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El dato que preocupa a los expertos en España: el coronavirus avanza más rápido que en Italia

Redacción

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España registró cerca de mil casos más de coronavirus en las últimas 24 horas, con un total de 8.744 casos confirmados, y 297 fallecidos, frente a los 288 del día anterior, informó este lunes el coordinador de emergencias del Ministerio de Sanidad, Fernando Simón. El salto de domingo a lunes fue menor que el registrado el fin de semana, cuando entre sábado y domingo los casos escalaron en unos 2.000.

No obstante, hay otro dato que alarma a los expertos: en España el brote está avanzando más rápidamente que en Italia, el país hasta el momento más golpeado por la epidemia de COVID-19.

Las cifras no dejan margen para la duda y muestran que España, con unos días de retraso, está pasando por la misma situación de Italia, un país que el 24 de febrero ya tenía más de cien infectados (un número que España no alcanzó hasta ocho días después, el 3 de marzo).

Italia llegó en su jornada 15 de la epidemia a los 7.375 casos, mientras que España llegó a los 7.753 contagiados en su día 14 (contado desde que el brote se cobró los más de cien contagios), un dato que este lunes, día 15 de la epidemia en el país, subió a 8744.

En cuanto a los muertos, este lunes 16 de marzo, nueve días después de superar la decena de decesos, España cuenta 297 fallecidos por coronavirus.

Italia necesitó 12 días para alcanzar esa cifra, que ascendió a 1.809 el domingo. El número de contagiados en el país aumentó con 3.509 casos nuevos en 24 horas, llevando el total a casi 25.000. La región de la ciudad de Milán, capital de Lombardía (norte), sigue siendo la más afectada, con 1.218 muertos y 13.272 casos.

De continuar esta tendencia en España, podrían quedarse cortas las estimaciones del Gobierno de Pedro Sánchez, que el pasado viernes advirtió que el país podría tener para el final de esta semana más de 10.000 contagiados. Los técnicos del ministerio de Salud advirtieron sobre la posibilidad de terminar esta semana con cerca de los 20.000 infectados, según informaron medios españoles.

En todo el país, 410 personas se encontraban este lunes ingresadas en unidades de cuidados intensivos de hospitales, hasta un 70% de ellas en Madrid, la zona más afectada con más de la mitad de todos los casos (4.695), precisó Simón este lunes en rueda de prensa.

Ante el aumento exponencial de los casos del nuevo coronavirus en los últimos días que han llevado a España a ser el segundo país más afectado en Europa por detrás de Italia, el gobierno decretó la noche del sábado el estado de alarma e impuso serias restricciones de movimiento a sus habitantes.

Según estas medidas, los 46 millones de habitantes de España solo pueden salir de sus casas para comprar alimentos o medicinas, ir a trabajar o cuidar a personas dependientes.

Todos los comercios no esenciales, escuelas, museos, restaurantes y centros deportivos están cerrados en la totalidad del país.

Desde el domingo, unidades militares de emergencia, que podrán colaborar en las labores de contención del virus como limpieza o vigilancia para que se cumplan las limitaciones de circulación, comenzaron a desplegarse por varias ciudades del país.

Estamos “preparados, listos y actuando para de una forma conjunto con todas las demás administraciones del Estado para terminar con esta amenaza que nos acosa”, dijo en la rueda de prensa el general Miguel Ángel Villarroya, jefe del estado mayor de la Defensa.

El estado de alarma, que rige durante 15 días, probablemente tendrá que prorrogarse, advirtió este lunes el ministro de Transporte, José Luis Ábalos.

“Es evidente que tendremos que prorrogar esta situación, ya veremos con qué medidas, pero evidentemente en 15 días no creo que estemos con capacidad para ganar esta batalla”, dijo Ábalos a la radio pública RNE.

La prórroga del estado de alarma debe ser aprobada por el Congreso de los Diputados, pero la oposición de derecha ya mostró su disposición a apoyarla.

Los casos de coronavirus fuera de China son ya más de 83.000, una cifra que por primera vez supera los registrados en el país donde se originó la pandemia (actualmente unos 81.000), según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Según la gráfica actualizada de la web oficial de la OMS, el total de casos globales asciende a cerca de 165.000, y tras China los países más afectados son Italia (24.700 casos), Irán (13.900), España (8.700) y Corea del Sur (8.100).

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España

El pedido de la diplomacia y la entrega de la realidad

Redacción

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La diferencia entre lo que España esperaba de su relación con Marruecos y lo que ha recibido no es un error de logística, sino una tragedia de Estado que el Gobierno celebra como éxito diplomático

Hay un fenómeno contemporáneo que ilustra mejor que cualquier tratado de política internacional la naturaleza de nuestra relación con Marruecos. Es el meme, ya archiconocido, que compara la fotografía pulida del producto que ordenaste en una plataforma de comercio electrónico con el objeto deforme, descolorido y risible que finalmente llega a tu puerta. «Lo que pediste», dice la imagen de la izquierda, mostrando un reloj de precisión suiza. «Lo que recibiste», completa la derecha, exhibiendo un juguete de plástico con pilas oxidadas.

La broma reside en la expectativa defraudada, en la promesa sofisticada que termina en realidad chapucera. Pero lo que ocurre en nuestra frontera sur no es una broma. Es una tragedia de Estado que, lejos de provocar rectificación o indignación, ha sido recibida por el Gobierno español con la resignación de quien acepta la estafa como norma de relación.

El pedido, en este caso, era claro: una política migratoria ordenada, respetuosa con la soberanía territorial, basada en acuerdos bilaterales de reciprocidad. La entrega, sin embargo, ha sido otra cosa enteramente. Ha sido la imagen de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad marroquíes— asaltando sistemáticamente nuestras vallas de Ceuta y Melilla. Ha sido la constatación de que Marruecos organiza, facilita y ejecuta operaciones de presión demográfica contra España como herramienta de política exterior.

Y ha sido, sobre todo, la evidencia de que nuestros gobernantes no solo toleran esta agresión, sino que la celebran, la premian, la llaman «cooperación» mientras el territorio nacional se ve invadido por vías paralelas.

La diferencia entre lo prometido y lo recibido no podría ser más abismal. Pero aquí reside el verdadero escándalo: no es que Marruecos nos haya engañado. Es que nosotros sabíamos perfectamente qué estábamos comprando. Sabíamos que el régimen alauita utiliza la emigración como arma. Sabíamos que cada «crisis» fronteriza coincide con alguna demanda diplomática de Rabat. Sabíamos que el Sáhara, la pesca ilegal, el contrabando de drogas, son monedas de cambio en una partida donde España siempre pierde. Y, a pesar de saberlo, hemos seguido haciendo clic en «comprar ahora», convencidos de que esta vez sí llegaría el producto de calidad.

El ridículo internacional de la debilidad manifiesta

El ridículo internacional de España ha alcanzado proporciones que ya no pueden ocultarse bajo eufemismos diplomáticos. Somos el país que recibe agresiones territoriales organizadas y responde con felicitaciones. Somos la nación que ve cómo su vecino abre las compuertas de la presión migratoria y, en lugar de exigir responsabilidades, amplía los acuerdos de cooperación. Somos el Estado que ha convertido la vulnerabilidad en estrategia, la humillación en política de Estado.

¿Qué imagen proyectamos ante el mundo cuando nuestros ministros brindan en la embajada de Marruecos mientras, a escasos kilómetros, las vallas de Ceuta y Melilla son asaltadas por tropas irregulares? ¿Qué mensaje enviamos a otros actores internacionales cuando demostramos que la agresión contra España no tiene consecuencias, sino recompensas? La respuesta es evidente: enviamos la señal de que España es un objetivo blando, un socio que puede presionarse sin riesgo, un adversario que no defenderá sus intereses ni su dignidad.

Y aquí emerge la pregunta incómoda que la izquierda mediática se niega a formular: ¿hasta qué punto puede llegar esta lógica de rendición antes de que deje de ser política exterior para convertirse en algo más grave? Cuando un gobierno sistemáticamente prioriza la conveniencia diplomática a corto plazo sobre la integridad territorial nacional, cuando celebra acuerdos con quien le agrede abiertamente, cuando sacrifica el interés de sus ciudadanos en el altar de la «relación estratégica» con un régimen autoritario, ¿no estamos ante una forma de capitulación disfrazada?

El cinismo de la situación alcanza su cenit cuando observamos la reacción de otros actores internacionales. Italia ha demostrado que sí es posible defender fronteras, que sí se puede cerrar el espacio Schengen ante la presión migratoria, que la solidaridad europea no significa suicidio nacional.

Israel, tradicional aliado, ha decidido alinearse públicamente con Marruecos en esta controversia, dejando a España aislada en un escenario donde antes contaba con socios. El mensaje es claro: quien no defiende lo suyo no puede esperar que otros lo defiendan por él. La debilidad, en política internacional, no genera compasión. Genera oportunidades para el depredador. Y Marruecos, lejos de ser el único depredador en el entorno, se ha convertido en el más audaz precisamente porque ha comprobado, una y otra vez, que España no morderá. Que España pagará. Que España, al final, agradecerá el golpe.

Complicidad, traición y la alineación israelí

La complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez con esta dinámica de agresión-recompensa no puede atribuirse ya a la mera incompetencia o a la ingenuidad. Es una opción deliberada, una estrategia de supervivencia política que hipoteca el interés nacional a cambio de estabilidad diplomática a corto plazo. Pero hay líneas que, una vez cruzadas, dejan de ser simples errores de cálculo para convertirse en algo más grave. Y la pregunta que inevitablemente surge es si estamos ante una de esas líneas.

¿Puede encuadrarse la actuación de Sánchez en el delito de traición? La pregunta suena extrema, casi barroca en su aparato legal, pero merece ser examinada con seriedad. El Código Penal español define la traición como el que, «con ocasión de guerra, o de alianza o amistad con potencias extranjeras, cause perjuicio grave a la Nación o a la defensa nacional». No estamos formalmente en guerra con Marruecos, pero la doctrina militar contemporánea reconoce la «guerra híbrida» como conflicto real aunque no declarado.

Y en esa guerra híbrida —donde se utilizan armas no convencionales como la presión migratoria masiva, la desinformación, la infiltración— Marruecos nos ha atacado abiertamente. Celebrar acuerdos con el agresor, premiarle con reconocimientos diplomáticos, entregarle posiciones estratégicas como el Sáhara, mientras se produce esta agresión, ¿no constituye un perjuicio grave a la defensa nacional?

La izquierda se escandalizará por la formulación. Dirá que es exageración, que es lenguaje propio de conspiraciones, que la realidad es más compleja. Pero la realidad, en este caso, es sorprendentemente simple: un régimen extranjero organiza invasiones de nuestro territorio, y nuestro gobierno le felicita. Si eso no es complicidad con el agresor, ¿qué es?

Y aquí entra en juego el factor israelí. La alineación de Israel con Marruecos en este conflicto no es anecdótica. Es el reconocimiento de que el mapa de alianzas en el Mediterráneo ha cambiado, y que España ya no cuenta con la influencia ni la credibilidad que antes le otorgaban posiciones de equilibrio. Cuando un socio tradicional como Israel decide que más vale estar con el agresor que con la víctima, el mensaje sobre la decadencia española en el escenario internacional es devastador.

No se trata de que Israel sea malo o bueno; se trata de que Israel, como cualquier actor racional, apuesta por quien demuestra fuerza y deja a quien demuestra debilidad. La geopolítica no tiene amigos, tiene intereses. Y España, en esta partida, ha demostrado no saber defender los suyos.

La felicitación al agresor

Pero quizás el gesto más insultante, el que mejor ilustra el abismo entre la retórica oficial y la realidad, sea la insistencia del Gobierno en «felicitar» a Marruecos como socio fiable mientras las pruebas —fotográficas, de video, de testimonios de guardias civiles, de informes de inteligencia— demuestran que las fuerzas marroquíes colaboraron activamente en la invasión. No miraron hacia otro. No fueron incapaces de contener. Organizaron. Facilitaron. Ejecutaron una operación de presión.

¿Cómo se llama a quien felicita a quien le ha agredido? ¿Cómo se denomina a quien celebra acuerdos con quien acaba de violar su frontera? En el lenguaje clásico de la política, se llamaría cómplice. En el lenguaje diplomático actual, se llama «pragmático». Pero la realidad no cambia por la elegancia del eufemismo. La realidad es que nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo líquido que pueden vender por estabilidad política a corto plazo, que el español de a pie debe aceptar la inseguridad y la humillación con tal de que Sánchez siga en La Moncloa.

Y lo más grave es que esta lógica no tiene visos de revertirse. Cada asalto a la frontera es seguido de más concesiones. Cada crisis migratoria organizada desde Rabat termina en más cheques firmados por Madrid. Cada demostración de debilidad invita a la siguiente presión. Es un ciclo que solo puede terminar de dos maneras: o Marruecos alcanza todo lo que quiere —reconocimiento pleno del Sáhara, fondos europeos ilimitados, silencio sobre sus violaciones de derechos humanos— y España se convierte en un satélite económico y diplomático del Reino alauita, o la sociedad española despierta y exige que se ponga fin a esta humillación sistemática.

Conclusión: El vendedor que siempre engaña

La diferencia entre lo que pedimos y lo que recibimos no es, al final, un problema de logística diplomática. Es un problema de voluntad política. Es la constatación de que hemos elegido gobernantes que no creen en España como nación digna de defensa, que conciben la soberanía como un anacronismo molesto, que prefieren la sumisión cómoda a la resistencia costosa.

El meme de Aliexpress funciona porque todos hemos experimentado la decepción de la expectativa defraudada. Pero en el comercio electrónico, al menos, puedes reclamar. Puedes devolver el producto. Puedes exigir tu dinero de vuelta. En la política exterior de Sánchez, no hay devoluciones. No hay reembolsos. Solo hay más pedidos a un vendedor que ya ha demostrado, una y otra vez, que enviará basura y cobrará como si fuera oro.

Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado atrás. Y nosotros seguimos brindando en la embajada del agresor, convencidos de que si sonreímos lo suficiente, quizás esta vez sí llegue el producto de calidad. Pero no llegará. Porque el problema no es el vendedor. Es que nosotros hemos olvidado que en el mercado de la geopolítica, quien no defiende su posición termina siendo mercancía. Y España, bajo este Gobierno, está a punto de liquidarse en el mercado de ocasión de la historia.

Alerta Nacional | Análisis de política exterior y soberanía nacional

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