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Ejemplos de agenda mediática oculta en España

Descubre ejemplos de agenda mediática oculta en España. Analiza cómo ciertos intereses manipulan la información y mejora tu criterio al leer los medios.

Redacción

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Periodista revisando guiones en la redacción

La agenda mediática oculta es la práctica mediante la cual ciertos intereses influyen en la información que recibe el público sin transparencia, manipulando prioridades y percepciones a través de técnicas reconocibles y reglamentadas. En España, esta realidad no es solo una hipótesis: la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia (CNMC), el Consejo de Informativos de TVE y procedimientos judiciales como el caso Leire Díez ofrecen ejemplos documentados de manipulación informativa que afectan directamente a la opinión pública. Conocer estos ejemplos de agenda mediática oculta en España permite a cualquier ciudadano leer los medios con criterio propio.

1. Principales ejemplos de agenda mediática oculta en España

La manipulación informativa adopta formas muy distintas. Algunas son sancionadas por reguladores, otras emergen de investigaciones judiciales y otras se detectan mediante análisis editorial. Los casos más relevantes comparten un rasgo común: la falta de transparencia sobre quién financia o dirige el mensaje.

Los tipos más frecuentes en España son:

  • Publicidad encubierta en medios y redes sociales, sin identificación visible para el espectador.
  • Sesgo editorial en televisión pública, documentado en informes internos de RTVE.
  • Coordinación política sobre líneas editoriales, reflejada en sumarios judiciales.
  • Uso del encuadre informativo (agenda setting) para priorizar o silenciar temas sin orden explícita.
  • Rótulos informativos que dirigen la interpretación antes de que el espectador tenga contexto.

Cada uno de estos mecanismos opera de forma diferente, pero todos comparten el objetivo de moldear la percepción pública sin que el receptor lo advierta.

2. Publicidad encubierta sancionada por la CNMC

Manos revisando documentos sobre regulación de medios

La CNMC es el organismo regulador que supervisa la publicidad en medios audiovisuales y plataformas digitales en España. Sus actuaciones recientes revelan un patrón claro: la publicidad se disfraza de contenido espontáneo para eludir el rechazo del público.

En 2026, la CNMC requirió a cinco influencers por no identificar correctamente la publicidad en sus vídeos. El regulador exige que términos como “publicidad” o “publi” aparezcan visibles dentro del propio vídeo. Las etiquetas que ofrecen las plataformas no son suficientes. Esta distinción es decisiva: el espectador que no lee la descripción del vídeo nunca sabrá que está ante un mensaje comercial.

El caso más grave hasta la fecha involucra a Atresmedia. La CNMC sancionó a Atresmedia con hasta 157.500 euros por emitir publicidad encubierta sin identificación adecuada en el programa Juntas cambiamos. El programa incorporó elementos promocionales sin avisar al espectador de que estaba viendo publicidad. Esta sanción demuestra que la publicidad encubierta no es un fenómeno marginal de las redes sociales, sino que alcanza a las grandes cadenas de televisión.

Consejo profesional: Cuando veas un producto mencionado de forma repetida y positiva en un programa de televisión o en un vídeo de un creador de contenido, comprueba si aparece algún aviso de publicidad dentro del propio vídeo. Si no lo hay, puede tratarse de publicidad encubierta.

3. Sesgo y manipulación en medios públicos españoles

TVE es el medio público de referencia en España y, por tanto, el que mayor responsabilidad tiene con la neutralidad informativa. El Consejo de Informativos de TVE es el órgano interno que vela por el cumplimiento de los principios editoriales.

En enero de 2026, el Consejo de Informativos de TVE denunció sesgos reiterados en los programas Mañaneros 360 y Malas lenguas, acumulando más de 100 quejas y un informe de 144 páginas que documenta incumplimientos normativos en contenido y control editorial. Un informe de 144 páginas no es una queja menor. Es evidencia sistemática de que la falta de neutralidad se repite con suficiente frecuencia como para ser documentada con detalle.

Los problemas identificados por el Consejo de Informativos siguen este patrón:

  1. Tratamiento desigual de fuentes políticas según su afinidad con el Gobierno.
  2. Ausencia de derecho de réplica en formatos de opinión emitidos en horario de máxima audiencia.
  3. Falta de controles editoriales uniformes en programas producidos por empresas externas.
  4. Uso de rótulos informativos que condicionan la interpretación antes de que el presentador hable.

La externalización de formatos en televisión pública debilita el control editorial. Cuando una productora externa fabrica el contenido, los mecanismos internos de supervisión de RTVE no se aplican con la misma intensidad. El resultado es una brecha entre los principios declarados y la práctica real.

4. Casos judiciales con agendas políticas ocultas en medios

Las investigaciones judiciales ofrecen el tipo de evidencia más sólida sobre coordinación entre poder político y medios de comunicación. No son hipótesis periodísticas. Son documentos incorporados a sumarios con valor legal.

El caso Leire Díez es el ejemplo más reciente y documentado. En el sumario aparecen referencias a control editorial y planes de influencia política sobre medios como el grupo Prisa. Las notas de la Unidad Central Operativa (UCO) describen reuniones y comunicaciones que apuntan a una coordinación entre actores del PSOE y responsables editoriales. Esto no prueba automáticamente que toda la cobertura de Prisa responda a instrucciones políticas, pero sí establece que existieron contactos con ese propósito.

Los puntos clave que el ciudadano debe retener de este caso son:

  • Las notas de la UCO son documentos oficiales, no filtraciones periodísticas sin contraste.
  • La existencia de contactos entre políticos y directivos de medios no equivale a control total de la agenda.
  • La distinción entre pruebas judiciales y afirmaciones periodísticas es fundamental para no confundir hechos con hipótesis.

La relación entre grandes grupos mediáticos y el poder político en España tiene una historia larga. Lo que cambia con los sumarios judiciales es que deja de ser una sospecha para convertirse en un hecho documentado con nombres, fechas y comunicaciones concretas.

Consejo profesional: Antes de aceptar que un medio tiene una agenda política oculta, busca si existe documentación oficial, como sumarios judiciales, informes regulatorios o resoluciones de la CNMC, que respalde esa afirmación. La sospecha sin prueba es opinión, no evidencia.

5. Cómo identificar evidencia frente a hipótesis en la agenda oculta

Distinguir una agenda mediática real de una narrativa conspirativa requiere criterios concretos. El problema no es desconfiar de los medios. El problema es desconfiar sin método.

Criterio Evidencia verificable Hipótesis sin prueba
Fuente Sumario judicial, resolución CNMC, informe oficial Rumor, filtración anónima, especulación
Identificación publicitaria Ausencia de aviso dentro del vídeo o programa Sospecha de que el producto fue mencionado con intención
Sesgo editorial Informe del Consejo de Informativos con quejas documentadas Percepción subjetiva de parcialidad
Coordinación política Notas de la UCO, correos en sumario Coincidencia de línea editorial con posición de un partido
Encuadre informativo Análisis sistemático de titulares y selección de temas Impresión de que se habla más de unos temas que de otros

El encuadre informativo, conocido en teoría de la comunicación como agenda setting, funciona por repetición y selección de temas, no por órdenes directas. Un medio que dedica el 80 % de su cobertura política a un partido no necesita instrucciones explícitas para influir en la percepción del público. La selección ya es el mensaje.

La CNMC establece que la identificación publicitaria debe estar integrada en el contenido audiovisual para prevenir confusión del público. Este criterio regulatorio es aplicable también al análisis ciudadano: si la señal no está dentro del contenido, el espectador no puede tomar decisiones informadas. Verificar fuentes y exigir pruebas documentales antes de aceptar una agenda oculta como hecho protege al ciudadano tanto de la manipulación mediática como de la desinformación que la denuncia sin fundamento.

Puntos clave

La manipulación informativa en España tiene casos documentados y regulados, no solo teorías, y el ciudadano puede identificarlos con criterios concretos.

Punto Detalles
Publicidad encubierta regulada La CNMC ha sancionado a Atresmedia y requerido a influencers por no identificar publicidad dentro del contenido.
Sesgo en televisión pública El Consejo de Informativos de TVE documentó más de 100 quejas en un informe de 144 páginas sobre Mañaneros 360 y Malas lenguas.
Evidencia judicial disponible El sumario del caso Leire Díez incluye referencias documentadas a coordinación editorial entre actores políticos y medios.
Encuadre informativo sin órdenes El agenda setting opera por selección y repetición, no por instrucciones explícitas, lo que lo hace difícil de detectar sin análisis sistemático.
Criterio para evaluar agendas Exige siempre documentación oficial antes de aceptar una agenda oculta como hecho probado.

La transparencia mediática no es opcional

Llevo años siguiendo la cobertura política española y lo que más me preocupa no es que existan agendas ocultas. Lo que me preocupa es que la mayoría de los ciudadanos no dispone de herramientas para distinguir un caso documentado de una narrativa fabricada con fines electorales.

El caso Atresmedia y los requerimientos de la CNMC a influencers son ejemplos que deberían enseñarse en los colegios. No porque sean escándalos enormes, sino porque ilustran con precisión cómo funciona la publicidad encubierta y qué criterio usa el regulador para detectarla. Cuando un ciudadano entiende ese mecanismo, empieza a aplicarlo también a la información política.

Lo que me resulta más revelador del informe del Consejo de Informativos de TVE no es la lista de quejas. Es que exista un órgano interno que las documenta y que aun así los problemas persistan. Eso dice mucho sobre la distancia entre los principios declarados y la práctica real en los medios públicos españoles.

Mi recomendación es directa: antes de compartir una noticia sobre una supuesta agenda oculta, busca si hay una resolución de la CNMC, un sumario judicial o un informe oficial que la respalde. Si no existe ninguno de esos documentos, estás ante una hipótesis, no ante un hecho. Exigir esa distinción no es ingenuidad. Es el mínimo que merece una democracia funcional. Alerta Nacional lleva tiempo denunciando leyes contra la prensa libre precisamente porque la transparencia mediática se defiende con hechos, no con consignas.

— Redacción

Recursos para seguir analizando la manipulación mediática

Entender la manipulación informativa requiere más que leer un artículo. Requiere conocer los mecanismos que la hacen posible y las herramientas para detectarla en el día a día.

https://alertanacional.es

Alerta Nacional ofrece análisis específicos sobre cómo operan estas prácticas en los medios españoles. Para empezar, el artículo sobre corrección política en medios explica cómo ciertos marcos lingüísticos condicionan el debate público antes de que el ciudadano pueda formarse una opinión. Para contrastar noticias concretas, la guía sobre verificar noticias con fuentes alternativas ofrece un método paso a paso aplicable a cualquier información de actualidad política en España.

Preguntas frecuentes

¿Qué es exactamente una agenda mediática oculta?

Una agenda mediática oculta es la influencia no declarada de intereses políticos, económicos o publicitarios sobre la selección y el tratamiento de la información en un medio. Se diferencia del sesgo editorial ordinario en que se ejerce sin transparencia hacia el público.

¿Cómo sanciona la CNMC la publicidad encubierta?

La CNMC exige que la publicidad aparezca identificada dentro del propio contenido audiovisual con términos visibles como “publicidad” o “publi”. El incumplimiento puede derivar en requerimientos formales o sanciones económicas, como los 157.500 euros impuestos a Atresmedia.

¿El caso Leire Díez prueba que Prisa tiene una agenda política oculta?

El sumario del caso Leire Díez incluye notas de la UCO con referencias a contactos entre actores del PSOE y responsables de Prisa. Esos documentos son evidencia de que existieron esos contactos, pero no prueban por sí solos un control total de la agenda editorial del grupo.

¿Cómo puedo identificar el encuadre informativo en una noticia?

Analiza qué fuentes se citan, qué datos se omiten y qué términos se repiten. El agenda setting opera por selección y énfasis, no por falsedades directas. Comparar la misma noticia en tres medios distintos revela diferencias de encuadre con claridad.

¿Dónde puedo consultar resoluciones oficiales sobre manipulación mediática en España?

La web de la CNMC publica todas sus resoluciones y requerimientos. El Consejo de Informativos de RTVE también publica sus informes periódicos. Ambas fuentes ofrecen documentación oficial y contrastable sobre casos reales de manipulación informativa en España.

Recomendación

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España

El precio de la OIT

Redacción

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Cuando la corrupción deja de esconderse y se exhibe como virtud, sabemos que hemos cruzado el umbral que separa la democracia del autoritarismo

Hay gestos que definen épocas. No los grandes discursos, ni las reformas estructurales, ni los tratados internacionales. Los gestos pequeños, casi nimios en su aparente insignificancia, pero reveladores de una podredumbre que ya no se avergüenza de sí misma. Uno de esos gestos acaba de producirse en la relación entre el Gobierno español y la Organización Internacional del Trabajo. Y su lectura correcta no deja lugar a la interpretación benévola, a la duda razonable, a la esperanza de que quizás no sea lo que parece. Es, exactamente, lo que parece. Y es peor de lo que imaginábamos.

El Gobierno de Pedro Sánchez, a través de su ministerio correspondiente, acaba de realizar una «aportación voluntaria» a la OIT. La cifra, lejos de ser simbólica o decorativa, asciende a 1,7 millones de euros. Una cantidad que equivale aproximadamente a la suma de los salarios brutos de cien trabajadores españoles medios durante un año entero. Un millón setecientos mil euros que desaparecen de las arcas públicas en julio de 2025, hace apenas unos días, con la discreción que el Gobierno reserva para las operaciones que no desea que examinen demasiado de cerca.

La generosidad del Estado español hacia una organización internacional que, teóricamente, debería funcionar con los presupuestos ordinarios de sus miembros, sin necesidad de dádivas extraordinarias, habría pasado inadvertida de no ser por lo que ocurrió exactamente después. Pero en el universo del socialismo español, las dádivas extraordinarias siempre tienen un destinatario final, un beneficiario oculto, un retorno de la inversión que nunca aparece en las cuentas públicas.

Apenas unos días después de que esos 1,7 millones de euros abandonaran las arcas públicas rumbo a Ginebra, la noticia ha saltado como un resorte bien aceitado: Yolanda Díaz, vicepresidenta del Gobierno, ministra de Trabajo y Economía Social, líder de Sumar y aspirante a suceder a Sánchez en la Moncloa, ocupará la dirección de la OIT con un sueldo base de 250.000 euros anuales. La correlación es tan obscena, tan descarada, tan insultantemente evidente, que solo los fanáticos más acérrimos del PSOE y del PCE pueden pretender no verla. El resto de españoles —los que pagamos impuestos, los que soportamos la inflación, los que vemos cómo se dilapidan nuestros recursos— tenemos ante los ojos el ejemplo perfecto de lo que las puertas giratorias siempre fueron, pero que ahora ni siquiera se molestan en disfrazar.

1,7 millones de euros entregados en julio. Unos días después, el puesto de 250.000 euros anuales. La aritmética de la corrupción no podría ser más sencilla, ni más descarada, ni más ofensiva para la inteligencia de quienes pagamos la factura.

La puerta giratoria como espectáculo

Las puertas giratorias no son un invento español. Son el lubricante habitual de las democracias occidentales, el mecanismo por el que quienes regulan hoy las industrias se convierten mañana en los directivos mejor pagados de las empresas que regulaban. Es una forma legalizada de corrupción, de pago diferido de favores, de canje de influencias que el derecho penal no alcanza a tipificar, pero que cualquier ciudadano con dos dedos de frente identifica como lo que es: un negocio de amiguismo, una compra de lealtades, un mercado de puestos camuflado de carrera profesional.

Lo que distingue al Gobierno de Sánchez no es la novedad del mecanismo, sino la desfachatez con que lo ejecuta. En tiempos pasados, las puertas giratorias requerían cierto tiempo de maduración, cierta decencia de esperar unos años, cierta cortina de humo mediática que permitiera fingir que el nombramiento respondía a méritos profesionales. No aquí. No ahora. La aportación de 1,7 millones en julio y el nombramiento de Díaz en los días siguientes se producen en un intervalo tan breve que solo el cinismo más absoluto puede explicarlo.

Es como si un comprador entregara un maletín en un parque, y al día siguiente el vendedor le entregara las llaves de un piso en el mejor barrio de la ciudad. No hace falta abrir el maletín para saber qué contiene. No hace falta leer el contrato para saber qué se ha comprado. El precio está a la vista: 1,7 millones de euros públicos a cambio de un puesto de 250.000 euros anuales para la número dos del Gobierno. Un negocio redondo, si se mira desde la perspectiva de quien no paga, sino cobra. Un atraco, si se mira desde la perspectiva del contribuyente español.

La diferencia entre la corrupción tradicional y esta nueva especie es que ya no hay vergüenza. Ya no hay intento de ocultación. Ya no hay reconocimiento de que lo que se hace es, siquiera moralmente, reprobable. Hay, en cambio, la certeza de impunidad. La convicción de que nadie castigará lo que todos ven.

Y es precisamente esa certeza de impunidad lo que convierte este episodio en un síntoma grave, en un indicador de que hemos cruzado una línea que separa la democracia liberal de algo distinto, algo que ya no respeta ni siquiera las formas de la decencia republicana. Cuando un gobierno ya no siente la necesidad de ocultar sus operaciones de clientelismo, cuando ejecuta la compra de puestos a plena luz del día, cuando trata a la ciudadanía como a retrasados mentales incapaces de conectar dos puntos separados por apenas unos días y 1,7 millones de euros, estamos ante una degradación institucional que no tiene precedentes en la España democrática.

La ventana de Overton y el insulto a la inteligencia

El concepto de ventana de Overton, desarrollado por el analista político Joseph Overton, describe el rango de ideas que el público acepta como políticamente viable en un momento dado. Lo que hoy es impensable, mañana es radical, pasado mañana es aceptable, y al final se convierte en política oficial. La ventana se desplaza, y con ella, los límites de lo que consideramos normal.

El Gobierno de Sánchez ha convertido esta teoría en práctica de gobierno. Hace apenas una década, la idea de que un ministro en activo ocupara un puesto internacional tras una «aportación voluntaria» de 1,7 millones de euros de su propio gobierno habría provocado un escándalo mayor, dimisiones en cascada, preguntas en el Congreso, portadas de periódicos durante semanas. Hoy, provoca un murmullo, algunos tuits indignados, y la certeza de que pasará a engrosar la lista de irregularidades que nunca tendrán consecuencias. La ventana se ha desplazado tanto que lo que antes era corrupción, hoy es gestión ordinaria.

Pero hay algo más insultante que la propia operación: el trato que recibimos los españoles como destinatarios de esta información. Nos tratan como ciegos, como si no pudiéramos ver la conexión entre los 1,7 millones entregados en julio y el puesto de 250.000 euros recibido días después. Nos tratan como sordos, como si no pudiéramos escuchar el ruido de la puerta giratoria girando a velocidad de crucero. Nos tratan como tontos, como si fuéramos incapaces de entender un mecanismo que un niño de primaria identificaría como intercambio de favores. Y nos tratan como mudos, como si no tuviéramos voz para denunciarlo, o como si esa voz, aunque la alzáramos, no llegara a ninguna parte.

Es este último punto el más preocupante. El Gobierno no solo sabe que la operación es corrupta; sabe que nosotros lo sabemos. Y no le importa. Porque ha calculado que la indignación, por intensa que sea, no se traducirá en consecuencias electorales, ni judiciales, ni institucionales. Ha calculado que el sistema de contrapesos está tan deteriorado, que la oposición tan deslegitimada, que los medios tan sometidos, que puede permitirse el lujo de la corrupción exhibida sin temor al castigo. Y en ese cálculo, en esa certeza de impunidad, reside el verdadero autoritarismo, el que no necesita tanques en las calles porque ya controla las mentes, o al menos las ha convencido de que la resistencia es inútil.

El olor a Caracas

Hay un momento en la degradación de las democracias que los historiadores identifican como punto de no retorno. No es el golpe de Estado, ni la suspensión de la Constitución, ni la proclamación del estado de excepción. Es algo más sutil, pero más letal: la normalización de la corrupción, la conversión del amiguismo en sistema, la aceptación resignada de que los políticos roban, que las instituciones sirven a los gobernantes y no a los gobernados, que el dinero público es botín privado y que nadie, absolutamente nadie, pagará por ello.

Ese momento, en España, ya ha llegado. Y el olor que desprende el Gobierno de Sánchez es cada vez más difícil de disimular, más denso, más parecido al que emanaba de los regímenes bolivarianos que tanto admiran sus socios de Podemos y Sumar. La compra de puestos internacionales con dinero público —1,7 millones de euros que se evaporan en julio para que florezcan 250.000 euros anuales días después—, el nombramiento de familiares y afines, la persecución de jueces incómodos, la compra de voluntades parlamentarias con cargos y subvenciones, la transformación de la administración en ejército de clientes, todo esto tiene nombre en el vocabulario político sudamericano: populismo autoritario, chavismo light, democratura.

Venezuela no se convirtió en Venezuela de la noche a la mañana. Fue un proceso gradual, de desgaste institucional, de compra de lealtades con petrodólares, de silenciamiento progresivo de la oposición, de convencimiento generalizado de que la alternancia democrática era imposible porque los que detentaban el poder habían construido una máquina de perpetuación tan sofisticada que nadie podía desmantelarla. España no tiene petróleo, pero tiene deuda pública, fondos europeos, y una maquinaria de gasto político que sirve para los mismos fines: comprar lealtades, financiar clientelas, perpetuar el poder. Y ahora, también tiene la OIT: un puesto bien remunerado para la vicepresidenta que se retira, un premio de consolación por los servicios prestados, un seguro de vida política pagado con el dinero de todos.

Y en ese camino, la operación OIT-Díaz —con sus 1,7 millones de euros de entrada y sus 250.000 euros anuales de salida— es un hito, una señal de que ya no hay límites, que la ventana de Overton se ha desplazado hasta el extremo de que la corrupción ya no necesita excusas. ¿Qué será lo próximo? ¿Una aportación voluntaria de 2 millones a la ONU a cambio de un puesto para la imputada Begoña Gómez? ¿Una donación a la Unión Europea a cambio de la presidencia de turno para algún exministro? La pregunta ya no es retórica. La pregunta es, simplemente, cuál será el siguiente paso en esta escalada de cinismo que nos acerca, paso a paso, al modelo venezolano de democracia simulada.

Conclusión: El momento de la verdad

El Gobierno de Pedro Sánchez es, en rigor, un gobierno de imputados y criminales. No lo decimos nosotros; lo dicen los tribunales, los informes policiales, las investigaciones en curso, las condenas ya firmes de quienes ocuparon ministerios y secretarías de Estado. Pero más grave que la corrupción individual es la corrupción sistémica, la que convierte al Estado en instrumento de perpetuación del poder, la que transforma las instituciones en rehenes de quienes deberían servirles. Y esa corrupción sistémica ya no se oculta. Se exhibe. Se presume. Se impone.

La operación OIT-Díaz —1,7 millones de euros en julio, 250.000 euros anuales días después— es el ejemplo más reciente, pero no será el último. Mientras los españoles sigamos tolerando, mientras la oposición siga sin encontrar el tono y la estrategia para movilizar el hartazgo, mientras los medios sigan amortiguando la gravedad de lo que ocurre con eufemismos y equidistancias, el Gobierno seguirá avanzando. Porque no tiene freno. Porque no tiene vergüenza. Porque ha calculado, correctamente, que la indignación sin consecuencias es indignación inútil, y que la denuncia sin castigo es, en el fondo, una forma de consentimiento.

Pero hay un límite. Siempre lo hay. Y ese límite se acerca cada vez que un español normal, trabajador, contribuyente, padre de familia, comprende que su esfuerzo diario —que se traduce en facturas, en impuestos, en 1,7 millones de euros entregados a la OIT en julio— sirve para financiar la opulencia de quienes le desprecian, para pagar los sueldos de quienes le insultan, para sostener el poder de quienes le consideran un retrasado mental incapaz de ver lo evidente. Ese límite es el que el Gobierno está forzando, con cada operación de estas características, con cada desafío a la inteligencia pública, con cada muestra de que ya no les importa ni siquiera fingir.

La pregunta no es si ese límite se alcanzará. La pregunta es qué ocurrirá cuando se alcance. Si la reacción será democrática, institucional, pacífica pero contundente. O si, por haber dejado deteriorar tanto las instituciones, por haber permitido que la corrupción se normalizara hasta este punto, la reacción tendrá que ser otra, más drástica, más dolorosa, más parecida a las que han sufrido otras naciones que creyeron que la degradación democrática era un proceso reversible por las urnas, y descubrieron demasiado tarde que las urnas ya estaban compradas, que los conteos ya estaban amañados, que la democracia ya era, en realidad, una farsa.

España apesta, efectivamente, a Venezuela. Y ese olor, lejos de disiparse, se intensifica con cada millón de euros que desaparece en Ginebra para reaparecer como sueldo de lujo para la vicepresidenta. El momento de abrir las ventanas, de sacudir los trapos, de limpiar lo podrido, se acerca. O eso, o aprenderemos a respirar en la pestilencia, como hicieron otros pueblos que también creyeron que la corrupción ajena no les concernía, hasta que la corrupción se convirtió en aire irrespirable, y ya no hubo forma de escapar de ella.

Alerta Nacional | Corrupción institucional y degradación democrática

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ALERTA NACIONAL