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Lorenzo Sanz, expresidente del Real Madrid, condenado a tres años de cárcel
La Audiencia Provincial de Madrid ha condenado a tres años de prisión y al pago de una multa de 1,2 millones de euros al expresidente del Real Madrid Lorenzo Sanz por ocultar «de forma intencionada» casi seis millones de euros a Hacienda en sus declaraciones de la renta de 2008 y 2009.
En una sentencia, a la que ha tenido acceso Efe, el tribunal establece, además, que Lorenzo Sanz y su esposa deben indemnizar a Hacienda en la cantidad de 622.411 euros cada uno.
En el fallo, el tribunal aplica a Sanz la circunstancia atenuante de reparación del daño ya que resarció parte de los perjuicios ocasionados a Hacienda a través de hipotecas constituidas sobre los bienes de sus hijos. En este sentido, el tribunal señala que «es obvio» que el expresidente del Real Madrid «ha movido todos los hilos para hacer frente a esta responsabilidad de reparación del daño» y por ello considera esta circunstancia atenuante en la actuación del acusado.
Sin embargo, el fallo no ha tenido en cuenta las otras dos circunstancias modificativas de la responsabilidad penal que planteó la defensa del acusado, esto es, la confesión de los hechos de los que se le acusan y las dilaciones indebidas de la causa.
En el caso de la primera, los magistrados aclaran que a lo largo de toda la instrucción no se ha producido «confesión alguna» por parte del acusado, sino que éste lo hizo al inicio del juicio oral. «Una confesión tardía», dice el tribunal, que no puede aplicarse y que «vendría a justificar otras maniobras encaminadas a suavizar una condena como última arma de defensa».
Respecto a la segunda, el tribunal señala que no concurre dicha circunstancia puesto que la causa no ha sufrido «parón alguno en las actuaciones», sino que por circunstancias personales del acusado se han producido «ligeros retrasos en la toma de declaraciones» y se ha llegado a suspender hasta en tres ocasiones el juicio.
En sus conclusiones definitivas, la fiscal pidió cinco años y seis meses de prisión para Lorenzo Sanz y solicitó que su esposa indemnizase a Hacienda con su marido, con el que tenía régimen de gananciales, al estimar que resultó beneficiada y que las declaraciones de la renta los ejercicios fueron conjuntas.
La Sala condena únicamente a la referida indemnización a la esposa de Sanz ya que en su caso descarta que ella conociese el propósito defraudador de su marido, así como que participase o tuviera capacidad decisoria en la confección de las declaraciones tributarias relativas al IRPF en los ejercicios de 2008 y 2009.
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Zapatillas: comodidad, moda y decisiones de compra en el Perú de hoy
zapatillas: la palabra suena cotidiana, pero en el Perú de hoy concentra una discusión más grande sobre consumo, identidad y hasta salud pública, porque lo que nos ponemos en los pies dice mucho de cómo vivimos y de lo que priorizamos. En Lima y en regiones, la escena se repite: gente que se mueve más, que combina trabajo con trayectos largos y que, en medio de un ritmo acelerado, busca algo que aguante el trote sin castigar la espalda ni el bolsillo.
La “zapatilla” ya no es un objeto reservado para el deporte. Se metió en la oficina (cuando el código de vestimenta se relajó), en el campus, en la combi, en el mall, en la salida familiar del domingo y en la caminata improvisada por el malecón cuando el día se presta. Y, sobre todo, se instaló como una compra que no se hace a ciegas: se compara, se calcula y se decide con una mezcla de gusto, necesidad y presupuesto. Lo interesante es que el mercado lo entendió antes que muchos: el abanico de opciones se ha ampliado al punto de que, en una sola vitrina digital, conviven líneas urbanas, deportivas y “de uso diario”, con marcas globales y otras más accesibles que apuntan al volumen.
Ese crecimiento se nota en la oferta. En el catálogo de marcas de zapatillas de Ripley, por ejemplo, la variedad es tan amplia que el listado se cuenta por miles de resultados y reúne nombres que van desde Adidas, Nike y Puma hasta New Balance, Converse, Skechers, Reebok y Steve Madden, entre muchas otras marcas presentes en el mismo espacio de búsqueda. No es un detalle menor: cuando el consumidor encuentra tanta diversidad en un solo lugar, la competencia deja de ser únicamente “quién vende” y pasa a ser “quién orienta mejor”, “quién ofrece mejor experiencia” y “quién resuelve rápido” si algo no calza como uno esperaba.
También hay un componente económico que empuja la conversación. Las campañas de descuento, cupones y temporadas comerciales han convertido a las zapatillas en uno de los productos emblema del e‑commerce, con mensajes agresivos de precio y urgencia. En esa misma página se promocionan ofertas “hasta 30% OFF” y se menciona incluso la dinámica de cupón en app, un guiño directo al nuevo consumidor que compra desde el celular y caza promociones con paciencia. No estamos hablando solo de calzado: hablamos de un hábito de compra cada vez más sofisticado, donde la gente no solo busca “algo bonito”, sino “algo que rinda” y que, si puede, salga con descuento.
Pero la zapatilla no vive únicamente en la lógica del ahorro. Hay un fenómeno cultural, silencioso y persistente: el calzado se volvió una forma de pertenecer. En el Perú urbano, sobre todo entre jóvenes, la zapatilla comunica. Una silueta ancha o minimalista, un color sobrio o una combinación llamativa, un modelo clásico o uno más “tech”: todo eso funciona como lenguaje. No hace falta decirlo en voz alta. Se ve. Y esa lectura se ha normalizado tanto que hoy hay personas que planifican su outfit alrededor del par que tienen, no al revés.
En paralelo, la demanda de comodidad dejó de ser “un gusto” para convertirse en criterio principal. El ciudadano promedio camina más de lo que cree: para llegar al paradero, para atravesar centros comerciales, para hacer trámites, para moverse en jornadas largas. En ese escenario, la amortiguación, el soporte y la durabilidad pesan tanto como la apariencia. Por eso se ha vuelto común que una misma persona tenga distintos pares según uso: uno para entrenar, otro para calle y otro para el día a día, incluso si todos se llaman “zapatillas”. Y esa segmentación explica por qué los catálogos se han hecho tan extensos y detallados: no se compra lo mismo para correr que para caminar o para estar de pie ocho horas.
La otra cara de esta historia es la digitalización del consumo. Comprar zapatillas por internet —antes visto con desconfianza— hoy es rutina, especialmente cuando el usuario siente que puede filtrar por marca, talla, estilo y precio en segundos. Esa “sensación de control” es clave. La navegación por grandes listados, donde aparecen decenas de marcas y una cantidad muy alta de opciones, refleja que el consumidor peruano ya no quiere una tienda con pocas alternativas: quiere un buscador con muchas puertas. Y el retail ha respondido con páginas que organizan el caos: filtros, categorías y un lenguaje comercial que insiste en el beneficio inmediato (descuento, envío, cupón, campaña).
Ahora bien, en medio de tanta oferta, surge la pregunta que vale oro para cualquier comprador: ¿cómo elegir sin perderse? Aquí, más que recetas, hay criterios prácticos. Primero, tener claro el uso: no es lo mismo una zapatilla urbana, pensada para caminar y combinar, que una de entrenamiento, que debe priorizar estabilidad y soporte. Segundo, mirar el material: la promesa de “ligereza” puede ser buena, pero si el uso es intenso conviene revisar costuras, suela y ventilación. Tercero, no subestimar la talla: el pie cambia con el tiempo, con el calor y con el tipo de media; comprar por impulso suele ser el camino más corto a la incomodidad.
Al final, las zapatillas concentran un retrato bastante exacto del Perú contemporáneo: un país que se mueve, que mezcla lo formal con lo práctico, que compra con más información que antes y que, pese a las diferencias de ciudad y bolsillo, comparte una misma idea básica: caminar cómodo ya no es un lujo, es una necesidad. Y en esa necesidad caben muchas historias: la del estudiante que quiere durar todo el ciclo con un solo par, la del trabajador que prioriza salud y resistencia, la del padre o madre que busca calidad sin desbalancear el gasto, y la de quien —simplemente— encuentra en un buen par una pequeña certeza para enfrentar el día.
