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Marchando otra de cambio climático: los resplandores de «Overlook»

Redacción

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Fotograma de "El resplandor"

Por Laureano Benítez Grande-Caballero. Además de «caminos de Damasco», también existen los «carriles de Damasco», que son esos caminitos rojos tan monos, maquillados con líneas blancas, por donde los ayuntamientos de toda España nos invitan a bicicletear, con el fin de poner nuestro granito de arena en la lucha contra el cambio climático ―y para perder peso, oiga, que la vida ecológica y la sana van de la mano―.

Como muchos de mis lectores ya saben, tuve una fuerte experiencia damasquinante que me llevó del socialismo al franquismo, al tradicionalismo más puro y carpetovetónico, pero en mi caída del caballo ―que no de una bicicleta―, junto con mi derechización, vino un «pack» asombroso, una mutación de record Guinness, una katarsis abracadabrante, comparable a la metamorfosis del renacuajo que se hace rana, del gusano que se transmuta en mariposa, del Hyde que se convierte definitivamente en un doctor Jekill «pussycat».

Libro de Laureano Benítez.

La experiencia fue tan monumental, que, de ser antitaurino a tope, me he convertido en un defensor de la fiesta nacional ―aunque confieso que siguen sin gustarme―; que, de tener en mi pasado unos años de veganismo, ahora degusto por igual jabalíes que búfalos; de ser simpatizante del movimiento feminista me he convertido en un defensor del género al que pertenezco; de practicar un cierto progresismo católico, me he pasado con armas y bagajes a la Iglesia tridentina; de enseñar a mis alumnos la verdad incómoda sobre el cambio climático del farsante Al Gore, he pasado a militar en las filas del negacionismo del cambio climático antropogénico… Creo que, exceptuando mi inveterada militancia en las filas del madrididsmo, no me conoce hoy ni la madre que me parió, para decirlo en modo guerrista.

Todos estos sorprendentes cambios podrían resumirse e ilustrarse con el carril bici omnipresente en nuestras ciudades y pueblos, tan rojillo él ―como no podía ser menos―, pues resulta que hasta hace no mucho despotricaba contra los ayuntamientos que no lo tenían, pensando sobre todo en una hija mía, forofa de la bici, que encontraba muchas dificultades para trasladarse con ella, por lo cual era firme partidario de que de una vez implantaran un carril para el ciclismo.

Lo que son las cosas, mi hija acabó en Alemania, donde bicicletea a placer, y sin parar. En cuanto a mí, confieso que ahora me he ido al otro lado, y que ahora maldigo esos carriles, en especial porque son una creación de la izquierda, que usa la ecología como pretexto para tiranizar a los sufridos conductores, para quedar como progres, para presumir de amor a la diosa Gaia, y para fastidiar porque sí, porque esa es la obsesiva vocación de la dictadura progre.

Aparte de porque hieden a progresía barata, les tengo una manía imposible de explicar a estos carriles porque nos han costado una millonada, inversión completamente ruinosa porque están siempre vacíos, nadie transita por estos caminitos, que vienen de ninguna parte, y a ninguna parte van, pero, eso sí, dificultando más todavía la vida de los conductores.

Ése es el cambio climático, señores: un carril bici vacío, abandonado, desamparado, por donde circulan bicicletas fantasmas; un sendero hacia la casa de la ínclita Gretel Thunmberg y los Garbo, que bajo su apariencia de mansión acaramelada esconde horrores dictatoriales en sus desvanes maléficos.

¿Cuántos cicliandantes ha visto usted en los infinitos carriles bici que ornan las calles de España? ¿Quién va? ¿Hay alguien ahí? ¡Ah, del castillito colorado!: ¿nadie responde? En una población absolutamente motorizada, que va en coche hasta a comprar tabaco a la tienda de la esquina, ¿quién pedaleará por los caminitos rojos, afrontando molestias sin fin, porque piensa que así salvará al Planeta del Armageddón?

Vedlos ahí, a estos carriles falsos, de bicis inexistentes, símbolos de un cambio climático poblado de fantasmas, donde seres siniestros y endriagos del Averno se presentan a los asustados mortales envueltos en fumatas del mortífero CO2, con cuyo veneno el mundo vegetal construye su fabuloso imperio verde. Carriles que son un puro trampantojo, un decorado de cartón-piedra por donde solo circula el viento, algunos joveznos con carita de progres o de perroflauta, y algún jubilata coletudo de tres al cuarto.

En mis ensoñaciones, veo a la Greta pedalear con Garbo por uno de estos caminitos rojos, solitaria, cejijunta, con esa expresión avinagrada que la hecho famosa en el mundo mundial, sacando la lengua por el esfuerzo… Vedla ahí, evitando la emisión de gases de efecto invernadero, pilotando la bici como quien timonea un catamarán por aguas turbulentas…

Naturalmente, esta escenita me recuerda a aquella memorable de la película «El Resplandor» (1980), en la que se ve al niño Danny pedaleando con su triciclo por los pasillos del inmenso hotel «Overlook», hasta que se da de bruces con unas gemelas terroríficas, que le invitan a jugar con ellas, a la vez que se las ve intermitentemente masacradas a hachazos en un horripilante charco de sangre. Las preguntas son claras: ¿Dónde está Greta en esta escena? ¿Qué tiene que ver esto con el cambio climático? ¿Qué tendrá que ver el nombre del Hotel de la película ―«Overlook», que significa «Pasar por alto― con el cambio climático? ¿De dónde saldrá ese resplandor que desbaratará toda la mentira del cambio climático?

Pero, por supuesto, el interrogante más decisivo es éste: ¿Qué personaje de la actualidad es el que enseña sus ojos dementes y su dentadura vampiresca a través de una puerta entreabierta?… Sí, ese señor con el hacha: hagan juego, señores…

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Los dos minutos de odio. Por Diego Fusaro

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Quienes hayan leído 1984 de George Orwell (una lectura muy recomendable siempre, y más aún en nuestra época tan orwelliana), recordarán sin duda la emblemática figura de Emmanuel Goldstein.

Él es el principal enemigo del Partido que gobierna Oceanía.

Debido a su oposición al Gran Hermano, todos los días, a partir de las 11:00, en todas las oficinas y lugares públicos, se celebran manifestaciones de histeria colectiva contra él: los «dos minutos de odio», como los califica la obra maestra de Orwell. Las masas hipnotizadas por la propaganda del Gran Hermano suspenden toda actividad para manifestar histéricamente su odio hacia Emmanuel Goldstein, del que no saben nada más que lo que el partido les dice a diario sobre él, presentándolo precisamente como el enemigo por excelencia, como la amenaza que pone en peligro la paz de su mundo.

También en este caso, como en muchos otros, la fantasía distópica de Orwell parece superada con creces por nuestro presente completamente distópico. También el Occidente actual, rectius uccidente, tiene su Emmanuel Goldstein, que sin embargo se llama Vladimir Putin.

A todas horas, la radio, la televisión y los periódicos de la civilización falsamente democrática del Gran Hermano repiten propagandísticamente que él es el enemigo, el peligro máximo, la amenaza suprema para el paraíso occidental Y las masas tecnonarcotizadas y teledependientes se prestan con estúpida euforia a esta representación de histeria colectiva, exhibiéndose en otras tantas variaciones tragicómicas de los dos minutos de odio de la memoria orwelliana.

Es una práctica antigua y probada del poder hacer creer que la contradicción y el enemigo están al otro lado del muro, en el espacio exterior con respecto a la sociedad totalmente administrada por el propio poder: de este modo, desviando siempre la mirada de las contradicciones internas de nuestra sociedad, se produce una unificación ficticia del interior, llamado a cooperar en función de la resistencia al enemigo exterior, del que tal vez, como hoy (pero lo mismo vale para Emmanuel Goldstein), se dice que está listo para invadir nuestra civilización.

Al igual que en la novela de Orwell, siempre hay un Emmanuel Goldstein detrás de cada contradicción, detrás de cada distorsión, detrás de cada mal, y lo mismo ocurre hoy en día en el orden discursivo dominante, que siempre y de nuevo señala a Putin —el nuevo Emmanuel Goldstein— como responsable de todos los males.

¿Alguien se atreve a discrepar de la Unión Europea de la vestal de los mercados apátridas Ursula von der Leyen?

Debe haber detrás la longa manus de Putin. ¿Alguien se atreve a criticar las políticas imperialistas de las barras y estrellas? Debe ser un agente secreto enviado por Putin a Occidente. ¿Alguien se atreve a cuestionar los equilibrios de la globalización neoliberal, cada vez más asimétrica? Por necesidad, es un infiltrado solapado de la Rusia de Putin. Releer a Orwell puede ser realmente beneficioso para un despertar colectivo del hechizo hipnótico de la sociedad del espectáculo y la manipulación milimétrica de las conciencias.

Apaguen la radio y la televisión, lean a Orwell. Quien se lo sugiere es, por supuesto, un espía enviado por Emmanuel Goldstein…

Por Diego Fusaro

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