España
Ábalos llama «casposos» a los aficionados a la caza y los toros
El secretario de Organización del PSOE, José Luis Ábalos, tildó ayer de «casposa» la visión de España según la cual todos los españoles tienen que ser «toreros o cazadores». Fue su manera de reivindicar el proyecto socialista frente al modelo de país que propone la derecha.
Ábalos criticó así a quienes no vivieron la aprobación de la Constitución y ahora dan «clases de constitucionalismo». Frente a quienes quieren «atribuirse algo a lo que no tienen derecho», recalcó que la Constitución es una conquista de la socialdemocracia y pidió que «no venga ninguna derecha a decir que es constitucionalista, porque no lo es».
«España es un proyecto de vida en común, no viene determinado por ningún rasgo y por eso podemos construir la España que queramos, porque no hay ninguna España predeterminada ni fatalista, sino la España que sea resultado de la obra, el esfuerzo y la ilusión de todos», destacó.
Esta visión de España del PSOE no tiene por qué coincidir con la «casposa» de que todos los españoles tienen que ser «toreros o cazadores» y, tras recordar que su padre fue «matador de toros», reividició que «nadie tiene derecho a decir qué somos; la identidad es de todos y nadie la impone».
En medio de una polémica interna entre los barones por la política animalista del PSOE, Ábalos reclamó que no les den lecciones ni de libertad ni de constitucionalismo quienes quieren imponer ese «españolismo trasnochado y antiguo».
Para el también ministro de Fomento, el Ejecutivo de Sánchez está haciendo ya muchas cosas, pero aún le quedan muchas por hacer, y es consciente de que a la derecha se le hace «insoportable» su continuidad.
«Pero no nos vamos a ir, aunque solo sea por eso, no le vamos a dar ese gusto», afirmó, y pidió un «un poquito de paciencia», porque «si alguien cree en las elecciones y ha luchado por ellas» es el PSOE.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
