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Historia

Pérez Reverte carga contra la “presunta izquierda” a cuenta de los chistes sobre las mutilaciones de Blas de Lezo

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Después de toda la polémica de los premios Goya a cuenta de una posible película sobre Blas de Lezo, en Twitter se ha puesto de moda (fugaz y volátil, como todo en las redes sociales) menospreciar al héroe militar haciendo sátira sobre la figura del «almirante Patapalo». Una fórmula, la de reducir al chiste las gestas del marino que consiguió resistir el ataque de la segunda flota más grande de la historia con sólo seis navíos en Cartagena de Indias, que ha provocado una inteligente respuesta por parte de Arturo Pérez-Reverte: «Son ingeniosas las bromas y chistes de la presunta izquierda sobre las mutilaciones de Blas de Lezo. Cuando se agoten, para mantener la guasa propongo seguir con Durruti. Por ejemplo: era tan español que en vez de pegarse nuestro habitual tiro en el pie se lo pegó en la cabeza», ha criticado con verdadera ironía, no como la de los tuiteros acostumbrados al meme simplón.

El creador de Alatriste o Falcó ha continuado el hilo en su perfil: «Es que te partes, oye. Pum. Con Durruti. El naranjero apoyado en el suelo y pum. Te partes de risa. Como con don Blas, que parecía el torero Padilla. Luego seguimos con el Cid, ganando batallas embalsamado como mojama. Y mataba moros, el muy fascista».

Todo para criticar a aquellos que rechazan los símbolos nacionales porque los asocian con lo «fascista». Un error que, según Reverte, puede costar caro a esa «presunta izquierda». Así ha respondido a un usuario que le ha contestado que la ultraderecha es quien usa esos símbolos: «Estimado amigo, a la ultraderecha y a la derecha se lo estamos regalando todo gratis, por la cara: la bandera, la palabra España y la historia. Serían idiotas si no lo aprovechasen. Como dijo Napoleón: “No robé la corona. Estaba en el fango del suelo y me la puse”», ha replicado.

Cierre redondo

El paseo de Reverte por «el bar de Lola», como llamaba a Twitter hace años cuando «charlaba» a golpe de tuit con sus seguidores, lo ha culminado con una de esas frases sonoras y redondas que dejan su eco en el tiempo: «Y luego hay quien pregunta por qué este país de chistosos analfabetos lleva siglos yéndose al carajo».


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Historia

Las Navas de Tolosa: Orgullosos de nuestra Historia

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Por Yolanda Couceiro Morín.- Precisamente en el momento que España está siendo sometida a una presión desconocida hasta ahora por parte del islam, se cumple un nuevo aniversario de la gesta de Las Navas de Tolosa.

Cuando el islam avanza imparable por toda Europa y nuestra identidad se ve sometida a un gravísimo peligro de desaparición, no está de más recordar que antes ya pudimos contra la imposición islámica y la derrotamos. Lo más triste de este asunto, es que hoy los mismos a los que vencimos cuentan con la complicidad de una parte importante de la Casta Política, que favorece su avance utilizando un ‘arma de destrucción masiva’ llamada ‘political correctness’, lo políticamente correcto.

Hoy como ayer, el destino está en manos de un puñado de patriotas que sin medios, soportando todo tipo de insultos y descalificaciones, denunciamos públicamente lo que sucede. Ha comenzado la batalla más importante de la Historia. España y Europa se enfrentan al mayor de los peligros: el Islam está ganando la batalla.

RECORDANDO LA BATALLA

Las tropas musulmanas provenían de los territorios que denominaban como Al-Andalus y soldados bereberes del norte de África, reunidas para formar una yihad que expulsara definitivamente a los cristianos de la Península Ibérica.

La batalla de las Navas de Tolosa marca un hito en la historia de España: alejó el peligro de una invasiónmusulmana de los reinos cristianos y contribuyó al desmembramiento del imperio almohade.

Como consecuencia de esta batalla, el poder musulmán en la Península Ibérica comenzó su declive definitivo y la Reconquista tomó un nuevo impulso que produjo en los siguientes cuarenta años un avance significativo de los reinos cristianos, que tomaron casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán.

En la primavera de 1212, los caminos de la Cristiandad se llenaron de cruzados cuya meta era Toledo.
Los pobres iban a pie, mendigando por los caminos; los nobles, a caballo, seguidos de sus mesnadas.
El 20 de junio, el ejército cristiano partió de Toledo camino del sur. En el cuerpo de vanguardia iban tropas guiadas por don Diego López de Haro, Señor de Vizcaya.

El día 11, los cristianos acamparon en las Fresnedas. Don Diego López de Haro envío a su hijo don Lope con un destacamento a las alturas del puerto del Muradal, hoy Despeñaperros, para que reconociese el terreno y ocupase la pequeña meseta que allí.

Al día siguiente, 12 de julio llegó el ejército cristiano al pie de Sierra Morena y nuevas tropas reforzaron a la vanguardia instalada en la meseta del Muradal. Al amanecer del día 13, el resto del ejército se les unió y acampó en la llanada.existe. Los expedicionarios ganaron rápidamente las alturas y avistaron el castillo de Ferral, adelantado de Sierra Morena, donde se había instalado la avanzada almohade que vigilaba el desfiladero de la Losa. En cuanto descubrieron a los cristianos, los almohades salieron a hostigarlos.

La situación de los cristianos era delicada. Sus enemigos podrían hacer, sin dificultad, una carnicería de cualquier ejército que se aventurase por aquellas angosturas. Por otra parte, el paraje donde habían acampado los cruzados era áspero e inhóspito.

Los cristianos necesitaban un milagro y el milagro ocurrió. Ante Alfonso VIII se presentó un pastor que decía conocer un paso seguro que los almohades no vigilaban. Nada se perdía con probar. El Señor de Vizcaya, Don Diego López de Haro y un destacamento de exploradores, acompañaron al pastor que los llevó primero hacia el oeste y luego hacia el sur, a través de los actuales parajes del Puerto del Rey y Salto del Fraile. Así fueron a salir, esquivando los relieves más comprometidos de aquellas montañas, a la explanada de la Mesa del Rey, donde se establecieron. Don Diego López de Haro comunicó al rey que el paso del pastor era perfecto, justamente lo que necesitaban. En cuanto amaneció el día siguiente, el grueso del ejército levantó el campamento y fue a acampar en la Mesa del Rey.

LA BATALLA

Las tropas almohades, provenían de los territorios que denominaban como Al-Andalus y soldados bereberes del norte de África, reunidas para formar una yihad que expulsara definitivamente a los cristianos de la Península Ibérica. Habían estado retardando el choque frontal con el fin de conseguir debilitar la unión de las tropas cristianas y agotar las fuerzas de éstas por agotamiento de los suministros.

Los castellanos de segunda línea, al mando de Nuñez de Lara, y las Órdenes Militares formaban en el centro flanqueados a la derecha por los navarros y las milicias urbanas de Ávila, Segovia y Medina del Campo; y a la izquierda por los aragoneses. Tras una carga de la primera línea de las tropas cristianas capitaneadas por el vizcaíno Diego López de Haro, los almohades, que doblaban ampliamente en número a los cristianos, realizan la misma táctica que años antes les había dado tanta gloria. Los voluntarios y arqueros de la vanguardia, mal equipados pero ligeros, simulan una retirada inicial frente a la carga para contraatacar luego con el grueso de sus fuerzas de élite en el centro. A su vez los flancos de caballería ligera almohade, equipada con arco, tratan de envolver a los atacantes realizando una excelente labor de desgaste. Recordando la batalla de Alarcos era de esperar esa táctica por parte de los almohades. Al verse rodeados por el enorme ejército almohade, acude la segunda línea de combate cristiana pero no es suficiente. La tropa de López de Haro comienza a retirarse pues sus bajas son muy elevadas no así el propio capitán el cual, junto a su hijo, se mantiene estoicamente en combate cerrado junto a Nuñez de Lara y las Ordenes militares.

Al notar el retroceso de muchos de los villanos cristianos, los reyes cristianos al frente de sus caballeros e infantes inician una carga crítica con la última línea del ejército. Este acto de los reyes y caballeros cristianos infunde nuevos bríos en el resto de las tropas y es decisivo para el resultado de la contienda.

Los flancos de milicia cargan contra los flancos del ejército almohade y los reyes marchan en una carga imparable. Según fuentes tardías el rey Sancho VII de Navarra aprovechó que la milicia había trabado en combate a su flanco para dirigirse directamente hacia Al-Nasir. Los doscientos caballeros navarros junto con parte de su flanco atravesaron su última defensa: los im-esebelen, una tropa escogida especialmente por su bravura que se enterraban en el suelo o se anclaban con cadenas para mostrar que no iban a huir.
Sea como fuere lo más probable es que la unidad navarra fuera la primera en romper las cadenas y pasar la empalizada, lo que justifica la incorporación de cadenas al escudo de Navarra. Mientras la guardia personal del califa sucumbía fiel a su promesa en sus puestos, el propio Al-Nasir se mantenía en el combate dentro del campamento.

No existía en aquella época ninguna forma humana de detener una carga de caballería pesada cuando se abatía sobre un objetivo fijo y lograba el cuerpo a cuerpo. En las Navas, los arqueros musulmanes, principal y temible enemigo de los caballeros, principalmente por la vulnerabilidad de sus caballos, no podrían actuar debidamente cogidos ellos mismos en medio del tumulto. El ejército de Al-Nasir se desintegró.


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Historia

La sombra de Caracalla

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LTY.- En las apasionantes páginas de “Los fundamentos del siglo XIX” de Houston Stewart Chamberlain (sin duda una de las obras más brillantes de su tiempo), en medio de la vasta erudición y los profundos análisis del pensador anglogermano sobre la historia de nuestra civilización, encontramos un pasaje de gran interés por el parecido innegable que tiene con hechos de nuestro presente, tanto español como europeo.

En el capítulo dedicado al legado de Roma, H. S. Chamberlain aborda la época en que los emperadores dejan de ser exclusivamente de sangre itálica y entran en escena, bajo la púrpura imperial, mandatarios de otros orígenes. Tiene palabras admirativas para “el español Trajano” (…) “que llevó al Imperio a su más brillante apogeo”, para caer, a renglón seguido, implacablemente sobre el “sanguinario monstruo siriaco-púnico conocido en la historia con el apodo de Caracalla”. Este Caracalla, de origen sirio (aunque nacido en Lyon) y cartaginés (o sea púnico), es decir semita por los cuatro costados, es famoso en los anales de Roma por un edicto por él promulgado por el cual otorgaba el derecho de ciudadanía a todos los habitantes libres del Imperio. De golpe, en palabras de Chamberlain, “Roma dejaba de ser Roma”.
Sigue así:

“Durante mil años exactamente, los ciudadanos de Roma (y después, poco a poco, en virtud de una equiparación gradualmente acordada, aquellos de las demás ciudades de Italia y de algunas ciudades extrapeninsulares que se quería recompensar) habían gozado de ciertos privilegios; pero los habían merecido, tanto por las responsabilidades cuya carga asumían como por su dura e incesante labor, coronada por un éxito maravilloso. A partir del edicto de Caracalla Roma estuvo en todas partes, es decir, en ninguna. (…) La concesión del derecho de ciudadanía trajo otra consecuencia: simplemente, no hubo más ciudadanos.” (…) “De esta manera, el derecho político se volvía naturalmente igual para todos: era la igualdad en la muerte civil. La misma palabra civis (ciudadano) es sustituida por la expresión subjectus (sujeto), hecho tanto más sorprendente que la noción de “sujeto” es tan extraña a todos los representantes de la raza indoeuropea como a los de la gran monarquía: encontramos, pues, en esa transposición de un concepto jurídico, una prueba irrefutable de la influencia semítica”.

Y añade H. S. Chamberlain en una nota a pie de página:

“Algunos historiadores han indicado, sino la significación verdadera del “generoso” edicto del año 212, por lo menos su objetivo inmediato, sus razones fiscales. El principal impuesto directo del Imperio consistía en un derecho del 5% sobre las sucesiones, que sólo concernía a los ciudadanos romanos. De un trazo de pluma, Caracalla, al convertir en ciudadanos a todos los habitantes, extendía ese impuesto a todos los traspasos de propiedades que se llevaban acabo entre sus sujetos; y por añadidura lo subía de un 5% a un 10%”.

Concluye citando a otro historiador conocedor del tema:

“Caracalla se había propuesto como meta la destrucción de Roma con todo lo que sobrevivía de la cultura griega y submergir la Europa civilizada bajo la infección seudosemítica de su patria (Siria). Esta tentativa se llevó a cabo sistemáticamente bajo la capa de bellas frases tocantes a la religión de la humanidad y de la ciudad universal. Es así como bastó un sólo día para aniquilar Roma para siempre, y es así como Alejandría, el centro del arte y de la ciencia, fue también, y sin haber siquiera sospechado la suerte que le esperaba, víctima de la bestialidad que negaba razas, patrias y fronteras. (…) ¡No olvidemos nunca, no olvidemos ni un sólo día que la sombra de Caracalla planea por encima de nosotros y que sólo espera la ocasión para cometer sus fechorías! Antes de repetir los lugares comunes humanitarios que ya estaban de moda en Roma en los salones semíticos hace 1800 años, y que no son menos engañosos hoy como entonces, haríamos mejor en decir con Goethe:

“Debes elevarte o abismarte,
Debes dominar y ganar
o servir y perder,
Sufrir o triunfar
Ser yunque o martillo.”
Fin de la cita.

¿No resuena todo esto a nuestros oídos bastante familiar? ¿Hace falta ponerles nombres y siglas, en nuestro panorama nacional y europeo, a los actuales Caracalla? La verdad es que nos encontramos inmersos en el nefasto sistema de los nuevos Caracalla, que buscan, como el original, la destrucción del edificio de la civilización europea mediante la implantación de esa doctrina semítica de la igualdad de los hombres, de la solidaridad entre todos los pueblos, de la armonía entre las razas, de la fraternidad universal (la Alianza de Civilizaciones, la Paz Perpetua, el multiculturalismo, el antirracismo, la diversidad, etc…), esa criminal y aberrante demagogia que busca la bastardización y la sumisión definitiva de estirpes nobles y convertirlas en un rebaño dócil a sus amos, pretendidamente naturales: esa supuesta aristocracia racial destinada a regir el destino de Paneuropa, que Coudenhove-Kalergi encontró en la oscuridad de la sinagoga y la mugre del gueto.


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Historia

No se llamaba dictador, su nombre era Francisco Franco Bahamonde (y 2): así fue la España del 18 de julio

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Por Laureano Benítez Grande-Caballero.- Junto a todas las conquistas económicas y sociales que España adquirió durante el régimen franquista, otro argumento poderoso a la hora de valorar la España de Franco es la constatación de que la vida cotidiana en aquella época se regía por unos parámetros construidos sobre los valores tradicionales de la civilización cristiana, valores que daban seguridad a las personas, que creaban a su alrededor un universo armonioso donde la vida tenía sentido, ya que ésta se desarrollaba bajo un profundo sentido de la ley natural. La aplicación de esa ley, en exitoso maridaje con los principios emanados de la doctrina cristiana, fue la base de una extraña «dictadura», plena de paz y de progreso, de numerosas libertades en casi todos los ámbitos de la vida, características que provocaron la larga vigencia y el gran apoyo popular que tuvo Franco.

Veamos cómo fue aquella «dictadura», que tuve la suerte de vivir durante 23 años, que explico en mi libro EL HIMALAYA DE MENTIRAS DE LA MEMORIA HISTÓRICA:

En los tiempos de Franco se tenía padre y madre, pues aún no estaban de moda los términos tan igualitarios y democráticos de «guardadores» y «progenitores». Las madres eran «mujeres embarazadas», pues la dictadura no permitía la libertad de expresión suficiente para que se las pudiera llamar «personas preñadas». Así que todas las familias que había eran «tradicionales», pues el dictador nos coartaba la libertad de tener otra.

Cuando nacía un niño, todo el mundo decía que era un niño, sin la democrática @ con la que el igualitarismo de hoy sustituye a la machista «o». Y como, repito, no había libertad de expresión, nadie llamaba «criatura» al neonato. Y es que aquella dictadura era terriblemente machista.

Las familias eran numerosas por lo general, pues aquella dictadura no estaba muy por la labor de la anticoncepción. Si sería fascista, que el aborto ―ese derecho tan democrático de las mujeres― estaba prohibido. A pesar de que muchas familias eran numerosas, y de que la mayoría de las mujeres no trabajaban, muchas familias tenían viviendas en propiedad en pocos años, algo impensable en estos tiempos tan democráticos, en los que, trabajando los dos guardadores, y teniendo solamente dos criaturas, los sueldos dan para muy poca cosa.

Y, como aquellos tiempos fascistas eran muy represores, las escuelas no eran mixtas, por lo cual la primera persona de otro sexo que veíamos en las aulas era ya en la Universidad. Eso no era democrático desde luego, como lo es el hecho de que algunas Comunidades Autónomas hayan denunciado en la actualidad a las escuelas que no son mixtas, por considerarlas discriminatorias. Y es que no hay nada más democrático que imponer tu ideología a la gente, bajo pena de sanciones. Las demandas en este sentido no han prosperado, pero todo se andará.

Siguiendo con el tema de la represión franquista, tampoco nos daban en los centros de enseñanza ni preservativos ni pomadas anales y vaginales, productos democráticos con los que se democratiza el sexo.

Y es que aquellos fueron tiempos monjiles, gazmoños y pazguatos. A pesar de todo, los estudiantes de aquellos años nunca tuvimos problemas de relación con las personas de otro sexo debido a la separación en los centros de enseñanza, y no conocí nunca a nadie que precisara ir a la consulta de un psicólogo para superar ningún trauma.

Donde se veía a las claras el fascismo dictatorial era en la disciplina militar que había en las aulas, ya que cualquier susurro era motivo de parte disciplinario. Además, nos levantábamos cuando entraba el profesor, nunca le tuteábamos y nos esforzábamos en el estudio, pues teníamos espíritu de trabajo y sacrificio.

Hoy en día no existe ese fascismo pedagógico, ya que los gamberros disruptivos son los amos del cotarro en los centros de enseñanza, incluso modelos a seguir, ya que muy posiblemente acabarán el día de mañana ostentando algún cargo público. Y es que es muy democrático que cada uno haga lo que quiera, no sea que se creen en los jóvenes traumas irreparables de los que tendremos que responder en el día del juicio.

Mención aparte es que la dictadura obligara a todos los centros a tener crucifijos en las aulas, y a rezar padresnuestros antes de empezar las clases. Hoy, sin embargo, tenemos instalaciones más democráticas, ya que, con que un solo padre proteste porque haya un crucifijo en un aula, éste se elimina de inmediato.

Ya se sabe, pues en esto consiste la democracia: en que una sola persona puede más que muchas. De todos modos, pocos crucifijos nos quedan ya.

Luego está el asunto de la policía política que controlaba nuestras vidas, como en toda dictadura que se precie. Y no como sucede hoy, en nuestra magnífica democracia, donde las calles, los medios de comunicación, los hemiciclos y las redes sociales están en manos de una jauría violenta y chillona, agresiva e intolerante, que amenaza, insulta, provoca, incluso golpea a quienes no comparten su ideología antisistema. Extraña democracia la nuestra, donde somos constantemente vigilados por drones, cámaras de vídeo, fiscales contra el odio, colectivos izquierdistas que procesan nuestras palabras y hasta lo que cantamos en la ducha, malditos bulos, y toda esa parafernalia superdemocrática…

Por supuesto, en aquella dictadura franquista no había libertad de expresión, faltaría más. Hoy, por el contrario, cualquiera puede decir y hacer lo que le venga en gana, excepto aquellos que criticamos el pensamiento política y sexualmente correcto, que tenemos que mordernos la lengua ante la censura de la ideología de género, la islamofobia, la francofobia, la cristianofobia, y otras lindezas democráticas de ese estilo. Y es que no hay nada más democrático que cambiar nuestra lengua milenaria, en la que ya no se puede decir que alguien es sucio «como un cerdo», sin que se te eche encima la tribu animalista, que protesta incluso por el hecho fascista de querer ordeñar a las pobres vacas.

La censura de prensa existía, claro, como en toda dictadura, no como ahora, donde la censura no existe porque en muchos artículos los periodistas tienen que morderse la lengua y autocensurarse para no incurrir en la ira y las amenazas del rojerío.

Franco nos quitó también el derecho a quemar la bandera nacional y silbar nuestro himno, pero, en realidad, hay que decir que a nadie se le ocurría siquiera hacerlo, y no por miedo a represalias, sino porque las mentes y los espíritus de los españoles de aquel tiempo estaban firme-mente anclados en valores, en respeto, en honor, en dignidad, en educación, en patriotismo.

Sin embargo, no se puede considerar fascismo que la gente no tuviera la libertad de asaltar capillas, por la sencilla razón de que a nadie se le ocurría incurrir en esa blasfemia; tampoco se reprimía el derecho de asaltar fincas, porque a ningún españolito se le ocurría siquiera la posibilidad de hacerlo.

La España del 18 julio también arrebató a las mujeres el derecho a matar a los fetos en sus vientres, a los gays la posibilidad de kabalgatear en cueros vivos y exhibir sus corazoncitos en los semáforos, y a los terroristas la posibilidad de convertir 2000 años de cárcel en 20 añitos de nada; también se quitó a los separatistas norteños sus derechos a decidir, sus lavados de cerebro mediáticos, sus «prusés», porque los totalitarismos son así, y no pueden remediarlo.

Otro rasgo típico de las dictaduras es la xenofobia, por supuesto, y por eso había entre nosotros poca musulmanía, ya que el fascismo de aquellos tiempos no daba ni una perra gorda para que hicieran sus ramadanes, ni mucho menos les ponía alfombra roja para que vinieran y abarataran multiculturalmente la mano de obra española.

El caso es que, con esta dictadura atroz, en España había pleno empleo, y, de ser un país sumido en un secular subdesarrollo, alcanzamos a ser la octava potencia del mundo, sin apenas deuda pública, y con una presión fiscal muy leve. Por si esto fuera poco, había paz, y la ley y el orden enseñoreaban su imperio en todos los ámbitos de nuestra vida.

Otra imposición fascista de aquellos tiempos de Franco era cantar el «Cara al sol» con el brazo en alto, mientras se prohibía cantar las internacionales, y el puño en alto. Hoy en día, en estos tiempos tan esplendorosamente libres, en un régimen que ampara todos y cada uno de nuestros derechos ciudadanos, apenas se puede cantar el «Cara al sol», y es anatema la bandera con el águila de san Juan ―sí, la misma de Isabel la Católica―.

Una multitud se congrega en la plaza de Oriente de Madrid para para protestar por la injerencia extranjera en los asuntos de España y expresar su apoyo al Jefe del Estado, Francisco Franco, en su última aparición pública.

Como conclusión y demostración de que Franco no fue ningún dictador sanguinario, cabe tener en cuenta el hecho incontrovertible de que, si bien es cierto que la mitad de España estaba con Franco al inicio de la Guerra Civil, a su muerte en 1975 el 82% del pueblo español aprobaba su gestión, y hoy día la inmensa mayoría de los españoles que vivieron aquella época respetan e incluso veneran la figura de Franco, conformando un amplio franquismo sociológico después de los muchos años transcurridos desde su fallecimiento.

A grandes rasgos, así fue la España de Franco, la época donde nuestra Patria sufrió la dictadura de la ley, la moral, el respeto, la autoridad, la disciplina, el trabajo, la paz, el esfuerzo, la educación, la fe católica, la ley natural, el orden, el patriotismo, y la reconciliación.


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