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Sociedad

El virus de la corrección política corroe la libertad de expresión

Redacción

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Luis Ventoso.- Nació de una manera bienintencionada, con el afán de proteger a las minorías de toda ofensa. Pero cada vez son más los intelectuales que consideran que al final se ha engendrado un monstruo, un virus que va cegando los capilares de la libertad de expresión y el debate abierto, la savia que vivifica lo que todavía llamamos la gran Civilización Occidental.

En los campus de las universidades anglosajonas se han creado los llamados «espacios seguros», donde todo estudiante puede expresarse «tal y como es», a decir de sus impulsores, «sin miedo a sentirse incómodo o inseguro por su sexo, raza, etnia, orientación sexual, género, biografía, bagaje cultural, religión, edad o identidad física o mental». En algunos foros de debate no se permite aplaudir. Se considera que el sonido del batir de palmas podría resultar agresivo para algún asistente, así que se sustituye por un vaivén de manos, las llamadas «jazz hands» (importadas en España por el movimiento 15-M, la génesis de Podemos).

Un Hamlet negro

Cuartos de baños neutrales para no ofender a la minoría transgénero. Lenguaje inclusivo, a veces erradicando el género masculino, como ya hacen algunas diputadas españolas. Listas de disfraces de Halloween «no recomendables» o directamente prohibidos. Palabras vetadas, como «maternidad» o «paternidad», rechazadas en la Universidad de New Hampshire porque «marcan género». Obras de teatro donde Hamlet, un príncipe danés de la Edad Media, es encarnado de manera inverosímil por un actor de raza negra en nombre de la correcta integración. Y una larga relación de «abusos» contra los que hay que luchar de manera activa: «los privilegios de los blancos», la opresión patriarcal, la islamofobia, los derechos de género… La meta es blindar la peculiaridad del gran yo. Los críticos más duros del fenómeno llegan a hablar de «un McCarthysmo cultural de izquierdas». El nuevo credo cuenta con potentes aliados. Los gigantes tecnológicos de Silicon Valley, Hollywood, o medios tan influyentes como «The New York Times» o la revista «The Atlantic» son paladines de la subcultura de la corrección política.

Censura de Facebook

Un debate sobre el aborto en la Universidad de Oxford suspendido porque entre quienes iban a intervenir figuraban dos hombres. Facebook censurando cuadros clásicos, obras maestras del arte alabadas durante siglos, porque muestran desnudos (mientras aloja sin mucha diligencia para retirarlos hasta manuales sobre cómo montar una bomba). Rechazo a las fiestas cristianas y a sus símbolos en países mayoritariamente cristianos -como está ocurriendo ya en España con los ayuntamientos populistas-, a fin de no hacer de menos a credos minoritarios. Rectores tachados de «fascistas» por fomentar la libre confrontación de ideas, un intercambio intelectual que irrita a los jóvenes delicados conocidos en el mundo anglo como la «snowflake generation», la generación copos de nieve, término que acuñó en 1996 la novela «El Club de la Lucha». O escándalos tan sonados como el de las niñas de Rotherham, en el deprimido Norte de Inglaterra: durante años un grupo de varones de origen paquistaní abusó de menores blancas de clase baja, pero a pesar de las denuncias de algunas funcionarias de los servicios sociales, la administración municipal laborista desoyó los avisos por temor a ser tachada de xenófoba y racista.

Barrick Gold es la mayor multinacional de minería de oro del mundo, pero tiene también una veta filantrópica. Dos veces al año organiza en Toronto los llamados «Munk Debates», donde cuatro intelectuales discuten en público sobre la gran cuestión del tiempo presente. El pasado mayo le tocó a la corrección política. Contra ella, el actor y escritor Stephen Fry y el psicólogo canadiense Jordan Peterson, que la pasada semana ocupó la portada de ABC Cultural. A favor, Michelle Goldberg, columnista de NYT y autora de «best-sellers» sobre «identidad», y Michael Eric Dyson, sociólogo, tertuliano y ensayista, profesor en Georgetown y autor del conocido alegato «Un sermón contra la América blanca».

Personas en la diana

«El foco debe estar en proteger a la gente que está en la diana por sus identidades. Orillar la identidad nos lleva a un grave retroceso», razonó Michelle Goldberg. Dyson defendió los «espacios seguros» de los campus, alegando que «si eres blanco, Estados Unidos no deja de ser un gigantesco espacio seguro».

Jordan Peterson fue tajante en su crítica a la corrección: «Sin discurso libre no hay verdadero pensamiento». Stephen Fry se mostró preocupado: «Los avances de la Ilustración están siendo empujados hacia atrás de manera sistemática y deliberada». Tras asistir a un debate intenso y ameno se sometió la cuestión al voto del público: el 70 por 100 se mostró contrario a la corrección política y solo un 30 por 100 a favor. Otras encuestas concuerdan. La propia revista «The Atlantic» ha publicado una donde el 80 por 100 de los sondeados aprueban el aserto de que «la corrección política es un problema en Estados Unidos» (contra pronóstico, entre las minorías hispana y asiática y los indios estadounidenses el rechazo resultó todavía mayor). Algunos politólogos creen que el triunfo de Trump, el súmmum de la incorrección política, entronca con un creciente hartazgo ante la suave dictadura de lo correcto, que a veces pone en solfa el puro sentido común o instituciones que están en el origen de la especie, como la familia, apellidada ahora como «tradicional» con un cierto sesgo despectivo. El Partido Demócrata, obsesionado con atender a las minorías y con la C.P., se muestra incapaz de ofrecer un discurso que apele al conjunto de la sociedad y lo está pagando en las urnas.

Dinámica tóxica

En el debate de Toronto, Stephen Fry, el corpulento actor, presentador, cómico y ensayista londinense, de 61 años, se convirtió en la estrella de la velada. Embutido en un airoso traje blanco, Fry se presentó como un izquierdista de «escuela antigua», de una «izquierda café con leche», y también como un candidato perfecto para ser protegido: homosexual y judío. Por eso su andanada contra la corrección política cobró un interés especial: «Esto tiene que parar. Este resentimiento, rabia, hostilidad e intolerancia, esta certidumbre absoluta de o con nosotros o contra nosotros tiene que parar. Estamos ante una dinámica tóxica, binaria y de suma cero. Una locura que si no la paramos nos va a destruir». Fry sorprendió con el enfoque de su crítica: «Mi mayor objeción contra la corrección política es que no creo que funcione. La humanidad incurre en un gran error cuando prefiere tener razón a ser eficaz, y la C.P. tan solo quiere ser correcta, sin pensar si es efectiva». A su juicio lo que ha hecho avanzar al mundo son «los heréticos, los soñadores, los rebeldes y los escépticos». Justamente los que hoy serían expulsados de unos campus donde los estudiantes no quieren confrontar ideas contrarias a las suyas (y lo mismo se reproduce en las redes sociales, un medio que a golpe de «like» contribuye a reafirmar los propios prejuicios).

Fry se despidió con una sugerente cita del inteligente matemático y filósofo Bertrand Russell, «mi héroe»: «Una de las cosas más dolorosas de nuestro tiempo es que esos que tienen una certeza absoluta son estúpidos y en cambio los que tienen imaginación y capacidad de comprender están llenos de duda e indecisión».

El clamor creciente contra la corrección política también comienza a resonar en la España de «todas y todos». Días atrás, Ana Belén, que se define como una feminista de larga militancia de izquierdas, lamentaba en ABC que Rafael Azcona, el vitriólico y brillante guionista de Berlanga, «no podría hacer cine hoy en día, lo cual es terrible». «Hace tiempo que la corrección política se nos ha ido de las manos y nos está haciendo dar pasos atrás». Vargas Llosa la resume como «una enemiga de la libertad». La escritora Julia Navarro también se rebela: «No me gusta la sociedad de lo políticamente correcto. Me preocupa la libertad de expresión, que la gente comience a reprimirse por miedo a la corrección y a que todo el mundo se le eche encima por tener un pensamiento heterodoxo», declaró a este periódico.

Génesis amable

Darío Villanueva, el director de la Real Academia, abordó el debate en una conferencia en marzo: «Es una nueva forma de censura. Una censura perversa para la que no estábamos preparados, pues no la ejerce el Estado, el Gobierno, el partido o la Iglesia, sino fragmentos difusos de lo que llamamos sociedad civil». Para Villanueva puede llegar a anular la racionalidad. Otros pensadores señalan que fomenta la autocensura, que puede ser la peor forma de coartar la creatividad y la libre expresión.

¿Queremos una sociedad que proscriba toda disidencia en nombre de un mayor confort de las minorías? ¿Puede avanzar el pensamiento, y por ende la humanidad, si se constriñe la confrontación de ideas? La corrección política pudo ser un proyecto amable en su génesis, pero cada vez más voces de todo el arco político, incluida algunas de la izquierda moderada, la acusan en alto de cercar el discurso libre, el debate abierto y el intercambio de ideas.

Fuente: ABC

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España

La confesión carnal del Cardenal: la pornografía pastoral como doctrina oficial

Redacción

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Si la función de la Iglesia es salvar almas, el Prefecto de la Doctrina de la Fe parece más interesado en el terrenal y, específicamente, en el instinto más primitivo del ser humano. Víctor Manuel Fernández, alias «Tucho», ha transformado el episcopado en un circo de autocomplacencia, donde la explicitud sexual y la arrogancia política eclipsan la serenidad necesaria para velar por el depósito de la fe[6].

No es que la Iglesia necesite un clero de estatuas, pero tampoco necesita un cardenal que actúe como un pionero de la pornografía pastoral. «Tucho» ha demostrado, a lo largo de su carrera, una incapacidad patológica para guardar el pudor, tanto en sus escritos como en su comportamiento público, convirtiendo las sacristías en el «Sálvame» de la alta jerarquía, donde se discuten sus salidas de tono con el mismo asombro que se analizan las telenovelas[6]. Su llegada al Dicasterio para la Doctrina de la Fe no trajo la limpia que se esperaba, sino más bien la confirmación de una decadencia intelectual y moral que amenaza con envenenar la enseñanza de la Iglesia[2].

El libro del orgasmo y la mística: una confusión intelectual desde 1998

La raíz del problema de «Tucho» no es reciente; es una enfermedad crónica que venía gestándose desde hacidas décadas. En 1998, apenas doce años después de su ordenación sacerdotal en 1986, el futuro cardenal publicó un libro titulado «La pasión mística: Espiritualidad y sensualidad» en la editorial católica Dabar[9]. En este texto, Fernández vinculaba la pasión erótica con la pasión mística de una manera que, aunque podría ser poética en un laico, resulta inadecuada y escandalosa para un sacerdote que debe hablar de la virginidad y el espíritu[9]. Se trata de un intento de justificar el apetito carnal bajo el manto de la espiritualidad, una confusión conceptual que revela un pensamiento débil y un deseo de buscar notoriedad a través de lo «provocante» en lugar de lo profundo.

Este afán por lo sexual explícito no quedó en esa primera obra. Siempre ha existido la preocupación de que, bajo su liderazgo, la pureza de la fe se convierta en un juego de palabras sobre el cuerpo. Sus escritos han ahondado en la presencia de Dios en el «orgasmo de la pareja» como un anticipo del cielo[4][7]. Esta visión, si bien es una interpretación posible del misticismo, se vuelve ridícula cuando la persona que la profesa no muestra la misma contención en otros aspectos de su vida pública. La explicitud con la que describe el «beso» y el «orgasmo» en sus libros ha sido constante, desatando escándalos recurrentes que, lejos de desvanecerse, han ido en aumento[3].

Lo más alarmante no es tanto el contenido en sí, sino la falta de autocensura. Un simple examen de conciencia habría mostrado que hablar de los placeres carnales con tal crudeza no encaja con la sobriedad que requiere el magisterio. Al publicar textos donde el acto sexual es protagonista, «Tucho» se ha convertido en un espejo de la confusión moderna que ve la fe no como una disciplina del espíritu, sino como otra forma de satisfacción egoísta[9]. Es como si creyera que la santidad se logra a través de la fama más que a través del sacrificio; y en su obsesión por la fama, ha convertido sus escritos en un panfleto de su propio apetito, forzando a los fieles a aceptar su visión mundanal de la religión.

El expediente oculto y la pornografía renaciente

La historia de «Tucho» es una serie de episodios que, si se contaran con la precisión que merecen, revelarían que su comportamiento ha sido siempre un problema conocido. En 2009, antes de ser nombrado por Bergoglio, el propio DDF ya tenía un «expediente con preocupaciones» sobre sus escritos, lo que llevó a una investigación preventiva[3]. Esto demuestra que no se trata de rumores, sino de una realidad documentada: el cardenal ha vivido siempre en la sombra de su propia escandalosidad. Sin embargo, su ascenso al poder parece haberle dado una sensación de impunidad, llevándolo a creer que su pasado de polémica es un rasgo de distinción en lugar de una debilidad moral.

Los años no han sanado su afán explícito. Al contrario, se han descubierto nuevos textos eróticos escritos por el cardenal en 2025, demostrando que su fascinación por el contenido sexual no se ha apagado[8]. El Wanderer describe estos textos como «despectables» y «pornográficos», señalando que el «afán pornográfico de Tucho no se detuvo en los dos libros conocidos» por todos[8]. Es una imagen perturbadora: el prefecto de la Fe, el guardián de la doctrina, dedicando su tiempo a redactar pasajes que, en esencia, son tan vulgares como los de cualquier revista de entretenimiento de baja calidad, pero con la arrogancia de imponerlos como parte del debate teológico.

Este comportamiento ha generado una atmósfera de asco y confusión en la Iglesia. La gente espera del clero guías espirituales, no lectores de erotica. Cada vez que se vuelve a hablar de estos textos, se refuerza la imagen de un hombre que no puede controlar su propia carnalidad y que, en su vanidad, cree que esto es algo de lo que enorgullecerse. La resiliencia de los católicos es grande, pero su paciencia es finita. El cardenal Fernández parece haber olvidado que su cargo no es una plataforma para explorar sus fantasmas privados, sino un servicio para iluminar las tinieblas del mundo con la luz de la verdad.

«Corruptio optimi pessima». La corrupción del mejor es lo peor. «Tucho» es el ejemplo viviente de cómo un hombre de talento, pero sin alma, puede destruir la autoridad de una institución entera con sus salidas de tono y su obsesión por lo mundano. Su «Tucho» es una marca personal, pero una marca que, en este contexto, parece ser sinónimo de falta de seriedad.

El arrogante: amenazas, manipulación y el «Sálvame» de la curia

Más allá de sus libros, la verdadera naturaleza de «Tucho» se revela en su comportamiento político. Se ha convertido en el «epicentro de los ‘Sálvame’ de las sacristías» después de firmar «Fiducia supplicans», la declaración que da luz verde a bendecir a parejas homosexuales[6]. Esta medida ha generado un revuelo tal que ha recibido mensajes anónimos de amenaza con la frase «Te destruiremos» para llevarlo a la hoguera[6]. La virulencia de sus palabras y sus declaraciones a diestro y siniestro ha creado un ambiente tóxico en el que nadie se siente seguro para discrepar sin ser acusado de traición[5].

La arrogancia de Fernández es palpable. En una entrevista, se alardeó de que el documento había registrado «más de 7.000 millones de visualizaciones en internet», comparando su popularidad mediática con la de documentos doctrinales que ni siquiera recordamos el nombre[5]. Esta obsesión por las estadísticas y el éxito mediático es antitética a la humildad evangélica. Más preocupante es su actitud hacia sus críticos; los ha calificado de «traidores al juramento de obediencia al Santo Padre» y se ha mostrado «horrorizado» al leer comentarios de católicos que bendecían leyes antigay[5]. Su falta de tacto y su incapacidad para escuchar a la grey se han vuelto comunes bajo su liderazgo[3].

Llega a los 61 años curado en el arte de generar controversias, dejando «confusión y tensiones innecesarias» en la Iglesia[2]. Su estilo de comunicación, que alguna vez pudo interpretarse como sinceridad, hoy se percibe como arrogancia. En un mundo donde la diplomacia es clave, el cardenal se ha convertido en un espejo que refleja todo lo que está mal con la comunicación eclesiástica: la falta de escucha, el cierre al diálogo y el uso de la palabra para destruir más que para edificar. No pone barrera alguna para que en medio del boato vaticano le traten como «Tucho», un apodo que sugiere familiaridad excesiva, pero que en realidad esconde una falta total de respeto por la dignidad de su cargo[6].

La destrucción de la autoridad doctrinal

La función principal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe es promover y tutelar la «integridad de la doctrina católica sobre la fe y la moral»[1]. Sin embargo, bajo «Tucho», el foco se ha desviado hacia la creación de un «nuevo magisterio» basado en la sensibilidad de la época en lugar de la inmutabilidad de la verdad[7]. Se ha centrado en temas de «pastoral» y «sentido», ignorando la necesidad de proteger la fe de las amenazas actuales, como la teoría de género, para ocuparse de debates sobre la carne y la bendición de los pecadores[7]. Es un uso oportunista del poder que demuestra que su prioridad no es la salvación de las almas, sino la aprobación social y mediática.

La falta de tono académico y la irreverencia hacia la tradición se han vuelto comunes. Su camino ha sido el de la confusión, llevando a una notable «aumentada de desconfianza hacia la Santa Sede» acompañada de un «evidente deterioro de la autoridad doctrinal del dicasterio que preside»[2]. No es de extrañar que las miradas vaticanas se centren en él como el «capón» de los cardenales y obispos críticos, acusándolos de traición cuando ellos solo intentan proteger la fe[5]. La Iglesia necesita hombres que puedan hablar de la castidad con autoridad, no con la vergüenza de quien sabe que sus escritos privados son una confesión de falta de control y de doctrina.

Conclusión: La cabeza detrás del desastre

Víctor Manuel Fernández es la mano que está detrás de declaraciones como «Dignitas infinita» que ofrecen una visión renovada de la dignidad humana pero que, en la práctica, diluyen la enseñanza tradicional[7]. Su llegada al prefecto ha sido clave para que se convierta en un compendio del magisterio de Francisco, pero a costa de la claridad doctrinal. La imagen de «Tucho» se ha desgastado, y lo que queda es un hombre que debe decidir si quiere enmendarse o si prefiere seguir hundido en sus propias miserias y en su obsesión por el escándalo personal.

La historia de «Tucho» es, hasta ahora, un capítulo de una novela que se lee con frustración. Es la historia de un hombre con talento, pero sin alma. Un hombre que ha tenido acceso a los secretos más sagrados de la fe, pero que parece haberlos utilizado para satisfacer su propia vanidad y sus propios caprichos. Las escrituras de su sensualidad y las salidas de tono de su arrogancia son el testimonio de un hombre que ha perdido el norte. Y en un mundo donde los valores cristianos son cada vez más atacados, necesitamos líderes que sean escudos, no flechas que hieran a la grey. «Tucho» ha demostrado ser una flecha torcida, que no encuentra su blanco y solo hace daño a quienes la rodean. Es hora de que la Iglesia tome nota, tome el control y exija la decencia que merece su patrimonio espiritual. Hasta entonces, el nombre de Víctor Manuel Fernández seguirá siendo sinónimo de un potencial desperdiciado y de una lección dolorosa sobre la importancia de guardar el pudor y la reverencia.

Fuentes Consultadas

Fuente País Enfoque Principal
Noticias Obreras Menciona «tercer intento de escándalo» por publicaciones eróticas y la nota sobre María.
Infovaticana Análisis de la «art of generating controversies» y deterioro de autoridad del DDF.
Wanderer Menciona «expediente con preocupaciones» de 2009 y descripciones explícitas de beso y orgasmo.
ABC.es 🇪🇸 España Detalles de «La pasión mística» y descripciones gráficas de orgasmos y «Dios en el orgasmo».
Infovaticana Acusación de «traición» a críticos, «horrorizado» ante bendiciones antigay y «7.000 millones de visualizaciones».
La Razón 🇪🇸 España Referencia a «Sálvame de las sacristías», amenazas de «Te destruiremos» y virulencia.
ABC.es 🇪🇸 España Menciona la mano detrás de la condena a género, «Dios en el orgasmo» y cambio en el foco del DDF.
Wanderer Descubrimiento de nuevos textos eróticos en 2025, describiéndolos como «despectables» y «pornográficos».
Caminante Wanderer Detalles de «La pasión mística» (1998, Dabar) y referencia a «Corruptio optimi pessima».
Noticias Argentinas Ataques tras la autorización de bendiciones pastorales a parejas homosexuales.

Alerta Nacional | Opinión y Análisis

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