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España

El Vicepresidente comunista Pablo Iglesias implanta la libre expropiación de niños por el Estado

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Con este nuevo Decretazo, El Gobierno se garantiza la “propiedad efectiva” de nuestros hijos.

Aprovecha el Estado de Alarma para modificar por “Decretazo Alarmista” la Ley de Protección Jurídica del Menor.

 

¿Recuerdan cuando, al inicio de esta legislatura, la Ministra Celaá nos decía que los niños ya no pertenecían a los padres, sino al Estado?

¿Recuerdan también que, pocos meses después, esa misma coalición política, que también gobierna la Comunidad Autónoma Balear, impedía la creación de una comisión de investigación parlamentaria para esclarecer la prostitución sistemática de las niñas tuteladas por el Estado, que era conocida y consentida durante años por las Instituciones responsables de su cuidado? Quedó así en evidencia los cuidados que venía proporcionando el Estado a las 50.000 “personas menores de edad” que ya le “pertenecían”.

La lamentable situación de esos niños tutelados contrasta con la enorme cantidad de dinero público que se destina a su manutención, educación y cuidado, que se estima entre 6.000 y 9.000 € AL MES POR CADA UNO DE ELLOS. Es evidente que ese dinero no se destina al objetivo que se persigue, sino a fines menos nobles. El exagerado número de declaraciones de desamparo que se producen en nuestro país pone de manifiesto la existencia de una auténtica RED DE TRÁFICO DE SERES HUMANOS dentro de nuestro Sistema de Protección de Menores.

Lejos de avergonzarse y replantear ese objetivo del Gobierno, Pablo Iglesias ha hecho suya la batalla y ha volcado todo su esfuerzo en sacar adelante una reforma de la Ley de Protección Juridica del Menor (1/1996) haciendo aprobar por decreto su “Anteproyecto de Ley Orgánica de Protección Integral a la Infancia y la Adolescencia Frente a la Violencia”, en trámite de urgencia, aprovechando la discutida prórroga del Estado de Alarma. Que sepamos, no se había producido ninguna crisis epidémica en la seguridad física o psíquica de la infancia de nuestro país que justifique tal premura.

El texto del “Decretazo” define el maltrato infantil con expresiones tan amplias e inconcretas como: “así como los actos de omisión producidos por las personas que deban ser garantes de la protección de las personas menores de edad” (Art. 1, P-2) Eso deja prácticamente en indefensión a cualquier progenitor para que pueda ser señalado como maltratador por cualquier empleado público o incluso por cualquier otro ciudadano. El refuerzo que hace de la autoridad de los funcionarios y empleados públicos de Servicios Sociales, en mayor detrimento de la tutela judicial efectiva de la que ya se sufre ahora en este terreno, viene a dejar el peso de la toma de decisiones en los polémicos “Equipos Psicosociales” que tan dudosa legitimidad, capacitación y moralidad han demostrado en el pasado.

También parece resultar improcedente su forma de vincular una ley de protección de la infancia con la “Perspectiva de Género” y la “LGTBI”, mezclando y confundiendo colectivos tan distintos. Su ambigüedad se convierte en una ratonera para los progenitores que se atrevieran a oponerse al dictamen del “monitor de educación sexual obligatoria” de sus hijos, pues no define quién debe interpretar la “…orientación sexual e identidad de género, sentida o expresada, …” por el menor, por lo que podrían verse acusados de maltrato infantil por vía penal si se le oponen. Aún resulta más peligroso cuando, en el punto 2-b del artículo 47, se obstaculiza que el propio menor sea oído en declaración durante la investigación del presunto episodio de violencia que ha sido denunciado, lo que podría impedirle incluso la defensa de sus propios padres. Se alcanza la desfachatez en el art. 51 cuando, después de vetar lo de la comisión de investigación en Mallorca, se pretende legislar sobre la “intervención ante casos de explotación sexual de personas menores de edad tuteladas”.

Pero lo más escandaloso de este Anteproyecto son sus disposiciones finales, en las que se modifican por decretazo varios artículos de la Ley Orgánica 1/1996 de Protección Jurídica del Menor. Ahora se podrá retirar la tutela de los hijos a las familias por simple POBREZA, por un DESAHUCIO, porque el menor “sobreexponga su imagen” en redes sociales, por “embarazo precoz”, los ingresos hospitalarios múltiples o, simplemente, por las desavenencias propias de un DIVORCIO. La reforma introducida permite incluso que se le pueda quitar la tutela de sus hijos a una madre, simplemente por haber sido identificadas como “víctimas de trata o de violencia de género”. La tutela de los menores de 14 años con delitos, ahora pasaría también a manos del Estado.

Con este nuevo Decretazo, El Gobierno se garantiza la “propiedad efectiva” de nuestros hijos, pues podrá asumir su tutela y apartarlos de nuestro lado siempre que lo desee. Si atendemos al hecho de que los niños tutelados por el Estado sufren unas tasas de fracaso escolar de alrededor del 90 %, que tan solo el año pasado fue denunciada la desaparición de 1.521 menores tutelados por el Estado y a que la prostitución y el narcotráfico entre ellos no se da solo en Mallorca.

¿Recuerdan la obsesión que arrastraba Pablo Iglesias por esas élites del poder a las que él llamaba “LA CASTA”? Llama la atención que, ahora que él mismo forma ya parte de esas “élites”, ha dejado de hablar tan machaconamente de ellas, tal vez insinuando que la causa de su feroz rechazo no fuese otra más que una envidia que ya ha quedado saciada.

Y justamente ahora, Netflix ha llevado a cotas de máxima audiencia su documental recordándonos la aún reciente detención y supuesta muerte de Jeffrey Epstein, ese monstruoso multimillonario americano, que organizaba orgías pederastas e infanticidas para la élite del poder mundial –LA CASTA- Esta reforma de la ley facilitará enormemente a esas personas que ocupan la cúspide de nuestra Sociedad poder disponer a su antojo de cualquiera de nuestros hijos o nietos.

En todo caso, siempre multiplicaría el volumen de negocio de la red de tráfico de menores instalada en nuestras instituciones, siempre basado en un motivo como el “bien superior del menor” que daría por justificado el gasto por muy grave que sea la crisis económica en la que nos sumerjamos tras la Pandemia.

En cualquier caso, la extraña, urgente y repentina obsesión de Pablo Iglesias con la infancia de nuestro País da mucho que pensar.

 

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España

La confesión carnal del Cardenal: la pornografía pastoral como doctrina oficial

Redacción

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Si la función de la Iglesia es salvar almas, el Prefecto de la Doctrina de la Fe parece más interesado en el terrenal y, específicamente, en el instinto más primitivo del ser humano. Víctor Manuel Fernández, alias «Tucho», ha transformado el episcopado en un circo de autocomplacencia, donde la explicitud sexual y la arrogancia política eclipsan la serenidad necesaria para velar por el depósito de la fe[6].

No es que la Iglesia necesite un clero de estatuas, pero tampoco necesita un cardenal que actúe como un pionero de la pornografía pastoral. «Tucho» ha demostrado, a lo largo de su carrera, una incapacidad patológica para guardar el pudor, tanto en sus escritos como en su comportamiento público, convirtiendo las sacristías en el «Sálvame» de la alta jerarquía, donde se discuten sus salidas de tono con el mismo asombro que se analizan las telenovelas[6]. Su llegada al Dicasterio para la Doctrina de la Fe no trajo la limpia que se esperaba, sino más bien la confirmación de una decadencia intelectual y moral que amenaza con envenenar la enseñanza de la Iglesia[2].

El libro del orgasmo y la mística: una confusión intelectual desde 1998

La raíz del problema de «Tucho» no es reciente; es una enfermedad crónica que venía gestándose desde hacidas décadas. En 1998, apenas doce años después de su ordenación sacerdotal en 1986, el futuro cardenal publicó un libro titulado «La pasión mística: Espiritualidad y sensualidad» en la editorial católica Dabar[9]. En este texto, Fernández vinculaba la pasión erótica con la pasión mística de una manera que, aunque podría ser poética en un laico, resulta inadecuada y escandalosa para un sacerdote que debe hablar de la virginidad y el espíritu[9]. Se trata de un intento de justificar el apetito carnal bajo el manto de la espiritualidad, una confusión conceptual que revela un pensamiento débil y un deseo de buscar notoriedad a través de lo «provocante» en lugar de lo profundo.

Este afán por lo sexual explícito no quedó en esa primera obra. Siempre ha existido la preocupación de que, bajo su liderazgo, la pureza de la fe se convierta en un juego de palabras sobre el cuerpo. Sus escritos han ahondado en la presencia de Dios en el «orgasmo de la pareja» como un anticipo del cielo[4][7]. Esta visión, si bien es una interpretación posible del misticismo, se vuelve ridícula cuando la persona que la profesa no muestra la misma contención en otros aspectos de su vida pública. La explicitud con la que describe el «beso» y el «orgasmo» en sus libros ha sido constante, desatando escándalos recurrentes que, lejos de desvanecerse, han ido en aumento[3].

Lo más alarmante no es tanto el contenido en sí, sino la falta de autocensura. Un simple examen de conciencia habría mostrado que hablar de los placeres carnales con tal crudeza no encaja con la sobriedad que requiere el magisterio. Al publicar textos donde el acto sexual es protagonista, «Tucho» se ha convertido en un espejo de la confusión moderna que ve la fe no como una disciplina del espíritu, sino como otra forma de satisfacción egoísta[9]. Es como si creyera que la santidad se logra a través de la fama más que a través del sacrificio; y en su obsesión por la fama, ha convertido sus escritos en un panfleto de su propio apetito, forzando a los fieles a aceptar su visión mundanal de la religión.

El expediente oculto y la pornografía renaciente

La historia de «Tucho» es una serie de episodios que, si se contaran con la precisión que merecen, revelarían que su comportamiento ha sido siempre un problema conocido. En 2009, antes de ser nombrado por Bergoglio, el propio DDF ya tenía un «expediente con preocupaciones» sobre sus escritos, lo que llevó a una investigación preventiva[3]. Esto demuestra que no se trata de rumores, sino de una realidad documentada: el cardenal ha vivido siempre en la sombra de su propia escandalosidad. Sin embargo, su ascenso al poder parece haberle dado una sensación de impunidad, llevándolo a creer que su pasado de polémica es un rasgo de distinción en lugar de una debilidad moral.

Los años no han sanado su afán explícito. Al contrario, se han descubierto nuevos textos eróticos escritos por el cardenal en 2025, demostrando que su fascinación por el contenido sexual no se ha apagado[8]. El Wanderer describe estos textos como «despectables» y «pornográficos», señalando que el «afán pornográfico de Tucho no se detuvo en los dos libros conocidos» por todos[8]. Es una imagen perturbadora: el prefecto de la Fe, el guardián de la doctrina, dedicando su tiempo a redactar pasajes que, en esencia, son tan vulgares como los de cualquier revista de entretenimiento de baja calidad, pero con la arrogancia de imponerlos como parte del debate teológico.

Este comportamiento ha generado una atmósfera de asco y confusión en la Iglesia. La gente espera del clero guías espirituales, no lectores de erotica. Cada vez que se vuelve a hablar de estos textos, se refuerza la imagen de un hombre que no puede controlar su propia carnalidad y que, en su vanidad, cree que esto es algo de lo que enorgullecerse. La resiliencia de los católicos es grande, pero su paciencia es finita. El cardenal Fernández parece haber olvidado que su cargo no es una plataforma para explorar sus fantasmas privados, sino un servicio para iluminar las tinieblas del mundo con la luz de la verdad.

«Corruptio optimi pessima». La corrupción del mejor es lo peor. «Tucho» es el ejemplo viviente de cómo un hombre de talento, pero sin alma, puede destruir la autoridad de una institución entera con sus salidas de tono y su obsesión por lo mundano. Su «Tucho» es una marca personal, pero una marca que, en este contexto, parece ser sinónimo de falta de seriedad.

El arrogante: amenazas, manipulación y el «Sálvame» de la curia

Más allá de sus libros, la verdadera naturaleza de «Tucho» se revela en su comportamiento político. Se ha convertido en el «epicentro de los ‘Sálvame’ de las sacristías» después de firmar «Fiducia supplicans», la declaración que da luz verde a bendecir a parejas homosexuales[6]. Esta medida ha generado un revuelo tal que ha recibido mensajes anónimos de amenaza con la frase «Te destruiremos» para llevarlo a la hoguera[6]. La virulencia de sus palabras y sus declaraciones a diestro y siniestro ha creado un ambiente tóxico en el que nadie se siente seguro para discrepar sin ser acusado de traición[5].

La arrogancia de Fernández es palpable. En una entrevista, se alardeó de que el documento había registrado «más de 7.000 millones de visualizaciones en internet», comparando su popularidad mediática con la de documentos doctrinales que ni siquiera recordamos el nombre[5]. Esta obsesión por las estadísticas y el éxito mediático es antitética a la humildad evangélica. Más preocupante es su actitud hacia sus críticos; los ha calificado de «traidores al juramento de obediencia al Santo Padre» y se ha mostrado «horrorizado» al leer comentarios de católicos que bendecían leyes antigay[5]. Su falta de tacto y su incapacidad para escuchar a la grey se han vuelto comunes bajo su liderazgo[3].

Llega a los 61 años curado en el arte de generar controversias, dejando «confusión y tensiones innecesarias» en la Iglesia[2]. Su estilo de comunicación, que alguna vez pudo interpretarse como sinceridad, hoy se percibe como arrogancia. En un mundo donde la diplomacia es clave, el cardenal se ha convertido en un espejo que refleja todo lo que está mal con la comunicación eclesiástica: la falta de escucha, el cierre al diálogo y el uso de la palabra para destruir más que para edificar. No pone barrera alguna para que en medio del boato vaticano le traten como «Tucho», un apodo que sugiere familiaridad excesiva, pero que en realidad esconde una falta total de respeto por la dignidad de su cargo[6].

La destrucción de la autoridad doctrinal

La función principal del Dicasterio para la Doctrina de la Fe es promover y tutelar la «integridad de la doctrina católica sobre la fe y la moral»[1]. Sin embargo, bajo «Tucho», el foco se ha desviado hacia la creación de un «nuevo magisterio» basado en la sensibilidad de la época en lugar de la inmutabilidad de la verdad[7]. Se ha centrado en temas de «pastoral» y «sentido», ignorando la necesidad de proteger la fe de las amenazas actuales, como la teoría de género, para ocuparse de debates sobre la carne y la bendición de los pecadores[7]. Es un uso oportunista del poder que demuestra que su prioridad no es la salvación de las almas, sino la aprobación social y mediática.

La falta de tono académico y la irreverencia hacia la tradición se han vuelto comunes. Su camino ha sido el de la confusión, llevando a una notable «aumentada de desconfianza hacia la Santa Sede» acompañada de un «evidente deterioro de la autoridad doctrinal del dicasterio que preside»[2]. No es de extrañar que las miradas vaticanas se centren en él como el «capón» de los cardenales y obispos críticos, acusándolos de traición cuando ellos solo intentan proteger la fe[5]. La Iglesia necesita hombres que puedan hablar de la castidad con autoridad, no con la vergüenza de quien sabe que sus escritos privados son una confesión de falta de control y de doctrina.

Conclusión: La cabeza detrás del desastre

Víctor Manuel Fernández es la mano que está detrás de declaraciones como «Dignitas infinita» que ofrecen una visión renovada de la dignidad humana pero que, en la práctica, diluyen la enseñanza tradicional[7]. Su llegada al prefecto ha sido clave para que se convierta en un compendio del magisterio de Francisco, pero a costa de la claridad doctrinal. La imagen de «Tucho» se ha desgastado, y lo que queda es un hombre que debe decidir si quiere enmendarse o si prefiere seguir hundido en sus propias miserias y en su obsesión por el escándalo personal.

La historia de «Tucho» es, hasta ahora, un capítulo de una novela que se lee con frustración. Es la historia de un hombre con talento, pero sin alma. Un hombre que ha tenido acceso a los secretos más sagrados de la fe, pero que parece haberlos utilizado para satisfacer su propia vanidad y sus propios caprichos. Las escrituras de su sensualidad y las salidas de tono de su arrogancia son el testimonio de un hombre que ha perdido el norte. Y en un mundo donde los valores cristianos son cada vez más atacados, necesitamos líderes que sean escudos, no flechas que hieran a la grey. «Tucho» ha demostrado ser una flecha torcida, que no encuentra su blanco y solo hace daño a quienes la rodean. Es hora de que la Iglesia tome nota, tome el control y exija la decencia que merece su patrimonio espiritual. Hasta entonces, el nombre de Víctor Manuel Fernández seguirá siendo sinónimo de un potencial desperdiciado y de una lección dolorosa sobre la importancia de guardar el pudor y la reverencia.

Fuentes Consultadas

Fuente País Enfoque Principal
Noticias Obreras Menciona «tercer intento de escándalo» por publicaciones eróticas y la nota sobre María.
Infovaticana Análisis de la «art of generating controversies» y deterioro de autoridad del DDF.
Wanderer Menciona «expediente con preocupaciones» de 2009 y descripciones explícitas de beso y orgasmo.
ABC.es 🇪🇸 España Detalles de «La pasión mística» y descripciones gráficas de orgasmos y «Dios en el orgasmo».
Infovaticana Acusación de «traición» a críticos, «horrorizado» ante bendiciones antigay y «7.000 millones de visualizaciones».
La Razón 🇪🇸 España Referencia a «Sálvame de las sacristías», amenazas de «Te destruiremos» y virulencia.
ABC.es 🇪🇸 España Menciona la mano detrás de la condena a género, «Dios en el orgasmo» y cambio en el foco del DDF.
Wanderer Descubrimiento de nuevos textos eróticos en 2025, describiéndolos como «despectables» y «pornográficos».
Caminante Wanderer Detalles de «La pasión mística» (1998, Dabar) y referencia a «Corruptio optimi pessima».
Noticias Argentinas Ataques tras la autorización de bendiciones pastorales a parejas homosexuales.

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