Se apaga una de las voces más inconfundibles del espectáculo: el actor que convirtió la excentricidad en arte.
Este 26 de agosto de 2026 se apaga una de las voces más inconfundibles que ha dado el mundo del espectáculo: Tim Curry ha fallecido a los 80 años, según ha anunciado su familia[1]. El actor, cantante y camaleón británico deja detrás una galería de personajes que ningún otro intérprete habría podido habitar: el doctor Frank-N-Furter que enseñó a media humanidad a hacer el time warp, el payaso Pennywise que traumatizó amablemente a toda una generación, el mayordomo Wadsworth, el Señor de la Oscuridad. Pocos artistas han demostrado semejante capacidad de transitar del terror a la farsa, del glam al cabaret, del West End a los dibujos animados, siempre con la misma elegancia insolente. Curry fue, sobre todas las cosas, un hombre libre en una industria que castiga la libertad. Y esa libertad, por suerte para nosotros, quedó grabada en celuloide, en vinilo y en la memoria de cualquiera que alguna vez lo viera sonreír con malicia.

De Cheshire al transilvano más famoso del planeta
Timothy James Curry nació el 19 de abril de 1946 en Grappenhall, Cheshire, hijo de un capellán metodista de la Marina Real. Formado en la Universidad de Birmingham y en la Royal Academy of Dramatic Art, su carrera empezó como empiezan las buenas carreras: en el teatro, con un papel en el Hair londinense de 1970 y una vocación shakespeariana que nunca abandonó del todo[2]. Pero el destino tenía preparado un atajo legendario: en 1973, un joven compositor llamado Richard O’Brien le ofreció el papel del doctor Frank-N-Furter, «el dulce travesti transilvano», en un musical insólito estrenado en el Royal Court de Londres. Curry aceptó, y con ello reescribió su vida y la del fenómeno llamado The Rocky Horror Show.
Cuando en 1975 llegó la versión cinematográfica, The Rocky Horror Picture Show, el mundo ya no tenía salvación posible. Curry construyó a Frank-N-Furter con una fisicalidad descomunal, un maquillaje imposible y una voz de barítono que convertía cada canción en un número de cabaret apocalíptico. La película fracasó en su estreno, pero las sesiones de medianoche la convirtieron en el fenómeno de culto definitivo del siglo XX: generaciones enteras aprendieron a gritar respuestas a la pantalla, a tirar arroz y, sobre todo, a entender que la diferencia, lejos de ser un defecto, era un superpoder. Frank-N-Furter no era un personaje: era una declaración de principios.
El caballero del rock teatral
Menos conocida pero querida por los melómanos, su carrera musical merece capítulo propio. Entre 1978 y 1981 publicó tres álbumes —Read My Lips, Fearless y Simplicity— que mezclaban glam, new wave y teatralidad pura[2]. Su momento cumbre llegó con «I Do the Rock», una sátira feroz de la cultura de la celebridad que él interpretaba con una alegría escandalosa, demostrando que su talento cómico no necesitaba cámara alguna. Su voz, rica y profundamente teatral, le otorgó un estilo imposible de imitar: a medio camino entre el rock de estadio y el cabaret de sofisticación extrema.
Broadway, Mozart y tres nominaciones al Tony
Porque Curry, conviene no olvidarlo, era ante todo un hombre de teatro. Debutó en Broadway con Travesties, de Tom Stoppard, y durante dos décadas fue uno de los favoritos de la escena neoyorquina: fue un Mozart deslumbrante en Amadeus, un Rey Pirata inolvidable en The Pirates of Penzance y un Alan Swann glorioso en My Favorite Year, papeles que le valieron tres nominaciones a los premios Tony[2]. Su capacidad de llenar un escenario sin más armas que la voz y la presencia era de una época que ya no vuelve; él fue de los últimos en dominarla.
La maldad más carismática de la historia del cine
Y luego está su filmografía, que es, sencillamente, un catálogo del villano perfecto[3]. En Legend (1985), bajo toneladas de prótesis obra de Rob Bottin, encarnó al Señor de la Oscuridad con una belleza tan aterradora que Ridley Scott tuvo que pelear para mantener el plano. En Clue (1985) protagonizó la farsa coral más perfecta de los años ochenta. En It (1990) creó al Pennywise de Stephen King con maquillaje, ojos de acero y una alegría fingida de puro psicópata: cuenta la leyenda del rodaje que los niños del reparto evitaban sentarse a su lado entre toma y toma. Y en Solo en casa 2 (1992) regaló al mundo al recepcionista más desquiciado del Hotel Plaza, en una lección de comedia física que sigue haciendo reír treinta años después.
Su rostro también dio vida al cardenal Richelieu de Los tres mosqueteros (1993) y al Long John Silver de La isla del tesoro de los Muppets (1996), demostrando que no había género que se le resistiera.
La voz de una infancia entera
Para millones de niños de los noventa, sin embargo, Curry fue, sencillamente, una voz: la del entrañable naturalista Nigel Thornberry en Los Thornberrys, con su «¡Smashing!» inolvidable; la del demoníaco Hexus en FernGully; la del detective Gabriel Knight en los videojuegos que marcaron época[3]. Poseedor de uno de los instrumentos vocales más reconocibles de la industria, su trabajo de doblaje le granjeó un cariño transversal que ningún otro papel le había dado: padres e hijos descubrían, asombrados, que compartían al mismo actor.
El golpe y la lección de dignidad
En julio de 2012, un grave derrame cerebral le robó la movilidad y lo condenó a la silla de ruedas[4]. Su respuesta fue una lección de entereza: «Puede hablar perfectamente y se está recuperando, con un humor excelente», declaró entonces su portavoz, Marcia Hurwitz. Curry nunca se lamentó en público. Siguió trabajando con la voz, siguió recibiendo a sus admiradores en convenciones con una paciencia y una generosidad que quienes lo visitaron no olvidan, y en 2016 aceptó volver a Rocky Horror —esta vez como el Criminólogo narrador— para cerrar el círculo con elegancia. Pocos final de carrera tan serenos; pocas despedidas tan dignas.
Adiós al último caballero del exceso
Tim Curry se marcha sin haber pedido nunca perdón por ser exactamente lo que era: un excéntrico de formación clásica, un villano de corazón de oro, un teatral en un mundo de actores discretos. Nos enseñó que la excentricidad es una forma de arte, que los monstruos pueden robarnos el corazón y que un derrame cerebral puede tumbar el cuerpo pero no el humor. En Rocky Horror cantó la instrucción que él mismo convirtió en biografía: «Don’t dream it, be it» — no lo sueñes, hazlo. Lo hizo todo. Descanse en paz el caballero del exceso; nosotros, mientras tanto, seguiremos haciendo el time warp otra vez.