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Así es la dictadura del sanchismo. Por Jesús Salamanca Alonso

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«Tras el apagón de hace un año, el mentiroso oficial dijo que analizaría las causas con quienes le apoyaban en el Gobierno, pero otra vez mintió porque ni hubo reunión ni explicó lo que ya sabía».

Ya miente hasta el apuntador, mala costumbre que hemos aprendido del sanchismo dirigido por el presidente «Cum fraude». Mintieron el propio galgo de Paiporta y el conocido avestruz de adamuz, aunque en su tierra ya es el innombrable y responde al apelativo de «asesino de Adamuz» como no podía ser de otra manera. Mentir y mentir. Bulos y bulos. Fango y fango, ¿será por eso por lo que a la residencia del presidente se la conoce como «Moncloaca», en vez de Moncloa? Parece que no hay límites y, como decía la pentaimputada «catedrática», ella se siente por encima de la ley y «si quiere el juez Peinado mi pasaporte lo va a tener que sudar, pero no se lo voy a entregar» Hasta con el apagón dijeron mentiras y barrabasadas, incluso sabiendo lo que había sucedido desde el primer momento. ¿No es así, señora Corredor?

No sé si se apellida Corredor o Corredora la presidenta de Red Eléctrica Española (REE), lo que sí sé es que mintió en masculino y en femenino a la comisión del Senado, y para más mofa, dijo sentirse enfadada cuando le echaron en cara que no se pusiera nerviosa, tras ser pillada en ocultamiento y desviación de información de forma reiterada. Volveremos, volveremos a su ridícula comparecencia en el Senado porque me recuerda a aquel ministro de agricultura de la época de Felipe González que, estando de visita por Zamora, lo llevaron a visitar unos trigales y, al verlos tan lucidos y altos, dijo «¡Caramba, estos tienen por lo menos tres años!» Supongo que habrán pillado el desconocimiento del ministro.

Si aquel ministro era licenciado en derecho, la señora Corredor es licenciada en derecho al frente de REE. ¿Se acuerdan de Salvador Illa, un filósofo de secundaria como ministro de Sanidad? Vamos, que en determinados gobiernos se asignan los cargos por afinidad, orden de llegada o capacidad de corrupción, pero nunca por profesionalidad. Echen un vistazo a la historia ministerial reciente: los ministros de Transportes, uno era maestro de primaria (Ábalos) y otro abogado (el innombrable). Lo que no sé es cómo no han reventado más trenes teniendo al frente a dos saltimbanquis de circo rural a los que solo les falta la cabra. ¿Y si nombramos a Santos Cerdán astronauta de honor o director general de «la Paqui»? Siendo técnico en Electrónica Industrial…siempre habrá un roto para un descosido.

Tras el apagón de hace un año, el mentiroso oficial dijo que analizaría las causas con quienes le apoyaban en el Gobierno, pero otra vez mintió porque ni hubo reunión ni explicó lo que ya sabía. ¿Entienden ahora que buena parte de la ciudadanía no le crea nunca y diga de él que es un ser despreciable? Llegó a decir en su comparecencia en TV que «los informes pendientes serán aplastantes». Más mentiras, ya sabía la razón como lo sabía Beatriz Corredor y los técnicos de Endesa e Iberdrola que elaboraron los informes destinados al Senado.

Muchos se lo notamos en la mirada, nada natural ni transparente. Sale en TV, lo miro y sé cuando miente (baja la cabeza y mira de reojo sin que se le note, como cualquier traidor maquiavélico). En fin, ha llegado un momento que el país se ha paralizado, sin presupuestos, sin construcción de viviendas en ocho años habiendo prometido 280.000 desde que usurpó el poder tras su intento de golpe de mano en el partido. Eso sí, dicen que de prostitución debe saber lo que no está escrito: el sanchismo critica la prostitución de día en el Parlamento y la consume por la noche: Koldo, Tito Berni, quince “diputeros” sanchistas, Ábalos…¿y en Paradores? ¿Qué pasó en Paradores? Tranquilos, que no tardando lo va a contar Óscar López, por aquel entonces director general de Paradores y algo más.

El día del apagón fue feliz Sánchez. Ese día no se habló de su pacto con ETA ni de la corrupción de su hermano ni de la pentaimputación de su mujer ni de la financiación ilegal de su destrozo de partido ni de Tito Berni ni de la fontanera que guardaba en su casa dinamita ni de las prostitutas y los menores de las saunas-prostíbulos de Sabiniano. Y ahora nos enteramos de que, al no haber presupuestos, ha echado mano el Gobierno de doce mil millones de fondos europeos para pagar las pensiones y ayuditas a los ilegales; a saber, a qué se ha dedicado ese dinero. La UE ya dice que eso no es viable y que es dinero para la estabilidad de las empresas. Se devuelve o se dedica a lo que es legal.

Aquella comparecencia del presidente, hace un año por ahora, fue un acto falseado donde hay varios encausados. Llamar «progresista» a esta comparecencia es un atentado moral y una indignidad del Gobierno dentro de su habitual falsedad y engaño. No se pueden tapar corruptelas con amenazas de muerte a quienes deben hablar y aclarar lo sucedido. Sánchez no tiene modelo de país y tanto él como sus acólitos representan una simple brutalidad. Sánchez abusó de un lenguaje incendiario y del ridículo lenguaje inclusivo de las cavernas.

Lo más triste de aquella comparecencia sobre el apagón es que no habló del apagón en sí, ni lo hizo de la corrupción. Tampoco habló de sus amenazas al que diera datos del apagón. Se limitó, como trilero que es, a insultar al adversario. Cada día saltan más ratas del barco sanchista. Los socialistas no sanchistas se van del partido porque saben que no hay nadie al timón y sí mucha corrupción y falsedad.

Cuanto llamaron «fake» en «Moncloaca» ha resultado ser cierto. El albañal es cada día más grande. El sanchismo está solo y lo apuntan con el dedo en toda Europa. Ni siquiera los datos económicos y medioambientales son ciertos, a pesar del predicamento del que alardean habitualmente. Cada día se acerca el PSOE más a las dictaduras represoras del comunismo.

Finalizada la mentirosa intervención comentaban algunos periodistas que las preguntas han sido pactadas, los periodistas limitados y seleccionados por afinidad, además de las preguntas revisadas. Así es la dictadura del sanchismo. La ciudadanía está acogotada, pero está despertando. Al tiempo.

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España

El pedido de la diplomacia y la entrega de la realidad

Redacción

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La diferencia entre lo que España esperaba de su relación con Marruecos y lo que ha recibido no es un error de logística, sino una tragedia de Estado que el Gobierno celebra como éxito diplomático

Hay un fenómeno contemporáneo que ilustra mejor que cualquier tratado de política internacional la naturaleza de nuestra relación con Marruecos. Es el meme, ya archiconocido, que compara la fotografía pulida del producto que ordenaste en una plataforma de comercio electrónico con el objeto deforme, descolorido y risible que finalmente llega a tu puerta. «Lo que pediste», dice la imagen de la izquierda, mostrando un reloj de precisión suiza. «Lo que recibiste», completa la derecha, exhibiendo un juguete de plástico con pilas oxidadas.

La broma reside en la expectativa defraudada, en la promesa sofisticada que termina en realidad chapucera. Pero lo que ocurre en nuestra frontera sur no es una broma. Es una tragedia de Estado que, lejos de provocar rectificación o indignación, ha sido recibida por el Gobierno español con la resignación de quien acepta la estafa como norma de relación.

El pedido, en este caso, era claro: una política migratoria ordenada, respetuosa con la soberanía territorial, basada en acuerdos bilaterales de reciprocidad. La entrega, sin embargo, ha sido otra cosa enteramente. Ha sido la imagen de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad marroquíes— asaltando sistemáticamente nuestras vallas de Ceuta y Melilla. Ha sido la constatación de que Marruecos organiza, facilita y ejecuta operaciones de presión demográfica contra España como herramienta de política exterior.

Y ha sido, sobre todo, la evidencia de que nuestros gobernantes no solo toleran esta agresión, sino que la celebran, la premian, la llaman «cooperación» mientras el territorio nacional se ve invadido por vías paralelas.

La diferencia entre lo prometido y lo recibido no podría ser más abismal. Pero aquí reside el verdadero escándalo: no es que Marruecos nos haya engañado. Es que nosotros sabíamos perfectamente qué estábamos comprando. Sabíamos que el régimen alauita utiliza la emigración como arma. Sabíamos que cada «crisis» fronteriza coincide con alguna demanda diplomática de Rabat. Sabíamos que el Sáhara, la pesca ilegal, el contrabando de drogas, son monedas de cambio en una partida donde España siempre pierde. Y, a pesar de saberlo, hemos seguido haciendo clic en «comprar ahora», convencidos de que esta vez sí llegaría el producto de calidad.

El ridículo internacional de la debilidad manifiesta

El ridículo internacional de España ha alcanzado proporciones que ya no pueden ocultarse bajo eufemismos diplomáticos. Somos el país que recibe agresiones territoriales organizadas y responde con felicitaciones. Somos la nación que ve cómo su vecino abre las compuertas de la presión migratoria y, en lugar de exigir responsabilidades, amplía los acuerdos de cooperación. Somos el Estado que ha convertido la vulnerabilidad en estrategia, la humillación en política de Estado.

¿Qué imagen proyectamos ante el mundo cuando nuestros ministros brindan en la embajada de Marruecos mientras, a escasos kilómetros, las vallas de Ceuta y Melilla son asaltadas por tropas irregulares? ¿Qué mensaje enviamos a otros actores internacionales cuando demostramos que la agresión contra España no tiene consecuencias, sino recompensas? La respuesta es evidente: enviamos la señal de que España es un objetivo blando, un socio que puede presionarse sin riesgo, un adversario que no defenderá sus intereses ni su dignidad.

Y aquí emerge la pregunta incómoda que la izquierda mediática se niega a formular: ¿hasta qué punto puede llegar esta lógica de rendición antes de que deje de ser política exterior para convertirse en algo más grave? Cuando un gobierno sistemáticamente prioriza la conveniencia diplomática a corto plazo sobre la integridad territorial nacional, cuando celebra acuerdos con quien le agrede abiertamente, cuando sacrifica el interés de sus ciudadanos en el altar de la «relación estratégica» con un régimen autoritario, ¿no estamos ante una forma de capitulación disfrazada?

El cinismo de la situación alcanza su cenit cuando observamos la reacción de otros actores internacionales. Italia ha demostrado que sí es posible defender fronteras, que sí se puede cerrar el espacio Schengen ante la presión migratoria, que la solidaridad europea no significa suicidio nacional.

Israel, tradicional aliado, ha decidido alinearse públicamente con Marruecos en esta controversia, dejando a España aislada en un escenario donde antes contaba con socios. El mensaje es claro: quien no defiende lo suyo no puede esperar que otros lo defiendan por él. La debilidad, en política internacional, no genera compasión. Genera oportunidades para el depredador. Y Marruecos, lejos de ser el único depredador en el entorno, se ha convertido en el más audaz precisamente porque ha comprobado, una y otra vez, que España no morderá. Que España pagará. Que España, al final, agradecerá el golpe.

Complicidad, traición y la alineación israelí

La complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez con esta dinámica de agresión-recompensa no puede atribuirse ya a la mera incompetencia o a la ingenuidad. Es una opción deliberada, una estrategia de supervivencia política que hipoteca el interés nacional a cambio de estabilidad diplomática a corto plazo. Pero hay líneas que, una vez cruzadas, dejan de ser simples errores de cálculo para convertirse en algo más grave. Y la pregunta que inevitablemente surge es si estamos ante una de esas líneas.

¿Puede encuadrarse la actuación de Sánchez en el delito de traición? La pregunta suena extrema, casi barroca en su aparato legal, pero merece ser examinada con seriedad. El Código Penal español define la traición como el que, «con ocasión de guerra, o de alianza o amistad con potencias extranjeras, cause perjuicio grave a la Nación o a la defensa nacional». No estamos formalmente en guerra con Marruecos, pero la doctrina militar contemporánea reconoce la «guerra híbrida» como conflicto real aunque no declarado.

Y en esa guerra híbrida —donde se utilizan armas no convencionales como la presión migratoria masiva, la desinformación, la infiltración— Marruecos nos ha atacado abiertamente. Celebrar acuerdos con el agresor, premiarle con reconocimientos diplomáticos, entregarle posiciones estratégicas como el Sáhara, mientras se produce esta agresión, ¿no constituye un perjuicio grave a la defensa nacional?

La izquierda se escandalizará por la formulación. Dirá que es exageración, que es lenguaje propio de conspiraciones, que la realidad es más compleja. Pero la realidad, en este caso, es sorprendentemente simple: un régimen extranjero organiza invasiones de nuestro territorio, y nuestro gobierno le felicita. Si eso no es complicidad con el agresor, ¿qué es?

Y aquí entra en juego el factor israelí. La alineación de Israel con Marruecos en este conflicto no es anecdótica. Es el reconocimiento de que el mapa de alianzas en el Mediterráneo ha cambiado, y que España ya no cuenta con la influencia ni la credibilidad que antes le otorgaban posiciones de equilibrio. Cuando un socio tradicional como Israel decide que más vale estar con el agresor que con la víctima, el mensaje sobre la decadencia española en el escenario internacional es devastador.

No se trata de que Israel sea malo o bueno; se trata de que Israel, como cualquier actor racional, apuesta por quien demuestra fuerza y deja a quien demuestra debilidad. La geopolítica no tiene amigos, tiene intereses. Y España, en esta partida, ha demostrado no saber defender los suyos.

La felicitación al agresor

Pero quizás el gesto más insultante, el que mejor ilustra el abismo entre la retórica oficial y la realidad, sea la insistencia del Gobierno en «felicitar» a Marruecos como socio fiable mientras las pruebas —fotográficas, de video, de testimonios de guardias civiles, de informes de inteligencia— demuestran que las fuerzas marroquíes colaboraron activamente en la invasión. No miraron hacia otro. No fueron incapaces de contener. Organizaron. Facilitaron. Ejecutaron una operación de presión.

¿Cómo se llama a quien felicita a quien le ha agredido? ¿Cómo se denomina a quien celebra acuerdos con quien acaba de violar su frontera? En el lenguaje clásico de la política, se llamaría cómplice. En el lenguaje diplomático actual, se llama «pragmático». Pero la realidad no cambia por la elegancia del eufemismo. La realidad es que nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo líquido que pueden vender por estabilidad política a corto plazo, que el español de a pie debe aceptar la inseguridad y la humillación con tal de que Sánchez siga en La Moncloa.

Y lo más grave es que esta lógica no tiene visos de revertirse. Cada asalto a la frontera es seguido de más concesiones. Cada crisis migratoria organizada desde Rabat termina en más cheques firmados por Madrid. Cada demostración de debilidad invita a la siguiente presión. Es un ciclo que solo puede terminar de dos maneras: o Marruecos alcanza todo lo que quiere —reconocimiento pleno del Sáhara, fondos europeos ilimitados, silencio sobre sus violaciones de derechos humanos— y España se convierte en un satélite económico y diplomático del Reino alauita, o la sociedad española despierta y exige que se ponga fin a esta humillación sistemática.

Conclusión: El vendedor que siempre engaña

La diferencia entre lo que pedimos y lo que recibimos no es, al final, un problema de logística diplomática. Es un problema de voluntad política. Es la constatación de que hemos elegido gobernantes que no creen en España como nación digna de defensa, que conciben la soberanía como un anacronismo molesto, que prefieren la sumisión cómoda a la resistencia costosa.

El meme de Aliexpress funciona porque todos hemos experimentado la decepción de la expectativa defraudada. Pero en el comercio electrónico, al menos, puedes reclamar. Puedes devolver el producto. Puedes exigir tu dinero de vuelta. En la política exterior de Sánchez, no hay devoluciones. No hay reembolsos. Solo hay más pedidos a un vendedor que ya ha demostrado, una y otra vez, que enviará basura y cobrará como si fuera oro.

Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado atrás. Y nosotros seguimos brindando en la embajada del agresor, convencidos de que si sonreímos lo suficiente, quizás esta vez sí llegue el producto de calidad. Pero no llegará. Porque el problema no es el vendedor. Es que nosotros hemos olvidado que en el mercado de la geopolítica, quien no defiende su posición termina siendo mercancía. Y España, bajo este Gobierno, está a punto de liquidarse en el mercado de ocasión de la historia.

Alerta Nacional | Análisis de política exterior y soberanía nacional

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