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Opinión

Violenta hoguera del sanchismo. Por Jesús Salamanca Alonso

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«Con 100 actos sobre Franco se redimirán de su vandalismo, odio descontrolado, nulo sentido democrático y su indisimulada venganza».

Acaba de empezar la segunda edición del ataque de los zurdos. Se ve que llevan muy mal lo de los micrófonos cuando se les pide respuesta sobre la corrupción del Gobierno, la podredumbre dentro de la familia del felón, las cuentas aparecidas en República Dominicana, el enriquecimiento del portero de puticlubes y su mafia, los dos pisos de señoritas (sic) en Atocha y el protagonismo del ministro Torres, el descontrol de los 59 viajes no declarados en Falcon bis  o los relatos de la asesora de la «ilustre» catedrática, Begoña Gómez, entre otras decenas de casos.

Entiéndanlo como gusten, pero esa es la mal llamada «libertad de expresión» a medida de la violenta izquierda; esa misma que violentó Rodríguez Zapatero para hacer olvidar sus fechorías, además de cómo dejó el Erario Público temblando con una deuda desorbitada de más de 26.000M de euros y miles de facturas regadas por sus ministerios y pendientes de pago. ¿Lo recuerdan? Pues toda esa trapacería ha llevado ahora a tocar campanas de guerra, haciendo olvidar infamias y traiciones mientras la prensa se entretiene en los negocios de sus hijas en Venezuela y el éxito de sus tiendas, en tanto que en España se cuece el desprecio a sus acciones, traiciones y mediocridades.

Voy más lejos: con la siniestra compañía del engreído y sectario ministro de Exteriores, José Manuel Albares, cubren la dictadura de Nicolás Maduro y apoyan las presiones y amenazas del narcoasesino contra Edmundo González, así como la aquiescencia para atacar brutalmente a Corina Machado. ¿Acaso piensan que el apoyo a Maduro por parte de nuestro Gobierno y el desprecio a Edmundo y Corina es casualidad sin contraprestaciones? Al tiempo. Caerán, doy fe de que caerán. Cada día su fin está más cerca, en tanto que el propio ministro de Exteriores se convierte en el monigote de la diplomacia europea, ya lo es de la española.

El cuñado se Trump se la tiene jurada al «Botones Sacarino», como se la tiene pendiente el propio Mohamed VI. Las cañas se vuelven lanzas a los traidores, a los miserables y a los hipócritas, aunque estén en el Gobierno más corrupto de la historia de España. Hace tiempo que Albares cavó su tumba en la diplomacia europea y abundan diplomáticos que estarán encantados de dirigir su entierro tras su colaboracionismo con la dictadura asesina de Maduro, Diosdado y Delcy.

Confieso que hace cinco años era impensable esto: los zurdos están muy nerviosos, cubiertos de falsedades y viendo que se les acaba el chiringuito. No duden de que esto va de mal en peor, por eso a la ciudadanía española se le plantea la duda de si realmente hay Justicia. No duden de que sí la hay, incluso funciona, pero es lenta, excesivamente lenta. Sobradamente conocido es que si un ciudadano roba una gallina acaba en tres días en prisión o apaleado por la Policía política del sanchismo (antiguamente insigne Policía Nacional, aunque hoy podemos quitar ese adjetivo), pero si un político socialista roba en el Banco de España, asalta la Hacienda Pública o abusa del patrimonio de Moncloa todo se pondrá en duda, surgirán contrarréplicas y desacuerdos hasta que se dilate el juicio, las declaraciones y la investigación. Ni siquiera hablarán ante el juez, amparados en un derecho trasnochado y decimonónico, cuando no actuarán en plan chuleta y desvergonzado, incluso si les preguntan por la oficina de Artes Escénicas o la desprestigiada cátedra de la universidad Complutense.

Y si lo dudan, vean qué sucede con la cátedra de la compañera del presidente felón, Aldama, David Sánchez, Chiqui Montero, Torres, Tito Berni, los facinerosos indultados que presidieron la Junta de Andalucía, los aprovechados de los ERE andaluces, los sectarios «comegambas», la asesora de la catedrática, doña Begoña, la mano derecha de María Jesús Montero, la escapista Teresa Ribera, la huida Calviño, el presidente de la Confederación Hidrográfica del Júcar y cientos de aprovechados, cleptómanos y falsificadores de tesis, documentos oficiales o insultadores al más puro estilo de algunos bocachanclas del Consejo de ministros, empezando por «Mortadelo» Bolaños, siguiendo por el insultador Óscar López y acabando por doña Yolanda «cohete» o la contrahecha… Apunten al propio felón y a quienes cada día aparecen inmersos en una patraña nueva, pero de la que la pasta se les quedó en el bolsillo. Ahora salen las cuentas de la UCO en República Dominicana, con millones y millones de dudosa procedencia. ¿Nombres? La próxima semana, pero muchos de ellos ya se conocen. A veces, la UCO por perseguir al que no es, acaban cogiendo al que es.

Miedo me da de esta gente salida de sí y que ataca a los periodistas profesionales que les ponen contra su propio espejo. Con esa gente ha fallado la educación de las escuelas y acabará actuando y triunfando la educación convivencial de las prisiones. ¿Se acuerdan de la muchacha violenta que atacó a Ndongo? ¿Y al desencajado que agredió a Vito Quiles? ¿Y de los sindicalistas sectarios que acorralaron, empujaron y patearon a Kake Minuesa y a su cámara? Esos salvajes, y esa ‘salvaja’ no pueden salir indemnes de los tribunales y han de pagar su violencia, su infundado terrorismo social y su odio aventado contra sus semejantes. Sólo les falta acercarse a las actitudes de ETA cuando eran una banda asesina, pero ellos se autodenominaban «de paz, amor y concordia». ¡Manda huevos!

Menos mal que con 100 actos sobre Francisco Franco se redimirán de su vandalismo, su odio descontrolado, su nulo sentido democrático y su nada disimulada venganza. Con esos cien actos, y otros cien en los próximos años, acabarán elevando al abuelo Patxi a los altares.

Parece que el franquismo no ha muerto. Y no lo ha hecho porque el socialismo de caverna y puño agarrado al autobús lo necesita para seguir subsistiendo y limpiando fantasmas del pasado. Lo malo, o lo peor, es si acaban echando mano de Largo Caballero: ahí sí que iremos de culo y cuesta arriba.

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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