Frente a las multinacionales que reescriben a los muertos para no contrariar a los vivos, un movimiento editorial defiende el texto canónico e íntegro. Nombres, batallas y una primera victoria.
En febrero de 2023, la Roald Dahl Story Company y su editorial Puffin Books reescribieron los libros infantiles más queridos del siglo XX —Charlie y la fábrica de chocolate, Las brujas, El fabuloso Sr. Zorro— de la mano del grupo Inclusive Minds, en cambios que la empresa calificó de «pequeños y cuidadosamente considerados»[1]. Desaparecieron los «gordos» y los «feos», las referencias al género y al color de piel[2]. Semanas después le tocó a Ian Fleming: las nuevas ediciones de James Bond, expurgadas de referencias racistas, llegarían con una nota aclaratoria para el lector arrepentido[3][2]. Y en marzo, The Telegraph reveló que HarperCollins estaba reescribiendo a Agatha Christie —la autora más vendida de la historia del crimen— para adaptarla a «las sensibilidades modernas»: fuera «oriental», «gitano», «nativo», «judío», «negro», «indio»[4][5][6]. Salman Rushdie, que sabe lo que es un precio por decir lo que uno quiere decir, lo bautizó con una frase que ya es historia: «Roald Dahl no era ningún ángel, pero esto es una censura absurda»[7][1]. Y remató llamando a los editores «la Policía de la sensibilidad extorsionadora»[1]. Detrás del expurgo no hay sensibilidad herida alguna: hay una industria —Netflix compró los derechos de Dahl por unos mil millones de dólares[4][9]— que ha redescubierto el nihil obstat, eso sí, con una ambición que el original jamás tuvo: el sello inquisitorial se limitaba a las obras de contenido religioso; los sensibles extienden el suyo a toda la literatura profana del planeta. Pero hay resistencia, y conviene contarla con nombres: porque la primera batalla ya se ganó, y porque hay editoriales enteras que han hecho del texto íntegro su razón de ser.
La crónica del expurgo: tres cadáveres literarios y una empresa de embellecimiento
Repasemos la mecánica, porque la precisión es nuestra armadura. El caso Dahl fue el detonante: tras el acuerdo entre los herederos del autor y su editorial, Puffin —sello de Penguin— sometió los textos al tamiz de los «lectores de sensibilidad», esos focus groups tan comunes en las editoriales de Estados Unidos y Europa[8][2]. El resultado: adjetivos como «gordo» y «feo» extirpados, descripciones físicas neutralizadas, el lenguaje alisado hasta la insipidez[9][2]. La ola siguió su curso natural. Las novelas de Fleming fueron reeditadas sin «alusiones raciales ofensivas» y con su nota explicativa incorporada[3][2]. Y Christie, reveló The Telegraph el 26 de marzo, estaba siendo reescrita por HarperCollins para eliminar insultos y referencias étnicas de los misterios de Poirot y Miss Marple[4][10][6]. La dama del crimen, que vendió más libros que casi nadie, necesitaba —según sus gestores— un lavado de cara post mortem.
Nótese el detalle que la cobertura periodística repite con extrañeza: los tres expurgos fueron revelados por el mismo periódico, The Telegraph, como si el periodismo británico hubiera decidido ponerle contador al fenómeno[6][2]. Y nótese el detalle que nadie en las editoriales quiere pronunciar: en ninguno de los tres casos fue el autor quien tomó la decisión — dos de los tres llevaban décadas muertos — sino las empresas que poseen los derechos[8]. Esa distinción, que veremos más adelante, es la clave moral de todo el asunto.
El nihil obstat universal: la censura que ni la Inquisición pretendió
Aquí llega la comparación que recorrió las redacciones, y que esta casa recoge con una precisión que la agudiza. La escritora argentina Mercedes Giuffré escribió entonces: «No te preocupes, Agatha, guardaremos tus novelas como eran antes de la censura de los ‘sensibles’, para republicarlas cuando pases a dominio público y se vuelva a respetar tu propiedad intelectual»[5]. Y añadió la observación que se hizo célebre: la «comisión de lectores sensibles» que trabajan para las editoriales anglosajonas «se parece mucho, mucho a la Inquisición que peinaba y otorgaba (o no) el nihil obstat en el Siglo de Oro español»[5].
La metáfora es potente, pero exige una precisión histórica que, lejos de amortiguarla, la vuelve demoledora. El nihil obstat eclesiástico —la certificación del censor de que nada en una obra se oponía a la fe o a la moral— jamás pretendió jurisdicción universal: su ámbito estaba tasado con precisión casi notarial. Cubría las obras de contenido religioso —Sagrada Escritura, teología, derecho canónico, historia eclesiástica, manuales de moral—, los textos destinados al culto y a la enseñanza —libros de oraciones, catecismos, manuales escolares de religión— y las imágenes sagradas de distribución pública. En román paladino: la Iglesia sometía a examen lo que caía bajo su competencia doctrinal, como toda corporación examina lo que se publica en su materia. Ni Charlie y la fábrica de chocolate ni las aventuras del agente 007 habrían requerido jamás el sello del censor eclesiástico: la novela profana no era su asunto, y nunca pretendió serlo.
Los sensibles, en cambio, sí lo son. Y ahí está la diferencia que convierte la metáfora de Giuffré en un agravio comparativo — para con la Inquisición. Aquella vigilaba su propia casa, con ámbito tasado y público; estos ejercen una jurisdicción universal sobre toda la cultura escrita: el cuento infantil, la novela de espías, el misterio de salón, el texto del autor vivo y el cadáver literario que no puede defenderse. Si la comparación ofende a alguien, no es a los sensibles: es al Santo Oficio, que jamás pretendió tanto. Y añádase la segunda diferencia, la de la transparencia: la Inquisición, al menos, publicaba sus índices, y el lector del Siglo de Oro sabía qué obras estaban expurgadas y por qué; el lector de hoy descubre la mutilación cuando ya ha pagado el libro, sin acta, sin firma y sin lista. El nihil obstat posmoderno supera al original en ambición y le inferiora en honestidad: más jurisdicción, menos transparencia. Ese es el balance de tres siglos de Ilustración.
Y conviene una precisión de rigor, porque nuestra fuerza ha sido siempre no mentir por la causa: el propio Dahl revisó en 1973 la descripción de los Oompa Loompa —originalmente pigmeos africanos— porque él, el autor vivo, decidió revisarla[4]. Ahí está toda la diferencia del mundo, y es la diferencia que el expurgo corporativo pretende borrar: el autor que corrige su obra ejerce su libertad; la empresa que corrige la obra de un muerto ejerce un poder que nadie le ha concedido. Uno es creación; lo otro es profanación de patrimonio. Umberto Eco ya había demostrado en 2003 el maniqueísmo con que Fleming repartía nacionalidades y sexualidades entre héroes y villanos[6] — y nadie propuso reescribir a Fleming entonces: se propuso leerlo con los ojos abiertos, que es para lo que existe la crítica.
«Es un negocio»: la confesión involuntaria
¿Y por qué ahora? La respuesta la soltó, sin querer, el crítico Matías Rivas: «Es un nuevo negocio. Darle gravedad es caer en el juego comercial que está instalando la editorial. Es la nueva forma que tiene el mercado editorial, adaptándose a una sensibilidad donde ven que pueden explotar negocios»[2]. Ahí está: la sensibilidad como segmento de mercado. Netflix compró la Roald Dahl Story Company —derechos de El Gran Gigante Bonachón incluidos— por un reported mil millones de dólares[8][9], y una plataforma que ha invertido semejante suma en un universo infantil no puede permitirse el riesgo reputacional de un adjetivo incorrecto. El bisnieto de Christie y gestor de su legado, James Prichard, lo dijo sin disimulo: «No creo que necesitemos dejar en nuestros libros lo que llamaría lenguaje ofensivo, porque, francamente, lo único que me importa es que la gente pueda disfrutar de las historias de Agatha Christie para siempre»[9]. Tradúzcase: las historias, sí; el texto, lo que haga falta.
El expurgo no es una cruzada moral: es una póliza de seguro reputacional que las corporaciones culturales extienden sobre cadáveres que no pueden oponerse. Los muertos no contratan abogados; sus herederos, a veces, tampoco.
La resistencia: los clásicos íntegros vuelven al estante
Y ahora, lo que el lector de esta casa espera: los nombres de la resistencia. La primera victoria ya está en los anales, y conviene contarla bien. Tras la indignación global de febrero —las quejas de Rushdie, las columnas, las redes[1][7]—, Puffin hizo algo que en términos corporativos equivale a una rendición: anunció que junto a las versiones alteradas reeditaría, al mismo tiempo, los libros originales intactos[3]. La llamada Colección Clásica de Roald Dahl — la editorial británica publicará la colección original junto a la versión editada[5] — nació de la presión del público: el expurgo convivió, por decreto del mercado, con la versión íntegra. Los censores no fueron derrotados por un tribunal: lo fueron por la taquilla. Y en el caso de Fleming, la propia edición expurgada se vio obligada a cargar con su nota aclaratoria[2], es decir, a confesar en cada ejemplar que el texto no es el texto.
Y luego están los que jamás necesitaron rendirse porque nunca expurgaron. Con nombre, apellidos y fuente: Alfaguara, la editorial de Dahl en castellano, y Gallimard, su homóloga francesa, anunciaron públicamente que no habría «ningún ajuste» en sus textos — el expurgo era cosa de la casa anglosajona[11]. En España, además, se ha publicado la única edición que reúne todos sus cuentos, con ocho relatos nuevos, que la crítica celebra literalmente como «inédito y sin censura»[12]. Y alrededor, la constelación que nunca cambió de religión: la británica Folio Society, que lleva décadas editando los clásicos completos con cuidado de artesano; la neoyorquina NYRB Classics, que ha hecho del rescate de obras íntegras y olvidadas su bandera; y en español, sellos como Valdemar, Satori o Nórdica, que publican a los clásicos del género y de la literatura europea sin pasarlos por la tijera contemporánea. Su filosofía es la que este medio defiende: el lector tiene derecho al texto que fue, no al texto que a alguien le gustaría que hubiera sido. El patrimonio literario se custodia como se custodian las catedrales: restaurando lo dañado, jamás rediseñando lo que ofende al ojo moderno.
Conclusión: el pasado no se edita, se hereda
El debate de los clásicos expurgados no es una cuestión de literatura infantil ni de novelas de espías: es la última escaramuza de la guerra más antigua de la cultura — quién decide lo que fuimos. Una civilización que reescribe a sus muertos para que no contraríen a sus vivos no está protegiendo a nadie: está entrenando a sus ciudadanos en la idea de que el pasado es negociable, y lo que es negociable hoy en un libro de Dahl lo será mañana en un discurso, en una crónica, en un acta notarial. La resistencia editorial independiente — las Alfaguara, las Folio, las NYRB, las Valdemar, Satori, Nórdica y por supuesto Gallimard. Junto con la multitud de lectores que en febrero de 2023 obligaron a Puffin a devolverles sus Oompa Loompa originales[3][5] — defiende algo más prosaico y más grande que la pureza de un texto: defiende que la herencia se recibe entera, con sus bellezas y sus fealdades, porque solo quien conoce el pasado tal como fue puede elegir qué hacer con él. Los sensibles prometen libros que nunca ofenderán a nadie. La historia promete algo mejor: libros que nunca mentirán sobre lo que fuimos. Entre una promesa y la otra, esta casa ya ha elegido. Y tiene muy buena compañía en el estante.
Referencias
Alerta Nacional | Cultura