España
Al «Capitano Salvini»: la estelada con la que un día posaste ingenuamente representa al dueño del «Open Arms» y a la gente más infame de Europa
AN.- No te lo reprochamos porque no es mal sastre quien a veces no conoce el paño. Y tú, «Capitano Salvini», no tenías la obligación de conocer el paño catalán como lo conocemos nosotros. A veces izamos banderas de causas que nos parecen defendibles pero que resultan ser luego moralmente reprobables. Posaste un día con la estelada y hoy has conocido a la gente que representa ese satánico símbolo, enemigo de todo cuanto tu y nosotros defendemos. Nada es más contrario a la identidad de tu pueblo que el separatismo catalán.
Tu movimiento político, convertido hoy en un grito esperanzador para millones de europeos, nació como un partido nacionalista padano. Pese a ello, el tuyo siempre fue un proyecto identitario que, con el paso del tiempo, ha evolucionado extendiendo su marco de acción a toda Italia. Entendiste que para defender a Lombardía había que defender a toda Italia. No hay mejor cordón de seguridad que la defensa de una nación para proteger a una de sus partes.
A diferencia vuestra, el separatismo catalán siempre fue vitriólico y en su ADN está grabado el odio sin límites a todo lo español. El mayor partido separatista catalán, ERC , fue engendrado en las zahurdas de la masonería. La CUP y el partido de la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, son la escoria del anarco-marxismo mundialista.
El nacionalista padano siempre preferirá en su tierra a sus hermanos romanos, toscanos y apulianos, que a personas provenientes del Mahgreb. El separatismo catalán, ellos mismos lo han dicho, prefieren «mil veces» una Cataluña mora que española.
Esperemos que estas líneas te ilustren sobre la gentuza representada por esa bandera estelada con la que frívolamente posaste. Al verte portar ese infame trapo, tu liderazgo ante nosotros menguó hasta niveles liliputienses. Ha pasado desde entonces mucho tiempo y muchas cosas, por lo que no te lo tenemos en cuenta. Pero en esta lucha sin cuartel que libras contra los enemigos de Italia y de la civilización, tienes que empezar a conocer quién es la gente de la que te rodeas y los símbolos con los que dejas que te identifiquen. Y el separatista catalán ha sido instruido durante decenios para odiar a personas de tu calibre.
Supongo que sabes la procedencia del dueño del barco «Open Arms». Él es un catalán separatista que, como tal, quiere destruir todo lo que tú representas al calor de los ideales que a nosotros también nos abrigan. No ha sido la suya una excepción. Los catalanes que izan la estelada son el caballo de Troya de las élites globalistas, la quintaesencia de la traición, el paradigma de la fealdad, la carga dinamitera contra el edificio tambaleante de la dignidad de nuestros pueblos. También son ladinos, oportunistas y tramposos, según habrás tenido ocasión de comprobar estos días.
Procede por consiguiente a reparar el error ingenuo que cometiste. Cuando tengas ocasión, en una de tus apariciones públicas, reniega de ese símbolo de la forma más espectacular posible, siendo el fuego purificador una de ellas.
Desde el más allá, Garibaldi y Mussolini aplaudirán tu gesto con el fervor patriótico que comparten tus votantes.
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
