Internacional
Los conservadores de los Estados Unidos desconocen la naturaleza criminal de lo que enfrentan
Los mayores enemigos internos de Occidente son hoy dos grandes agendas totalitarias neo-marxistas que crecieron en las sociedades más libres y prósperas que el mundo ha conocido.
[E]xplica Sun Tzu en El arte de la guerra que “si conoces a los demás y te conoces a ti mismo, ni en cien batallas correrás peligro; si no conoces a los demás, pero te conoces a ti mismo, perderás una batalla y ganarás otra; si no conoces a los demás ni te conoces a ti mismo, correrás peligro en cada batalla”. Y lo cierto es que muy pocos de quienes desempeñan hoy el papel de líderes políticos e intelectuales de Occidente conocen realmente, ni a su mayor enemigo totalitario interno y externo —el socialismo revolucionario— ni al orden espontáneo del que emerge esta civilización capitalista que depende tanto del libre mercado de los bienes y servicios, como de la libre discusión abierta y tolerante de todas las ideas. Como dudosa élite de Occidente, ni se conocen a sí mismos —ignoran qué es realmente la civilización occidental y se empeñan en imaginarla como lo que no es— ni conocen a los demás. Empezando por sus peores enemigos, internos y externos.
Los mayores enemigos internos de Occidente son hoy dos grandes agendas totalitarias neo-marxistas que crecieron en las sociedades más libres y prósperas que el mundo ha conocido. Paradoja terrible. Pero esos enemigos internos lograron comprender lo que es realmente la civilización occidental —en cuanto orden espontaneo, producto de la acción mas no de la voluntad de infinidad de personas— mejor que la mayoría de aquellos a quienes les correspondería defenderla. El principal enemigo externo, al que con escasas pero notables excepciones tampoco conocen realmente, es la reciente superpotencia totalitaria que ha llegado a ser la República Popular China, mediante su reajuste del totalitarismo marxista sobre una economía que emplea herramientas capitalistas, pero sigue muy lejos del libre mercado real.
Me limitaré a la agenda totalitaria que mediante la cultura de la cancelación intenta imponer sobre los Estados Unidos de América la ultraizquierda neomarxista que se ha transformado en la corriente dominante —pese a no ser mayoritaria— del nuevo Partido Demócrata en el poder. La estrecha relación —y mutuas influencias— entre esa agenda totalitaria americana y la agenda totalitaria internacional que se suele denominar globalista —algo confuso, porque es lo opuesto a la globalización sobre la que intenta imponerse— es tal, que a veces parecen ser una única agenda.
Pero hay una diferencia clave, la parte del socialismo en sentido amplio de los Estados Unidos que adoptó realmente la agenda globalista, sí busca que USA deje de ser una superpotencia. La agenda totalitaria interna no desea eso, sino imponer el totalitarismo socialista, paso a paso —y con una visión de mediano y largo plazo— sobre la superpotencia americana, para imponer su específico socialismo al mundo, desde la primera potencia. Y no es una diferencia menor, aunque sea difícil determinar quién está realmente de qué lado en cuanto a eso.
La agenda totalitaria intenta imponer sobre los Estados Unidos de América la ultraizquierda neomarxista (Archivo)
Para entender la forma de pensar de los marxistas, esa que comparten todas las variopintas tendencias y escuelas de ese pensamiento —que es más una religión totalitaria de fanático dogmatismo en permanente adoración de la muerte y la destrucción, que una ideología o filosofía política— es interesante repasar ciertos momentos clave de la larga historia del comunismo, que empieza mucho antes de Marx.
Aunque Marx es la figura más importante de la historia de pensamiento comunista, porque reintrodujo en un socialismo que se hacía ateo y racionalista la transcendencia y el dogmatismo profético totalitario de las grandes herejías milenaristas mediante una seudociencia de la historia. Y uno particularmente interesante fue la temprana Unión Soviética de 1919. Se suele decir que los bolcheviques intentaron realmente establecer lo que entendían por socialismo y el fracaso fue de tales proporciones que debieron retroceder de lo que ellos mismos denominaron luego falsamente “comunismo de guerra” a las concesiones de la Nueva Política Económica, eventualmente abandonadas pero sin nunca llegar nuevamente a la locura de entonces. Y es cierto. Pero para ellos no fue un fracaso en todo sentido. De hecho, fue un éxito en lo que más le importaba en ese momento. Falló, incluso para sus peculiares parámetros, en otros que los forzaron a retroceder. Pero en ciertos puntos sí fue, para ellos, un éxito.
Bujarin y Preobrazhenski, escribieron entonces su famoso ABC del comunismo, un catecismo para las masas del programa del VIII Congreso del Partido Comunista en la temprana Unión Soviética de 1919. Y si la descomunal hiperinflación desatada junto a la nunca completada “eliminación del dinero” nos parecería a todos una de las claves del fracaso —y abandono por su autores— de aquello, lo cierto es Preobrazhenski explicaba entonces que la inflación no solo podía ser un mecanismo de financiamiento del nuevo Estado comunista en formación, sino una poderosa herramienta para destruir a las clases enemigas, a la burguesía en particular. Lo que en efecto fue. Y en ese sentido, el descomunal empobrecimiento, la completa desarticulación de la economía, la ruptura de todas las cadenas de suministros y la caída abismal de la producción fue para los comunistas un éxito. No económico sin duda —o eran idiotas si no malvados, y por eso retrocedieron de aquello cuando el colapso que crearon amenazaba con barrerlos del mapa— sino sociopolítico.
Y esa, amigo conservador, es la verdadera naturaleza criminal del pensamiento marxista. Lo que hay que entender de ese enemigo es que la destrucción material y moral no es para ellos un fracaso, sino un medio para destruir a “las clases enemigas”. Y hoy no son burgueses y kulaks, sino quienes la teoría crítica de la raza y del genero designan. Luego está Marcuse, que en Tolerancia Represiva replanteó aquello para el neomarxismo de los Estados Unidos. Pero antes de entender cómo hacen lo que hacen, hay que entender por qué lo hacen. Cuál es su objetivo real —que poco o nada tiene que ver con lo que proclaman públicamente hoy— y hasta dónde están dispuestos a llegar para alcanzarlo. Ni más, ni menos.
Guillermo Rodríguez.
España
El pedido de la diplomacia y la entrega de la realidad
La diferencia entre lo que España esperaba de su relación con Marruecos y lo que ha recibido no es un error de logística, sino una tragedia de Estado que el Gobierno celebra como éxito diplomático
Hay un fenómeno contemporáneo que ilustra mejor que cualquier tratado de política internacional la naturaleza de nuestra relación con Marruecos. Es el meme, ya archiconocido, que compara la fotografía pulida del producto que ordenaste en una plataforma de comercio electrónico con el objeto deforme, descolorido y risible que finalmente llega a tu puerta. «Lo que pediste», dice la imagen de la izquierda, mostrando un reloj de precisión suiza. «Lo que recibiste», completa la derecha, exhibiendo un juguete de plástico con pilas oxidadas.
La broma reside en la expectativa defraudada, en la promesa sofisticada que termina en realidad chapucera. Pero lo que ocurre en nuestra frontera sur no es una broma. Es una tragedia de Estado que, lejos de provocar rectificación o indignación, ha sido recibida por el Gobierno español con la resignación de quien acepta la estafa como norma de relación.
El pedido, en este caso, era claro: una política migratoria ordenada, respetuosa con la soberanía territorial, basada en acuerdos bilaterales de reciprocidad. La entrega, sin embargo, ha sido otra cosa enteramente. Ha sido la imagen de miles de hombres jóvenes —en edad militar, en formación táctica, asistidos por fuerzas de seguridad marroquíes— asaltando sistemáticamente nuestras vallas de Ceuta y Melilla. Ha sido la constatación de que Marruecos organiza, facilita y ejecuta operaciones de presión demográfica contra España como herramienta de política exterior.
Y ha sido, sobre todo, la evidencia de que nuestros gobernantes no solo toleran esta agresión, sino que la celebran, la premian, la llaman «cooperación» mientras el territorio nacional se ve invadido por vías paralelas.
La diferencia entre lo prometido y lo recibido no podría ser más abismal. Pero aquí reside el verdadero escándalo: no es que Marruecos nos haya engañado. Es que nosotros sabíamos perfectamente qué estábamos comprando. Sabíamos que el régimen alauita utiliza la emigración como arma. Sabíamos que cada «crisis» fronteriza coincide con alguna demanda diplomática de Rabat. Sabíamos que el Sáhara, la pesca ilegal, el contrabando de drogas, son monedas de cambio en una partida donde España siempre pierde. Y, a pesar de saberlo, hemos seguido haciendo clic en «comprar ahora», convencidos de que esta vez sí llegaría el producto de calidad.
El ridículo internacional de la debilidad manifiesta
El ridículo internacional de España ha alcanzado proporciones que ya no pueden ocultarse bajo eufemismos diplomáticos. Somos el país que recibe agresiones territoriales organizadas y responde con felicitaciones. Somos la nación que ve cómo su vecino abre las compuertas de la presión migratoria y, en lugar de exigir responsabilidades, amplía los acuerdos de cooperación. Somos el Estado que ha convertido la vulnerabilidad en estrategia, la humillación en política de Estado.
¿Qué imagen proyectamos ante el mundo cuando nuestros ministros brindan en la embajada de Marruecos mientras, a escasos kilómetros, las vallas de Ceuta y Melilla son asaltadas por tropas irregulares? ¿Qué mensaje enviamos a otros actores internacionales cuando demostramos que la agresión contra España no tiene consecuencias, sino recompensas? La respuesta es evidente: enviamos la señal de que España es un objetivo blando, un socio que puede presionarse sin riesgo, un adversario que no defenderá sus intereses ni su dignidad.
Y aquí emerge la pregunta incómoda que la izquierda mediática se niega a formular: ¿hasta qué punto puede llegar esta lógica de rendición antes de que deje de ser política exterior para convertirse en algo más grave? Cuando un gobierno sistemáticamente prioriza la conveniencia diplomática a corto plazo sobre la integridad territorial nacional, cuando celebra acuerdos con quien le agrede abiertamente, cuando sacrifica el interés de sus ciudadanos en el altar de la «relación estratégica» con un régimen autoritario, ¿no estamos ante una forma de capitulación disfrazada?
Israel, tradicional aliado, ha decidido alinearse públicamente con Marruecos en esta controversia, dejando a España aislada en un escenario donde antes contaba con socios. El mensaje es claro: quien no defiende lo suyo no puede esperar que otros lo defiendan por él. La debilidad, en política internacional, no genera compasión. Genera oportunidades para el depredador. Y Marruecos, lejos de ser el único depredador en el entorno, se ha convertido en el más audaz precisamente porque ha comprobado, una y otra vez, que España no morderá. Que España pagará. Que España, al final, agradecerá el golpe.
Complicidad, traición y la alineación israelí
La complicidad del Gobierno de Pedro Sánchez con esta dinámica de agresión-recompensa no puede atribuirse ya a la mera incompetencia o a la ingenuidad. Es una opción deliberada, una estrategia de supervivencia política que hipoteca el interés nacional a cambio de estabilidad diplomática a corto plazo. Pero hay líneas que, una vez cruzadas, dejan de ser simples errores de cálculo para convertirse en algo más grave. Y la pregunta que inevitablemente surge es si estamos ante una de esas líneas.
¿Puede encuadrarse la actuación de Sánchez en el delito de traición? La pregunta suena extrema, casi barroca en su aparato legal, pero merece ser examinada con seriedad. El Código Penal español define la traición como el que, «con ocasión de guerra, o de alianza o amistad con potencias extranjeras, cause perjuicio grave a la Nación o a la defensa nacional». No estamos formalmente en guerra con Marruecos, pero la doctrina militar contemporánea reconoce la «guerra híbrida» como conflicto real aunque no declarado.
Y en esa guerra híbrida —donde se utilizan armas no convencionales como la presión migratoria masiva, la desinformación, la infiltración— Marruecos nos ha atacado abiertamente. Celebrar acuerdos con el agresor, premiarle con reconocimientos diplomáticos, entregarle posiciones estratégicas como el Sáhara, mientras se produce esta agresión, ¿no constituye un perjuicio grave a la defensa nacional?
La izquierda se escandalizará por la formulación. Dirá que es exageración, que es lenguaje propio de conspiraciones, que la realidad es más compleja. Pero la realidad, en este caso, es sorprendentemente simple: un régimen extranjero organiza invasiones de nuestro territorio, y nuestro gobierno le felicita. Si eso no es complicidad con el agresor, ¿qué es?
Y aquí entra en juego el factor israelí. La alineación de Israel con Marruecos en este conflicto no es anecdótica. Es el reconocimiento de que el mapa de alianzas en el Mediterráneo ha cambiado, y que España ya no cuenta con la influencia ni la credibilidad que antes le otorgaban posiciones de equilibrio. Cuando un socio tradicional como Israel decide que más vale estar con el agresor que con la víctima, el mensaje sobre la decadencia española en el escenario internacional es devastador.
No se trata de que Israel sea malo o bueno; se trata de que Israel, como cualquier actor racional, apuesta por quien demuestra fuerza y deja a quien demuestra debilidad. La geopolítica no tiene amigos, tiene intereses. Y España, en esta partida, ha demostrado no saber defender los suyos.
La felicitación al agresor
Pero quizás el gesto más insultante, el que mejor ilustra el abismo entre la retórica oficial y la realidad, sea la insistencia del Gobierno en «felicitar» a Marruecos como socio fiable mientras las pruebas —fotográficas, de video, de testimonios de guardias civiles, de informes de inteligencia— demuestran que las fuerzas marroquíes colaboraron activamente en la invasión. No miraron hacia otro. No fueron incapaces de contener. Organizaron. Facilitaron. Ejecutaron una operación de presión.
¿Cómo se llama a quien felicita a quien le ha agredido? ¿Cómo se denomina a quien celebra acuerdos con quien acaba de violar su frontera? En el lenguaje clásico de la política, se llamaría cómplice. En el lenguaje diplomático actual, se llama «pragmático». Pero la realidad no cambia por la elegancia del eufemismo. La realidad es que nuestros gobernantes han decidido que nuestra dignidad nacional es negociable, que nuestra soberanía territorial es un activo líquido que pueden vender por estabilidad política a corto plazo, que el español de a pie debe aceptar la inseguridad y la humillación con tal de que Sánchez siga en La Moncloa.
Y lo más grave es que esta lógica no tiene visos de revertirse. Cada asalto a la frontera es seguido de más concesiones. Cada crisis migratoria organizada desde Rabat termina en más cheques firmados por Madrid. Cada demostración de debilidad invita a la siguiente presión. Es un ciclo que solo puede terminar de dos maneras: o Marruecos alcanza todo lo que quiere —reconocimiento pleno del Sáhara, fondos europeos ilimitados, silencio sobre sus violaciones de derechos humanos— y España se convierte en un satélite económico y diplomático del Reino alauita, o la sociedad española despierta y exige que se ponga fin a esta humillación sistemática.
Conclusión: El vendedor que siempre engaña
La diferencia entre lo que pedimos y lo que recibimos no es, al final, un problema de logística diplomática. Es un problema de voluntad política. Es la constatación de que hemos elegido gobernantes que no creen en España como nación digna de defensa, que conciben la soberanía como un anacronismo molesto, que prefieren la sumisión cómoda a la resistencia costosa.
El meme de Aliexpress funciona porque todos hemos experimentado la decepción de la expectativa defraudada. Pero en el comercio electrónico, al menos, puedes reclamar. Puedes devolver el producto. Puedes exigir tu dinero de vuelta. En la política exterior de Sánchez, no hay devoluciones. No hay reembolsos. Solo hay más pedidos a un vendedor que ya ha demostrado, una y otra vez, que enviará basura y cobrará como si fuera oro.
Marruecos ha trazado su línea. Israel se ha alineado con ella. Italia nos ha dejado atrás. Y nosotros seguimos brindando en la embajada del agresor, convencidos de que si sonreímos lo suficiente, quizás esta vez sí llegue el producto de calidad. Pero no llegará. Porque el problema no es el vendedor. Es que nosotros hemos olvidado que en el mercado de la geopolítica, quien no defiende su posición termina siendo mercancía. Y España, bajo este Gobierno, está a punto de liquidarse en el mercado de ocasión de la historia.
Alerta Nacional | Análisis de política exterior y soberanía nacional

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