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Internacional

El coronavirus ha salvado más vidas de las que se ha llevado: Cientos de miles de bebés en India y México no pudieron ser abortados

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Un nuevo estudio reveló que cerca de 1,85 millones de bebés no nacidos se han salvado de ser abortados en la India. Y las clínicas de aborto en Ciudad de México admitieron recientemente que esta práctica ha disminuido hasta en 40% en los últimos meses.

Un nuevo estudio realizado por la ‘ONG proaborto Ipas Development Foundation (IDF)’ reveló que cerca de 1,85 millones de bebés no nacidos han logrado salvarse de ser abortados en la India debido a las medidas de confinamiento para evitar la propagación del coronavirus COVID-19 en la India, recoge Aciprensa.

“Estimamos que en tiempos habituales, se habrían producido 3,9 millones de abortos en el período de tres meses. De estos, es probable que el acceso a 1,85 millones de abortos o el 47% se vio comprometido debido a una combinación de factores que afectan el sistema de salud, la cadena de suministro de medicamentos MA y la movilidad de las mujeres/sus parejas”, señala el estudio publicado a fines de mayo.

El estudio evalúa el impacto a corto plazo del COVID-19 en el acceso al aborto en India (en centros de salud públicos, privados y en farmacias) en los primeros tres meses posteriores al comienzo del confinamiento, que inició el 25 de marzo de 2020 y culminará 24 de junio.

En los resultados se estima que durante el primer periodo del confinamiento, entre el 25 de marzo y el 3 de mayo, el 59% de las mujeres en India que buscaban abortos no pudieron conseguirlos

En los resultados se estima que durante el primer periodo del confinamiento, entre el 25 de marzo y el 3 de mayo, el 59% de las mujeres en India que buscaban abortos no pudieron conseguirlos. No obstante, IDF predice que para la etapa final de confinamiento, que inició el 1 de junio, solo se verán comprometidos un 33% adicional de abortos.

Según el sitio provida Life News, “la investigación indica que muchos bebés y madres no nacidos se salvaron del dolor y la muerte del aborto, pero la fundación proaborto describió la situación en términos opuestos”.

En la misma línea, las clínicas de aborto en Ciudad de México admitieron recientemente que esta práctica ha disminuido hasta en 40% en los últimos meses debido a la pandemia de coronavirus COVID-19, recoge Aciprensa.

Según testimonios de directivas de clínicas de aborto recogidos por el diario mexicano El Universal el 7 de junio, las medidas sanitarias implementadas por las autoridades en el país han evitado que las mujeres embarazadas asistan a sus instalaciones.

 

En Ciudad de México, desde 2007, el aborto a pedido es legal hasta las 12 semanas de gestación

Para Alison González, portavoz de Pasos por la Vida, que organiza cada año la Marcha por la Vida en Ciudad de México, resulta “increíble que ante los tiempos que estamos viviendo haya instituciones que solo piensan en el aborto, poniendo en riesgo a cientos, quizás a miles de mujeres”.

En diálogo con ACI Prensa, González señaló que “de todos es conocido cómo algunos organismos internacionales hacen presión para introducir este tipo de prácticas en lugar de promover políticas públicas en todos los países para acabar con las verdaderas causas del aborto”. “La mujer debe ser protegida, acompañada y apoyada para que pueda desarrollarse integralmente con su familia”, añadió.

Por su parte, María Lourdes Varela, directora de 40 Días por la Vida en Iberoamérica, denuncia que a las clínicas de aborto “no les importa la vida”, pues “la industria de la muerte realmente está desesperada por seguir matando”.

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Ciencia

El precio de las estrellas

Redacción

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El precio de las estrellas

Un cohete de SpaceX se estrellará contra la Luna, y los críticos de Elon Musk descubrirán demasiado tarde que la grandeza tiene un coste que ellos nunca estarían dispuestos a pagar

La etapa superior del Falcon 9, en órbita tras el lanzamiento de enero de 2025. Su trayectoria inestable la llevará inevitablemente al encuentro con la superficie lunar. Fotografía: SpaceX/Spaceflight Now.

Hay momentos en que la humanidad avanza a costa de imperfecciones. La historia del progreso no está escrita por quienes esperan condiciones ideales, sino por quienes actúan con lo disponible, aceptando que toda gran empresa deja residuos, errores y, ocasionalmente, estelas de metal oxidado atravesando el vacío interestelar.

El próximo impacto de una etapa de cohete SpaceX Falcon 9 contra la superficie lunar no es una catástrofe ambiental, como ya están proclamando los guardianes de la moral ecológica. Es, en realidad, la marca inevitable de una civilización que ha decidido salir de la cuna terrestre y arriesgarse a las grandes empresas. La etapa superior del cohete que en enero de 2025 transportó los alunizadores Blue Ghost y Resilience hacia su destino, tras agotar su combustible y quedar en órbita inestable, se precipitará contra la Luna a más de 8.700 kilómetros por hora. Creará un cráter de unos 27 metros de diámetro y desplazará aproximadamente 12.700 kilogramos de escombros lunares.

Superficie lunar fotografiada por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA

La superficie lunar fotografiada por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA. El impacto del Falcon 9 ocurrirá cerca de los cráteres Einstein y Bell, en la cara visible del satélite. Fotografía: NASA/GSFC/Arizona State University.

Y con ello, desencadenará una vez más el coro de críticos que nunca han construido nada, pero siempre están disponibles para señalar los costes de quienes sí lo hacen.

La NASA y la Agencia Espacial Coreana, operadores de las naves Lunar Reconnaissance Orbiter y Danuri respectivamente, observarán el impacto con interés científico genuino. Para ellos, este evento no es basura espacial; es oportunidad. La posibilidad de estudiar la formación de cráteres en tiempo real, de analizar la composición del subsuelo lunar expuesto por la colisión, de calibrar instrumentos para futuras misiones tripuladas.

Los hechos del impacto

El objeto en cuestión es la etapa superior de un Falcon 9, el cohete de trabajo de SpaceX que ha revolucionado la industria espacial mediante su reutilización parcial. En esta misión específica, lanzada el 15 de enero de 2025 desde Cabo Cañaveral, el cohete transportó dos alunizadores privados —el Blue Ghost de Firefly Aerospace y el Resilience de ispace— junto con cargas científicas diversas. Tras separarse de su carga útil, la etapa superior carecía de suficiente combustible para regresar a la Tierra ni de propulsión para estabilizarse en órbita lunar permanente.

Los cálculos de astrónomos independientes, utilizando datos públicos de trayectoria, sitúan el impacto en la cara visible de la Luna, cerca de los cráteres Einstein y Bell. A 5.400 millas por hora, el hardware de cuatro toneladas se desintegrará parcialmente en el contacto, excavando una depresión de unos cinco metros de profundidad. El material expulsado —polvo, rocas fragmentadas, posiblemente hielo atrapado— proporcionará datos invaluables sobre la composición del subsuelo lunar, información crucial para futuras misiones de establecimiento permanente.

Desde la perspectiva científica, este es un evento deseable. La Luna carece de atmósfera; no hay fricción que caliente objetos entrantes, no hay erosión que borre cicatrices. Cada impacto es un experimento natural que revela la estructura interna de un cuerpo celeste que podría albergar bases humanas en las próximas décadas. Los críticos que denuncian «contaminación lunar» ignoran que la superficie del satélite natural ya está marcada por miles de cráteres de impactos naturales, y por los restos de las misiones Apolo, Luna, Surveyor y decenas de sondas soviéticas, chinas, indias y japonesas.

La cruzada contra el progreso

Pero no es el impacto lunar lo que realmente molesta a los críticos de Musk. Es lo que representa: la demostración de que la iniciativa privada, sin tutela estatal, puede avanzar más rápido que las agencias espaciales gubernamentales. Que el capitalismo de alto riesgo, el entrepreneurship audaz, la visión a largo plazo que desafía los ciclos electorales, pueden lograr lo que la burocracia consideraba imposible.

 

Elon Musk en el centro de control de SpaceX. Su visión de la expansión humana al espacio desafía el conformismo de una época que ha olvidado cómo soñar en grande.

Los ataques a Musk provienen de sectores predecibles. Los gurús del mindfulness que consideran que cualquier ambición más allá del jardín comunitario es «toxicidad masculina». Los activistas climáticos que exigirían que cada gramo de CO₂ de un cohete se compense con diez años de veganismo obligatorio. Los teóricos de la «justicia espacial» que consideran la colonización lunar una extensión del colonialismo terrestre.

La civilización occidental está en una encrucijada: podemos elegir la grandeza y aceptar sus riesgos, o podemos elegir la seguridad absoluta y condenarnos a la irrelevancia cósmica. No hay tercera opción.

Estos críticos —cómodos en sus universidades, sus consultorías de sostenibilidad, sus retiros de yoga— nunca han arriesgado su capital, su reputación, su sueño en algo tan audaz como llevar humanos a Marte. No han pasado noches en vela resolviendo ecuaciones de propulsión, no han visto explotar cohetes en plataformas oceánicas, no han tenido que despedir empleados cuando el dinero se agotaba y el éxito parecía imposible.

La Luna como laboratorio

El impacto del Falcon 9 debe verse en su contexto estratégico. La Luna no es un santuario inviolable; es un laboratorio. Un campo de pruebas para tecnologías que eventualmente nos llevarán a Marte, a los asteroides, más allá. Cada impacto controlado, cada crater formado, cada análisis espectroscópico del material expulsado, acumula conocimiento crucial para futuras misiones tripuladas.

Los críticos que denuncian «basura espacial» en la Luna ignoran que el satélite carece de ecosistema, de atmósfera, de vida. Un cráter más o menos en un mundo geológicamente muerto no es daño ambiental; es datos. Es comprensión. Es preparación para cuando los humanos —no robots, sino personas con familias, esperanzas, proyectos— pisen ese suelo y necesiten saber dónde construir, dónde excavar, dónde buscar hielo para agua y oxígeno.

Conclusión: La audacia como virtud

El impacto lunar del Falcon 9 será olvidado en meses. El cráter se fusionará con los miles de otros que pueblan la superficie del satélite. Pero lo que persistirá es el principio que representa: que la civilización occidental, a pesar de sus críticos internos, a pesar de su propia intelligentsia enemiga, sigue siendo capaz de grandes empresas.

Elon Musk no es un santo. Es un empresario, un ingeniero, un visionario con defectos y excesos. Pero está haciendo algo que sus críticos nunca harían: está construyendo el futuro en lugar de quejarse del presente. Está aceptando los riesgos, los costes, los errores inevitables de toda gran empresa, en lugar de exigir perfección como condición para la acción.

Cuando la etapa del Falcon 9 se estrelle contra la Luna, creará más que un cráter. Creará un precedente. Demostrará que la iniciativa privada puede alcanzar el satélite natural de la Tierra, puede estudiarlo, puede incluso —accidentalmente— modificarlo. Y eso, lejos de ser un desastre, es el primer paso hacia una presencia humana permanente fuera de nuestro planeta.

Los críticos seguirán en sus cómodas posiciones, denunciando cada paso en falso, cada residuo, cada imperfección. Mientras tanto, los constructores —Musk y los que como él entienden que la grandeza tiene un precio— seguirán avanzando. Porque al final, la historia no la escriben quienes señalan errores desde la orilla, sino quienes se arriesgan a navegar, sabiendo que algunos barcos pueden naufragar, pero la humanidad debe cruzar el mar.

Alerta Nacional | Tecnología, progreso humano y defensa de la grandeza occidental

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