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Cartas del Director

La condena a “la Manada”

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Llegados a este punto en el que cinco jóvenes han sido condenados a 15 años de cárcel por violar a una joven en un portal de la capital navarra, el 7 julio de 2016, coincidiendo con las fiestas de San Fermín, nos preguntamos por qué no se permite a la opinión acceder a las imágenes del video.

Se han filtrado detalles sobre supuestas imágenes escatológicas que, de ser ciertas, cuestionarían la imparcialidad de la sentencia. Hemos visto la inquisidora respuesta de miles de personas en favor de una condena ejemplar contra los cinco jóvenes. Es sorprendente que hayan defendido un severísimo correctivo contra ellos y que al mismo tiempo no muestren el mínimo interés por conocer los detalles de una violación que ellos y ellas siempre dieron por probada.

Tal vez no quieran saber para no tener que invalidar un cuadro sintomatológico ya definido de antemano. O lo que es lo mismo, que lo que vean no coincida con lo que querrían haber visto. La clave, insisto, está en las imágenes del video. De ahí la necesidad de reiterar la pregunta: si hemos llegado a este punto, ¿no sería aconsejable ampliar el acceso a las imágenes del video para disipar nuestras dudas?

En la Audiencia de Navarra, tres magistrados sí pudieron ver las imágenes y uno de ellos apreció un patrón de conducta distinta de la pregonada por la telebasura y las feministas, mientras que los otros coincidieron en que no hubo violación. ¿no debería haber servido al menos de duda razonable a los que dan por sentado unos hechos en base a prejuicios e inconfesables intereses partidarios?

Como no tengo intereses políticos en juego, me inclino a opinar que en el Tribunal Supremo pesó más la verdad defendida por un sector vociferante de la opinión pública y que optaron por una decisión más o menos previsible, ya que no es difícil imaginar lo que les habría supuesto, más allá de lo profesional, la absolución de los cinco miembros de La Manada, con la telebasura y la progresía agitando al rebaño de forma permanente.

Hacía años que un asunto de la vida nacional no generaba tanto ruido. Bastaría sin embargo que pudiésemos ver las imágenes de la controversia para sacar nuestras propias conclusiones. Estamos hablando de la vida de cinco jóvenes que serán privados de libertad durante los próximos tres lustros. Imaginemos una acusación de robo sustentado en imágenes que demostrasen que no hubo robo. Y que esa falsa acusación la hubiese alimentado la presión mediática contra los encargados de analizar y juzgar los hechos. ¿Cuánto tiempo se tardaría en desmontar la farsa? En el asunto de La Manada, tenemos tan a mano darnos a conocer lo que sucedió la noche de autos, que lo que nos sorprende es que nadie con la autoridad suficiente se haya interesado por contemplar la prueba definitiva. La máxima del periodismo amarillista cobra fuerza en este asunto: «No dejes que la verdad te arruine un buen titular».

Tal vez, sin darnos cuenta, lo que estamos describiendo es el estado catatónico de una sociedad que prefiere alejarse de la realidad antes que deconstruir un discurso ideológico largamente asentado.

Mantener una falacia para justificar una idea, en contra del principio de la igualdad de todos ante la ley, debería sobresaltarnos a todos. Suplantar la búsqueda de la verdad por el afianzamiento de nuestras aprensiones, debería darnos a todos vergüenza. Lo que hoy no seamos capaces de defender para otros, mañana nos puede tener a nosotros mismos como víctimas propiciatorias de juicios paralelos y tribunales de papel.

Si los cinco degenerados de La Manada merecen cumplir pena de prisión, que sea en base a hechos que puedan ser establecidos como claramente punibles. En eso consiste el Estado de Derecho, que el Gobierno tendría que ser el primero en defender y proteger.

Y una última duda razonable que es imperio formular: ¿Por qué quienes han exigido la máxima pena contra los miembros de “la Manada” son los mismos que callan ante las violaciones de otras “manadas” y rechazan la prisión permanente revisable para asesinas como la del pequeño Gabriel?


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Grecia da carpetazo al delirio populista

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La aventura política de Alexis Tsipras se puede resumir en un simple concepto: en el mejor de los casos, Grecia ha perdido cuatro años en un periplo que ha devuelto al país prácticamente donde estaba. Con un mensaje demagógico e imaginario -es decir, populista- Tsipras apareció en la arena política de la crisis más profunda que ha conocido la economía griega, prometiendo lo que nadie podía cumplir.

Alentado por su estrambótico ministro de Economía, Yanis Varufakis, se dedicó primero a empeorar las cosas a base de enfrentarse con los socios europeos, los únicos dispuestos a ayudar a su país, hasta que se dio cuenta de que caminaba en la dirección equivocada. Y a pesar de que desde que empezó a aplicar -siquiera parcialmente- las recomendaciones de la denostada Troika la situación ha mejorado sensiblemente, al final los votantes griegos han preferido confiar en un dirigente de centro-derecha como Kyriakos Mitsotakis. Pura ligereza ideológica, Tsipras se dio a conocer como un extremista radical de izquierda, pero no le importó pactar con grupos ultranacionalistas y filonazis, antes de coquetear con la socialdemocracia con una mano, mientras que con la otra se resignaba a aplicar las recomendaciones europeas, incluyendo un control radical del gasto público. No debe extrañar que su gestión haya acabado irritando a unos y a otros.

Este fue el modelo para cierta izquierda que durante la crisis se aferró a las recetas demagógicas más extremistas, empeñada en prometer la solución con recetas que solo servían para empeorar las cosas. Junto a la dictadura chavista, Alexis Tsipras fue el modelo de Pablo Iglesias, que soñaba con una internacional populista mientras acudía a Atenas a los mítines de Tsipras. El mismo Iglesias que ahora dice que quiere ser ministro.


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Cartas del Director

El PSOE se encomienda a Bildu

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María Chivite (c) ha alcanzado un acuerdo con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra.
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El Partido Socialista de Navarra formalizó ayer el acuerdo alcanzado con Geroa Bai, Podemos e Izquierda-Ezkerra para la investidura de María Chivite en la Comunidad Foral, a la espera de que los proetarras de Bildu lo refrenden como mínimo con su abstención. Se trata de un acuerdo bendecido por Pedro Sánchez, por el que el PSOE vuelve a aliarse con el nacionalismo anexionista y por el que aceptará gustoso los votos de Bildu, despreciando cualquier pacto con los partidos constitucionalistas integrados en la lista mayoritaria de Navarra Suma. El PSOE podrá disfrazar este acuerdo como quiera, e incluso podrá alegar que no ha pactado absolutamente nada con Bildu, pese a ser el único beneficiado con su previsible abstención. Lo que debería ser una buena noticia -que el nacionalismo vasco y navarro pierde el poder de la Comunidad Foral-, se convierte en una noticia alarmante, puesto que el PSOE, que no ganó las elecciones, ha decidido dar la espalda a los partidos defensores de la unidad de España para gobernar junto con quienes defienden el derecho de autodeterminación o la absorción de Navarra por parte del País Vasco.

El PSOE tenía distintas alternativas. La primera asumir su derrota y abstenerse para permitir la gobernabilidad de Navarra Suma; la segunda, haber pactado incluso, como en su día hicieron en el País Vasco el PSE y el Partido Popular, para impedir un Gobierno del PNV sustentado en los batasunos; y la tercera, pactar con partidos como los que ha pactado, la marca navarra del PNV y la extrema izquierda con el beneplácito de Bildu. Ya resultó indiciaria hace unas semanas la claudicación del PSN cuando permitió que Bildu se hiciera con un puesto clave en la Mesa del Parlamento Foral, lo que evidenció el doble rasero del discurso de Ferraz al respecto. Todas aquellas afirmaciones de José Luis Ábalos, Carmen Calvo o el propio Pedro Sánchez de que la «línea roja» era negociar con Bildu han resultado ser una grosera mentira. Por acción o por omisión, el resultado es el que es, y el PSN gobernará con el aval de Bildu porque sin él sería absolutamente imposible. No iban desencaminados quienes advertíamos de que el proceso de blanqueamiento de Arnaldo Otegui en la mesa del Consejo de Ministros o en Radiotelevisión Española tenía un solo objetivo, el de garantizarse el poder a toda costa. Y ello, con la indignidad que supone hacerlo incluso sobre la memoria de todos aquellos militantes socialistas asesinados por ETA, sin que un terrorista convicto y confeso como Otegui haya siquiera pedido perdón.

El PSOE tendrá que evaluar el coste de este tipo de decisiones en términos de congruencia, ética política e impacto sobre sus propios votantes. Pero de momento, las sonrisas de María Chivite durante las negociaciones de los últimos días, o en las fotografías de ayer, sobran.


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La soberbia castiga a la derecha

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El portavoz del grupo parlamentario del PSOE en la Asamblea Regional de Murcia Diego Conesa (i) conversa con la portavoz de Ciudadanos Isabel Franco
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Vox y Ciudadanos volvieron a dinamitar ayer cualquier posibilidad de acuerdo que permitiese al candidato del PP, Fernando López Miras, ser designado presidente de Murcia. El día fue tan frenético como inútil para el centro-derecha. De nuevo, Albert Rivera y Santiago Abascal, culpables a partes iguales de esta absurda falta de entendimiento, se enrocaron en una incomprensible posición política que prolonga la incertidumbre en Murcia y amenaza con enterrar toda opción de acuerdo también en la Comunidad de Madrid. El enquistamiento de las relaciones entre ambos partidos ha aumentado en las últimas horas y amenaza con un bloqueo que, en definitiva, solo beneficia a la izquierda. Vox y Ciudadanos tendrán sus respectivos motivos para aborrecerse, no firmar juntos ningún documento, no aparecer públicamente unidos y ni siquiera para posar ante los fotógrafos. Rivera está en su legítimo derecho de creer que ceder ante Vox es tóxico y contamina su marca. Y a su vez, Abascal tendrá sus motivaciones para desconfiar de Rivera y de sus mensajes ambivalentes, confusos y ambiguos. Pero lo ocurrido ayer en Murcia supone un desprecio al votante conservador en la medida en que los vetos mutuos pueden desencadenar o bien gobiernos socialistas o bien la repetición de elecciones. Es inquietante la incapacidad de dos partidos con un objetivo común -impedir que la izquierda gobierne- para ponerse de acuerdo por una simple cuestión de gestos, por puro tacticismo o por mera cuestión de imagen. Más que nada, porque la imagen que ofrecieron ayer es irritante.

La obsesión política por retratar al culpable es lo de menos ahora. Tanto Vox como Ciudadanos tienen su parte alícuota de responsabilidad en lo ocurrido ayer, más allá de que el error cometido pueda corregirse dentro de unos días. Sin embargo, Ciudadanos no puede pretender beneficiarse de los votos de Vox sin siquiera agradecer con un mínimo gesto la generosidad de ese partido al regalarle vicepresidencias y consejerías autonómicas. Más aún, la división interna en Ciudadanos es palpable, y quien impone el veto drástico es la dirección del partido en Madrid. Si Abascal tiene la llave para consensuar gobiernos de centro-derecha, Ciudadanos no debe imponer el ordeno y mando de una negociación que ningunee a Vox, que desprecie a sus diputados como si no hubiesen sido democráticamente elegidos y que lo esconda en un gueto del que son aprovechables sus votos gratis, pero no sus demandas. Parece razonable empezar a pensar también que este tipo de bloqueos tienen más que ver con una pugna de egos y soberbia que con diferencias programáticas insalvables. Rivera y Abascal están a tiempo de reconducir una deriva que, de mantenerse, solo beneficia a Pedro Sánchez. Justo lo que ninguno de los dos quiere. No cabe mayor contradicción.


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