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Historia

Odios, divisiones y sectarismos en el Frente Popular: cuatro testimonios

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Ángel Manuel González Fernández.- 1º. Uno de los testimonios escritos que mejor retratan la fractura de España en el Frente Popular es el de Amaro del Rosal Díaz. Amaro del Rosal fue el gran controlador de la Federación Nacional de Banca de la UGT. Prestó grandes servicios a su partido el PSOE, especialmente en el campo de la financiación; por ejemplo, aportando sumas millonarias de dinero procedente de fondos desconocidos para la adquisición de armamento en 1934; o financiando el semanario y después diario Claridad desde su fundación en 1935 al servicio de los bolcheviques del PSOE, para al final terminar en manos de sus amigos los comunistas; u organizando en Madrid y Cartagena el traslado del oro del Banco de España hacia la Unión Soviética; etc.,. Era un socialista de carné pero comunista de corazón, oficialmente se afilió al PCE en 1948. He aquí el relato de este asturiano:

“En Asturias gobierna un Consejo soberano; en Aragón, un Consejo general, bajo el control anarquista de Joaquín Ascaso; en Levante funciona un Comité ejecutivo, también bajo control anarquista; en Cataluña, desbordado el gobierno autonómico, deja hacer a la F.A.I. y a la C.N.T. El cantonalismo de la primera República trata de resucitar por todas partes.

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En Cataluña y Aragón, la C.N.T. y el anarquismo, como venimos subrayando, ejercían su total hegemonía; en Levante, en una proporción considerable. El gobierno de la Generalidad era prisionero de la F.A.I., y al mismo tiempo, mantenía una posición conflictiva con el gobierno central. En Aragón, el anarquista Joaquín Ascaso había montado “su propio gobierno” bajo el título de Consejo de Aragón. En el País Vasco, los nacionalistas situaron en un primer plano –en aquella situación- el problema del Estatuto Vasco, con la amenaza de no luchar si no lo obtenían. Actitud de chantaje y coacción impropia de las circunstancias. Los nacionalistas vascos tuvieron una forma muy especial de interpretar las realidades de aquellos momentos, como lo siguen teniendo en el día de hoy, cuarenta años más tarde. Caballero debió precipitar todos los procedimientos para que la sesión de Cortes de 1º de octubre se aprobara el Estatuto Vasco. No obstante esa concesión, los problemas posteriores no se solucionaron fácilmente en el nuevo gobierno autónomo de Euskadi que, llevado de un espíritu negativo de independencia, ponía reparos a muchas cuestiones y discutía las designaciones que, dentro de sus facultades, hacía el gobierno central. El gobierno vasco desarrollaba su propia política de guerra y de comercio exterior, al igual que lo hacían el de Cataluña y, en pequeño, el Consejo Soberano de Asturias; por último, también escapaba a todo control de gobierno el Consejo de Aragón. Todos, en los hechos, se consideraban cantones independientes, negándose a comprender y aceptar las realidades dramáticas que vivía España, encerrándose en egoísmos particulares en perjuicio de los intereses generales de todo el pueblo español.

El comercio exterior se vio fraccionado por la acción que desarrollaban comisiones, comités de exportación y compras de Cataluña, de Euskadi, del Consejo Soberano de Asturias y León, del de Aragón y aun de otros organismos del litoral levantino en los que la C.N.T-F.A.I. ejercía su control. Todos ellos mantenían delegaciones o representaciones comerciales en París, Marsella, Bruselas y otros lugares del extranjero. Toda una política cantonalista y de desintegración económica precisamente cuando más vital e indispensable era la unificación, la coordinación y la integración económica de toda la España republicana. El gobierno central no era bueno más que para pedirle divisas, para exigirle ayuda, pero no para ofrecérsela”: Amaro del Rosal. Historia de la U.G.T de España 1901-1939. Barcelona, 1977, vol. II, pp. 499, 529 y 530.

2º. A primeros de marzo de 1937 el secretario general de la Internacional Comunista, Georgi Dimitrov, recibe un informe de uno de sus confidentes políticos en el Frente Popular, y el día 23 de ese mes remite el informe alto secreto al comisario soviético para la Defensa, el mariscal Kliment Voroshilov:

“En la retaguardia existe un gobierno oficial permanente o, con mayor veracidad, tres gobiernos oficiales: Valencia, Cataluña y el País Vasco. En torno a esos tres gobiernos hay otros, más grandes o más chicos, más o menos autónomos, que demuestran su poder. Todo eso se debe a la debilidad gubernamental (…)”: Ronald Radosh, Mary R. Habeck y Grigory Sevostianov. España traicionada. Stalin y la guerra civil. Barcelona, 2002, p. 208.

3º. Constant Brusiloff traductor ruso y testigo en el Frente Norte, y que además era simpatizante del Partido Nacionalista Vasco escribe en 1938:

“Es preciso reconocer que los vascos adolecieron siempre de un individualismo regional, que perjudicó enormemente al desarrollo de la vida militar, industrial y política del Norte. Su manía de independencia hacía imposible el Mando único en el Ejército y, en general, cualquier trabajo armónico. Su concepto de superioridad racial irritaba a santanderinos y asturianos.

La burocracia vasca fue algo espantosamente extenso que diríase que gobernaban un vasto Estado en vez de una pequeñísima República. Había Consejeros, Secretarios y Directores Generales a granel. Y esto, como es natural, se traducía en sueldos y remuneraciones que ascendían a cantidades enormes de pesetas.

Relaciones del Gobierno Vasco con el resto del Norte republicano

Tampoco fueron muy cordiales las relaciones sostenidas con asturianos y santanderinos, pues a través de toda la guerra en el Norte republicano los vascos se hicieron odiosos a los demás con su orgullo de raza.

Al salir de Bilbao el Gobierno Vasco y después de tener que abandonar el territorio de Euzkadi, trasladó su residencia a Santander. Se le dedicó un acogimiento frío, por no decir hostil.

Con ocasión de ser llamado Aguirre a Valencia, fue al aeródromo a tomar un avión que le había de llevar y allí un policía, de un modo impertinente, le exigió exhibir toda clase de documentos lo mismo que si se tratara de una persona desconocida que pudiera ser peligrosa para el régimen. Esta actitud tan poco delicada motivó la queja del Presidente Vasco junto al Gobierno Central y la amonestación por éste al Gobernador de Santander, Juan Ruiz Olazarán.

Traslado del Gobierno Vasco a Barcelona

Aguirre, después de tan “calurosa” despedida, no quiso volver al Norte de España y consiguió que la sede de su Gobierno fuera trasladada a Barcelona. A la mayor parte de los empleados se les indemnizó para deshacerse de ellos, con 5.000 pesetas por persona y el sueldo adelantado de tres meses y a algunos que se les consideraba “insustituibles” se les dio facilidades para salir del Norte. El Ministro Irujo, que desempeñaba en el Gobierno Central la cartera de Justicia y pertenecía al Partido Nacionalista Vasco, ayudó de una manera eficaz al traslado de numerosos correligionarios suyos, reclamándoles como jueces, notarios, maestros, etc. Esta política partidista indignó a santanderinos y asturianos, quienes por fuerza se veían obligados a permanecer en las provincias norteñas ya muy amenazadas por el enemigo.

Desde hacía tiempo, esto es, desde que las tropas vascas empezaron a retroceder, los valores de Euzkadi fueron puestos a salvo y trasladados a Francia.

Con este bien poco brillante epílogo termina la Historia de la República Vasca, que fue de duración tan minúscula como mengua de extensión.

Evacuación de Bilbao

En todos los periódicos se escribía con grandes caracteres: “La ciudad jamás se entregará”; “Bilbao sabrá soportar el sitio”; “Bilbao será un segundo Madrid”, etc. Por ello, el pueblo se asombró cuando pudo apercibirse de que los dirigentes políticos, aún diez días antes de la caída de la ciudad, empezaron a correr… Las masas, entonces, siguieron su ejemplo”: Constant Brusiloff. Los republicanos en el Norte de España. Julio 1936-Octubre 1937. En Mikel Aizpuru. El informe Brusiloff. La Guerra Civil de 1936 en el Frente Norte vista por un traductor ruso. Zarautz, 2009, pp. 167, 181, 187, 188 y 199.
Y Azaña anota en su diario: “19 de julio de 1937. He ido a Valencia y recibo la visita de Aguirre, el Presidente del Gobierno vasco.

Aguirre se queja de que el Gobierno vasco refugiado en Santander, padece vejaciones y desprecios. Me refiere el caso, quizás para incluirlo en la lista de los desprecios. Al tomar el avión para venir a Valencia, la policía ha estado descortés, obligándole a presentar su documentación personal, no obstante haberse dado a conocer…

Aguirre, entre sus quejas contra los santanderinos, me dijo que no le habían rendido honores.

29 de julio de 1937. Anoche a las nueve vino el Presidente del Consejo.

El Presidente está muy irritado por los incidentes a que ha dado ocasión el paso de Aguirre por Barcelona. “Aguirre -dice- no puede resistir que se hable de España. En Barcelona afectan no pronunciar siquiera su nombre. Yo no he sido nunca -agrega- lo que llaman españolista ni patriotero. Pero ante estas cosas me indigno. Y si esas gentes van a descuartizar a España, prefiero a Franco. Con Franco ya nos entenderíamos nosotros, o nuestros hijos, o quien quiere. Pero esos hombres son inaguantables. Acabarían por dar la razón a Franco. Y mientras, venga pedir dinero, y más dinero…”: Manuel Azaña. Obras completas. México, 1968, vol. IV, pp. 682, 685, 697, 699 y 701.

4º. El exembajador y exministro republicano liberal y antifranquista Salvador de Madariaga Rojo:

“Desde aquel momento, la Guerra Civil degeneró en un duelo desigual entre un ejército bien en mano de su jefe con un Estado regido por una disciplina militar, frente a una turba de tribus malavenidas, la U.G.T., la C.N.T., la F.A.I., el P.O.U.M., el P.S.U.C., el Partido Comunista, el Partido Socialista partido por gala en dos, la Generalitat, Euskadi y otros que olvido, cada uno tirando por su lado. Esta multitud de multitudes no podía aspirar ni de lejos al nombre de alianza, porque vivía en guerra civil endémica. Y no se crea nadie que estas palabras “guerra civil” vengan aquí como metáfora. Trátase por el contrario de una descripción exacta de la realidad, con sus batallas, planes de campaña, bajas y victorias y derrotas. (…) al punto de que en la lucha solía caer tal o cual cabecilla de una u otra de estas sectas; otras de ellas, como la de los Catalanes o los Vascos aspiraban a separarse de los Castellanos, soñando con el Estado lo más integral posible, en pleno olvido de la creación superior, aquella España todavía no plenamente realizada, de que ya casi ni se hablaba y que yacía desangrada e inerme entre unos y otros”: Salvador de Madariaga. España. Ensayo de Historia Contemporánea. México-Buenos Aires, 1955, pp. 689 y 690.


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1933, la última vez que se suspendió la Semana Santa de Sevilla

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Sevilla, que no celebrará su Semana Santa por la pandemia del coronavirus, no veía totalmente suspendida su Semana Mayor desde el año 1933, cuando ninguna cofradía salió en procesión por el enrarecido ambiente que provocó el enfrentamiento político y social en los años de la Segunda República.

En los primeros años treinta, las cofradías soportaban un ambiente hostil en la calle -ya en 1932 sólo salió en procesión la hermandad trianera de La Estrella-, pero la decisión última de no salir en 1933 fue adoptada por las propias hermandades, a manera de plante por el anticlericalismo del Gobierno y el que también se respiraba en la calle.

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Según ha explicado a Efe el escritor y periodista Francisco Robles -autor de “Tontos de capirote” y “Frikis de capirote”-, el Ayuntamiento republicano no actuó en ningún momento contra la Semana Santa, sino que la suspensión corrió a cargo exclusivamente de las hermandades, al igual que sucedió en 1932, si bien posteriormente, durante el franquismo, se tergiversó esa realidad para aprovecharla políticamente.

Ese año de 1932, una cofradía de pronunciado carácter popular como es La Estrella salió en procesión, pero no su día correspondiente, el Domingo de Ramos, sino el Jueves Santo, con lo cual no perdió la subvención que otorgaba el Ayuntamiento, como le pasó al resto de cofradías que no salieron. Una vez en la calle, al paso de La Estrella se produjeron altercados, insultos, gritos e incluso el lanzamiento de algunas piedras.

El ambiente enrarecido duró hasta 1934, cuando sólo salieron en procesión aproximadamente la mitad de las cofradías, las de carácter más popular, mientras que las consideradas más conservadoras o, de algún modo, más ligadas a la derecha política decidieron no salir. Ya en 1935 salieron todas las cofradías y en 1936, ya con el Gobierno del Frente Popular, volvieron a salir todas las cofradías, cuyas procesiones, hasta ahora sólo se habían interrumpido por la lluvia o la amenaza de lluvia.

El profesor de la Universidad de Sevilla Manuel Moreno Alonso recordaba recientemente otro caso en un artículo publicado por ABC de Sevilla hace justo dos siglos, en 1820, también por razones políticas derivadas de la presencia en Sevilla del general Rafael del Riego, entonces aclamado como el libertador de la nación.

Tras más de dos meses de la proclamación de la Constitución de 1812 en Las Cabezas de San Juan (Sevilla), Riego entró en Sevilla el 20 de marzo de aquel año, lo que conllevó alborotos y suscitó temores que dieron con la suspensión de las procesiones el Jueves y el Viernes Santo y la “Madrugá”. Francisco Robles también ha recordado un curioso hecho histórico del periodo napoleónico, durante el reinado español de José Bonaparte tres cofradías de Semana Santa se acercaron al Alcázar, en el que se alojaba el hermano de Napoleón, para rendirle pleitesia pero el rey ni siquiera se dignó salir a recibirlas.


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Historia

Las catastróficas consecuencias económicas que dejó la Gripe española de 1918

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C.C.- La neutralidad en la Primera Guerra Mundial supuso un gran negocio para España, que alcanzó una cantidad de exportaciones nunca vista gracias a la falta de competidores y a la buena relación del Rey Alfonso XIII con ambos bandos. No obstante, los salarios en España se estancaron mientras los precios se disparaban y el país sufría los estragos de la llamada Gripe española, una pandemia mundial surgida en 1918 que, según algunos autores, causó a casi cincuenta millones de fallecidos.

España, un país que no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias, dio nombre a la epidemia ante la creencia de que era el único país afectado o desde luego el origen. Sí fue, en todo caso, de los más infectados. El Monarca sufrió justo escarlatina durante la epidemia y se mantuvo inactivo en la última fase de la guerra.

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Las víctimas de la gripe no solo fueron los más vulnerables como los niños o los ancianos de los estratos socioeconómicos más desfavorecidos, sino que incluyó a los adultos jóvenes y sanos e incluso a algunos animales (fundamentalmente perros y gatos). La predilección por los individuos jóvenes adultos, que constituían la mayor parte 87 de la población activa, provocó que la actividad económica se redujera, e incluso en algunas localidades quedara prácticamente paralizada.

Como señala el monográfico «La pandemia de Gripe de 1918: Mitos y realidades desde la literatura científica» (investigación firmada por Manuel José Mejías Estévez, Rocío Domínguez Álvarez y Esperanza Blanco Reina), « el miedo se apoderó de la población, provocando situaciones dramáticas como el aislamiento social y la estigmatización de la enfermedad».

La gente se ausentaba de sus trabajos ante el miedo a salir de casa, produciendo un efecto directo y desastroso sobre la economía. En algunos lugares las autoridades declararon la cuarentena, prohibieron el derecho de reunión para evitar aglomeraciones, se cerraron escuelas, teatros, centros del culto… hasta el punto de que numerosos fallecimientos de niños fueron debidos al hambre (se les aislaba hasta el punto de prohibir llevarles alimentos).

La mejora económica con Primo de Rivera

En el verano de 1920, cuando la guerra llevaba dos años noqueada, el virus desapareció tal y como había llegado. La economía española debió enfrentarse a las consecuencias del virus y, a la vez, a la drástica disminución de exportaciones. Los empresarios habían olvidado emplear los beneficios de las exportaciones de la guerra para modernizarse y mejorar las condiciones de sus empleados. Los ánimos en las calles solo estaban peor que antes al término del conflicto. La cifra de huelgas anuales alcanzó el millar y solo en Cataluña se produjeron ochocientos crímenes entre 1917 y 1922 relacionados con la política.

Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 %
La situación no llegó a remontar hasta el golpe de Estado de Miguel Primo de Rivera, quien además de estabilizar la política logró una mejora en la economía en los primeros años de su dictadura coronada. El efecto de la política económica llevada a cabo por Primo de Rivera sobre la producción industrial fue bueno a corto plazo. Las regiones ya industrializadas, como Cataluña o el País Vasco, vieron un incremento notable de la prosperidad económica y un crecimiento de los puestos de trabajo. Por vez primera, se pasó de un 57 % de mano de obra dedicada a la agricultura, a un 45 % de industrial, y el parque automovilístico se duplicó en seis años.

También en estos años se produjo la conversión de la banca española (sobre todo la madrileña, el Hispano y el Español de Crédito) en una banca nacional, a la vez que se consolida la banca oficial como el Banco de Crédito Local y el de Crédito Industrial así como las cajas de ahorro. La Dictadura centró su propaganda en los logros económicos, que se beneficiaron en esos años de la favorable coyuntura internacional (los «Felices Años Veinte»), por lo que cuando la situación empeoró en torno al Crac del 29 y con la caída del valor de la peseta también lo hizo igual de rápido el prestigio de Primo de Rivera.

Una gran caída y un repunte igual de repentino

A nivel mundial también los efectos de la pandemia fueron desoladores: pérdida de familiares y seres queridos, economía deteriorada, miedo colectivo y las compañías de seguro arruinadas ante la muerte masiva de adultos jóvenes. Las distintas localidades y países tuvieron que conceder créditos especiales para poder sufragar todos los gastos derivados no solo de la asistencia médica y social de los afectados, sino de la implantación y cumplimiento de las distintas medidas de profilaxis pública.

Estos gastos extraordinarios consistieron básicamente en el establecimiento de la cuarentena; el aislamiento de los contagiados; el cierre de los lugares públicos; la desinfección de los individuos, las calles y los locales, el uso de las mascarillas, vacunas, etc. No obstante, la coincidencia de la enfermedad con la propia guerra dificultan mucho saber dónde empezaron las consecuencias de una y donde terminaron las de otra. Las falta de datos macroeconómicos impiden hacer un análisis global del impacto de la epidemia en la economía.

Los indicadores disponibles sobre el caso de Estados Unidos apuntan a que los índices de la producción industrial y la actividad comercial cayeron en octubre de 1918, en el momento más agudo de la epidemia, aunque repuntaron rápidamente. Las cifras sobre la nómina de las fábricas disponibles (se carece de datos sobre toda la fuerza laboral) también señalan una drástica caída seguido de un rápido repunte.

Un estudio reciente del Ministerio de Hacienda de Canadá estima que el impacto global sobre el PIB anual fue de solo un 0,4 %. Algunas zonas deprimidas concentraron la peor parte. En un estudio económico sobre la India, donde la mortalidad fue muy elevada, Schultz estimó en 1964 que la producción agrícola se contrajo un 3,3% durante la pandemia, en comparación con una reducción del 8% en la fuerza laboral agrícola.

¿Terminó con la guerra?

Las repercusiones políticas de la pandemia fueron notables, como explica María Isabel Porras Gallo en su investigación «Una ciudad en crisis: la epidemia de gripe de 1918-19 en Madrid»: «Quizás lo fundamental, dada la trascendencia internacional que tuvo, fue la influencia que ejerció en el desarrollo de la guerra y en la Conferencia de paz y el desastroso contenido del Tratado de Versalles». Las últimas operaciones militares se vieron dificultades e incluso paralizadas por el gran número de soldados afectados por la gripe en uno y otro bando.

Algunos autores han postulado incluso que actuó de modo decisivo sobre el curso de la guerra y que incluso precipitó su final. El historiador estadounidense Alfred Crosby ha vinculado el tercer brote de la enfermedad, tras la navidad de 1918, a las razones por las que se aceleraron las conferencias de paz de 1919 y se redactó de forma algo chapucera el Tratado de Versalles.

Desde su punto de vista, la mala actuación de la Delegación americana en la Conferencia de Paz habría sido provocada por el ataque gripal que algunos de sus miembros sufrieron y que les habría llevado a precipitar la redacción final del documento. Para él, esta fue la razón de que dicho tratado acabara siendo un acuerdo para los vencedores y no un pacto para evitar otro conflicto.

 


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A Fondo

El coronavirus se suma a la maldición de las pandemias de los años 20

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El coronavirus es hoy el tema del que nadie en el mundo puede escapar. Está en cada conversación y en todos los noticieros. Los muertos y los infectados crecen día a día y se extiende por diferentes países, paralelamente al crecimiento del temor a nivel global.

Es a raíz de ello que en las redes sociales se multiplican los mensajes en torno a que en cada década de años 20 el mundo enfrenta una crisis, epidemia o pandemia que generan caos, muerte y conflictos. Y es una realidad ya que los registros no mienten.

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Por ejemplo, hay publicaciones que sostienen que la Peste Negra golpeó duramente a Europa hace 700 años, precisamente en 1320. Aunque según la Enciclopedia Britannica, sucedió entre 1347 y 1351. Lo cierto es que se sabe históricamente que la enfermedad apareció hacia 1320 en el desierto de Gobi​, entre el norte de China y el sur de Mongolia; y que llegó a este último país por primera vez diez años después.

Si bien no existen números oficiales, estimaciones indican que la Peste Negra cobró la vida de cerca de 25 millones de personas en todo el viejo continente, la que era transmitida por pulgas a humanos luego de picar a roedores infectados.

Otra epidemia fue la Viruela, que causó estragos en la civilización Azteca en la década de 1520 luego que Hernán Cortés zarpara desde Cuba en febrero de 1519 con sus tropas a lo que hoy conocemos como México. Arqueología Mexicana recordó que a esa altura la viruela del ganado mayor, el sarampión de los perros, la varicela de las gallinas y la peste de la rata ya habían pasado del mundo animal al humano en Europa, por lo tanto fueron los invasores los que trajeron tales padecimientos a un área donde aquello no ocurría.

Según historiadores, la muerte de la población originaria ayudó a España en su conquista y pese a que las armas y las tácticas que los europeos traían jugaron un rol en la sumisión de los locales, la mayor parte del trabajo la hizo la enfermedad.

En tanto, la plaga de Marsella fue el último gran contagio de Francia. La enfermedad mató a cerca de 40 mil personas entre 1720 y 1723, de acuerdo a Britannica, y llegó a esta ciudad puerto en el ancla del barco San Antonio, según recopila el investigador Christian Devaux. En su cargamento, la nave traía sedas y algodón, los que llevaron el bacilo de Yersin a la urbe y, debido al contrabando, a ciudades próximas.

El cólera, por su parte, causó estragos en una serie de ocasiones a lo largo de la historia de la humanidad, en diversos sectores del planeta. Pese a que se cree que esta infección diarreica aguda, que en los casos más graves lleva rápidamente a la deshidratación, se dio en la década de 1820 hubo un brote devastador de cólera, lo cierto es que no esa no sería la primera vez que aquello ocurría. Según la Organización Mundial de la Salud “poblaciones de todo el mundo se han visto afectadas esporádicamente por brotes devastadores de cólera. Hipócrates (460-377 AC) y Galeno (129-216 DC) ya describieron en su día una enfermedad que probablemente era cólera, y hay muchos indicios de que los habitantes de las llanuras del Río Ganges conocían ya en la antigüedad una enfermedad similar al cólera”.

Los conocimientos más acabados y refinados al respecto partieron a partir de la gran pandemia de 1817 del Asia sudoriental, la que se propagó a todo el mundo y que, por su duración, también se desarrolló en parte de la década de 1820.

Por otro lado, una vez que culminó la Primera Guerra Mundial el mundo ya enfrentaba otra crisis, pero de salud. En 1918 comenzó la gripe española, la que -de acuerdo a diferentes estimaciones- mató a al menos 50 millones de personas en todo el mundo hasta 1921, año en el cual fue controlada. Según un informe publicado por Marcelo López y Miriam Beltrán, del Programa de Estudios Médicos Humanísticos de la Universidad Católica, América Latina también sufrió los embates de esta enfermedad, a la que catalogaron como “la pandemia más importante del Siglo XX”.

La plaga de Atenas es otro de los casos registrados. Previo a la era común, esa ciudad estaba bajo sitio durante la Guerra del Peloponeso (431 AC – 404 AC). De acuerdo a la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, la enfermedad mató entre 75 mil y 100 mil personas en tres años (430 AC – 427 AC). Los afectados sufrían fiebre y sed intensa, problemas de sueño y diarrea severa, y ya Tucídides observaba que la mayoría moría entre siete a nueve días tras el comienzo de los síntomas.

La enfermedad que causó esta plaga se habría originado en África Subsahariana, al sur de Etopía, y llegó a Grecia luego de azotar el norte y oeste de Egipto, Libia y cruzar el Mediterráneo.


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