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España

Alberto Núñez «Fiascóo» el orador. Por el Coronel de Infantería Efrén Díaz Casal

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El pasado domingo 08/06/2025, Alberto Núñez “Fiascóo», todavía presidente del Partido Popular y único convocante de la concentración contra el gobierno, dirigió una perorata a los asistentes acompañado por los expresidentes Aznar, que continúa dando lecciones de catalán a los actuales dirigentes del PP, y Rajoy como único presidente del gobierno destituido por una moción de censura para “exaltar» el acto bajo el lema “mafia o democracia», en el que el todavía presidente del PP mostró su total disposición para relevar al actual jefe del Ejecutivo: imaginación calenturienta que tiene el gachó.    

    El sujeto en cuestión manifestó que “vamos a liderar juntos la revolución de la decencia y la libertad, queremos elecciones y las queremos ya, ríndase a la democracia (dirigiéndose a Pedro Sánchez), España está preparada, yo estoy listo: va derecho a por el Premio Nobel de la Modestia. 

   También dijo que “A mí no me sobra ningún español, creo en una nación sin muros y que juntos los derribemos, yo no quiero un frente de la ira porque España no necesita revancha, necesita concordia”. Hay que decirle que los españoles que le sobran son los que le solicitan acatar el Artículo 21.1 de la Constitución y el Artículo octavo de la Ley Orgánica 9/1983, reguladora del derecho de reunión: le he dicho muchas veces que requiera a los alcaldes del PP que respeten las citadas disposiciones pero su soberbia le impide contestar a mis misivas, todo lo contrario de lo que farfulla.

   Llama a los españoles a defender la democracia, sus derechos y su país. “Españoles, son vuestros derechos los que están en juego. Y eso os convoca. La democracia nos pertenece a todos y, por tanto, es responsabilidad de todos. No hay equidistancia posible”, subraya: este menda todavía no se ha enterado que la confianza y el respeto de los ciudadanos se ganan a través de la integridad y la adhesión a los principios que sustentan nuestra sociedad, si se pierde la dignidad y los principios, por un beneficio temporal, al final se acaban perdiendo también los electores.

        Los hechos de este individuo, en fin, demuestran su falta de respeto hacia los demás, siendo el ejemplo de persona que nadie debería seguir.

        En resumen, no provoca otros sentimientos más allá de la lástima.

   Asegura que nadie le va mover de la centralidad, destaca que su método es “legalidad, institucionalidad, la solvencia y el apoyo de la calle con el objetivo de volver a ganar a Pedro Sánchez y dar a España un Gobierno decente”. Cuando menos el personaje en cuestión se despoja de electores puesto que el electorado del PP es de derechas, so pena de que menosprecie su voto.

  Agradece a los asistentes a la concentración que hayan demostrado que “España está cansada, pero no está rendida, afirmando que estamos aquí para que seáis vosotros los que habléis alto y claro, frente al presidente que se esconde, aquí está un país que no lo hace; frente al Gobierno que nos miente, aquí están los españoles que no se callan”. Estas frases no concuerdan con las del párrafo en cursivademostrando con ello una falta de claridad de juicio alarmante.

   Explica que «el PP ha puesto los medios para liderar la respuesta de una sociedad harta, estamos aquí para defender a nuestro país, el país del que quieren apropiarse es propiedad del conjunto de los españoles, los recursos con los que mercadean o directamente roban son de todos y las instituciones que usan para su interés personal son vuestras, que nadie os diga que esto no sirve, quieren una sociedad anestesiada, que no salgamos a la calle, quieren nuestra resignación”. He aquí todo un programa de oposición. 

     Igualmente, acusa al Gobierno de llenar todo de corrupción, de cloacas, de mentiras “España no es un cortijo, los españoles no somos sus siervos (quiso decir de sí mismo), España es un país limpio y decente, y los españoles una sociedad viva, valiente y comprometida”. Solemne descripción de sus turiferarios.

   Se afirma en la “honestidad frente a la corrupción, a la limpieza frente a las cloacas, a la verdad frente a la mentira», agregando que «los implicados en todos los escándalos tendrán que responder ante la Justicia, el Estado funcionará, los españoles responderán y yo estaré a la altura de este gran país”. Se le ha olvidado decir que la altura de España no es susceptible de grandes rebajas. 

    Efrén Díaz Casal

    Coronel de Infantería (R)

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España

El Régimen de la Impunidad: Manual de supervivencia del socialista que nunca dimite

Redacción

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Pedro Sánchez no ha venido a Madrid a gobernar. Ha venido a colonizar. Y lo ha hecho con la misma eficacia metódica con la que el cáncer coloniza un órgano: sin prisa pero sin pausa, destruyendo las defensas institucionales una a una hasta convertir el Estado en un aparato de su supervivencia política. La corrupción, en el sanchismo, no es un accidente del sistema. Es el sistema.

Mientras la izquierda mediática nos vende el relato del progresismo ilustrado que combate la corrupción «de la derecha», el Gobierno más caro de la democracia española —en ministros, en asesores, en chiringuitos institucionales— ha construido una fortaleza de impunidad que haría sonrojar a cualquier república bananera del Caribe. Pero aquí no hay plátanos: hay millones de euros públicos desviados, fondos europeos malversados, y una red clientelar que transforma cada ministerio en una sucursal del Partido Socialista Obrero Español.

La economía de la corrupción: cuando el expolio es política de Estado

Empecemos por lo tangible, porque los progres adoran hablar de «justicia social» mientras vacían las arcas públicas. El impacto económico del sanchismo no se mide solo en la deuda pública desbocada —ya rozamos el 120% del PIB, para alegría de nuestros nietos— sino en el coste oportunidad de una España que podría haber prosperado y, en cambio, se ha convertido en un parque temático de subvenciones a fundaciones afines y chiringuitos ideológicos.

El caso más escandaloso no es uno solo: es la constelación. Los ERE andaluces, que dejaron en evidencia décadas de saqueo sistemático del dinero público para comprar votos y financiar estructuras partidarias, fueron apenas el aperitivo. La trama de los fondos Next Generation, donde el criterio de reparto parece dictado más por la proximidad al PSOE que por la viabilidad empresarial, ha convertido la reconstrucción post-pandemia en un reparto de botín. Mientras tanto, el Banco de España alerta de la inflación galopante y el empobrecimiento de la clase media, Sánchez y su séquito de ministros viven en una realidad paralela donde la corrupción —eso que ellos llaman «presuntas irregularidades» cuando afecta a los suyos— es un mal necesario para mantener el poder.

Pero el daño económico va más allá de los millones desfalcados. Es el efecto crowding-out de la inversión privada que huye de un país donde las reglas del juego se escriben en el despacho de Moncloa según convenga a la agenda del día. Es el cierre de empresas que no pueden competir con los monopolios subvencionados por el Estado amigo. Es la juventud española condenada al exilio laboral porque aquí el mérito ha sido sustituido por el carnet de afiliado.

La hipocresía progre: cuando el anticorrupción es solo un hashtag

Aquí llegamos al núcleo ideológico del engaño. La izquierda española —y su brazo mediático en los grandes periódicos y televisiones públicas— ha construido su identidad moral en torno a la supuesta superioridad ética. Son los «demócratas» contra los «fascistas». Los «honrados» contra la «derecha corrupta». Han llenado espacios televisivos y plataformas digitales con la retórica del «no es no» y la «transparencia radical».

Y luego llega la realidad, incómoda como un invitado no deseado.

Pedro Sánchez, el hombre que prometió «regeneración democrática», ha convertido la Moncloa en un bunker de opacidad. El caso de los fondos reservados de la Casa Real —que el Gobierno se apresuró a destapar para humillar a la monarquía— contrasta obscenamente con el hermetismo absoluto sobre los gastos de la Presidencia del Gobierno, los contratos de emergencia sanitaria sin concurso público, o los informes de inteligencia que convenientemente desaparecen cuando apuntan a altos cargos socialistas.

La contradicción es brutal: exigen la transparencia extrema para el adversario mientras blindan con leyes mordaza y reformas del código penal —sí, esa reforma que rebaja penas para delitos de corrupción justo cuando sus socios del procés y sus propios militantes enfrentan tribunales— la suya propia. El «solo sí es sí» se ha convertido en el chiste legal del año cuando vemos cómo rebajan las penas por malversación mientras envían a la policía a registrar despachos de opositores.

Esta no es hipocresía ingenua. Es estrategia calculada. La izquierda cultural ha comprendido algo que la derecha española tardó en asimilar: el poder no se ejerce solo desde las instituciones, sino desde la narrativa. Si controlas los términos del debate —si puedes llamar «corrupción» a la donación de una empresa privada a un partido conservador pero «gestión necesaria» al desvío millonario de fondos públicos a una fundación afín— no necesitas ser honesto. Necesitas controlar los tribunales, los medios y las universidades.

El coste cultural: la normalización del robo como virtud progresista

Pero quizás el daño más profundo —y este es el que debería mantener despiertos a los españoles que aún creen en la política como servicio público— es la erosión cultural que el sanchismo ha provocado en el tejido moral de España.

Hemos pasado de una democracia donde la corrupción era un escándalo que provocaba dimisiones —recuérdese el caso Filesa o el impacto del caso Gürtel en el Partido Popular— a un régimen donde la impunidad es el precio de la gobernabilidad. Sánchez no dimite. Sus ministros no dimiten. Sus socios —condenados por sedición, por malversación, por terrorismo— no solo no dimiten: son recibidos con alfombra roja y ministerios estratégicos.

Esta normalización del cinismo político tiene un efecto corrosivo en la sociedad civil. Cuando el ciudadano observa que el presidente miente descaradamente sobre su tesis doctoral, sobre su patrimonio, sobre sus pactos con filoetarras, y no solo no paga consecuencias sino que es reelegido con mayorías artificiales, está aprendiendo una lección perversa: la honestidad es para perdedores.

La izquierda cultural —esa que nos sermonea sobre valores, ética y «bien común»— ha construido un sistema donde el fin justifica absolutamente todos los medios. Donde comprar votos con subvenciones es «política social». Donde el clientelismo es «cohesión territorial». Donde la mentira institucionalizada es «narrativa estratégica». Y donde quien señala estas contradicciones es, cómo no, «fascista», «reaccionario» o «negacionista».

Este es el daño cultural más profundo: la transformación de la política española en un mercado de vicios donde la virtud cívica ha sido sustituida por la lealtad tribal. Ya no importa qué se hace, sino para quién se hace. Ya no importa la legalidad, sino la «legitimidad histórica» que se otorgan a sí mismos quienes se consideran herederos de una verdad moral superior.

La resistencia empieza por llamar a las cosas por su nombre

Concluyo donde empecé, pero con la claridad que da el final del texto: España no tiene un problema de corrupción. Tiene un problema de régimen. Un régimen donde la división de poderes es una ficción literaria, donde el Consejo General del Poder Judicial es tomado por asalto, donde la Fiscalía actúa como bufete del partido en el Gobierno, y donde el presidente puede cambiar de opinión sobre la inviolabilidad del Rey, la unidad de España o la naturaleza de la democracia según le convenga para mantenerse una semana más en La Moncloa.

La izquierda española ha construido un sistema donde la corrupción no es un bug. Es una feature. Una herramienta de gobierno tan necesaria como el BOE. Porque cuando tu proyecto político consiste en transformar España en un laboratorio de experimentos identitarios que la mayoría rechaza, necesitas fondos públicos ilimitados, medios de comunicación domesticados y una justicia que mire hacia otro lado.

Pedro Sánchez no es un presidente corrupto por accidente. Es un presidente que ha entendido que en la España de 2024, la impunidad es el último recurso del progresismo cuando el debate de ideas ha fracasado. Y mientras la derecha española siga intentando jugar con reglas democráticas en un tablero donde el adversario ha cambiado las reglas por la pura voluntad de poder, seguiremos perdiendo no solo elecciones, sino el país mismo.

La batalla cultural no es una metáfora. Es la única batalla que queda cuando la corrupción institucionalizada ha reemplazado a la política. Y en esa batalla, la primera arma es la verdad: Sánchez no gobierna. Saquea. Y lo hace con la impunidad de quien sabe que, en su España, los corruptos de izquierdas nunca pagan.

 

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