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Tipos de propaganda política en medios de España

Descubre los tipos de propaganda política en medios España. Aprende a distinguir entre información veraz y mensajes interesados hoy mismo.

Redacción

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Periodista analizando la propaganda política española

La propaganda política se define como el conjunto de técnicas comunicativas diseñadas para influir en la opinión pública a favor de un partido, gobierno o causa, utilizando los medios de comunicación como canal principal. En España, esta práctica adopta formas muy distintas: desde la publicidad institucional financiada con fondos públicos hasta las campañas digitales segmentadas por algoritmos en redes sociales. Comprender los tipos de propaganda política en medios España resulta indispensable para cualquier ciudadano que quiera distinguir entre información veraz y mensaje interesado. La línea entre informar y persuadir es más delgada de lo que parece, y los medios de comunicación en España la cruzan con frecuencia sin que el receptor lo advierta.

1. Propaganda institucional: cuando el Estado comunica o promueve

La propaganda institucional es aquella financiada con fondos públicos y emitida por organismos del Estado, comunidades autónomas o ayuntamientos. Su objetivo declarado es informar al ciudadano sobre servicios, derechos o campañas de interés general. Sin embargo, la publicidad institucional puede convertirse en propaganda cuando prioriza la imagen del gobernante sobre la información útil al ciudadano.

La Ley 29/2005 obliga a la Administración General del Estado a elaborar planes anuales de publicidad institucional con objetivos, costes y herramientas definidas. Esta norma busca garantizar que el dinero público se destine a informar, no a promover candidatos. En la práctica, la distinción entre ambas funciones depende más del contenido y la intención que del formato legal.

Funcionario público analizando los planes de comunicación institucional

2. Propaganda partidista: el mensaje directo del partido

La propaganda partidista procede directamente de los partidos políticos y no disimula su objetivo: captar votos o reforzar la identidad ideológica de sus simpatizantes. Se distribuye a través de mítines, carteles, cuñas radiofónicas, anuncios televisivos y, cada vez más, contenido en redes sociales. El PP de Madrid, por ejemplo, distribuyó banderas españolas para colocar en balcones como acción de campaña con fuerte carga simbólica.

Este tipo de propaganda opera con total transparencia respecto a su origen, lo que la diferencia jurídicamente de la propaganda encubierta. Su eficacia reside en la repetición del mensaje y en la construcción de símbolos identitarios que generan adhesión emocional antes que racional.

3. Propaganda electoral: la campaña en periodo oficial

La propaganda electoral se concentra en los periodos de campaña reconocidos legalmente, con reglas específicas sobre espacios gratuitos en medios públicos, límites de gasto y prohibición de determinadas prácticas. La Junta Electoral Central (JEC) supervisa que ningún partido utilice recursos del Estado durante este periodo para obtener ventaja. La JEC puede ordenar retiradas y sancionar comunicaciones públicas que violen la normativa electoral.

Los mítines, los debates televisados y los anuncios en prensa escrita son los formatos clásicos de esta modalidad. La televisión sigue siendo el medio con mayor alcance para la propaganda electoral en España, aunque su peso relativo disminuye frente a las plataformas digitales en cada ciclo electoral.

4. Propaganda digital y en redes sociales

La propaganda política en redes sociales opera mediante técnicas de segmentación que permiten dirigir mensajes distintos a audiencias distintas según su perfil ideológico, edad o localización. El uso de framing, descontextualización y algoritmos en plataformas como X, Facebook o TikTok amplifica el impacto de los mensajes políticos de forma exponencial. Esta capacidad de personalización no existe en ningún medio tradicional.

El framing, o encuadre, consiste en presentar un mismo hecho desde un ángulo que favorece una interpretación concreta. Un partido puede describir una misma medida fiscal como “alivio para las familias” o como “subida de impuestos encubierta” según a quién se dirija. La segmentación algorítmica garantiza que cada versión llegue solo al público predispuesto a aceptarla.

Consejo profesional: Cuando veas un mensaje político en redes sociales, busca quién lo financia y a qué audiencia va dirigido. La transparencia en la autoría es el primer indicador de si estás ante información o propaganda.

5. Propaganda encubierta o desinformación organizada

La propaganda encubierta no declara su origen político. Se presenta como noticia, análisis independiente o contenido viral generado por ciudadanos. Las campañas de desinformación organizada utilizan cuentas falsas, webs de apariencia periodística y contenido compartido masivamente para crear la ilusión de consenso social. Este tipo de propaganda es el más difícil de detectar y el más dañino para la deliberación democrática.

En España, varios informes de organismos europeos han documentado campañas de desinformación vinculadas al conflicto catalán y a las elecciones generales. La ausencia de autoría visible convierte al receptor en propagador involuntario del mensaje.

6. Propaganda a través de medios tradicionales: televisión, prensa y radio

Los medios tradicionales difunden propaganda política de dos formas: mediante espacios publicitarios pagados y mediante la línea editorial del propio medio. La segunda modalidad es más sutil y más influyente. Un periódico que selecciona qué noticias portada y cuáles ignora ejerce una función propagandística sin publicar un solo anuncio de partido.

La plataformización del sector mediático español ha transformado la forma en que los grupos de comunicación entregan contenido político. Los grandes grupos como Prisa, Vocento o Mediaset España combinan medios impresos, televisivos y digitales, lo que multiplica el alcance de sus líneas editoriales. Esta concentración amplifica el efecto de cualquier sesgo político en su cobertura.

7. Dependencia económica de los medios y su efecto en la cobertura política

La dependencia de los medios españoles respecto a la publicidad institucional condiciona su independencia editorial. Un medio que obtiene una parte sustancial de sus ingresos de contratos con la Administración tiene incentivos para suavizar su cobertura crítica del gobierno de turno. Por eso, en 2026 se propuso limitar al 35% los ingresos que un medio puede obtener de publicidad institucional.

Esta medida busca proteger la independencia editorial y evitar conflictos de interés en la financiación de los medios de comunicación. Su efecto real dependerá de la capacidad de control y de la voluntad política para aplicarla con rigor a todos los medios, incluidos los afines al gobierno que la impulsa.

8. Comparación entre estrategias en medios tradicionales y digitales

Las estrategias de propaganda en medios tradicionales se basan en la repetición, el alcance masivo y la credibilidad institucional del medio. La televisión y la prensa construyen marcos de referencia que el ciudadano asimila de forma pasiva. Su limitación principal es la imposibilidad de personalizar el mensaje según el receptor.

Característica Medios tradicionales Medios digitales
Alcance Masivo e indiferenciado Segmentado por perfil
Personalización Nula Alta mediante algoritmos
Coste de producción Elevado Bajo o muy bajo
Velocidad de difusión Lenta (ciclos de 24 horas) Inmediata
Trazabilidad del origen Alta Baja en contenido viral
Control regulatorio Establecido Incipiente

Los medios digitales permiten campañas de persuasión política con costes mínimos y efectos medibles en tiempo real. Esta asimetría favorece a los actores con mayor capacidad técnica y acceso a datos, no necesariamente a los que tienen mejores propuestas políticas.

Consejo profesional: Las campañas electorales más eficaces en España combinan televisión para construir imagen de liderazgo y redes sociales para movilizar a los votantes propios. Ningún medio sustituye al otro.

9. Regulación y límites legales de la propaganda política en España

El marco legal que regula la propaganda política en España combina normas electorales, leyes de publicidad institucional y regulación autonómica. Los principales instrumentos son los siguientes:

  • La Ley Orgánica del Régimen Electoral General (LOREG), cuyo artículo 69.7 establece el llamado apagón demoscópico: cinco días antes de las elecciones se prohíbe publicar sondeos electorales en medios españoles.
  • La Ley 29/2005 de publicidad y comunicación institucional, que exige planes anuales con objetivos y costes definidos para toda campaña financiada con fondos públicos.
  • La Ley catalana 12/2018, que prohíbe utilizar publicidad institucional como propaganda partidista y exige distinguir claramente entre comunicación pública y promoción de partido.
  • La Junta Electoral Central (JEC), que supervisa el cumplimiento de la normativa electoral y puede ordenar la retirada de campañas que crucen la línea de la neutralidad.

El apagón demoscópico genera una asimetría real: prohíbe la publicación pública de encuestas, pero no impide que los partidos utilicen sus propios datos internos para ajustar la campaña en los días finales. Los partidos con mayor capacidad de investigación propia obtienen una ventaja que la norma no elimina.

Puntos clave

La propaganda política en España opera a través de al menos nueve formas distintas, reguladas de manera desigual y con efectos acumulativos sobre la opinión pública que ningún ciudadano puede ignorar.

Punto Detalles
Tipos principales Existen formas institucionales, partidistas, electorales, digitales y encubiertas, cada una con reglas distintas.
Regulación vigente La LOREG, la Ley 29/2005 y la Ley catalana 12/2018 establecen límites, pero su aplicación es desigual.
Medios digitales Los algoritmos permiten segmentar mensajes políticos con una precisión imposible en televisión o prensa.
Dependencia económica Los medios que dependen de publicidad institucional tienen incentivos para moderar su cobertura crítica.
Control ciudadano Identificar el origen y la financiación de un mensaje político es el primer paso para no ser manipulado.

La propaganda que no se llama propaganda

Llevo años siguiendo la comunicación política en España y la conclusión más incómoda es esta: la propaganda más eficaz es la que el receptor no reconoce como tal. Los partidos han aprendido que el ciudadano rechaza el mensaje abiertamente propagandístico, así que lo envuelven en formatos de apariencia informativa, análisis de expertos o contenido viral sin autoría visible.

El apagón demoscópico es un buen ejemplo de norma que parece proteger al ciudadano pero que en realidad crea una asimetría. Los partidos con recursos siguen midiendo la opinión pública durante esos cinco días; solo los ciudadanos quedan sin acceso a esa información. La regulación existe, pero no iguala el terreno de juego.

La dependencia económica de los medios respecto a la publicidad institucional es el problema estructural que más condiciona la cobertura política en España. Un medio que necesita contratos públicos para sobrevivir no puede cubrir al gobierno con la misma dureza que a la oposición. Esa asimetría editorial es, en sí misma, una forma de propaganda por omisión.

Desde Alerta Nacional, la posición es clara: el ciudadano necesita herramientas para identificar cuándo un medio informa y cuándo persuade. La guerra psicológica en los medios no es una metáfora. Es una descripción técnica de cómo funcionan las campañas de comunicación política más sofisticadas. La alfabetización mediática no es un lujo académico. Es una necesidad democrática.

— Redacción

Análisis político en profundidad en Alerta Nacional

Alerta Nacional publica análisis directos sobre comunicación política, propaganda institucional y el papel de los medios en la formación de la opinión pública española. Si has llegado hasta aquí, ya sabes que distinguir entre información y propaganda requiere más que sentido común: requiere contexto, datos y fuentes contrastadas.

https://alertanacional.es

Alerta Nacional ofrece reportajes y opiniones que los medios convencionales no publican. Desde el análisis del gasto en publicidad institucional hasta el seguimiento de campañas electorales con componentes propagandísticos, el enfoque es siempre directo y documentado. Para profundizar en análisis rigurosos sobre temas que afectan a España, consulta los estudios y análisis disponibles en Alerta Nacional y accede a una perspectiva que no encontrarás en los grandes grupos mediáticos.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre propaganda y publicidad política?

La publicidad política declara su origen y paga espacios en medios. La propaganda puede ser encubierta, presentarse como información neutral y no revelar quién la financia.

La propaganda institucional es legal si cumple la Ley 29/2005 y no promueve candidatos ni partidos. La Ley catalana 12/2018 añade restricciones específicas para Cataluña.

¿Qué es el apagón demoscópico y para qué sirve?

El apagón demoscópico prohíbe publicar sondeos electorales en medios españoles durante los cinco días previos a las elecciones, según el artículo 69.7 de la LOREG. En la práctica, solo limita la información pública, no el uso interno de datos por parte de los partidos.

¿Cómo afectan los algoritmos a la propaganda política en redes?

Los algoritmos de plataformas como Facebook o TikTok amplifican los mensajes que generan mayor reacción emocional, lo que favorece el contenido político polarizador frente al informativo y equilibrado.

¿Qué papel tiene la Junta Electoral Central en el control de la propaganda?

La Junta Electoral Central supervisa que la publicidad institucional no cruce la línea de la neutralidad durante los periodos electorales y puede ordenar la retirada de campañas que infrinjan la normativa.

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España

El precio de la OIT

Redacción

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Cuando la corrupción deja de esconderse y se exhibe como virtud, sabemos que hemos cruzado el umbral que separa la democracia del autoritarismo

Hay gestos que definen épocas. No los grandes discursos, ni las reformas estructurales, ni los tratados internacionales. Los gestos pequeños, casi nimios en su aparente insignificancia, pero reveladores de una podredumbre que ya no se avergüenza de sí misma. Uno de esos gestos acaba de producirse en la relación entre el Gobierno español y la Organización Internacional del Trabajo. Y su lectura correcta no deja lugar a la interpretación benévola, a la duda razonable, a la esperanza de que quizás no sea lo que parece. Es, exactamente, lo que parece. Y es peor de lo que imaginábamos.

El Gobierno de Pedro Sánchez, a través de su ministerio correspondiente, acaba de realizar una «aportación voluntaria» a la OIT. La cifra, lejos de ser simbólica o decorativa, asciende a 1,7 millones de euros. Una cantidad que equivale aproximadamente a la suma de los salarios brutos de cien trabajadores españoles medios durante un año entero. Un millón setecientos mil euros que desaparecen de las arcas públicas en julio de 2025, hace apenas unos días, con la discreción que el Gobierno reserva para las operaciones que no desea que examinen demasiado de cerca.

La generosidad del Estado español hacia una organización internacional que, teóricamente, debería funcionar con los presupuestos ordinarios de sus miembros, sin necesidad de dádivas extraordinarias, habría pasado inadvertida de no ser por lo que ocurrió exactamente después. Pero en el universo del socialismo español, las dádivas extraordinarias siempre tienen un destinatario final, un beneficiario oculto, un retorno de la inversión que nunca aparece en las cuentas públicas.

Apenas unos días después de que esos 1,7 millones de euros abandonaran las arcas públicas rumbo a Ginebra, la noticia ha saltado como un resorte bien aceitado: Yolanda Díaz, vicepresidenta del Gobierno, ministra de Trabajo y Economía Social, líder de Sumar y aspirante a suceder a Sánchez en la Moncloa, ocupará la dirección de la OIT con un sueldo base de 250.000 euros anuales. La correlación es tan obscena, tan descarada, tan insultantemente evidente, que solo los fanáticos más acérrimos del PSOE y del PCE pueden pretender no verla. El resto de españoles —los que pagamos impuestos, los que soportamos la inflación, los que vemos cómo se dilapidan nuestros recursos— tenemos ante los ojos el ejemplo perfecto de lo que las puertas giratorias siempre fueron, pero que ahora ni siquiera se molestan en disfrazar.

1,7 millones de euros entregados en julio. Unos días después, el puesto de 250.000 euros anuales. La aritmética de la corrupción no podría ser más sencilla, ni más descarada, ni más ofensiva para la inteligencia de quienes pagamos la factura.

La puerta giratoria como espectáculo

Las puertas giratorias no son un invento español. Son el lubricante habitual de las democracias occidentales, el mecanismo por el que quienes regulan hoy las industrias se convierten mañana en los directivos mejor pagados de las empresas que regulaban. Es una forma legalizada de corrupción, de pago diferido de favores, de canje de influencias que el derecho penal no alcanza a tipificar, pero que cualquier ciudadano con dos dedos de frente identifica como lo que es: un negocio de amiguismo, una compra de lealtades, un mercado de puestos camuflado de carrera profesional.

Lo que distingue al Gobierno de Sánchez no es la novedad del mecanismo, sino la desfachatez con que lo ejecuta. En tiempos pasados, las puertas giratorias requerían cierto tiempo de maduración, cierta decencia de esperar unos años, cierta cortina de humo mediática que permitiera fingir que el nombramiento respondía a méritos profesionales. No aquí. No ahora. La aportación de 1,7 millones en julio y el nombramiento de Díaz en los días siguientes se producen en un intervalo tan breve que solo el cinismo más absoluto puede explicarlo.

Es como si un comprador entregara un maletín en un parque, y al día siguiente el vendedor le entregara las llaves de un piso en el mejor barrio de la ciudad. No hace falta abrir el maletín para saber qué contiene. No hace falta leer el contrato para saber qué se ha comprado. El precio está a la vista: 1,7 millones de euros públicos a cambio de un puesto de 250.000 euros anuales para la número dos del Gobierno. Un negocio redondo, si se mira desde la perspectiva de quien no paga, sino cobra. Un atraco, si se mira desde la perspectiva del contribuyente español.

La diferencia entre la corrupción tradicional y esta nueva especie es que ya no hay vergüenza. Ya no hay intento de ocultación. Ya no hay reconocimiento de que lo que se hace es, siquiera moralmente, reprobable. Hay, en cambio, la certeza de impunidad. La convicción de que nadie castigará lo que todos ven.

Y es precisamente esa certeza de impunidad lo que convierte este episodio en un síntoma grave, en un indicador de que hemos cruzado una línea que separa la democracia liberal de algo distinto, algo que ya no respeta ni siquiera las formas de la decencia republicana. Cuando un gobierno ya no siente la necesidad de ocultar sus operaciones de clientelismo, cuando ejecuta la compra de puestos a plena luz del día, cuando trata a la ciudadanía como a retrasados mentales incapaces de conectar dos puntos separados por apenas unos días y 1,7 millones de euros, estamos ante una degradación institucional que no tiene precedentes en la España democrática.

La ventana de Overton y el insulto a la inteligencia

El concepto de ventana de Overton, desarrollado por el analista político Joseph Overton, describe el rango de ideas que el público acepta como políticamente viable en un momento dado. Lo que hoy es impensable, mañana es radical, pasado mañana es aceptable, y al final se convierte en política oficial. La ventana se desplaza, y con ella, los límites de lo que consideramos normal.

El Gobierno de Sánchez ha convertido esta teoría en práctica de gobierno. Hace apenas una década, la idea de que un ministro en activo ocupara un puesto internacional tras una «aportación voluntaria» de 1,7 millones de euros de su propio gobierno habría provocado un escándalo mayor, dimisiones en cascada, preguntas en el Congreso, portadas de periódicos durante semanas. Hoy, provoca un murmullo, algunos tuits indignados, y la certeza de que pasará a engrosar la lista de irregularidades que nunca tendrán consecuencias. La ventana se ha desplazado tanto que lo que antes era corrupción, hoy es gestión ordinaria.

Pero hay algo más insultante que la propia operación: el trato que recibimos los españoles como destinatarios de esta información. Nos tratan como ciegos, como si no pudiéramos ver la conexión entre los 1,7 millones entregados en julio y el puesto de 250.000 euros recibido días después. Nos tratan como sordos, como si no pudiéramos escuchar el ruido de la puerta giratoria girando a velocidad de crucero. Nos tratan como tontos, como si fuéramos incapaces de entender un mecanismo que un niño de primaria identificaría como intercambio de favores. Y nos tratan como mudos, como si no tuviéramos voz para denunciarlo, o como si esa voz, aunque la alzáramos, no llegara a ninguna parte.

Es este último punto el más preocupante. El Gobierno no solo sabe que la operación es corrupta; sabe que nosotros lo sabemos. Y no le importa. Porque ha calculado que la indignación, por intensa que sea, no se traducirá en consecuencias electorales, ni judiciales, ni institucionales. Ha calculado que el sistema de contrapesos está tan deteriorado, que la oposición tan deslegitimada, que los medios tan sometidos, que puede permitirse el lujo de la corrupción exhibida sin temor al castigo. Y en ese cálculo, en esa certeza de impunidad, reside el verdadero autoritarismo, el que no necesita tanques en las calles porque ya controla las mentes, o al menos las ha convencido de que la resistencia es inútil.

El olor a Caracas

Hay un momento en la degradación de las democracias que los historiadores identifican como punto de no retorno. No es el golpe de Estado, ni la suspensión de la Constitución, ni la proclamación del estado de excepción. Es algo más sutil, pero más letal: la normalización de la corrupción, la conversión del amiguismo en sistema, la aceptación resignada de que los políticos roban, que las instituciones sirven a los gobernantes y no a los gobernados, que el dinero público es botín privado y que nadie, absolutamente nadie, pagará por ello.

Ese momento, en España, ya ha llegado. Y el olor que desprende el Gobierno de Sánchez es cada vez más difícil de disimular, más denso, más parecido al que emanaba de los regímenes bolivarianos que tanto admiran sus socios de Podemos y Sumar. La compra de puestos internacionales con dinero público —1,7 millones de euros que se evaporan en julio para que florezcan 250.000 euros anuales días después—, el nombramiento de familiares y afines, la persecución de jueces incómodos, la compra de voluntades parlamentarias con cargos y subvenciones, la transformación de la administración en ejército de clientes, todo esto tiene nombre en el vocabulario político sudamericano: populismo autoritario, chavismo light, democratura.

Venezuela no se convirtió en Venezuela de la noche a la mañana. Fue un proceso gradual, de desgaste institucional, de compra de lealtades con petrodólares, de silenciamiento progresivo de la oposición, de convencimiento generalizado de que la alternancia democrática era imposible porque los que detentaban el poder habían construido una máquina de perpetuación tan sofisticada que nadie podía desmantelarla. España no tiene petróleo, pero tiene deuda pública, fondos europeos, y una maquinaria de gasto político que sirve para los mismos fines: comprar lealtades, financiar clientelas, perpetuar el poder. Y ahora, también tiene la OIT: un puesto bien remunerado para la vicepresidenta que se retira, un premio de consolación por los servicios prestados, un seguro de vida política pagado con el dinero de todos.

Y en ese camino, la operación OIT-Díaz —con sus 1,7 millones de euros de entrada y sus 250.000 euros anuales de salida— es un hito, una señal de que ya no hay límites, que la ventana de Overton se ha desplazado hasta el extremo de que la corrupción ya no necesita excusas. ¿Qué será lo próximo? ¿Una aportación voluntaria de 2 millones a la ONU a cambio de un puesto para la imputada Begoña Gómez? ¿Una donación a la Unión Europea a cambio de la presidencia de turno para algún exministro? La pregunta ya no es retórica. La pregunta es, simplemente, cuál será el siguiente paso en esta escalada de cinismo que nos acerca, paso a paso, al modelo venezolano de democracia simulada.

Conclusión: El momento de la verdad

El Gobierno de Pedro Sánchez es, en rigor, un gobierno de imputados y criminales. No lo decimos nosotros; lo dicen los tribunales, los informes policiales, las investigaciones en curso, las condenas ya firmes de quienes ocuparon ministerios y secretarías de Estado. Pero más grave que la corrupción individual es la corrupción sistémica, la que convierte al Estado en instrumento de perpetuación del poder, la que transforma las instituciones en rehenes de quienes deberían servirles. Y esa corrupción sistémica ya no se oculta. Se exhibe. Se presume. Se impone.

La operación OIT-Díaz —1,7 millones de euros en julio, 250.000 euros anuales días después— es el ejemplo más reciente, pero no será el último. Mientras los españoles sigamos tolerando, mientras la oposición siga sin encontrar el tono y la estrategia para movilizar el hartazgo, mientras los medios sigan amortiguando la gravedad de lo que ocurre con eufemismos y equidistancias, el Gobierno seguirá avanzando. Porque no tiene freno. Porque no tiene vergüenza. Porque ha calculado, correctamente, que la indignación sin consecuencias es indignación inútil, y que la denuncia sin castigo es, en el fondo, una forma de consentimiento.

Pero hay un límite. Siempre lo hay. Y ese límite se acerca cada vez que un español normal, trabajador, contribuyente, padre de familia, comprende que su esfuerzo diario —que se traduce en facturas, en impuestos, en 1,7 millones de euros entregados a la OIT en julio— sirve para financiar la opulencia de quienes le desprecian, para pagar los sueldos de quienes le insultan, para sostener el poder de quienes le consideran un retrasado mental incapaz de ver lo evidente. Ese límite es el que el Gobierno está forzando, con cada operación de estas características, con cada desafío a la inteligencia pública, con cada muestra de que ya no les importa ni siquiera fingir.

La pregunta no es si ese límite se alcanzará. La pregunta es qué ocurrirá cuando se alcance. Si la reacción será democrática, institucional, pacífica pero contundente. O si, por haber dejado deteriorar tanto las instituciones, por haber permitido que la corrupción se normalizara hasta este punto, la reacción tendrá que ser otra, más drástica, más dolorosa, más parecida a las que han sufrido otras naciones que creyeron que la degradación democrática era un proceso reversible por las urnas, y descubrieron demasiado tarde que las urnas ya estaban compradas, que los conteos ya estaban amañados, que la democracia ya era, en realidad, una farsa.

España apesta, efectivamente, a Venezuela. Y ese olor, lejos de disiparse, se intensifica con cada millón de euros que desaparece en Ginebra para reaparecer como sueldo de lujo para la vicepresidenta. El momento de abrir las ventanas, de sacudir los trapos, de limpiar lo podrido, se acerca. O eso, o aprenderemos a respirar en la pestilencia, como hicieron otros pueblos que también creyeron que la corrupción ajena no les concernía, hasta que la corrupción se convirtió en aire irrespirable, y ya no hubo forma de escapar de ella.

Alerta Nacional | Corrupción institucional y degradación democrática

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