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Retenida en el aeropuerto de Bangkok una joven saudí que abandonó su país tras recibir amenazas de muerte por apostatar del islam

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Rahaf Mohammed Al-Qunun
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Una joven saudí retenida en el aeropuerto de Bangkok a la espera de ser deportada afirmó este lunes que ha recibido amenazas de muerte de su familia, de la que huyó tras apostatar del islam y rechazar un matrimonio concertado.

«Me han amenazado con matarme antes y no tienen miedo de amenazarme en público (…) Me consideran su propiedad o su esclava», escribió en Twitter Rahaf Mohammed Al-Qunun, que desde el sábado ha relatado su odisea en Bangkok casi en directo en la red social.

La joven saudí finalmente ha quedado bajo la protección del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur) tras abandonar el aeródromo, confirmó a Efe el jefe de la Oficina de Inmigración, Surachate Hakparn.

Según la ONG Human Rights Watch (HRW), Al-Qunun, de 18 años, se había enfrentado con su familia después de renunciar al islam y un matrimonio concertado provocó que se decidiera a huir cuando se encontraba junto con sus familiares en Kuwait.

«Se negaba a llevar hijab y había esta tensión con la familia debido a desacuerdos en asuntos religiosos… Que su familia tratara de obligarla en un matrimonio concertado parece que fue la gota que colmó el vaso», indicó a Efe Sunai Pasuk, investigador de HRW en Tailandia.

Sunai aseveró que la joven saudí llegó el sábado al aeropuerto Suvarnabhumi en un vuelo desde Kuwait, donde aprovechó que las mujeres no necesitan autorización de sus «guardianes masculinos» para viajar como ocurre en Arabia Saudí.

Viaje a Australia

El investigador de HRW afirmó que Al-Qunun se encontraba en tránsito en Bangkok con el objetivo de viajar a Australia, para lo que tenía un billete de avión y visado en regla, y acusa a las autoridades tailandesas de «mentir» al afirmar que le denegaron el visado al tratar de entrar en Tailandia.

Al-Qunun, que abrió su cuenta de Twitter este mes, empezó a escribir y subir vídeos el sábado en la red social, donde su historia se ha hecho viral y acumula 42.000 seguidores.

La joven aseguró que un empleado de la aerolínea Kuwait Airways le confiscó el pasaporte y le dijo que, a petición de la Embajada de Arabia Saudí, iba a ser obligada a embarcar en un vuelo de vuelta a Kuwait, donde la esperaba su familia.

«No salgo de mi habitación hasta que vea a ACNUR (Alto Comisionado de la ONU para los Refugiados). Quiero asilo», dijo Al-Qunun en un vídeo publicado en Twitter.

La joven se atrincheró en su habitación del hotel en la zona de tránsito y bloqueó con colchones la puerta, lo que provocó que el avión en el que tenía previsto ser deportada saliera sin ella a bordo.

En otro tuit, expresó su deseo de ser acogida como solicitante de asilo en Canadá, Estados Unidos, Australia o Reino Unido, entre otros países.

«Las autoridades tailandesas me han mentido. Me dijeron que no puedo pedir la protección de la ONU, pero no han permitido a la ONU contactar conmigo», aseguró la saudí.

También negó que su familia viva en Kuwait, sino en Arabia Saudí, donde su padre ostenta un algo cargo político.

Pasaporte

En un comunicado, la Embajada de Arabia Saudí sostiene que no ha confiscado el pasaporte de Al-Qunun ni ha tratado de retenerla en el aeropuerto para que sea deportada, al tiempo que achacó su situación a las autoridades tailandesas.

El jefe de la Oficina de Inmigración, Surachate Hakparn, indicó a Efe que la joven saudí quería entrar a Tailandia, pero que le denegaron el visado al carecer de billete de regreso y otros documentos.

«La Embajada de Arabia Saudí en Tailandia se coordinó con nosotros para enviarla de vuelta porque viene sin un guardián y si le permitimos entrar no estará protegida», señaló en Twitter Surachate, quien reiteró que ella tiene su pasaporte.

Las autoridades tailandesas aseguran que su intención es expulsarla a Kuwait, ya que es el lugar desde donde llegó a Bangkok.

Mientras tanto, Al-Qunun continúa tuiteando sobre su situación y no deja de recibir mensajes de apoyo.

«Querida Rahaf, mis colegas de ACNUR están en el aeropuerto y tratando de contactar contigo», aseveró Melisssa Fleming, jefa de Comunicación del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados.

En abril de 2007, otra mujer saudí que huía de su familia fue obligada a volver a su país cuando se encontraba de tránsito en Filipinas con destino a Australia y HRW ha documentado muchos casos de otras saudíes que tratan de huir del sistema patriarcal de su país.

Como ya es habitual, las feministas declinan pronunciarse sobre este suceso.


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La nueva y violenta cultura política de Turquía

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En la imagen, Kemal Kılıçdaroğlu.
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Por Burak Bekdil.- En la mayoría de los países civilizados, los ciudadanos acuden a las urnas el día de las elecciones —sean al Parlamento, a la presidencia o municipales—, votan, se van a casa y ven los resultados y se van a trabajar al día siguiente, algunos contentos y otros decepcionados, a vivir en paz hasta las elecciones. No en Turquía, donde cualquier competición política parece una guerra en vez de una simple contienda electoral.

Una de las razones es el dominio de la política identitaria en un país muy arraigado en la década de 1950, cuando Turquía se convirtió en un sistema multipartidista. La lucha entre “nosotros” y “ellos” se ha mantenido desde entonces. En el núcleo de la cuestión se encuentra una cultura que programa a unas masas poco educadas (en Turquía la tasa de escolaridad es de 6,5 años) para a) convertir al “otro”, y si eso no es posible, b) herir físicamente al “otro”. La profunda polarización social desde que el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) del presidente Recep Tayyip Erdogan llegó al poder en 2002 ha crecido a unos niveles escalofriantes.

Ninguno de los incidentes que denuncian los periodistas de la oposición hoy es una coincidencia. En septiembre de 2015, por ejemplo, un enfurecido grupo de seguidores del AKP atacó la redacción de Hürriyet, el principal periódico de Turquía, en aquel momento un medio de la oposición. Destrozaron las ventanas del edificio con palos y piedras, y la muchedumbre coreó: “Alá Akbar” (Alá es grande), como si estuviesen en una guerra religiosa. De hecho, pensaban que lo estaban, porque en aquel momento, Hürriyet era un periódico laico crítico con Erdogan. Durante mucho tiempo, las fuerzas de seguridad vigilaron los incidentes con un solo cuerpo de policía. La multitud retiró la bandera del Grupo Doğan (entonces propietario de Hürriyet) y la quemó. Tras pedirlo varias veces, se mandaron refuerzos policiales. El vicepresidente AKP en Estambul y el líder de la sección juvenil del partido, Abdürrahim Boynukalın, estaban entre la multitud. Anunció en su cuenta de Twitter: “Estamos protestando contra las noticias falsas delante del Hürriyet y estamos recitando el Corán por nuestros mártires”. Era una yihad: atacar un periódico…

Un mes después, Ahmet Hakan, destacado columnista de Hurriyet y presentador de CNN Turquía, estaba delante de su casa. Cuatro hombres en un coche negro lo habían seguido desde el estudio de televisión antes de ser atacado cerca de su domicilio. Hakan tuvo que ser atendido porque le habían roto la nariz y algunas costillas. Sólo un mes después de estos incidentes, Erdogan había acusado al propietario de Hürriyet de “amar los golpes de Estado” y tachó a sus periodistas de “charlatanes”.

En octubre de 2016, el Directorio de Asuntos Religiosos de Turquía, o Diyanet, emitió una circular para la formación de “secciones juveniles” que se asociarían a las decenas de miles de mezquitas del país. Al principio, esas secciones juveniles se formaban en 1.500 mezquitas. Pero, con el nuevo plan, 20.000 tendrían secciones juveniles para 2021, y al final 45.000, en lo que parece ser una “milicia de mezquitas”.

Después está el curioso caso de Alperen Hearths, una organización apasionadamente pro Erdogan que aúna el racismo panturquista con el islamismo, el neootomanismo y el antisemitismo. En 2016, Alperen amenazó con violencia contra el desfile del orgullo gay de Estambul. El líder de Alperen en Estambul, Kürşat Mican, dijo:

“No se va a consentir que los degenerados lleven a cabo sus fantasías en esta tierra […]. No somos responsables de lo que suceda a partir de ahora […]. No queremos que la gente vaya por ahí medio desnuda con botellas de alcohol en la mano en esta ciudad sagrada regada por la sangre de nuestros antepasados”.

La oficina del gobernador de Estambul prohibió después el desfile.

En otra ocasión, en 2016, varios miembros de Alperen protestaron delante de una de las sinagogas más importantes de Estambul para condenar las medias de seguridad de Israel tras un atentado mortal en el Monte del Templo que dejó dos policías israelíes muertos. “Si impedís nuestra libertad de rezar allí [en la mezquita Al Aqsa de Jerusalén], entonces os impediremos a vosotros la libertad de rezar aquí [en la sinagoga Neve Shalom de Estambul]”, decía un comunicado de Alperen. “Nuestros hermanos [palestinos] no pueden rezar allí. Poner detectores de metales es hostigar a nuestros hermanos”. Algunos jóvenes de Alperen dieron patadas a las puertas de la sinagoga y otros tiraron piedras al edificio.
Los últimos tiempos no han sido más pacíficos. El 31 de marzo, cuando los turcos fueron a las urnas para elegir a sus alcaldes, la violencia de un solo día se cobró seis vidas y dejó 15 heridos por palos, cuchillos, bates y armas de fuego. Unos días después aumentó el número de muertos.

En una muestra de violencia de lo más espectacular, los admiradores de Recep Tayyip Erdogan, presidente de Turquía, casi lincharon en abril a Kemal Kılıçdaroğlu, el líder del principal partido de la oposición, el Partido Republicano del Pueblo (CHP). En abril, Kılıçdaroğlu fue a una pequeña localidad de las afueras de Ankara para asistir al funeral de un soldado que murió en combate durante un enfrentamiento con milicianos kurdos separatistas. Durante el funeral, fue atacado por una muchedumbre nacionalista y tuvieron que llevarlo a una casa cercana para protegerlo. En un vídeo del incidente que circuló en las redes sociales, se veía a una turba empujando y dando puñetazos a Kılıçdaroğlu cuando se abría paso entre la multitud. Después de que se lo hubieran llevado a un lugar seguro, la tuba lo rodeó y gritó: “¡Quememos la casa!” El hombre que le dio el puñetazo al líder de la oposición resultó ser un miembro oficial del AKP.

El atacante, Osman Sarıgün, estuvo brevemente detenido y fue puesto en libertad de inmediato. Al día siguiente, era un héroe. Los seguidores de Erdogan fueron en masa a su granja para besarle las manos a la manera siciliana, baccio la mano, para presentarle sus mayores respetos por atacar físicamente a un líder de la oposición.

Al parecer, cada caso de violencia política impune cometido en nombre de la ideología estatal predominante (el islamismo) y su sacrosanto líder (Erdogan) anima al siguiente. En mayo, un periodista crítico con el Gobierno de Erdogan y sus aliados nacionalistas fue hospitalizado tras ser atacado delante de su casa. El periódico Yeniçağ dijo que cinco o seis personas dieron una paliza al columnista Yavuz Selim Demirağ con bates de béisbol después de salir en un programa de televisión. Los atacantes huyeron del lugar en un vehículo.

Todo le iba milagrosamente bien a Göknur Damat, una especialista en belleza de 34 años a la que le había sido diagnosticado un cáncer de mama. En 2017, salió en un programa de televisión y, sollozando, le contó al público que los médicos le habían dicho que no iba a vivir más de seis meses. Se ganó la simpatía de Erdogan (y otras personas) y la invitaron a conocer al presidente, que desde entonces la llamó su “hija adoptada”. Ahora es la niña mimada de todos los seguidores del AKP. Su negocio prosperó y, aún mejor, ganó milagrosamente su batalla contra el cáncer. Sin embargo, hace poco cometió un error.

Donó 20 liras (unos 3,5 dólares) a la campaña electoral del candidato de la oposición que se presentaba a la alcaldía de Estambul. Y lo que es peor: de algún modo la opinión pública se enteró de su donativo, y miles de seguidores de Erdogan preguntaron: “¿Cómo es que la hija adoptiva de nuestro presidente ha donado a la campaña de la oposición?”. Hace poco, al salir de su casa, un desconocido se le acercó y le preguntó: “¿Conque eres tan valiente?” y la apuñaló en la pierna. El atacante, como la mayoría de los demás, sigue sin ser localizado.

Turquía nunca fue Dinamarca o Noruega en madurez política, tolerancia y cultura, pero se está acercando peligrosamente a uno de sus vecinos del sur o del este.

Fuente: Gatestone Institute


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China planea llegar a los 626 millones de cámaras de vigilancia en 2020

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Judith Bergman.- 30.º aniversario de la masacre cometida por el régimen chino contra los manifestantes a favor de la democracia en la plaza de Tiananmén, que se cumplió el 4de junio, sirvió para resaltar la extrema censura que hay en China con el gobierno del Partido Comunista Chino (PCC) y el presidente Xi Jinping.

Al aniversario de Tiananmén se le llama eufemísticamente en la China continental “el incidente del Cuatro de Junio”. El régimen teme que cualquier palabra, y no digamos cualquier conmemoración pública, de ese acontecimiento histórico genere agitación contra el régimen, lo que podría poner en peligro el poder absoluto del Partido Comunista Chino.

Internet está controlado en China por el Partido Comunista Chino, en especial por la rigurosa censura que ejerce el máximo órgano censor del partido, la Administración del Ciberespacio de China (ACC), creada en 2014. En mayo de 2017, según una información de Reuters, la ACC introdujo unas estrictas directrices que exigían a todas las plataformas de internet que produjeran o difundieran noticias “estar gestionados por un personal aprobado por el partido” y que haya sido “aprobado por las oficinas de internet e información de los gobiernos locales o nacionales, mientras que sus trabajadores deben recibir del gobierno central una formación y una acreditación”.

Freedom House, en Freedom on the Net 2018 (Libertad en la red, 2018), su análisis de la libertad en internet en 65 países, situó a China en el último lugar de todos. Reporteros sin Fronteras, en su índice de libertad de prensa de 2019, situó a China en el puesto 177 de 180 países, sólo por delante de Eritrea, Corea del Norte y Turkmenistán. El Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés), en el momento de hacer su censo de reclusos en 2018, contó al menos 47 periodistas encarcelados en China, pero según el CPJ, la cifra podría ser mucho más alta: “Las autoridades están impidiendo deliberadamente que salga ninguna información”. En marzo de 2019, el CPJ estaba investigando al menos una docena de casos más, incluida la detención en diciembre de 2018 de 45 colaboradores de la revista sobre derechos humanos y libertad religiosa Bitter Winter, que China tiene en su punto de mira como “web extranjera hostil”.

En ocasiones “delicadas”, como el aniversario de Tiananmén, se bloquean webs enteras. Desde abril, de cara al aniversario de Tiananmén, Wikipedia ha sido bloqueada en todas las lenguas. China tiene bloqueada la página en chino de Wikipedia desde 2015. Páginas como Google, Facebook, Twitter e Instagram y otras webs también han sido bloqueadas en China.

También se han bloqueado términos de búsqueda en ocasiones “delicadas”. En el pasado se bloquearon incluso palabras comunes e inocuas como “hoy” o “mañana”.

Para el aniversario de Tiananmén, el Partido Comunista Chino empezó a ponerse duro en enero de 2019, al parecer: el 3 de enero, la Administración del Ciberespacio de China anunció en su web que había lanzado una nueva campaña contra “la información negativa y perjudicial” en internet. La campaña iba a durar seis meses, coincidiendo con el aniversario de Tiananmén el 4 de junio. La definición de “negativo y perjudicial” incluía de todo: cualquier contenido “pornográfico, vulgar, violento, terrorífico, fraudulento, supersticioso, hostil, amenazador, incendiario, poco fiable y sensacionalista”, o tuviera que ver con el “juego”, o con difundir “malos estilos de vida y la mala cultura” tenían que ser eliminados de cualquier plataforma de internet imaginable. La ACC añadió: “No se tolerará que nadie deje impune una conducta ilegal, y será duramente castigado”.

En China, la censura, ahora automatizada en su mayor parte, ha llegado a unos “niveles insólitos de precisión, con la ayuda del aprendizaje automático y el reconocimiento de voz y de imágenes”, según un reciente reportaje de Reuters. Recoge las palabras de los censores chinos:

“A veces decimos que la inteligencia artificial es un escalpelo, y que la humana es un machete […] Cuando empecé en este tipo de trabajo hace cuatro años, podíamos eliminar las imágenes de Tiananmén, pero ahora la inteligencia artificial es muy precisa”.

La fuerte censura de China va en paralelo a su dura represión de la libertad religiosa. Thomas F. Farr, presidente del Religious Freedom Institute, dijo, en una vista en noviembre de 2018 con el Comité Ejecutivo de la Asamblea en China, que la represión religiosa en China era “el intento más sistemático y brutal de controlar las comunidades religiosas chinas desde la Revolución cultural”. Como en otros regímenes comunistas, como el de la antigua Unión Soviética, la ideología comunista no tolera ningún relato que le haga competencia.

“La religión es una fuente de autoridad y un objeto de fidelidad mayor que el Estado”, escribió Farr. “Esta característica de la religión siempre ha sido anatema para los déspotas totalitarios de la historia, como Stalin, Hitler y Mao”.

La brutal opresión religiosa y cultural de los tibetanos en China no ha cesado desde casi 70 años, pero China no sólo ha intentado destruir la religión tibetana. El cristianismo, por ejemplo, fue visto desde el principio como una amenaza para la República Popular de China cuando se fundó en 1949. “Esto se vio sobre todo en el apogeo de la Revolución cultural (1966-1976), cuando se demolieron, cerraron o expropiaron lugares de culto y se prohibieron las prácticas religiosas”, según el Consejo de Relaciones Exteriores. Algunos clérigos cristianos llevan en la cárcel casi treinta años. En los últimos años, la opresión de los cristianos en China ha aumentado, al parecer. Desde finales de la década de 1990, el régimen chino también ha puesto en su punto de mira a Falun Gong.

China ha clausurado iglesias y retirado crucifijos. Han sido sustituidos por la bandera nacional, y las imágenes de Jesús se han reemplazado con fotos del presidente Xi Jinping. Los niños, los futuros portadores de la ideología comunista, tienen prohibido ir a la iglesia. En septiembre de 2018, China clausuró una de las mayores iglesias clandestinas, la Iglesia de Sion de Pekín. En diciembre de 2018, el pastor de la clandestina Iglesia de la Primera Lluvia, Wang Yi, fue detenido junto a su mujer, acusados de “incitar a la subversión”, un delito castigable con hasta 15 años de cárcel. Además del pastor y su mujer se detuvo a más de cien miembros de la iglesia. En abril de 2019, las autoridades chinas se llevaron a la fuerza a un cura católico clandestino, el padre Peter Zhang Guangjun, justo después de celebrar la misa del Domingo de Ramos. Fue el tercer cura católico que se llevaron las autoridades en un mes.

Según un documento confidencial obtenido por Bitter Winter, China también se está preparando para tomar medidas drásticas contra las iglesias cristianas que tengan lazos con las comunidades religiosas extranjeras.

El Gobierno también ha estado mandando a los uigures, una población de unos once millones de personas, en su mayoría musulmanas, de la provincia china occidental de Xinjian, a campos de internamiento para su “reeducación política”. China ha dicho que los campos son centros de formación profesional con el objetivo de cortar de raíz la amenaza del extremismo islámico. Los uigures han lanzado varios atentados en China, según un informe de 2017, “Uighur Foreign Fighters: An Underexamined Jihadist Challenge” (“Los combatientes extranjeros uigures: un desafío yihadista poco analizado”), del Centro Internacional contra el Terrorismo de La Haya. El informe también dice:

“Los uigures se consideran aparte y distintos, como etnia, cultura y religión, de la mayoría han que los gobierna. Estas distinciones forman la base de la identidad religiosa étnico-nacionalista de los uigures, lo que lleva a algunos a participar en actividades violentas con el objetivo de fundar su propio Estado, Turkestán Oriental. […] el atractivo de la ideología islámica radical fuera de China ha hecho a muchos uigures a participar en el yihadismo violento como parte de su identidad religiosa y como forma de promover su lucha contra las autoridades chinas”.

“[Los chinos] están usando las fuerzas de seguridad para encarcelar a los musulmanes chinos en masa en campos de concentración”, dijo hace poco Randall Schriver, subsecretario de Defensa para los Asuntos de Seguridad de Asia y el Pacífico. “Dada la magnitud que al parecer tienen esas detenciones, al menos un millón, pero seguramente ronde los tres millones de ciudadanos, de una población de unos diez millones” podría estar presa en centros de detención.

Según The Epoch Times, los uigures han sido drogados, torturados, apaleados y ejecutados por inyección en los centros de detención. “Aún recuerdo lo que dijeron las autoridades chinas cuando les pregunté cuál había sido mi delito”, dijo Mihrigul Tursun, una mujer que escapó a Estados Unidos con dos de sus hijos. “Dijeron: ‘Ser uigur es tu delito'”.

Sin embargo, al Partido Comunista Chino no le basta con la persecución física de las minorías religiosas.

Al parecer también ha hecho campaña contra el cristianismo en los colegios de todo el país. Por ejemplo, ha obligado a los alumnos a prestar juramento para resistirse a la creencia religiosa. Los profesores también han sido adoctrinados para “asegurar que la educación y la enseñanza se adhieren a la dirección política correcta”. Los clásicos que se enseñan en las escuelas han sido censurados: en Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, se han eliminado las referencias a la Biblia, y se han suprimido las referencias a la misa del domingo o a Dios en los cuentos de Anton Chejov y Hans Christian Andersen.

Además, en clase no se admite el uso de palabras “delicadas” relacionadas con la religión, como “oración”.

Tanto para la opresión de la religión como para la censura de la libertad de expresión, el Partido Comunista Chino está utilizando medios de alta tecnología para alcanzar sus objetivos. Existen informaciones de que Xinjiang se está utilizando como terreno de prueba para una tecnología de vigilancia: los uigures de Xinjiang, según un reportaje publicado en The Guardian, son “estrechamente vigilados, con cámaras de vigilancia que se instalan en los pueblos, en las esquinas de las calles, las mezquitas y los colegios. Los que se trasladan para ir a trabajar tienen que pasar por controles de seguridad entre todas las localidades intermedias, donde se someten a un escáner facial y al control de sus teléfonos”. China utiliza la tecnología de reconocimiento facial que coteja las caras obtenidas por las cámaras de vigilancia con una lista de vigilancia de sospechosos.

Se calcula que, en 2018, China tenía 200 millones de cámaras de vigilancia, y planes de llegar a los 626 millones en 2020. El objetivo de China es, al parecer, una “Plataforma de Operaciones Conjunta e Integrada”, que integrará y coordinará los datos de las cámaras de vigilancia con la tecnología de reconocimiento facial, los números de los carnets de identidad de los ciudadanos, los datos biométricos, la planificación familiar, las matrículas de los coches, los movimientos bancarios, los registros legales, la “actividad inusual” y cualquier otro dato relevante que pueda recabarse sobre los ciudadanos, como las prácticas religiosas y los viajes al extranjero.

Por el momento, China está en el proceso de cumplir lo que Stalin, Hitler y Mao no podían más que soñar: el impecable Estado totalitario, impulsado por la tecnología digital, donde el individuo no tiene adonde huir del ojo del Estado comunista que todo lo ve.


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China separa a niños musulmanes de sus familias para combatir el extremismo religioso

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Niño de la etnia uigur
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China separa deliberadamente a niños musulmanes de sus familias en la región occidental de Sinkiang como parte de una campaña para alejar a los menores de sus raíces, según una investigación de la cadena BBC.

Como parte de esta campaña, miles de adultos en esa región son detenidos en grandes centros y hay proyectos para construir colegios de internados, de acuerdo con la emisora británica.

Según los datos recabados por la BBC, en una ciudad de la citada región, más de 400 niños han perdido a uno o ambos padres por haber quedado éstos detenidos en campos o en una prisión, pues hay esfuerzos por transformar la identidad de los adultos de Sinkiang.

El estricto sistema de vigilancia en Sinkiang, donde los periodistas extranjeros son seguidos las 24 horas del día, hace imposible disponer de testimonios directos, afirma la BBC, pero resalta, no obstante, que éstos han podido recogerse en Turquía.

Los afectados por estas separaciones pertenecen al grupo étnico musulmán uigur, que tiene fuertes vínculos de lengua y religión con Turquía, adonde miles han viajado para visitar a familiares o para escapar de la represión religiosa en China. En los últimos tres años, miembros de esta etnia se han visto más afectados porque China empezó a detenerles en grandes campos.

Las autoridades chinas han insistido en que los uigur son educados en «centros de entrenamiento vocacional» a fin de combatir el extremismo religioso, pero hay pruebas que apuntan a que son retenidos simplemente por manifestar su fe religiosa o por tener vínculos extranjeros con países como Turquía.

Los contactos telefónicos, agrega la BBC, han sido cortados y hablar con parientes en el extranjero puede resultar peligroso. La BBC entrevistó a miembros de esta etnia en una sala de Estambul, donde numerosas personas hicieron filas para poder contar sus experiencias y la pérdida de sus hijos en Sinkiang.

«No sé quién las está cuidando», contó una madre mientras señalaba la fotografías de sus tres hijas pequeñas. Otra madre, que portaba una instantánea de tres hijos y una hija, dijo a un periodista de la cadena que al parecer sus pequeños fueron «llevados a un orfanato».

En sesenta entrevistas distintas, padres y otros familiares relataron la desaparición de más de 100 niños en Sinkiang. En 2017, el número total de niños que ingresaron en las guarderías en Sinkiang se vio incrementado en más de medio millón, de los que el 90 % correspondieron a los uigur y otras minorías musulmanas


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