la especie humana existen poblaciones que difieren entre sí notablemente en la frecuencia de aparición de determinados alelos, referidos lógicamente a los genes polimórficos (únicos que presentan alelos), y este hecho hace que el genotipo y el fenotipo (o apariencia externa) de los miembros de estas poblaciones consideradas grupalmente diverjan entre sí. Eso es, ni más ni menos, una raza, una subespecie de una especie inclusora. Es importante clarificar bien cada concepto para no terminar confundiéndolos y llegar a conclusiones manifiestamente erróneas. Así, un error frecuente de los propagandistas de la ideología dominante, que trabaja insistentemente para imponernos una especie de consenso racial según el cual sólo habría una raza, la “raza humana”, es la confusión entre especie y raza.

¿Cómo se llegan a constituir las poblaciones definidas que denominamos razas? Aún admitiendo la tesis, en discusión, de que la especie humana tuvo un origen sincrónico y común en África, y de que se parte en principio de individuos similares en lo que aquí tratamos, nadie informado puede negar la realidad de 1) las mutaciones espontáneas, 2) la selección natural en función del medio sobre estas mutaciones, 3) la deriva génica y 4) la endogamia dentro de grupos físicamente separados o dentro de grupos relativamente cercanos pero dotados de sanciones sociales que llevan hacia esta endogamia. Éstos son los principales elementos que crean, siempre admitiendo, como se ha dicho, la aún cuestionada tesis monogenista, las distintas razas humanas existentes en la actualidad.

Una raza es un grupo genético real pero difuso, y este hecho es fuente de error de muchos inadvertidos. Es decir, en virtud de un común origen, o de la existencia de fronteras moderadamente permeables entre los distintos grupos raciales, o de ambos factores, la manifestación del hecho racial no ocurre necesariamente como exclusión, es decir, como presencia o no de determinado alelo o número de alelos en cada grupo racial, sino como tendencia (si bien es notorio el hecho de que determinados alelos siempre están excluidos para determinados grupos raciales). Cada raza tiene una tendencia central, genotípica y fenotípica, alrededor de la cual oscilan los miembros de la raza. Esa tendencia es distinta a la de otros grupos raciales aunque permita cierta convergencia individual en alguna o algunas características entre elementos situados en posiciones extremas respecto de su propia tendencia central. Este hecho último no representa ningún argumento en contra de la existencia de las razas ni ningún descubrimiento reciente que la biología no conozca desde hace mucho: se enmarca bajo el concepto de clina. No hablamos por tanto de categorías exactas ni discretas, pero sí tendenciales y consistentes. Y esto a pesar de la constatación por parte de los genetistas de la existencia de zonas de cambios genéticos abruptos.

De todo lo anterior se deduce que una raza es una población que difiere respecto a las demás en frecuencias de alelos en muchos sitios genéticos, siendo esto causa de efectos fenotípicos en los miembros de dicha población, configurados de una manera particular en lo que a características físicas externas o internas) concierne.


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