Internacional
Ecuador decreta el estado de emergencia por las oleadas masivas de inmigrantes venezolanos
El viceministro de Movilidad Humana de Ecuador, Santiago Chávez, anunció que se ha extendido el estado de «emergencia» en tres provincias del país por el alto flujo de inmigración venezolana.
Lo hizo en la III Mesa de Movilidad Humana que se desarrolló en Quito y en la que afirmó que las autoridades continúan articulando acciones conjuntas para dar soluciones eficaces al fenómeno migratorio, en virtud de la «generosidad propia del pueblo ecuatoriano».
Recalcó la necesidad de mantener el equilibrio dentro de los parámetros de planificación y continuar con la ayuda de organizaciones internacionales porque el país cuenta con «recursos limitados».
Según Carlos Velástegui, Subsecretario de servicios migratorios, actualmente 23 países, entre los que se cuentan México y Argentina, cuentan con el visado electrónico y añadió que Ecuador hace un gran esfuerzo para unirse a este proceso.
Durante la I y II Mesa Nacional de Movilidad Humana, se concretaron medidas de atención a niños y adolescentes y la habilitación del corredor humanitario, a través del cual se movilizó a 3.600 de venezolanos y se evaluaron políticas públicas para garantizar la inclusión de las personas en movilidad.
Más de 640.000 venezolanos han viajado a Ecuador en lo que va de 2018, pero un 18 por ciento se ha quedado a residir en el país, informaron las autoridades en agosto pasado.
Ciencia
El precio de las estrellas
El precio de las estrellas
Un cohete de SpaceX se estrellará contra la Luna, y los críticos de Elon Musk descubrirán demasiado tarde que la grandeza tiene un coste que ellos nunca estarían dispuestos a pagar

La etapa superior del Falcon 9, en órbita tras el lanzamiento de enero de 2025. Su trayectoria inestable la llevará inevitablemente al encuentro con la superficie lunar. Fotografía: SpaceX/Spaceflight Now.
Hay momentos en que la humanidad avanza a costa de imperfecciones. La historia del progreso no está escrita por quienes esperan condiciones ideales, sino por quienes actúan con lo disponible, aceptando que toda gran empresa deja residuos, errores y, ocasionalmente, estelas de metal oxidado atravesando el vacío interestelar.
El próximo impacto de una etapa de cohete SpaceX Falcon 9 contra la superficie lunar no es una catástrofe ambiental, como ya están proclamando los guardianes de la moral ecológica. Es, en realidad, la marca inevitable de una civilización que ha decidido salir de la cuna terrestre y arriesgarse a las grandes empresas. La etapa superior del cohete que en enero de 2025 transportó los alunizadores Blue Ghost y Resilience hacia su destino, tras agotar su combustible y quedar en órbita inestable, se precipitará contra la Luna a más de 8.700 kilómetros por hora. Creará un cráter de unos 27 metros de diámetro y desplazará aproximadamente 12.700 kilogramos de escombros lunares.

La superficie lunar fotografiada por el Lunar Reconnaissance Orbiter de la NASA. El impacto del Falcon 9 ocurrirá cerca de los cráteres Einstein y Bell, en la cara visible del satélite. Fotografía: NASA/GSFC/Arizona State University.
Y con ello, desencadenará una vez más el coro de críticos que nunca han construido nada, pero siempre están disponibles para señalar los costes de quienes sí lo hacen.
La NASA y la Agencia Espacial Coreana, operadores de las naves Lunar Reconnaissance Orbiter y Danuri respectivamente, observarán el impacto con interés científico genuino. Para ellos, este evento no es basura espacial; es oportunidad. La posibilidad de estudiar la formación de cráteres en tiempo real, de analizar la composición del subsuelo lunar expuesto por la colisión, de calibrar instrumentos para futuras misiones tripuladas.
Los hechos del impacto
El objeto en cuestión es la etapa superior de un Falcon 9, el cohete de trabajo de SpaceX que ha revolucionado la industria espacial mediante su reutilización parcial. En esta misión específica, lanzada el 15 de enero de 2025 desde Cabo Cañaveral, el cohete transportó dos alunizadores privados —el Blue Ghost de Firefly Aerospace y el Resilience de ispace— junto con cargas científicas diversas. Tras separarse de su carga útil, la etapa superior carecía de suficiente combustible para regresar a la Tierra ni de propulsión para estabilizarse en órbita lunar permanente.
Los cálculos de astrónomos independientes, utilizando datos públicos de trayectoria, sitúan el impacto en la cara visible de la Luna, cerca de los cráteres Einstein y Bell. A 5.400 millas por hora, el hardware de cuatro toneladas se desintegrará parcialmente en el contacto, excavando una depresión de unos cinco metros de profundidad. El material expulsado —polvo, rocas fragmentadas, posiblemente hielo atrapado— proporcionará datos invaluables sobre la composición del subsuelo lunar, información crucial para futuras misiones de establecimiento permanente.
Desde la perspectiva científica, este es un evento deseable. La Luna carece de atmósfera; no hay fricción que caliente objetos entrantes, no hay erosión que borre cicatrices. Cada impacto es un experimento natural que revela la estructura interna de un cuerpo celeste que podría albergar bases humanas en las próximas décadas. Los críticos que denuncian «contaminación lunar» ignoran que la superficie del satélite natural ya está marcada por miles de cráteres de impactos naturales, y por los restos de las misiones Apolo, Luna, Surveyor y decenas de sondas soviéticas, chinas, indias y japonesas.
La cruzada contra el progreso
Pero no es el impacto lunar lo que realmente molesta a los críticos de Musk. Es lo que representa: la demostración de que la iniciativa privada, sin tutela estatal, puede avanzar más rápido que las agencias espaciales gubernamentales. Que el capitalismo de alto riesgo, el entrepreneurship audaz, la visión a largo plazo que desafía los ciclos electorales, pueden lograr lo que la burocracia consideraba imposible.

Elon Musk en el centro de control de SpaceX. Su visión de la expansión humana al espacio desafía el conformismo de una época que ha olvidado cómo soñar en grande.
Los ataques a Musk provienen de sectores predecibles. Los gurús del mindfulness que consideran que cualquier ambición más allá del jardín comunitario es «toxicidad masculina». Los activistas climáticos que exigirían que cada gramo de CO₂ de un cohete se compense con diez años de veganismo obligatorio. Los teóricos de la «justicia espacial» que consideran la colonización lunar una extensión del colonialismo terrestre.
Estos críticos —cómodos en sus universidades, sus consultorías de sostenibilidad, sus retiros de yoga— nunca han arriesgado su capital, su reputación, su sueño en algo tan audaz como llevar humanos a Marte. No han pasado noches en vela resolviendo ecuaciones de propulsión, no han visto explotar cohetes en plataformas oceánicas, no han tenido que despedir empleados cuando el dinero se agotaba y el éxito parecía imposible.
La Luna como laboratorio
El impacto del Falcon 9 debe verse en su contexto estratégico. La Luna no es un santuario inviolable; es un laboratorio. Un campo de pruebas para tecnologías que eventualmente nos llevarán a Marte, a los asteroides, más allá. Cada impacto controlado, cada crater formado, cada análisis espectroscópico del material expulsado, acumula conocimiento crucial para futuras misiones tripuladas.
Los críticos que denuncian «basura espacial» en la Luna ignoran que el satélite carece de ecosistema, de atmósfera, de vida. Un cráter más o menos en un mundo geológicamente muerto no es daño ambiental; es datos. Es comprensión. Es preparación para cuando los humanos —no robots, sino personas con familias, esperanzas, proyectos— pisen ese suelo y necesiten saber dónde construir, dónde excavar, dónde buscar hielo para agua y oxígeno.
Conclusión: La audacia como virtud
El impacto lunar del Falcon 9 será olvidado en meses. El cráter se fusionará con los miles de otros que pueblan la superficie del satélite. Pero lo que persistirá es el principio que representa: que la civilización occidental, a pesar de sus críticos internos, a pesar de su propia intelligentsia enemiga, sigue siendo capaz de grandes empresas.
Elon Musk no es un santo. Es un empresario, un ingeniero, un visionario con defectos y excesos. Pero está haciendo algo que sus críticos nunca harían: está construyendo el futuro en lugar de quejarse del presente. Está aceptando los riesgos, los costes, los errores inevitables de toda gran empresa, en lugar de exigir perfección como condición para la acción.
Cuando la etapa del Falcon 9 se estrelle contra la Luna, creará más que un cráter. Creará un precedente. Demostrará que la iniciativa privada puede alcanzar el satélite natural de la Tierra, puede estudiarlo, puede incluso —accidentalmente— modificarlo. Y eso, lejos de ser un desastre, es el primer paso hacia una presencia humana permanente fuera de nuestro planeta.
Los críticos seguirán en sus cómodas posiciones, denunciando cada paso en falso, cada residuo, cada imperfección. Mientras tanto, los constructores —Musk y los que como él entienden que la grandeza tiene un precio— seguirán avanzando. Porque al final, la historia no la escriben quienes señalan errores desde la orilla, sino quienes se arriesgan a navegar, sabiendo que algunos barcos pueden naufragar, pero la humanidad debe cruzar el mar.
Alerta Nacional | Tecnología, progreso humano y defensa de la grandeza occidental

Antonio
07/07/2019 at 14:23
Y los españoles, ¿a qué esperamos para hacer lo mismo, ante las oleadas masivas de inmigrantes de todo el mundo, que vienen aquí a vivir -la mayoría-, a nuestras expensas, y a mesa servida…?
Antonio
01/10/2018 at 16:14
Y los españoles, ¿a qué esperamos para hacer lo mismo, ante las oleadas masivas de inmigrantes de todo el mundo, que vienen aquí a vivir -la mayoría-, a nuestras expensas, y a mesa servida…?