Sociedad
Así funcionan las redes que captan a rumanos y les obligan a ejercer la mendicidad
Detrás de las personas que ejercen la mendicidad en las calles de nuestro país se ocultan dramas personales. Pero también se esconden actividades delictivas como las que se juzgarán el próximo 7 de febero en la Audiencia Provincial de La Coruña, sección sexta, con sede en Santiago: en el banquillo de los acusados, un hombre y una mujer, de nacionalidad rumana, para las que la Fiscalía pide más de siete años de prisión, al considerar probado que captaban personas en Rumanía y, bajo engaño, las traían a Galicia, donde las coaccionaban para que pidieran dinero en las calles de diversas localidades de la Comunidad.
De acuerdo con el escrito de la Fiscalía, los acusados trasladaban a las personas en autobús, pagándoles el billete. Una vez en Galicia, conminaban a las víctimas a ejercer la mendicidad en municipios como Noia (La Coruña), Lalín, Vilagarcía de Arousa (Pontevera) e incluso fuera de España, en Braga (Portugal); aunque, principalmente, en Santiago de Compostela.
El escrito de la acusación es toda una radiografía de cómo funcionan estas redes mafiosas. A uno de los testigos protegidos lo captaron en la localidad de Sibiu. Allí le aseguraron, falsamente, que le ofrecían la posibilidad de trabajar como jornalero en la recogida de cítricos. Pero al llegar a Santiago la realidad fue muy distinta: «El acusado le obligó a mendigar de rodillas llegando incluso a ser amenazado y golpeado, dándole bofetadas». Los acusados «además de controlar la actividad prestada (…) se quedaban con todo el dinero que el mismo obtenía pidiendo limosna».
Al cabo de dos semanas logró huir. Pasó tres días en la calle. Fue localizado y el acusado le envió un mensaje escalofriante a través de un tercero, otro compatriota: «Si no regresaba lo iría a buscar en el coche, lo cogerían y lo encerrarían en el maletero y (…) le darían una paliza». Estas amenazas eran habituales. La acusada le había asegurado, en varias ocasiones, que si no mendigaba, ella misma lo denunciaría por supuestos malos tratos. La sombra de la cárcel para tenerlo en su puño.
La llevarían a un monte
A otra compatriota la sedujeron con un supuesto trabajo en el sector de la limpieza. De nuevo, llegada a Santiago y la dura realidad: les debe los gastos de transporte que han abonado los acusados, y debe mendigar para saldar la deuda. Se quedan con lo que obtiene y la intimidan para que logre la mayor cantidad posible: si no lo logra, la dejarán en un monte, expuesta a los animales salvajes. El acusado, según la Fiscalía, le golpeaba y escupía si consideraba que lo recaudado era insuficiente. También la desnudaba y registraba continuamente para cerciorarse de que no se quedaba una parte de las ganancias.
Para el fiscal, estos hechos, que se prolongaron desde febrero de 2014 hasta mayo de 2015, son constitutivos de un delito de trata de seres humanos. En consecuencia, solicita para los acusados site años y medio de prisión.
(ABC)
España
El Papa León XIV ama a España. Y España vuelve a ser católica con León XIV. ¡Viva Cristo Rey!
Una marea blanca que llegaba a donde acababa la vista: casi millón y medio de fieles en la Misa
La diosa flotaba en un mar de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando sobre el cielo añil de Madrid
Suele ser queja habitual de los sacerdotes el retraso con el que algunos feligreses llegan a misa. No ha sido el caso en la eucaristía multitudinaria que ha celebrado esta mañana el Papa León XIV en la madrileña plaza de Cibeles. Cuatro horas antes de su inicio –y comenzaba a las diez de la mañana–, los accesos ya estaban llenos de gente. Numerosos jóvenes ataviados con sus polos de voluntarios o con las camisetas que sus parroquias habían confeccionado para la ocasión se cruzaban con otros chicos de su edad con señales evidentes de regresar de fiesta. No quedaba del todo claro qué grupo contemplaba al otro con más sorpresa.
Mientras unos iban a misa y los otros se recogían, los primeros rayos de la mañana comenzaban a despuntar sobre los tejados de Madrid. Centenares de sacerdotes bajaban desde el parque del Retiro en dirección a Cibeles. Pocas misas se habrán celebrado esta mañana en la capital y alrededores: prácticamente todo el clero madrileño se encontraba, desde las seis de la mañana, en las inmediaciones de la icónica plaza.
Para uno que dejó de salir de fiesta hace tiempo, ver amanecer en Madrid constituye una experiencia extraordinaria, que evoca andanzas nocturnas ya casi postergadas en el desván de la memoria y permite apreciar la sobresaliente arquitectura capitalina bañada con unas tonalidades cromáticas únicas.
Aunque pueda parecer lo contrario, no es la Cibeles una plaza especialmente adecuada para acoger grandes multitudes. Se alegará que la diosa es la primera tributaria de los trofeos del Real Madrid –cuando los conquistaba, al menos–, y que centenares de miles de aficionados acuden –acudían– a esos baños de masas. Y es cierto. Pero la propia centralidad en la plaza de su figura y su carro tirado por leones la convierte en un cierto estorbo cuando se pretende focalizar la atención en otro punto que no sea ella.
Ese era el caso esta mañana, con el gigantesco escenario instalado –a modo de presbiterio– ante la imponente fachada del Palacio de Telecomunicaciones, que se transformó, por unas horas, en un extraordinario retablo pétreo y refulgente.
Y, frente a él, la multitud. Cerca de millón y medio de personas, puntualizaron las autoridades. ¿Fueron más; acaso algo menos? Hasta donde alcanzaba la vista, una muchedumbre incontable abarrotaba todas las calles aledañas. La diosa flotaba en una marea blanca de albas y paraguas que amortiguaban el sol que se iba elevando implacable sobre el cielo añil de Madrid.
Llegó León XIV cuando faltaba algo menos de media hora para comenzar la misa, y su paso con el papamóvil elevaba oleadas de gritos, aplausos y teléfonos móviles que buscaban inmortalizar el momento.
Este Papa quiere a España, y se le nota. Que un Pontífice elija nuestro país como el primero que visita de Europa, y que lo haga durante siete días, es una prueba irrefutable de ello. Y, a la vista de la reacción de las multitudes, España quiere al Papa. Las palabras que ha dedicado a nuestro país denotan un interés y un conocimiento profundo de nuestra nación, que ya había visitado en, al menos, una docena de sus ciudades.
La «encomienda» –qué palabra tan nuestra– que ha dejado en la misa de esta mañana pasará a formar parte de nuestro acervo: «He aquí una encomienda para la España de hoy y de mañana: que la religiosidad que desde hace siglos anima a este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe desde la que beber también hoy». Pongámonos a ello.
